lunes, 16 de diciembre de 2019

¿Dónde está mi cuerpo?


Otra maravilla de la animación se ha colado entre la mucha mediocridad magnificada que produce Netflix. En este caso francesa, originalísima, cómica, romántica, intrigante, terrorífica… poética.

Con un estilo gráfico en 2d aparentemente sencillo, pero muy afinado, lleno de encuadres bellos y naturales, fondos urbanos con su punto exacto de cocción, luces y sombras, color o blanco y negro… Todo preciso, bonito hasta donde debe y con un movimiento que es soterradamente la estrella de la función.


Más allá de los que nos fijamos en estas cosas, por deformación profesional, afición plástica o frikismo, se despliega en pantalla una historia que no sólo es encantadora de ver, sino interesantísima y hasta loable de tan alejada del patrón Oro (ya me entendéis, Hollywood / Goliat en mallas heroicas).

Lo más chocante, en cualquier caso, es que ese distanciamiento no se produce por buscado hermetismo, autorías mal entendidas o incoherencias a lo Lynch (cuando Lynch se pone incoherente). Cada situación mostrada es perfectamente entendible, a veces hasta graciosamente tópica, es el encadenado desarrollo de todos sus elementos lo que convierte a esta película en una joyita que se sale por completo de la norma. Y de la que muy poco puede decirse sin que te corten la mano.

Búscala y clica. En cuanto a la pregunta formulada en la versión española del título, Naoufel… Supongo que cada cual extraerá sus propias conclusiones y encontrará una respuesta. La mía es que está con ella.


Anna Karina


Se ha repetido tantas veces la secuencia del baile en Banda aparte, que se diría su “momento Fontana de Trevi”. Anna Karina hizo mucho más, claro.

Como musa de Godard, rodó un puñado de buenas y sesenteras películas, desde Una mujer es una mujer a la mítica Banda aparte, Vivir su vida, Lemmy contra Alphaville, Pierrot el loco, Made in USA. Pero también trabajó con Rohmer, Visconti, Vadim, Schlöndorff, Cukor, Varda, Fassbinder, Ruiz, Rivette, Demme… Su ritmo de trabajo no decayó en los setenta y ochenta. Pero en la última década del milenio sólo tres cineastas contrataron aquellos ojazos. Con todo, Anna pudo aún marcarse cuatro apariciones más, hasta el 2008.

Otra joya del cine que se va. 
Sigue bailando, bella Anna.


sábado, 14 de diciembre de 2019

Danny

Llevaba una década retirado y pasaba de los ochenta años, pero era de esos actores que te gustaría toparte en cualquier película durante toda la vida. En los años setenta del siglo pasado, casi como figurante con frase (y qué frase!), se coló en El Padrino II. Poco después participaba en Érase una vez en América, la catedral de Leone.

Pronto fichó por el magnífico Allen de los ochenta (Broadway Danny Rose, La Rosa Púrpura del Cairo, Días de radio) y destacó en Hechizo de luna como novio de Cher pegado a las faldas de mamá y en Haz lo que debas, que valió a su pizzero acalorado su nominación al Oscar. 

Trabajó con Altman, Besson, Becker... Hasta se embarcó en las aventuras internacionales de Trueba y de Gómez Pereira. Recuerdo ahora especialmente su gángster de Two much enamorado de la entonces bella Melanie Griffith, advirtiendo a Antonio Banderas que le rompería un hueso por cada lágrima que ella derramase: "Y ya sabes que llora mucho".

Hoy te lloramos a ti, amigo. Buen viaje a la inmortalidad.


domingo, 8 de diciembre de 2019

El irlandés


El Irlandés sólo tiene dos peros:

El retoque a Robert De Niro para cubrir todas sus edades es el primer inconveniente. No hubiera pasado nada por usar otro actor que le encarne en la juventud. El original lo hace todo de coña, claro, pero resulta muy difícil tragar con un rejuvenecimiento que nos da físicamente un De Niro distinto al que sabemos que fue. Aunque quien no le haya visto delgado y loco en sus más lejanas pelis de gloria no tendrá ese problema.

El segundo inconveniente lo pone Netflix, que está contratando a los mejores a condición de que se parezcan mucho a ellos mismos. Aunque Marty les engaña con los travellings musicales marca de la casa, mientras apuesta por una narración contenida, menos Scorsese de lo que aparenta ser. 


Todo lo demás es una demostración de fortaleza como narrador, artista, técnico, cineasta total. No queda nadie en Hollywood a su altura, salvo quizá Eastwood (cada dos films) y Spielberg (si le quitamos los subrayados sentimentales). 

Del reparto se puede decir otro tanto. Casting primoroso de todos los feos estadounidenses de barbacoa, du duá y sindicato. Preciso y volcánico Al Pacino. Detalle de lo más jugoso el papel para Harvey Keitel

Y lo de Joe Pesci es, francamente, de otra galaxia. 

Bravo por el viejo clan de putos amos.

martes, 3 de diciembre de 2019

Joker en gaditano



No conozco al autor de esta crónica, pero me gustaría haber sido yo.

De Cádiz, para el mundo:

“Por fin he visto JOKER. Peliculón. La interpretación del nota es tremenda. Eso si, yo más que el Oscar le daba una olla de menudo, que no vea el canijaso que tiene el joaquinito, picha. Está claro que cuando hizo del emperador Cómodo en Gladiator, estuvo más cómodo. Porque el casting de Gladiator fue bueno, pero el catering… eso tuvo que ser un bastinaso. Na má que hay que vé la diferencia entre el cuello que tenía el joaki haciendo de Cómodo, que era una mezcla entre el de Fernando Alonso con el de Ángel León y la papada del pequeño Nicolás, y el que tiene hasiendo de Joker. ¿Y el nota que hacía de gladiator?… que lo veías al lao de los demás gladiadores y pensabas: esos están yendo al gimnasio pero este no sale del burguer king el ioputa..

Pero bueno, volvamos al Joker. La película está del carajo porque te hace reflexionar sobre el origen del mal y sobre cómo alguien anónimo, poseído por la mala suerte, marginado por el individualismo y despreciado por el sistema, puede convertirse en un hijoputa. Y porque no tiene movil ni coche, pensé, porque estafado por vodafone y sin sitio pa aparcá, ya se habría cargao a alguien en el primer fotograma… La peli está tan bien hecha que consigue que empatices con el joker y te metas en su pellejo (esto último, con el canijaso que tiene, no es difícil. De hecho pa mí que en su pellejo cabía to la sala 8 del cortinglé).

Aunque todo el mérito no es de la peli, hay que reconocer que también ayuda mucho a identificarse con el personaje el hecho de que después de llegar corriendo y a lo justo a la sesión de las 18.30 tras dejar a los niños con los abuelos, pagar 7 pavos por cada entrada y subir las escaleras de la sala hasta alcanzar la última fila de butacas justo en el límite con la estratosfera, coja el cortinglé y te casque 20 minutos de anuncios. Pero no solo trailers de otras pelis como to la vida, no: anuncios de coches, de ikea y de bancos. Si, de los putos bancos. Y sin mando pa cambiá, te los tragas por cojones. Encima, como no te ponen lo de “volvemos en 7 minutos”, ni siquiera sabes si te va a da tiempo de hacé popó o sólo pipí. Así que a los diez minutos, viendo que aquello se hacía más largo que un intermedio de la peli de la tarde de antena 3, bajé a oscuras las putas escaleras y aproveché pa salí a comprá las palomita que, con las prisas por no llegar tarde, no había comprao a la entrada. 14 pavos en dos puñaos de maiz sosos y dos cocacola. Sus muertos. Cerveza no tenían porque no pueden vender alcol. -¿Que no podéis vender alcol?… le dije a la dependienta, po ahí dentro bien que lo anunciais, cabrones, que entre el anuncio del nissan juke y el del bbva había uno de vino con su bodega y tó. -Mira tio mierda, me dijo marcándome la yugulá con la pala de cogé las palomita, -si quieres vino, baja las escaleras y te vas a dá por culo al hipercó… que aquí ya tengo yo bastante con aguantá niñato maleducao que se gastan en dos horas lo que gano yo en dos días como pa encima tené que aguantá también a puretas amargaos que pretenden pagá cormigo su enfado con el sistema. ¡¡Enga a mamarla por ahí, carajote!!!… – ¿qué ma dicho, cacho puta?… – ¡amargao de mierda!… Tras un desequilibrado intercambio de pareceres, soltar 14 pavos por dos vasos de hielo con un chorreón de cocacola y dos cartones de palomitas con la bandera yanqui y sin tiempo pa meá, me volví corriendo pa la sala 8.

Evidentemente la peli ya había empezao. De hecho estoy seguro de que el proyectista aprovechó la única oportunidad que le brindaba su pequeña parcela de poder para canalizar sus frustraciones y le dio al pley na más verme salí de la sala. Optó por sentirse mejor haciendo sentirse peor a un semejante. Y la pagó cormigo el hijoputa. A oscuras, con las manos heladas por el hielo de lo vasos, la peli empezá, meándome, enfadao con la de las palomitas, con 30 pavos menos en el bolsillo y con un odio creciente en mi interior, comencé a subir otra vez las escaleras. Los primeros 10 escalones los aproveché para contar hasta 10 y tratar de relajarme. Los subí pensando, -yo soy buena gente, ¿qué le pasa a todo el mundo?… Pero al llegar al escalón número 11, con las manos entumecidas por el hielo, el cuello dolorido por aguantar contra el pecho los dos cubos de palomitas y mareado por la falta de oxígeno a esa altura, tuve que parar a coger aire.

Hasta ese momento parecía que nadie había reparado en mí. Quise pensar que a oscuras y con la atención puesta en la película, nadie había sentido el impulso de ayudar a un semejante. Pero un carajo pa mí. Había resultado invisible mientras no me había parado. En el momento en que me detuve para recomponerme comenzaron los resoplidos y las quejas: – ojú io… – no va da ná… – vamo a sentarno picha!… -échate a un laíto, carajote!… – siéntate ya, con tus muertos, que parese Moret!!… Enseguida llegó el primer empujón. Y luego otro, y otro… sin piedad. Entre insultos y empujones subí como pude hasta la última fila y cuando levanté la vista pude ver al proyectista en su cabina descojonao y aplaudiendo el linchamiento. Pero cuando se llevan dos cubos de palomitas agarraos con la papada no se puede levantar la vista. Los cubos se deslizaron por mi barriga haciendo reaccionar a mis brazos que trataron de sujetarlo. A estas alturas de la película, y de la escalera, tenía las manos como un playmobil: rígidas e incapaces de hacer la pinza.

Eso hizo que ambos vasos grandes de cocacola resbalaran y cayeran contra el suelo haciendo subir dos enormes chorros de cocacola helada que a modo de geiser alcanzaron mi cara y mi pelo. Al ver que el proyectista se estaba partiedo el pecho entendí que había llegado la hora. Me eché patrás el pelo ayudado por el azúcar de la cocacola, me meé encima y me encendí un ducado. En cuanto saltó la alarma de incendios y la gente empezó a gritar y a huir despavorida pisoteándose los unos a los otros cogí el extintor que colgaba en la esquina cercana y reventé con él el cristal de la cabina del proyectista. Se lo vacié entero al muy cabŕón y entonces, acompañado por la impresionante banda sonora de la película, bajo la intensa lluvia del sistema antiincendios y entre una espesa y espectacular humareda que me pintó la cara de blanco, comencé a bajar las escaleras bailando como nunca lo había hecho: libre, meao y sin un atisbo de culpa“.




miércoles, 27 de noviembre de 2019

Parásitos


Hacía mucho que no me sentaba en la fila 3. Quizá influya no poco en esta crítica.

La película de Joon-ho Bong es una montaña coreana. Mientras subes, un malévolo perfume hitchcockniano te presenta a los personajes (excelente presentación desde el fotograma inicial), el problema y las maniobras de unos y de otros, incluyendo una cogorza buñuelesca perfectamente integrada con lo anterior, porque de malévolo a malévolo, Alfred y Luis son referentes perfectos y hasta complementarios.

Llegados a este punto, el escenario contiene cuanto hace falta. Bueno, no todo... Es cuando la montaña inicia su loco descenso con gritos del respetable. La historia gira con una sorpresa abrupta que cambia el tempo de la película en cuestión de minutos.

Y tras una lluvia torrencial muy oportuna, empieza la bizarrada coreana. Lógica, subyugante e incómoda. Desde la fila 3, no digamos.

En este bloque, la violencia obtiene gags crueles que a Tarantino le harán morderse los puños. El mensaje entre lineas -ya sabéis, eso que ahora llamamos "lo social"- es ahora más visible y mucho menos sutil. Aunque es el mismo.

Al final, el bueno de Joon afloja y nos da uno de esos finales sí-pero-no, blandito aunque no feliz. Como dice un gran amigo "¡qué daño ha hecho la escuela la-la-land de finales!".

Así que, en resumen, una película notable. Desde la fila 3, bien.
Muy original, divertida, intrigante, burra y triste. Los coreanos tienen su punto, para qué negarlo.

La próxima, en la fila de los mancos.

martes, 19 de noviembre de 2019

Klaus


Ya dudo de que alguna vez quisiéramos intentar una oposición cultural a lo anglosajón. Si fue así, el imaginario hispano ha perdido hace mucho tiempo esa batalla. Pero no por hermanamiento fraterno, que vendría al pelo hablando de esta película, sino por rendición incondicional de nuestra parte. Nos encantan -de un modo explícito y desacomplejado- su modo de contar, sus melodías, sus temas, sus iconos. Los complejos quedan para lo que se reconozca nuestro, salvo que nos sirva para zumbarlo con sarcasmo marca de la casa.

Y por eso estamos aquí.

Klaus es una película maravillosa, animada por españoles, que se toma profundamente en serio y gracias a eso llega hasta el corazón. Klaus es lo que España nunca produciría para ensalzar los propios referentes, por falta de convicción o de autoestima, incluso la previa a preguntarle al público. 


Así que se desempolvan otros modelos, se consigue la complicidad financiera de Netflix y, de este modo, tienes la oportunidad de hacer una película bellísima sobre el egoísmo, la entrega, el candor, la responsabilidad y la magia. Una película ”de Navidad” prácticamente insuperable en los tiempos que corren.  

Eso sí, a la anglosajona manera. Porque la última obra maestra ambientada en Navidad que se cocinó en esta tierra fue Plácido, de Berlanga, cuyo genio descomunal no retrata precisamente una fiesta de los buenos sentimientos, aunque le quedó española de pura cepa.

Quiero evitar ponerme como un “guardián de las esencias”, con la cantidad de guardianes que ya andan sueltos. Pero, entre los que apuestan por lo aquí cocinado a veces se agradecería algo de fe. Y no hablamos de Santa, ni de San Nicolás. A estas alturas, eso suena a meapilas.

Referencias al margen, cualquiera que no tenga las vísceras de corcho disfrutará de Klaus como un niño. No os la perdáis.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Ronco rumor remoto


También hay vida en el Matadero.

El viernes pasado, que hacía un frío matador, la Cineteca de allí proyectó Ronco rumor remoto, de Jorge López Navarrete. Una apuesta personalísima, en blanco y negro, muda, pero sin campanillas taquilleras a lo Cannes. Va de un picapedrero peruano, así que no esperéis al verla coñitas de qualité.

Lo que sí atesora esta película es cabeza, coherencia y emoción. Las de un hombre que quiere dar digno final a la antigua casa en la que vivió su niñez y que ahora está ruinosa y a punto de ser demolida. Pero no le van a explicar a un experto en piedra cómo se tiran muros de lo mismo. Y mucho menos, qué hacer con los restos.

Se trata de una película para espectadores calmados, que puedan pararse en la belleza de los planos, en las ideas estéticas y éticas vertidas en ellos. Hasta en las referencias conscientes e inconscientes del guión (o del público avizor), que construyen algo completamente distinto a lo visto, pero entendible y también interpretable.

Supongo que no faltan aquí decisiones de rodaje y de edición en las que se ha hecho de la necesidad virtud, porque la financiación comercial de películas así (salvo firma de peso que lo tolere), brilla por su ausencia.

Atención al sonido. Y a las secuencias finales, que incluyen un momento espectacularmente truncado.


jueves, 14 de noviembre de 2019

XIV Festival de Cine Inédito de Mérida FCIM

Vuelve mi Festival de Cine favorito.
Una ciudad romana inolvidable.
Amigos de los que hay pocos.
Gran Cine en primicia.
Para no perdérselo.

Gracias por resistir.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Mientras dure la guerra


Con o sin solvencia en la dirección y en la producción, que aquí se tienen ambas, las películas de guerra no suelen destacar por su sutileza, puesto que aún a toro pasado parten de unos buenos y de unos malos (en las guerras que no son nuestras, también). El tema bélico lo facilita, así que resulta paradójico que las películas sobre intelectuales (aún las ambientadas en tiempos de paz), tampoco suelan ser demasiado sutiles, la verdad.

No le vamos a pedir a Amenábar filigranas analíticas. Pero, teniendo en cuenta los antecedentes, no le ha salido mal su apuesta. En primer lugar, porque arma a todos los personajes de razones, incluso a los que cargarán con la maldad de ganar y apoderarse de la victoria por décadas. En segundo, porque el personaje de Unamuno, contradictorio y brillante como pocos, parece concitar hoy en los españoles algo que de un tiempo a esta parte va cayéndose a tiras: el respeto.

Además, Amenábar tiene a un actor magnífico para encarnar a Don Miguel (Karra Elejalde) y otro (Santi Prego) que no sólo aporta el parecido físico y la vocecita de Franco, sino que se lo curra bien para matizar al astuto gallego que va a hacerse con el mando militar y del Estado “mientras dure la guerra”.

El falangista con bigotito, pelazo engominado y dos dedos de frente no comparece en primer plano de esta película “tibia”, aunque de posición más que clara. Las atrocidades del bando sublevado, que podrían recrearse dado que todo sucede en su zona, se resuelven en elipsis (los disparos lejanos, las desapariciones, los informes) o insinuaciones tolerables (unos cadáveres de cuneta, una viuda desgarrada, una detención sin papeles, a las bravas).

Por descontado, algunos detalles juegan al oportunismo o a la adhesión. Los más evidentes: que las regiones nombradas son las habituales, con lo que se diría que nunca encajaron, que España es lo demás, cuando todo es España, menos mal que Unamuno está ahí para decirlo. La bandera que lleva la peor parte es también “la de siempre”, o lo que es lo mismo, la que debe representar el inmovilismo de carcundia y uniforme, la rojigualda.  El obispo, que apenas abre la boca pero la abre mal, está donde suelen los obispos del género, y el único “meapilas” amable tiene que ser un pastor protestante y masón (como lo es también el militar más sensato de la Junta).  

Sin embargo, que no se encrespe el guardián de las esencias gruñendo ante las reescrituras “ideológicas” del cine que no lucen su letra. Para empezar, son inevitables. Hasta Ford, que le daba valor y caballerosidad a los dos bandos de la Civil americana, tiene claros favoritos.

Y para seguir, nadie puede ni quiere asegurar, en el cine o fuera de él, lo que hubiera pasado si la República gana la guerra española. ¿Progreso sin revancha? ¿Comunismo del chungo hasta la caída del Muro? ¿Posguerra sucia y aperturismo en los 60? Vaya usted a saber.

Lo que no admite discusión son los  nombres, apellidos y graduaciones de quienes se enfrentaron al gobierno elegido en las urnas. También los que despelleja Unamuno por incapaces de evitar que las organizaciones, partidos y sindicatos se desbocaran, de noche o a plena luz. Aquel era, desde luego, un tiempo de extremos enconados. Del que sólo sabemos resolver a tiros y el clásico “sólo puede quedar uno”.

Por eso, en mi opinión, el momento en el que la película roza la grandeza y conmueve de verdad, no es tanto el del discurso unamuniano en el atril, sino aquel en el que dos españoles discuten en mitad del campo, sin llegar a una acuerdo, pero sin matarse. 


martes, 29 de octubre de 2019

Robert Evans



Este guapete con mal perder en el amor, afición al polvo blanco y  ojo para los proyectos explosivos, produjo para la Paramount o su propia compañía, en poco más de una década prodigiosa, La semilla del diablo, Valor de ley, Love Story, El padrino, Chinatown, El gran Gatsby, Marathon Man o Cotton Club, película ésta última que ahora adoramos, pero que por costes frente a beneficios, fue su tumba en los 80.

Luego se recuperó para una década de títulos resultones y menores y se despidió protagonizando al principio del actual milenio El chico que conquistó Hollywood, un documental estupendo que prácticamente cerró su ciclo profesional.

Pero con éxitos y fracasos, obras maestras y cine alimenticio, Evans fue sobre todo el último productor de leyenda y piscina. El tipo del Estudio que sabía diferenciar a Pacino de Hoffman cuando los dos eran jóvenes y se peinaban igual;  un playboy que no sólo seducía actrices, sino que se casaba con ellas; ese alto ejecutivo de la industria que se leía los guiones antes de decidir.

Ahora nadie sabe quién produce los mierdos made in Hollywood que nos sirven como película evento del verano o de la Navidad. Lo que sí sabemos es que, sea quien sea, no se lee los guiones, para eso está por lo visto el ayudante de dirección.

Hasta ahora, Hollywood siempre ha conseguido reinventarse. Cuando lo haga otra vez, será mejor que fiche para hacerlo a gente con la casta de Evans.  

Yo soy Dolemite


Eddie Murphy es un cómico estupendo que hizo buenas películas en los años 80. Luego tiró de carisma y encadenó películas reguleras o directamente malas, que fiaban su resultado a la vis cómica de él, olvidándose de que un guión es el punto de partida, hasta para un monólogo (no digamos ya un largometraje).

A pesar de los vaivenes artísticos, el talento de Murphy para la composición nunca se ha discutido. No sólo es gracioso, sabe actuar. Y lo demuestra cada vez que se cuela en un proyecto con algo de calado, como lo hizo para Dreamgirls en 2005.

Ahora, camino de la sesentena, ha vuelto a aprovechar una buena ocasión y lo ha hecho en una película de Netflix, de las que no parecen de Netflix. Encarna en ella al fronterizo y originalísimo humorista Rudy Ray Moore, una leyenda del self made man afroamericano. 

Conocido como el padrino del rap, Rudy Ray Moore triunfó tarde, después de intentarlo todo. Hasta se metió en el cine de bajo presupuesto (el suyo), con su primer rol de éxito: el chulo Dolemite. La película cuenta este proceso de ascensión, ni más ni menos, incluyendo clubs de mala muerte, grabaciones caseras y rodajes cochambrosos. Con respeto por el espectador y por la historia, de forma bienhumorada, a veces patética, a veces cómica, triste, canalla o casposa. Pero todo debidamente engrasado y resuelto.

No es una obra maestra, como de un tiempo a esta parte se califica a cualquier estreno de la semana, pero Dolemite is my name es una buena película. En la que Murphy, de paso, está que se sale.


miércoles, 23 de octubre de 2019

Dinero sucio


Steven Soderbergh no nos explica nada que no sepamos, aunque lo que dice del asunto tiene sus chistes metafóricos y un reparto llamativo. Pero la película, impecable en factura, sólo transmite tinta de calamar financiera, mientras va saltando de una historia a otra, con interés limitado en varias de ellas y conexiones a veces levísimas que subrayan la falta de enjundia.

Salvo por Meryl Streep, que está ahí para dar empaque moral a la denuncia, Dinero sucio, como cine, poco aporta a los titulares de prensa sobre las marañas legales que permiten ocultar el dinero de quienes lo tienen.

Esto debería ser una película ante todo, y evaluarse según los parámetros que una película demanda: guión, interpretaciones, puesta en escena… Con el guión ya no llega al aprobado.


lunes, 21 de octubre de 2019

Diecisiete



Dos hermanos a la deriva, una abuela que lo dice todo con una sola palabra (como Groot), una caravana, un perro de tres patas y Cantabria.

Daniel Sánchez Arévalo no ha necesitado más para sacarse de la manga una de las películas con más encanto del año, que no hará caja en taquilla porque Netflix sólo hace estrenos en sala cuasi-técnicos y se vuelca de inmediato en su plataforma.

De vez en cuando, hasta acierta con la producción y éste es un caso. Diecisiete tiene un ritmo excelente, unos paisajes que enamoran, un pequeño elenco que tiene guión para trabajar, un clima de amor y frustración muy logrado. Biel Montoro y Nacho Sánchez encarnando a los hermanos tienen gran parte del mérito. 

Aunque para frustración, el hecho mismo de que estas películas tenga que producirlas Netflix y que apenas se descubran después, bajo montañas de chatarra relucientes como el oro, pero de un calado muy relativo.

Agridulce, divertida, pequeña. Un "David" al que no le van a dejar cargar su honda. Para mí, ha ganado sin luchar. Bien por Netflix (que, paradójicamente, representa 23 horas al día a "Goliat")..


viernes, 18 de octubre de 2019

Joker



Algo va mal en la industria del Cine Goliat y entre los espectadores de este convulso y súper-expuesto y conectado mundo, si nos ponemos a hacerle la ola a una película como ésta, cuya principal virtud es que se demora sus más de dos horas largas contando los motivos de Joker para ser como es.

Aparte de que yo prefiera un loco "de plenos poderes", o sea, sin razones fundamentadas para comportarse locamente (me parece mucho más aterrador), lo de Joaquín Phoenix no deja de ser un tour de force interpretativo. 

Es fantástico, como siempre en este actor, pero tiene un material que permite el lucimiento, un hombro deforme que esta vez explota descaradamente, una palidez enfermiza con ojos claros y una mirada desolada y compadecible.

Gotham a la luz del día es otro de los puntos a favor: indeterminada, decadente, febril, viva. No se ha ido a ficciones neogóticas de Burton ni a lujos variados como El caballero oscuro. Ésta es de apartamentos de mierda, oficinas que parecen el cuarto de la limpieza, escalinatas tristes, ladrillo pintarrajeado... Bien por el jefe de localizaciones.

La música está muy bien elegida, por su calidad y por lo oportuno de sus letras, pero había catálogo sin bucear en rarezas exquisitas o frikies de Tarantino. El recurso final a Sinatra es una muestra de lo que os digo, que merecéis morir por vuestra ignorancia musical (quién no, vendría a decir este Joker).

Pero no he pasado por aquí a hacerle la ola a esta película que destaca, sobre todo, por cómo está el patio de Estudio hollywoodiense. 

¿Cuántas escenas magnéticas pueden transmitir la misma idea de guión sin que el montador se ponga de los nervios? Un director y un actor, enamorados de su criatura, parecen incapaces de seleccionar lo necesario y hasta lo molón que debe quedar en pantalla. El epílogo es un buen ejemplo, pero podríamos detenernos en las escenas domésticas, las de pasillo y las de calle, las de danza.


Tanto se desmenuza el personaje, que estás deseando ver esos estallidos de brutalidad que se demoran más y más. Aunque puede que esto sea intencionado, para despertar nuestro "lado perverso" o algo. Si es así, gran idea, Todd, nos falta veneno en la vida cotidiana del televisor y los tumultos.

Y ya que hablamos de tumultos. Un sólo hecho significativo, de los que crispa una ciudad, es por lo visto suficiente para generar la adhesión ciega de la masa desfavorecida y lanzarla al caos de gran voltaje.  Miles de motivos minuciosamente acumulados para la ofuscación del Joker, que no puede sufrir más putadas en unos pocos días de su vida, y tanta incapacidad para poner -con verosimilitud- a los ciudadanos al borde del hartazgo.

A los guionistas que quedan en Hollywood, si la película es de primera división DC o Marvel, y no se expande en secuelas, precuelas y spin offs, les pides desarrollar más de cuatro personajes y les da la risa nerviosa. 

Luego escriben Joker de tirón, mientras ríen aún sin motivo y sin poder evitarlo.

(8,5 en filmaffinity. Ni que fuera El padrino...!)

sábado, 5 de octubre de 2019

El Crack cero


Garci se ha convertido en el Dreyer del noir.

Quizá a la fuerza. Sin apenas presupuesto, con un puñado de bellas tomas de la Gran Vía, no sé si de su propio archivo (me parecería hasta románticamente lógico), sin Valcárcel, pero con Gluck, sólo puede contar además con su olfato para los repartos y su pluma maravillosa, que le permite encadenar frases perfectas en cuadros casi estáticos, fotografiados con mimo en ese blanco y negro que, además de hermoso, enmascara el tiempo. 

A pesar de una carrera descomunal, Garci está fuera de juego. Pero esa es su fortaleza. Qué más da que la intriga sea tan leve, que la violencia en pantalla desaparezca salvo en el prólogo y dos momentos instrumentales, que la Gran Vía haya cambiado tanto a pie de calle. Lo que importa es lo que se dice y cómo. En eso, Garci sigue siendo el puto amo. 


Alguna vez, creo que en la radio (dónde si no), comparé a Garci y a Almodóvar. Ambos sudan Madrid, son grandes en la dirección de actores y escriben muy bien, aparte de cinefilia, lecturas, viajes…cosas que dan fuste a las ideas. 

Ambos acabaron ensimismándose por falta de bar de abajo y lo resolvieron de distinto modo. Almodóvar quiso ser Douglas Sirk en pop (parece que se está dando cuenta de que no se puede) y Garci se volcó en los clásicos, acertando casi siempre, aunque el público desertara, película a película.

Así hasta llegar a Dreyer. No se puede pedir más. Olé sus huevos. 


viernes, 4 de octubre de 2019

Reparación a TVE

Me retracto de mi sarcasmo en el post anterior.

Esta noche en La 2 de TVE, especial a las 22:30, titulado Adictos al Crack, con pase de la 1 y la 2 y coloquio con Garci.

No os lo perdáis, adictos.


lunes, 30 de septiembre de 2019

El Crack. 2,1,... 0


Ahora va Garci y pega el pelotazo que el cine español necesita cada año para llegar a los 100 millones de recaudación en el mercado nacional. ¿Os imagináis?

Ya sé, ya sé, pero vamos a suponer que pasa. Mientras se comen los puños los que lo tachan de academicista (Garci no es academicista, es académico, hay una diferencia muy notable); los que dicen que su cine es lento, cuando una cosa es la velocidad y otra el ritmo; los que dicen que es un nostalgias pero se pirran por los mercadillos vintage de Tarantino; los que todavía le reprochan que la Comunidad de Madrid soltase 15 millones para Sangre de Mayo, que no hizo taquilla, como si eso fuera un retrato de la calidad del cineasta y no de la calidad que están demostrando los  espectadores, a quienes Galdós o la Historia no les importa una higa y ya es lástima. 

En fin, El Crack cero no alcanzará el éxito con el que especulo aquí, porque al margen de si la película es grandiosa, correcta o un patinazo, el mercado está en otras cosas. Aunque yo estoy deseando ver a Areta y al Moro en sus primeros pasos detectivescos por la Gran Vía, en blanco y negro.  

Entre tanto, permaneced atentos a la pequeña pantalla: seguro que TVE pone un especial de El Crack, con pases de la 1 y la 2, las de Alfredo Landa y Miguel Rellán. Lo hace siempre que se dan estos raros pero felices casos del cine español, para calentar la taquilla en días de inminente estreno...  (Sí, Sheldon, esto último es sarcasmo). 


jueves, 19 de septiembre de 2019

Hache

Llega otra, con buena pinta (qué importante y peligroso es un buen trailer).
La produce un amiguete, para Netflix.
Veremos.

martes, 10 de septiembre de 2019

jueves, 5 de septiembre de 2019

Se fueron mientras yo estaba de viaje.


Rutger Hauer

Eduardo Gómez

Peter Fonda

Roberto Bodegas

Jean-Paul Adam Mokiejewski

Piero Tosi

Valerie Harper

Encarna Paso

Todos ellos me hicieron sentir emociones ante la pantalla grande.

Eso no se olvida.


lunes, 2 de septiembre de 2019

Érase una vez en Hollywood


Soy lo bastante mayor (no tanto como tú, Quentin, jódete), para percibir plenamente la fiesta cinéfila que se ha montado Tarantino en la última.

Su ciudad reinventada luce como si fuese así hoy mismo, no hay cartón piedra alguno, ni solemnidad académica, ni filigrana inglesa. Su 1969 no parece recreado, sino real, y eso tiene más mérito del que parece.

Ha podido contar con dos estrellas que además actúan maravillosamente, Brad y Leo, y ponerles a hacer de espejos agrietados frente a frente, pero incapaces de arrojar la toalla. Bien también.

Sabe batirse como un maestro en cualquier terreno: el serial en blanco y negro, el western B, el festivo, el de caravana, la comedia visual, la tensión, el patetismo, lo cool,... lo que le echen. Y colar de matute a un héroe que probablemente mató a su mujer (qué elipsis más astuta); a una pandillita de locas decididamente parecidas a las militantes más idiotas y virales de última hora; bromear con unas muertes tan brutales como socialmente consentidas, en su narración cinematográfica y en el cómplice y complaciente patio de butacas.... En fin, que hace lo que le da la gana y todo le sale molón.  

Escena por escena, el director guionista es un mago que te lleva a donde quiere, contando lo que le gusta y consiguiendo que te guste a ti, más o menos cinéfilo, sádico, palomitero o tematizado a lo Netflix. 

El momento de Bruce Lee, las rutas en coche, la escena del rancho (la mejor y lo sabes), el autocabreo de Leo en su rulot, la esposa italiana desatada, hasta la resucitada Sharon viéndose en un cine de pago en una película horrible de las que hizo Dean Martin cuando el cine se la sudaba… todo rezuma encanto y habilidad de cineasta en la cumbre.

Mi incapacidad para “levitar” (como diría mi añorado amigo Berdoy) viene por otro lado. Quentin no cuenta nada específico, aunque todo rebose encanto. Y cuando se ve en la necesidad de rematar, y darle sangre a los fans, tira de un truco genial, pero ya usado en una película anterior. Es un truco tan bueno que solo debe usarse una vez.

Aún así, lo mismo, en hora cuarenta, sería una maravilla. Pero Quentin se gusta, porque sabe que gusta. Es inevitable. Y aquel asesinato también. Por eso has podido hacerla, viejo.

Sigue rodando.


cervezas de verano

Caramba, llevo 20 días sin publicar nada y no se me queja ni Dios.
O aquí ya no entra nadie o hay mucha cerveza desperdigada por agosto.


lunes, 12 de agosto de 2019

La favorita


Podría titularse Las favoritas, porque son dos las mujeres en las que se apoya la insegura y caprichosa versión de la reina Ana de Gran Bretaña (Olivia Colman) en esta película de Yorgos Lanthimos, al que en mi tertulia cinéfila llamamos cortésmente "el griego desagradable".

Rachel Weitz y Emma Stone, a cual más bella y calculadora, van tirando de recursos, desde los obvios a los sibilinos, para ser la favorita de la reina. Una aspira a mantenerse como consejera política todopoderosa, la otra sólo quiere subir escalones hasta donde la miseria no regrese a su vida. Y sólo una de las dos siente por su valedora verdadero amor.

La película, comprensible en todo momento, palaciega, malévola y con su pizca de romanticismo genuino y fracasos vitales, está estupendamente rodada, montada y servida.

Supongo que la temática y un guión en el que Yorgos no ha metido la cuchara ni por delegación, tienen mucho que ver en que ésta sea la obra más accesible del griego. Además de ese bello reparto vestido de corte, que imposibilita para ponerse tan desagradable como a Yorgos y a sus Festivales de cabecera les gustaría.

Curiosamente, esta vez Cannes le premió el guión. Y el director también levantó el Bafta a la mejor película británica. En fin, que el tiempo dirá si La Favorita es una excepción en la carrera del griego, o un giro que haga su cine más agradable de ver, por mucho desencanto que fluya al fondo.  



domingo, 11 de agosto de 2019

Dolor y Gloria



Dolor y Gloria es la última estrenada por Pedro Almodóvar hasta la fecha. En comparación a las tres anteriores, es una joya. En el conjunto de su filmografía, una de las buenas.

Bien escrita, rodada, interpretada y editada, Dolor y Gloria se dedica más al dolor que a la gloria. Porque la gloria, frente al dolor, compensa poco, hasta puede quien la alcanzó reírse de ella sin hacer sangre (“¿cómo puedo gustar tanto en Islandia?”).

Después de varios patinazos, Almodóvar vuelve a encontrar la manera equilibrada y grata de meter sus largos parlamentos narrativos en el conjunto de la película, haciéndola volar en lugar de tirarla hacia abajo. Cada vez más, algo inevitable por su aislamiento en la cima, los guiones de Almodóvar, más que diálogos, acumulan narradores sucesivos de historias contadas a un personaje oyente o al espectador sin más intermediario que la voz en off.

Pero aquí sienta bien (la variedad de soluciones de puesta en escena ayudan): el protagonista es un hombre sólo y acorralado que se recrea en sus recuerdos para sobrevivir sin trabajar. Sueña en cine porque no puede hacer cine. Retoma algunos contactos e intereses por aburrimiento vital, pero eso mismo le permite ir apuntando destellos del artista que se resiste a morir.

Antonio Banderas está soberbio, como suele con Almodóvar y como apenas tiene oportunidad de demostrar en el cine anglosajón, que le ha embarrancado de un tiempo a esta parte en secundarios poco relevantes o en protagónicos de pelis de mamporros serie B.

El resto del reparto, con mención especial para Julieta Serrano, también lo hace muy bien. Hasta un color de ojos le vale esta vez al director para armar la estructura que revela el final del relato.

Sólo asoma la patita de lobo en algunos guiños que a mí nunca me convencieron: las referencias cinematográficas que escoge remiten siempre a obras maestras que admira pero nunca alcanza, y Cocteau frente a Mallo apunta a soberbia.

Por lo demás, ya digo, estupenda película.

miércoles, 10 de julio de 2019

Se avecina joyita


Se estrena el 30 de agosto, para amenizar los últimos calores. Y tendrá más salas de exhibición previo pago que cualquier película digna de llamarse Cine.

Ojo a la sinopsis:
El presidente de los Estados Unidos, Allan Trumbull (Morgan Freeman) queda en coma tras un intento de asesinato. Su siempre confidente, el agente secreto Mike Banning (Gerard Butler), es injustamente acusado de perpetrarlo. Retenido por los suyos, Banning logra escapar de la custodia policial convirtiéndose en un fugitivo.

¿A qué no os suena a visto? Pues ea, a disfrutar. 

Coñas aparte: le quitamos los nombres propios a esto (Estados Unidos, Allan Trumbull, Mike Banning) y se los ponemos españoles, o de otro lugar de Europa, iberoamericanos o hasta asiáticos y nos da la risa. Un agente letal en España, Alemania, México, Coreo o Japón "siempre confidente" del primer mandatario del país (demócrata, no hace falta aclararlo), es por completo inverosímil. Y ojo, en Estado Unidos, en realidad, también. Pero aquí se trata de tragar palomitas y darse un festín de muertos por arma de fuego. 

Lo que cada vez me resulta más chocante es que este tipo de fórmula (porque es una fórmula y nada más), haya conquistado el mercado internacional. Con lo que cuesta la primera escabechina que nos ofrezca esta joya, cualquier otro país del mundo puede realizar una película de presupuesto mediano que hable con cercanía de lo que sea, por caminos igual de trillados pero menos sangrientos o con asuntos originales que no sabes por dónde van a salir, que pueden afectarte, emocionarte, importarte.

Pero el aplastamiento comercial de los audiovisuales estadounidenses ha derivado en un consumo cultural masivo a nivel planetario de sus producciones que nos hace grato cualquier empaquetado made in Hollywood, por muy visto que esté, por muy basiquito que luzca, por muy deshumanizador que resulte a la postre.

Bueno, el postre de esta película que aún no he visto será del agente especial junto a la cama del presidente, que a pesar del atentado "ya ha pasado lo peor". Se me ocurre esa frase médica estándar: "no conviene agotarle, tiene cinco minutos".

Y con esto queda cubierto el lado humano de la propuesta. Ya se me saltan las lágrimas.

martes, 9 de julio de 2019

En la lista

www.lifeder.comuna web con años de ciber-carretera cuyo cometido principal es transmitir contenido educativo creado por especialistas, y que tiene más de 5 millones de lectores al mes, nos ha puesto en una lista de los mejores blogs de cine.

No sé si su lista es especialmente valiosa, pero no conocerlos y que pongan el blog como lo ponen, me parece que sí. “Sólo para los más exquisitos”, dicen. Esos sois vosotros.



lunes, 8 de julio de 2019

Mula


Finalmente, en el último cine del país, viejo y destartalado como la camioneta del maldito Eastwood, pude ver Mula. Clint ha llegado a la ancianidad, como actor se le nota en la cara. Hasta este papel, incluso como viejo, se veía temible. Hoy le sabemos -y se sabe- un anciano. Por eso este personaje le va como un guante.

En la dirección no puede decirse lo mismo. Es un director con mucho talento, que ha madurado y nada más. Nuestro amigo Berdoy hubiese disfrutado con ésta, después del patinazo inesperado que  el de Carmel tuvo con la del tren.

Mula es una historia sencilla e interesantísima, como muchas de las mejores de Eastwood. El tipo está tan sobrado que acorta lo que quiere (cierre de negocio, juicio…), abandona personajes cuando pierden relevancia (el joven mexicano), mete mozas de pago en su habitación, remienda bancarrotas del siglo XXI con fajos al contado a lo siglo XX… Y todo le funciona, porque dirige mejor que ninguno de los grandes que quedan en Hollywood.


No necesita la fiebre que mejora a Scorsese, el ingenio judío de Allen, los subrayados sensibleros de Spielberg, la alambicada estructura de Nolan, la trascendencia obligatoria de Iñárritu, las geometrías tintinescas de Anderson o la crueldad vintage de Tarantino. Clint sabe lo que se hace (incluyendo cuando conviene su presencia en pantalla), y eso le basta. Hasta veinte años más joven nos hubiera convencido de que su mayor talento es la jardinería.

Por debajo de esta historia de vejez activa y desprejuiciada, en la que se permite llamar boyeras a las boyeras, negritos a un matrimonio negro en apuros y frijoles a los mexicanos, porque posiblemente conviva mejor con ellos que muchos concienciados de boquilla, Eastwood habla de la familia sacrificada en pos del éxito, del omnipresente e innecesario smartphone, del mercado y sus peajes, de los prejuicios en su patria, del derecho a la incorrección política, de la tercera edad desasistida, de una sociedad volcada en la pasta gansa… Todo ligero y por capas.

Es el último Eastwood, el que ya no puede dar miedo, como lo daba aún en su maestra Gran Torino, pero reconocible en su caminar y su decir. En su rictus desubicado. Para remate, elige y coloca las canciones finales como nadie. Vamos, Clint. 


jueves, 4 de julio de 2019

Genio y figura

Al final, quedó encasillado en el galán anticuado y el cariñoso "chatina" que les largaba a las actrices jovenzuelas en escena o plató.

Pero este señor empezó en el cine en los 50, haciendo unos villanos estupendos (el gángster de A sangre fría, el gigoló Víctor de Un vaso de whisky, el torero Romerita) y, en reglas generales, papeles variados en los que siempre estaba solvente.

Durante varias décadas pasa por todas las etapas de nuestro cine, el picanteo, el melodrama, las estrellas cómicas de moda, como la Morgan en La tonta del bote, participa en el famoso Estudio 1, completa repartos internacionales en México o Argentina,... Y se consolida en la escena teatral, en la que su especialidad es la de "elegante de comedia sofisticada".

En los 80, dos papeles le pusieron de nuevo donde merecía: El villano de El Crack 2, que con una sola escena frente a Alfredo Landa y el smoking puesto para una cena navideña, pone los pelos de punta. Pero, sobre todo, el pijo buscavidas sin suerte que encarna en Truhanes, junto a Paco Rabal, nadie sabe cuál de los dos lo hace mejor.

No me importa mucho lo que vino después, las series de televisión exprimiendo su vis cómica para públicos algo mayores o sus colaboraciones en cintas más o menos sonadas (aquellas incursiones de la Pantoja en el cine...).

No tenía nada que demostrar. Habría podido hacer cosas mejores, pero seguía siendo el elegante. Y eso le bastó hasta el final.

jueves, 27 de junio de 2019

Hollywood y nosotros


Se avecina Rambo V
Stallone está mayor, pero sabe lo que se hace y los números le van a cuadrar.
En ésta, que va a tener estopa a cascaporro, participan intérpretes españoles. 

Sergio Peris Mencheta hace de "malo latin", en esa línea que estila hace tiempo de rellenar repartos en Francia y Estados Unidos por un dinero que aquí (donde no ha tenido suerte con los protagónicos), ni se puede soñar, mientras vuelca su talento en la dirección de obras teatrales para el mercado patrio. Aunque si alguien quiere ver su capacidad como actor, basta el trabajo de 18 comidas.

Oscar Jaenada no se pierde una, aunque sea de "malo latin 2". Misma línea, pero habitualmente con menos metraje que el que ha obtenido en Hollywood Jordi Mollá como sempiterno narco segundón que despachan en el segundo rollo. Por este procedimiento, que también supongo rentable, el cuando menos trilingüe Jaenada (actor muy talentoso, dicho sea de paso), se ha colado en La fría luz del día, Piratas del Caribe 4 o esta nueva de Rambo.

Paz Vega interpreta a una reportera que está cubriendo el comercio de drogas con México. A priori, parece un avance. Ya no es la novieta del narco, la criada de la casa o la esposa abnegada y decorativa. Quiso ser la alternativa a Pe, pero Hollywood sólo admite una española exótica y guapa por generación, darling. Paz necesita ser bien dirigida (veáse Los amantes pasajeros de Almodóvar, donde está soberbia en una película desastrosa), y esa dirección sutil de actriz no verá la luz en ésta.

Antes, pero también recientemente, se pasearon por el extrarradio hollywoodiense Luis Tosar (para narco de Corrupción en Miami), o Alex González haciendo de mutante mudo en una de los X-men

Vaya, igualito que se estila por aquí cuando contratamos actores angloparlantes, para películas que la primera medida que toman es mutar en angloparlantes, que las estrellas del cartel no pueden actuar chapurreando una idioma que no sea el materno..

En la imagen, la fracción de segundo dedicada a los nuestros en el trailer de Rambo V

Y luego hay gente que sigue empeñada en que lo que hizo Banderas primero y Bardem y Cruz después carece de mérito.

martes, 25 de junio de 2019

Toy Story 4


La cuarta, y nadie sabe si última entrega, es deliciosa como las tres anteriores, espectacular en su técnica (parece imposible llegar más lejos) y con un puñado de personajes bien dibujados, entrañables, viejos compañeros de viajes jugueteros de todos nosotros.

Parte, por descontado, de un guión hábil, muy divertido y, lo que es marca de la saga, con sus bien traídos dilemas morales entre juguetes.

Hasta ahí, nada que objetar. Vuelves a acompañarlos en sus aventuras y disfrutas como un mico.

Pero al salir del cine, tres espectadores de diferentes edades y sexos, todos fans, nos preguntábamos qué necesidad había de esta número 4, más allá de la exhibición pixariana y la caja de taquilla y merchandising.

Con un final tan redondo, perfecto, hermoso, demoledor en su nostalgia, como tenía la tercera, para qué seguir estirando el arriesgado y dulce modo de vida de la pandilla toy.  Ya nos hemos deslumbrado en anteriores entregas con los rescates asombrosos, las vidas más allá del propio niño, la lealtad a machamartillo de Woody, los juguetes resentidos o desubicados,… Todo lo conocemos, aunque ahora haya un primer día de clase, un parque de atracciones, una tienda de antigüedades, una caravana y algunos juguetes nuevos.

Precisamente, el gran hallazgo de Toy Story 4 es un no-juguete, un juguete “a la fuerza”, un pequeño “monstruo de Frankenstein” en el que la pequeña Bonnie es el doctor, inventora infantil sin ansias de grandeza.

Lo demás, muy disfrutable, son zapatos viejos: los que más cómodos nos van, a los que más cariño tenemos, pero que acaban suscitando el también clásico “¡a ver si cambias de zapatos!”


viernes, 14 de junio de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 10



HAMBRE EN PANTALLA

El único superviviente de la patrulla de caballería que se adelanta a reconocer el terreno suele volver con una flecha en la espalda, pide un sorbo de agua antes de nombrar la tribu que le ha hecho el roto y enseguida entrega el equipo. Es un caso paradigmático. Pero, por lo general, el que vuelve de un arriesgado período de privaciones lo que pide es comer aunque sea un mendrugo de pan, una patata retiesa o un boniato crudo y mal lavado. 

El hambre plasmado en el cine vive de estas ansiedades.

La filmografía alrededor de la guerra (excepción, como ya queda dicho, de las guerras indias), ha sido un filón para la hambruna. Los suministros lanzados desde el aire (a veces se quedan en papeletas de propaganda triunfalista o cruces de hierro), el rancho de trinchera (sopa aguada), los banquetes simulados durante los permisos (siempre queda una buena añada en la bodega si la propina o la recomendación son idóneas), las apreturas en retaguardia para avituallarse (esas lentejas de Las bicicletas son para el verano), ... No hay mejor escenario que la guerra para comer lo inapropiado y con las manos, salvo en Alaska la suela de zapato de los quiméricos buscadores de oro, con Charlot a la cabeza. 

La comicidad de aquel no es replicable. El hambre es por naturaleza dramático, como la sed. Y si se combinan, no digamos: es difícil superar una escena como la de la familia judía deportada hacia los campos en El pianista de Polanski, compartiendo un simple –y único- caramelo a falta de agua y cualquier alimento. Impresiona también la impotencia del protagonista algo después, tratando de abrir la única lata de conservas que queda entre las ruinas de Varsovia. 

Si avanzamos hacia los apocalípticos escenarios del futuro de tiendas de alimentación saqueadas, almacenes vigilados como tesoros y regreso torpe y difícil a la caza mayor susceptible de asarse pinchada sobre la lumbre, comprenderemos que la supervivencia pivota en todo momento sobre la posibilidad de saciar el apetito. Tom Hanks ya nos ha mostrado lo difícil que puede ser partir un coco. Por poquito no renuncia y le llama Wilson.

Luego está la tentación, claro, que corre pegada al hambre. Un banquete señuelo espera al explorador de maldiciones, solitario o acompañado de un segundo demasiado glotón que coge algo apetitoso de la mesa y se lo lleva a la boca con la misma inconsciencia que Hänsel. Para el caso, nos vale una niña de posguerra perdida en El laberinto del fauno.

El hambre es mala compañera de correrías, sea cual sea el guión. Que se lo digan a los fugados de todo penal estadounidense, que además de birlarse unas camisas a cuadros oportunamente tendidas al sol buscan un pan de molde, una mazorca o un jamón cocido que llevarse bajo el brazo o devorar en plena huida. Hay un cierto matiz malvado cuando se tiene que llenar el buche en Estados Unidos, seas convicto o chaval fuera de casa: el hambre nunca va a mayores. Encontrarás, para hurtar fácilmente, una puerta de mosquitera abierta a la cocina, o te recibirá una familia con un plato de más a la hora de la cena. Estamos en la “tierra de promisión”, friends. Ni siquiera Ford en Las uvas de la ira, la obra definitiva sobre la Gran Depresión, retrataría en ella el Hambre.

Eso queda para el cine europeo, el neorrealista y los otros. De todos ellos, con escenas realmente logradas de penuria o redención alimentaria de la misma, me quedo con el momento en el que, durante El viaje a ninguna parte, Laura del Sol le confiesa a José Sacristán que tiene hambre. Él cree que se refiere a un malestar circunstancial, hasta que Laura le aclara que “padece” hambre.

No es lo mismo. Es la enfermedad del hambre que ninguno de los que vemos hoy y aquí cine de sala hemos conocido jamás y que las películas del primer mundo te hacían olvidar un par de horas en tiempos bastante peores que éste.

Ahora, como entonces, ninguna secuencia le gana en autenticidad a la que se monta alrededor de una comida civilizada como ejemplo de dignidad que se recupera. Aunque después no puedas pagar la consumición opípara, o la noche amenazante vuelva a rodear el refugio donde un ser querido preparó un delicioso guiso y lo sirvió en los últimos platos de porcelana.