lunes, 12 de agosto de 2019

La favorita


Podría titularse Las favoritas, porque son dos las mujeres en las que se apoya la insegura y caprichosa versión de la reina Ana de Gran Bretaña (Olivia Colman) en esta película de Yorgos Lanthimos, al que en mi tertulia cinéfila llamamos cortésmente "el griego desagradable".

Rachel Weitz y Emma Stone, a cual más bella y calculadora, van tirando de recursos, desde los obvios a los sibilinos, para ser la favorita de la reina. Una aspira a mantenerse como consejera política todopoderosa, la otra sólo quiere subir escalones hasta donde la miseria no regrese a su vida. Y sólo una de las dos siente por su valedora verdadero amor.

La película, comprensible en todo momento, palaciega, malévola y con su pizca de romanticismo genuino y fracasos vitales, está estupendamente rodada, montada y servida.

Supongo que la temática y un guión en el que Yorgos no ha metido la cuchara ni por delegación, tienen mucho que ver en que ésta sea la obra más accesible del griego. Además de ese bello reparto vestido de corte, que imposibilita para ponerse tan desagradable como a Yorgos y a sus Festivales de cabecera les gustaría.

Curiosamente, esta vez Cannes le premió el guión. Y el director también levantó el Bafta a la mejor película británica. En fin, que el tiempo dirá si La Favorita es una excepción en la carrera del griego, o un giro que haga su cine más agradable de ver, por mucho desencanto que fluya al fondo.  



domingo, 11 de agosto de 2019

Dolor y Gloria



Dolor y Gloria es la última estrenada por Pedro Almodóvar hasta la fecha. En comparación a las tres anteriores, es una joya. En el conjunto de su filmografía, una de las buenas.

Bien escrita, rodada, interpretada y editada, Dolor y Gloria se dedica más al dolor que a la gloria. Porque la gloria, frente al dolor, compensa poco, hasta puede quien la alcanzó reírse de ella sin hacer sangre (“¿cómo puedo gustar tanto en Islandia?”).

Después de varios patinazos, Almodóvar vuelve a encontrar la manera equilibrada y grata de meter sus largos parlamentos narrativos en el conjunto de la película, haciéndola volar en lugar de tirarla hacia abajo. Cada vez más, algo inevitable por su aislamiento en la cima, los guiones de Almodóvar, más que diálogos, acumulan narradores sucesivos de historias contadas a un personaje oyente o al espectador sin más intermediario que la voz en off.

Pero aquí sienta bien (la variedad de soluciones de puesta en escena ayudan): el protagonista es un hombre sólo y acorralado que se recrea en sus recuerdos para sobrevivir sin trabajar. Sueña en cine porque no puede hacer cine. Retoma algunos contactos e intereses por aburrimiento vital, pero eso mismo le permite ir apuntando destellos del artista que se resiste a morir.

Antonio Banderas está soberbio, como suele con Almodóvar y como apenas tiene oportunidad de demostrar en el cine anglosajón, que le ha embarrancado de un tiempo a esta parte en secundarios poco relevantes o en protagónicos de pelis de mamporros serie B.

El resto del reparto, con mención especial para Julieta Serrano, también lo hace muy bien. Hasta un color de ojos le vale esta vez al director para armar la estructura que revela el final del relato.

Sólo asoma la patita de lobo en algunos guiños que a mí nunca me convencieron: las referencias cinematográficas que escoge remiten siempre a obras maestras que admira pero nunca alcanza, y Cocteau frente a Mallo apunta a soberbia.

Por lo demás, ya digo, estupenda película.

miércoles, 10 de julio de 2019

Se avecina joyita


Se estrena el 30 de agosto, para amenizar los últimos calores. Y tendrá más salas de exhibición previo pago que cualquier película digna de llamarse Cine.

Ojo a la sinopsis:
El presidente de los Estados Unidos, Allan Trumbull (Morgan Freeman) queda en coma tras un intento de asesinato. Su siempre confidente, el agente secreto Mike Banning (Gerard Butler), es injustamente acusado de perpetrarlo. Retenido por los suyos, Banning logra escapar de la custodia policial convirtiéndose en un fugitivo.

¿A qué no os suena a visto? Pues ea, a disfrutar. 

Coñas aparte: le quitamos los nombres propios a esto (Estados Unidos, Allan Trumbull, Mike Banning) y se los ponemos españoles, o de otro lugar de Europa, iberoamericanos o hasta asiáticos y nos da la risa. Un agente letal en España, Alemania, México, Coreo o Japón "siempre confidente" del primer mandatario del país (demócrata, no hace falta aclararlo), es por completo inverosímil. Y ojo, en Estado Unidos, en realidad, también. Pero aquí se trata de tragar palomitas y darse un festín de muertos por arma de fuego. 

Lo que cada vez me resulta más chocante es que este tipo de fórmula (porque es una fórmula y nada más), haya conquistado el mercado internacional. Con lo que cuesta la primera escabechina que nos ofrezca esta joya, cualquier otro país del mundo puede realizar una película de presupuesto mediano que hable con cercanía de lo que sea, por caminos igual de trillados pero menos sangrientos o con asuntos originales que no sabes por dónde van a salir, que pueden afectarte, emocionarte, importarte.

Pero el aplastamiento comercial de los audiovisuales estadounidenses ha derivado en un consumo cultural masivo a nivel planetario de sus producciones que nos hace grato cualquier empaquetado made in Hollywood, por muy visto que esté, por muy basiquito que luzca, por muy deshumanizador que resulte a la postre.

Bueno, el postre de esta película que aún no he visto será del agente especial junto a la cama del presidente, que a pesar del atentado "ya ha pasado lo peor". Se me ocurre esa frase médica estándar: "no conviene agotarle, tiene cinco minutos".

Y con esto queda cubierto el lado humano de la propuesta. Ya se me saltan las lágrimas.

martes, 9 de julio de 2019

En la lista

www.lifeder.comuna web con años de ciber-carretera cuyo cometido principal es transmitir contenido educativo creado por especialistas, y que tiene más de 5 millones de lectores al mes, nos ha puesto en una lista de los mejores blogs de cine.

No sé si su lista es especialmente valiosa, pero no conocerlos y que pongan el blog como lo ponen, me parece que sí. “Sólo para los más exquisitos”, dicen. Esos sois vosotros.



lunes, 8 de julio de 2019

Mula


Finalmente, en el último cine del país, viejo y destartalado como la camioneta del maldito Eastwood, pude ver Mula. Clint ha llegado a la ancianidad, como actor se le nota en la cara. Hasta este papel, incluso como viejo, se veía temible. Hoy le sabemos -y se sabe- un anciano. Por eso este personaje le va como un guante.

En la dirección no puede decirse lo mismo. Es un director con mucho talento, que ha madurado y nada más. Nuestro amigo Berdoy hubiese disfrutado con ésta, después del patinazo inesperado que  el de Carmel tuvo con la del tren.

Mula es una historia sencilla e interesantísima, como muchas de las mejores de Eastwood. El tipo está tan sobrado que acorta lo que quiere (cierre de negocio, juicio…), abandona personajes cuando pierden relevancia (el joven mexicano), mete mozas de pago en su habitación, remienda bancarrotas del siglo XXI con fajos al contado a lo siglo XX… Y todo le funciona, porque dirige mejor que ninguno de los grandes que quedan en Hollywood.


No necesita la fiebre que mejora a Scorsese, el ingenio judío de Allen, los subrayados sensibleros de Spielberg, la alambicada estructura de Nolan, la trascendencia obligatoria de Iñárritu, las geometrías tintinescas de Anderson o la crueldad vintage de Tarantino. Clint sabe lo que se hace (incluyendo cuando conviene su presencia en pantalla), y eso le basta. Hasta veinte años más joven nos hubiera convencido de que su mayor talento es la jardinería.

Por debajo de esta historia de vejez activa y desprejuiciada, en la que se permite llamar boyeras a las boyeras, negritos a un matrimonio negro en apuros y frijoles a los mexicanos, porque posiblemente conviva mejor con ellos que muchos concienciados de boquilla, Eastwood habla de la familia sacrificada en pos del éxito, del omnipresente e innecesario smartphone, del mercado y sus peajes, de los prejuicios en su patria, del derecho a la incorrección política, de la tercera edad desasistida, de una sociedad volcada en la pasta gansa… Todo ligero y por capas.

Es el último Eastwood, el que ya no puede dar miedo, como lo daba aún en su maestra Gran Torino, pero reconocible en su caminar y su decir. En su rictus desubicado. Para remate, elige y coloca las canciones finales como nadie. Vamos, Clint. 


jueves, 4 de julio de 2019

Genio y figura

Al final, quedó encasillado en el galán anticuado y el cariñoso "chatina" que les largaba a las actrices jovenzuelas en escena o plató.

Pero este señor empezó en el cine en los 50, haciendo unos villanos estupendos (el gángster de A sangre fría, el gigoló Víctor de Un vaso de whisky, el torero Romerita) y, en reglas generales, papeles variados en los que siempre estaba solvente.

Durante varias décadas pasa por todas las etapas de nuestro cine, el picanteo, el melodrama, las estrellas cómicas de moda, como la Morgan en La tonta del bote, participa en el famoso Estudio 1, completa repartos internacionales en México o Argentina,... Y se consolida en la escena teatral, en la que su especialidad es la de "elegante de comedia sofisticada".

En los 80, dos papeles le pusieron de nuevo donde merecía: El villano de El Crack 2, que con una sola escena frente a Alfredo Landa y el smoking puesto para una cena navideña, pone los pelos de punta. Pero, sobre todo, el pijo buscavidas sin suerte que encarna en Truhanes, junto a Paco Rabal, nadie sabe cuál de los dos lo hace mejor.

No me importa mucho lo que vino después, las series de televisión exprimiendo su vis cómica para públicos algo mayores o sus colaboraciones en cintas más o menos sonadas (aquellas incursiones de la Pantoja en el cine...).

No tenía nada que demostrar. Habría podido hacer cosas mejores, pero seguía siendo el elegante. Y eso le bastó hasta el final.

jueves, 27 de junio de 2019

Hollywood y nosotros


Se avecina Rambo V
Stallone está mayor, pero sabe lo que se hace y los números le van a cuadrar.
En ésta, que va a tener estopa a cascaporro, participan intérpretes españoles. 

Sergio Peris Mencheta hace de "malo latin", en esa línea que estila hace tiempo de rellenar repartos en Francia y Estados Unidos por un dinero que aquí (donde no ha tenido suerte con los protagónicos), ni se puede soñar, mientras vuelca su talento en la dirección de obras teatrales para el mercado patrio. Aunque si alguien quiere ver su capacidad como actor, basta el trabajo de 18 comidas.

Oscar Jaenada no se pierde una, aunque sea de "malo latin 2". Misma línea, pero habitualmente con menos metraje que el que ha obtenido en Hollywood Jordi Mollá como sempiterno narco segundón que despachan en el segundo rollo. Por este procedimiento, que también supongo rentable, el cuando menos trilingüe Jaenada (actor muy talentoso, dicho sea de paso), se ha colado en La fría luz del día, Piratas del Caribe 4 o esta nueva de Rambo.

Paz Vega interpreta a una reportera que está cubriendo el comercio de drogas con México. A priori, parece un avance. Ya no es la novieta del narco, la criada de la casa o la esposa abnegada y decorativa. Quiso ser la alternativa a Pe, pero Hollywood sólo admite una española exótica y guapa por generación, darling. Paz necesita ser bien dirigida (veáse Los amantes pasajeros de Almodóvar, donde está soberbia en una película desastrosa), y esa dirección sutil de actriz no verá la luz en ésta.

Antes, pero también recientemente, se pasearon por el extrarradio hollywoodiense Luis Tosar (para narco de Corrupción en Miami), o Alex González haciendo de mutante mudo en una de los X-men

Vaya, igualito que se estila por aquí cuando contratamos actores angloparlantes, para películas que la primera medida que toman es mutar en angloparlantes, que las estrellas del cartel no pueden actuar chapurreando una idioma que no sea el materno..

En la imagen, la fracción de segundo dedicada a los nuestros en el trailer de Rambo V

Y luego hay gente que sigue empeñada en que lo que hizo Banderas primero y Bardem y Cruz después carece de mérito.

martes, 25 de junio de 2019

Toy Story 4


La cuarta, y nadie sabe si última entrega, es deliciosa como las tres anteriores, espectacular en su técnica (parece imposible llegar más lejos) y con un puñado de personajes bien dibujados, entrañables, viejos compañeros de viajes jugueteros de todos nosotros.

Parte, por descontado, de un guión hábil, muy divertido y, lo que es marca de la saga, con sus bien traídos dilemas morales entre juguetes.

Hasta ahí, nada que objetar. Vuelves a acompañarlos en sus aventuras y disfrutas como un mico.

Pero al salir del cine, tres espectadores de diferentes edades y sexos, todos fans, nos preguntábamos qué necesidad había de esta número 4, más allá de la exhibición pixariana y la caja de taquilla y merchandising.

Con un final tan redondo, perfecto, hermoso, demoledor en su nostalgia, como tenía la tercera, para qué seguir estirando el arriesgado y dulce modo de vida de la pandilla toy.  Ya nos hemos deslumbrado en anteriores entregas con los rescates asombrosos, las vidas más allá del propio niño, la lealtad a machamartillo de Woody, los juguetes resentidos o desubicados,… Todo lo conocemos, aunque ahora haya un primer día de clase, un parque de atracciones, una tienda de antigüedades, una caravana y algunos juguetes nuevos.

Precisamente, el gran hallazgo de Toy Story 4 es un no-juguete, un juguete “a la fuerza”, un pequeño “monstruo de Frankenstein” en el que la pequeña Bonnie es el doctor, inventora infantil sin ansias de grandeza.

Lo demás, muy disfrutable, son zapatos viejos: los que más cómodos nos van, a los que más cariño tenemos, pero que acaban suscitando el también clásico “¡a ver si cambias de zapatos!”


viernes, 14 de junio de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 10



HAMBRE EN PANTALLA

El único superviviente de la patrulla de caballería que se adelanta a reconocer el terreno suele volver con una flecha en la espalda, pide un sorbo de agua antes de nombrar la tribu que le ha hecho el roto y enseguida entrega el equipo. Es un caso paradigmático. Pero, por lo general, el que vuelve de un arriesgado período de privaciones lo que pide es comer aunque sea un mendrugo de pan, una patata retiesa o un boniato crudo y mal lavado. 

El hambre plasmado en el cine vive de estas ansiedades.

La filmografía alrededor de la guerra (excepción, como ya queda dicho, de las guerras indias), ha sido un filón para la hambruna. Los suministros lanzados desde el aire (a veces se quedan en papeletas de propaganda triunfalista o cruces de hierro), el rancho de trinchera (sopa aguada), los banquetes simulados durante los permisos (siempre queda una buena añada en la bodega si la propina o la recomendación son idóneas), las apreturas en retaguardia para avituallarse (esas lentejas de Las bicicletas son para el verano), ... No hay mejor escenario que la guerra para comer lo inapropiado y con las manos, salvo en Alaska la suela de zapato de los quiméricos buscadores de oro, con Charlot a la cabeza. 

La comicidad de aquel no es replicable. El hambre es por naturaleza dramático, como la sed. Y si se combinan, no digamos: es difícil superar una escena como la de la familia judía deportada hacia los campos en El pianista de Polanski, compartiendo un simple –y único- caramelo a falta de agua y cualquier alimento. Impresiona también la impotencia del protagonista algo después, tratando de abrir la única lata de conservas que queda entre las ruinas de Varsovia. 

Si avanzamos hacia los apocalípticos escenarios del futuro de tiendas de alimentación saqueadas, almacenes vigilados como tesoros y regreso torpe y difícil a la caza mayor susceptible de asarse pinchada sobre la lumbre, comprenderemos que la supervivencia pivota en todo momento sobre la posibilidad de saciar el apetito. Tom Hanks ya nos ha mostrado lo difícil que puede ser partir un coco. Por poquito no renuncia y le llama Wilson.

Luego está la tentación, claro, que corre pegada al hambre. Un banquete señuelo espera al explorador de maldiciones, solitario o acompañado de un segundo demasiado glotón que coge algo apetitoso de la mesa y se lo lleva a la boca con la misma inconsciencia que Hänsel. Para el caso, nos vale una niña de posguerra perdida en El laberinto del fauno.

El hambre es mala compañera de correrías, sea cual sea el guión. Que se lo digan a los fugados de todo penal estadounidense, que además de birlarse unas camisas a cuadros oportunamente tendidas al sol buscan un pan de molde, una mazorca o un jamón cocido que llevarse bajo el brazo o devorar en plena huida. Hay un cierto matiz malvado cuando se tiene que llenar el buche en Estados Unidos, seas convicto o chaval fuera de casa: el hambre nunca va a mayores. Encontrarás, para hurtar fácilmente, una puerta de mosquitera abierta a la cocina, o te recibirá una familia con un plato de más a la hora de la cena. Estamos en la “tierra de promisión”, friends. Ni siquiera Ford en Las uvas de la ira, la obra definitiva sobre la Gran Depresión, retrataría en ella el Hambre.

Eso queda para el cine europeo, el neorrealista y los otros. De todos ellos, con escenas realmente logradas de penuria o redención alimentaria de la misma, me quedo con el momento en el que, durante El viaje a ninguna parte, Laura del Sol le confiesa a José Sacristán que tiene hambre. Él cree que se refiere a un malestar circunstancial, hasta que Laura le aclara que “padece” hambre.

No es lo mismo. Es la enfermedad del hambre que ninguno de los que vemos hoy y aquí cine de sala hemos conocido jamás y que las películas del primer mundo te hacían olvidar un par de horas en tiempos bastante peores que éste.

Ahora, como entonces, ninguna secuencia le gana en autenticidad a la que se monta alrededor de una comida civilizada como ejemplo de dignidad que se recupera. Aunque después no puedas pagar la consumición opípara, o la noche amenazante vuelva a rodear el refugio donde un ser querido preparó un delicioso guiso y lo sirvió en los últimos platos de porcelana.


lunes, 27 de mayo de 2019

Enhorabuena, Antonio


Es llamativo que un reconocimiento de este calibre haya llegado a través de un proyecto no hollywoodiense. Y que tus reconocimientos en aquellos lares vengan de nominaciones al Emmy (TV) o al Tony (Teatro). Dice mucho de cómo anda la Meca del Cine, sobre todo del 2000 en adelante..

Al llegar allí, te tocó hacer de secundario exótico en películas para otros, pero acertaste al elegir y afianzarte. Tuviste una década bastante buena en los años 90, dentro de lo que se hacía en los años 90, cuando la industria estadounidense aún conseguía brillar sin recurrir a los súper-héroes marvelitas. 

Luego, las cosas se empezaron a torcer, aunque te mantuviste a flote, alternando colaboraciones de calidad (Woody Allen, que curricularmente es un talismán, Frida), olfato comercial para la diversión (Spy KidsEl Gato con Botas, Bob Esponja), películas que pintaban mucho mejor de lo que teminaron siendo (estoy pensando en los proyectos de Brian de PalmaChristopher Hampton, Gregory Nava o Jean-Jaques Annaud) y cositas rentables no demasiado afortunadas (Pecado original, The body, Déjate llevar, The Code, Mi novio es un ladrón,..). 

Supongo que mantenerse es el verdadero éxito.

Ojalá te sirva este reconocimiento en Cannes para zafarte de esos esporádicos, pero demasiado frecuentes, films de mamporros serie B que van directos a Netflix y similares. Lo único bueno de ellos es verte con otros grandes (tipo Ben Kingsley o John Malkovich) e imaginaros en la barra del bar de enfrente mientras arreglan la iluminación del set, diciéndoos unos a otros ante no pocas cervezas "¿y tú cómo has acabado haciendo esta mierda?"

Eres, desde luego, nuestro actor más simpático. Cantas razonablemente y tocas la guitarra y el piano.Tu carrera está ligada a lo mejor de un director notable (sobresaliente por comparación, en los tiempos que corren). Entendiste el negocio aquí y allí. Y siempre vuelves a España, que tiene su mérito. 

Enhorabuena, tío. Ese título parece resumir tu larga carrera, hecha de dolor y gloria.

lunes, 20 de mayo de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 7.


CINE Y DULCES: SALTARSE LA DIETA

El otro día vi una película de Tarantino, la última que me quedaba de este talentoso frívolo de la crueldad, y me topé con una de esas estupendas frases suyas, entre palabrota y crimen: “Coño, nena, eres tan dulce que haces que el azúcar sepa a sal”. Y se hizo el clic: Coño, nena, vamos a escribir de azúcar. El dulce del Cine, que se utiliza como símbolo de la tentación, la gula, el egoísmo exacerbado, la despreocupación suicida y, afortunadamente, como canalizador ocasional de asuntos representativos y representables del amor carnal.


La película Julie & Julia (canto a la cocina francesa y no al dulce), dejaba una máxima muy reivindicable: "La gente que ama comer, siempre es la mejor gente". Eso –en el Cine– no aplica con los dulces. La repostería es así, una codiciada colección de delicias listas para ser asaltadas a la menor ocasión y con remordimiento. Había un pastelero en Cyrano, un bonito relevo generacional en Tiempos de azúcar y una libérrima confitera en Chocolat, pero con frecuencia el objeto se superpone al profesional que lo realiza y suele cobrar significados tremendamente inquietantes.


Es mucho más potente ver a la Reina del Invierno de Las Crónicas de Narnia corromper al niño con delicias turcas que verlas hacer, aunque el niño luego caiga igual en la tentación de comérselas. Es más importante la tarta de almendras con la que una esclava consiguió enamorar a un sultán, que su receta. El chocolate afrodisiaco que compra sin pudor la hasta entonces desatendida esposa provinciana, que los estimulantes ingredientes de los que está hecho (qué poca visión la del espectador, caramba).  


La misma importancia cobra el strudel (y su crujiente hojaldre) que pide Christopher Waltz-Hans Landa en Malditos Bastardos y obliga a compartir con él a Mélanie Laurent-Shosanna; o los Twinkies que busca Woody Harrelson obsesivamente en Zombieland. Son objetos ligados a la perdición. No me acuerdo de cómo se llamaba Woody en tierra de zombies, pero sí de la golosina que prefería. En resumen: para variar, interesa más el pescado que la caña.


Pero aquí queremos hornear con meticulosidad, persiguiendo la perfecta combinación entre personaje y dulce de su predilección: Os emplato por tanto a Gustav, el niño tragón de Charlie y la fábrica de chocolate, que engulle sin límite y desagradablemente, lo que le costará la descalificación rápida del millonario inventor Wonka, aunque, como cliente, el muchachito no tenga precio

A la Lee Remick- Kirsten, adicta al chocolate y a través del cual se convierte en alcohólica en Días de vino y rosas (pues lo importante es la adicción, no tanto a qué).  


Las tostadas francesas que preparan de conjunto Kramer padre y Kramer hijo en Kramer contra Kramer, un momento que certifica la conexión doméstica entre ambos, muy distinta a la del padre divorciado que lleva al vástago a comer hamburguesas los fines de semana alternos.

El donut que resume la gula ilimitada de Homer en Los Simpson, la película. El postre rosado con forma de enormes senos femeninos, ante el que el Philippe Noiret de La gran comilona (historia de un suicidio gastronómico colectivo), entrega finalmente la cuchara. Como prolongación de esta idea de morir comiendo (en vez de matando), podemos incorporar al Mycroft Holmes-engullidor de puddings, en uno de esos largometrajes para televisión que se marca últimamente la BBC.




Y a título carnal, Elizabeth-Basinger sacando en Nueve semanas y media la lengua para recibir la miel directa del bote, una miel que lo va a poner todo dulcemente sucio y apetecible. Esta secuencia culinario/erótica no retrata al personaje, pero es (junto con el streaptease juguetón), la única que permanece mínimamente a salvo de aquella película-madre-de-todos-los-spot-cool-de-los-80. Y os prometí hace un par de artículos que hablaríamos de ella. Sin embargo, aún con sexo de por medio, el dulce funciona mucho y bien como visual metáfora en negativo y suele tener mal desenlace. 


He reservado el ejemplo paradigmático para el final: Se nos está acabando el azúcar y hacen falta cantidades ingentes para cocinar a Maria Antonieta, a la cual la fiesta le pasará factura, pero cuyo carrusel de crema, que en la versión de Sofía Coppola precede al desastre, es digno de verse y anticipa a todo color la revolución pendiente. 

Sabes que la cosa va a terminar en el tajo (esa es mi cabeza, Valance), pero los planos cenitales de platos repletos de golosinas son todo un deleite para los sentidos. Es Cine, así que no te importe, ese deleite culpable lo experimentas en la oscuridad.


(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE,  Abril 2018)

jueves, 9 de mayo de 2019

Vengadores: Endgame



No sé si los lectores de este blog recordarán aquellas fotos de familia que se marcaba la Metro Goldwyn Mayer en su época dorada, para demostrar que tenía contratadas “más estrellas que en el cielo”. Todavía anda alguna foto grupal de esas navegando por el pixelado mundo moderno.

Pues hay un momento en Endgame que viene a explicitar lo mismo: Que Marvel se ha convertido en el alma del negocio estadounidense del entertainment, contratando a todos los intérpretes importantes que quieren estar en primera línea de la popularidad y el negocio, y a los emergentes que lo mismo. En fin, una “foto de familia” que no deja de ser pura demostración de músculo, lo que en este género es más coherente que en ningún otro.

Endgame termina una etapa de Marvel que puede ser irrepetible. En ella ha habido de todo, aciertos espectaculares, patinazos, bobadas y hasta nominaciones al Oscar (si es que éstas siguen cotizando al alza, que ya se irá viendo).

En poco más de una década, Marvel ha conseguido trasladar a pantalla grande un puñado de iconos que malvivían apolillándose en cómics setenteros convertidos ya en piezas para coleccionista.

El cómic made in USA no había muerto, claro, pero empezaban a acorralarlo otros soportes de diversión heroica liderados por el videojuego, cuando los efectos especiales del nuevo milenio vinieron al rescate como hacen los superhéroes clásicos: sorpresivamente, por la mínima y arrasando.

Marvel decidió ir con todo, desempolvando a Ironman, a Thor, a Pantera negra, al Doctor Extraño, a los Guardianes de la Galaxia… incluso al sosainas híper-patriótico llamado para colmo Capitán América. Y menciono solo algunos de los personajes más oxidados, para poner en valor la apuesta, porque Spiderman o Hulk siempre jugaron en otra liga: ya en décadas precedentes, sus sucesivas adaptaciones para distintas pantallas, hasta las menos afortunadas, certifican que estaban listos para dar el salto en cuanto la tecnología se lo permitiera.

Endgame es la segunda parte de una película total, que lo contiene todo y a todos. Está admirablemente concebida para no dejar cabo suelto de cuanto había que cerrar y abrir posibilidades a lo que debe seguir abierto. Permite al devorador de todos los títulos anteriores reconocer los guiños y despejar cualquier fan-duda, sin despreciar a los espectadores que han pasado por la súper-taquilla solo de forma esporádica. Si te has perdido varias películas de éste o aquel súper-héroe, no importa gran cosa. Aunque es muy probable que te pique la curiosidad retroactiva y el negocio se extienda hacia el pasado y hacia el futuro. Vamos, que los guionistas se han ganado el sueldo.

Semejante rompecabezas debe haberles facilitado los desahogos humorísticos de los que se salpican los diálogos, hasta bromeando sobre algún personaje del que nadie recuerda su nombre exacto. Como un buen pastel de cumpleaños, la película tiene capas de dulces diferentes para suscitar la emoción o la sonrisa según convenga, pero también velas encima para que la cosa refulja y la épica presida la función. Vaya, a según qué edades a eso se le llama felicidad y si arrugas la nariz cuando oyes siquiera mencionar esta clase de película, ahórrate el precio de la entrada.

Aquí se viene a divertirse y admirar valentías inauditas. Así llevan los anglosajones construyendo iconos pop desde hace mucho tiempo. La fórmula, que manejan como nadie y con el presupuesto que haga falta, es prácticamente infalible.

El pastor David, mientras tanto, no tiene qué poner en la onda. No es que nadie le alcance una buena piedra, es que ni nos molestamos en buscarla.

martes, 7 de mayo de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 10



Platos por los que vale la pena vivir

Hay una escena del cine que me gusta particularmente. Es aquella en la que el Woody Allen de Manhattan está tumbado en su sofá con una grabadora, enumerando las cosas por las que para él vale la pena vivir: Groucho Marx, por nombrar a alguien, Jimmy Connors, el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, Louis Amstrong y su grabación “Potato head blues”, algunas películas suecas, claro, “La educación sentimental” de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, esas increíbles manzanas y peras de Cezanne, Los mariscos de Sam Wo´s,…

Parémonos aquí, ésta es una revista gastronómica. Y éste, el artículo de cine de la revista. Así que hagamos una pequeña lista sobre platos cinematográficos por los que vale la pena vivir:

Los mariscos de Sam Wo´s (cangrejos en el original), por formar parte de la escena antes citada, o las langostas que tratan de cocer el propio Woody y Diane Keaton en Annie Hall, ambos en su mejor momento.

La pizza con que reciben a Anita Ekberg a pie de avión en La dolce vita. Por su posterior inmersión en la Fontana de Trevi también vale la pena vivir, pero aquella pizza tenía una pintaza aunque la estrella se limitase a posar con ella ¿Se la comió el sobrecargo? ¿Los paparazzis? Quién sabe.

El spaguetti con albóndigas y beso de Reina y Golfo, o lo que es lo mismo: La dama y el vagabundo.

Los perritos calientes de Gray Papaya en Nueva York, sobre todo cuando puedes saborearlos en lo alto de una montaña junto a Salma Hayek, que los ha encargado a domicilio.

El merengue de Érase una vez en América. Sí, aquel merengue que el niño rebaña hasta que se lo acaba, mientras espera a que salga la fresca del barrio a quien el dulce iba destinado para comprar sus favores.

La sofisticada cena que en Fresa y Chocolate organiza el cubano “fresa” a su amigo “chocolate”, homenajeando la novela Paradiso de Lezama. Un momento que se convirtió en bautizo de lo que acabaría convirtiéndose en el restaurante más emblemático y original de La Habana: La Guarida.

Las guindas al marrasquino de Nueve semanas y media, servidas en cuchara a la hermosa rubia de ojos vendados que reinó en los años ochenta (la miel y el hielo los dejamos para otro día).

La sidra asturiana escanciada por Ferrandis en Volver a empezar, pura alegría de vivir.

El batido de 5 dólares de Mia Wallace en Pulp Fiction. Llamado Martin & Lewis, como homenaje a Dean Martin y Jerry Lewis, su éxito fue tal que el chef Dave Watts acabó desvelando la receta: Una banana mediana, una pizca de extracto de vainilla, 300 gramos de helado de nata, 200 gramos de yogur natural, 250 ml de leche entera, 2 cucharadas de miel, 5 cubitos de hielo, una pizca de sal, 4 cerezas confitadas y nata montada. No sé si vale 5 dólares, pero contemplar a Uma saborearlo vale bastante más.

Los dulces que van a recorriendo Depardieu-Cyrano de Bergerac y el pastelero de París (muy fan), mientras recitan y el pastelero se deja robar de forma inmisericorde, como José Luis López Vázquez aguantaba estoico el atraco diario de sus sobrinos en La Gran Familia.

Las alitas de pollo de la cesta de picnic de Grace Kelly en Atrapa un ladrón. Aunque tienes que lucir Cary Grant para comerlas con la elegancia que la Costa Azul exige llegado el caso.

Cualquiera de los platos de cocina china tradicional que prepara el viejo Chu a sus hijas en Comer, beber, amar.

El filete con patatas de John Wayne antes de que zancadilleen al camarero. En ese caso, ya sabéis lo que toca decir: “Ese es mi bistec, Valance”.















(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE,  Noviembre 2017)

lunes, 6 de mayo de 2019

El viejo wookie

El único de la Galaxia que nunca le cayó mal a nadie.

viernes, 26 de abril de 2019

Gilda en los Andes


Acabo de recibir la liquidación del 2018 
de mi novela GILDA EN LOS ANDES.

Gracias a todos los que habéis adquirido un ejemplar.

jueves, 25 de abril de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 6


Desayuno para llevar

Es curioso lo que sucede con el "auténtico desayuno americano", como lo llama Tom Hanks en El puente de los espías, cuando al fin encuentra en Berlín el hotel idóneo para pedirlo: es el desayuno más fotogénico del cine (colorido, variedad, abundancia), pero nadie tiene momento de comérselo. Cereales, mazorcas, bacon, huevos, pastel, zumo, bollería, tostadas... Todo listo para degustar un casi-brunch como arranque óptimo de cualquier día laborable, desperdiciado por la puntualidad de un autobús escolar, la inaplazable cita de negocios o la asesoría al Pentágono en el último despropósito de seguridad nacional. La magia del cine alimenticio. Prueben a hacerlo en casa: bébanse el café de pie, cojan el maletín y el primer bollo que esté a mano y digan que van cortos de tiempo para probar lo demás. Será la última vez que me lean.


En el cine se perdonan las prisas matutinas –y se preparan brunchs– con demasiada soltura. Podremos solventarlo con otro café (para llevar) y unos donuts en bolsa de papel, siempre y cuando toque esperar en el coche a que el sospechoso salga de su guarida (¿habrá desayunado?) y se ponga en movimiento.


El desayuno del cine, abriendo campo para abarcar más allá de Hollywood (aunque también allí), tiene su sentido primordial en el contexto de un amanecer de los que propician el apetito: La pareja ha hecho el amor, probablemente nos muestran alguna réplica de su terremoto nocturno, y están en un hotel con servicio de habitaciones. El plato caliente con caperuza de plata, los croissants recién hechos (ella opta por el croissant, ya enfundada en el albornoz), el zumo finalmente atendido, el café a sorbo lento... Unos minutos para mirarse a los ojos, aunque la agenda inmediata corte la digestión. Salvo que el camarero que trae el carrito oculte una pistola con silenciador bajo la servilleta, el desayuno es un recurso narrativo eficacísimo para exponer el sosiego y el cariño, un contrapunto a la vida agitada y rutinaria o excepcional de cualquier personaje.


Como puesta en escena significativa, resulta perfecto en uno de esos momentos viajeros que privilegia la pantalla, especialmente si mostramos un protagonista tomándose sus primeras vacaciones desde hace años y en algún país ajeno: matrimonio inglés paladeando el alba de la ciudad en un café parisino de Montmartre o los Campos Elíseos (banda sonora de acordeón); ruso reconcomido por la tentadora abundancia del otro lado del telón de acero; americana probando el aceite de oliva en un pueblito costero del Mediterráneo... Ese instante en el que se goza realmente el café y hasta se mira la vida alrededor, quizás el amor inesperado que entra por la puerta o cruza el ventanal del establecimiento en bicicleta. Aunque a veces no haga falta irse tan lejos: se puede desayunar caminando hacia casa con música de Mancini y diamantes al fondo.


En cualquier caso (y ya metidos en joyería), no hay mayor sosiego que el de los desayunos “hereditarios”, disfrutados estos por personajes sucesores de monarquía o de imperio. El tiempo de preparación en cocinas, el recorrido del servicio por pasillos y salones repletos de óleos, molduras y mobiliario Luis XV, la apertura de cortinajes en la ventana del dormitorio, la bandeja depositada junto al lecho con dosel… Así sabremos que el o la joven durmiente goza de un noble linaje y no ha padecido estrechez jamás. Será incapaz de pensar que el panecillo de su plato puede haber sufrido no pocas peripecias y revolcones hasta llegar a esa cama, como sucedía con el de Grace Kelly al comienzo de El cisne.


Busquemos otras posibilidades. El desayuno de Ciudadano Kane, en una mesa demasiado larga, con cada esposo leyendo un diario diferente. Distanciamiento sentimental insalvable. Sólo beberán sus infusiones aunque carezcan de prisa, pues no abrieron el apetito durante la noche. Otro desayuno americano, en la cama, pero limpio de toda sospecha: Kate y Spencer –pocholina y pocholín- en La costilla de Adán, también hojeando la prensa. Armonía sofisticada sin necesidad de hotel, ni mansión, servida –eso sí– en bandeja.


Suceda lo que suceda luego, ¿qué es un desayuno sin un periódico de papel para acompañarlo? En el que descubrir el último escándalo, ver al poderoso malvado en titulares, leer una crítica favorable al estreno de anoche o señalar con determinación las ofertas de empleo. Café y prensa son los ingredientes básicos para desayunar en Occidente según el cine. Un brebaje amargo y el horror a cuatro columnas se erigen en suprema representación de la intimidad personal más tranquila y reflexiva. La de mejor digestión.

¿Terminará imponiéndose para esa imagen del desayuno plácido la lectura de prensa (o de la revista predilecta) a través del móvil? Si así fuese, valdrá igual que se acabe la batería o que se tropiece el camarero camino de nuestra mesa. No olvide mascullar:

“Ese era mi desayuno, Valance”.


(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE,  Marzo 2017)