lunes, 29 de diciembre de 2014

Leviathan


La estrenan el uno de enero, para que nos vayamos enterando de cómo están las cosas por ahí, en los arrabales del Hemisferio Norte. Por ejemplo, en los parajes menos poblados de la inmensa Rusia, a los que la modernidad solo ha traído sus peores tics y unos cuantos teléfonos móviles. En esencia: trabajos de mierda, ocio pedestre, ruina moral, mucha burocracia insensible y poderes conchabados para hacer lo que les venga en gana con lo que el ciudadano consigue a base de esfuerzo y vodka.

Leviatán es un mazazo contra la esperanza del ser humano común y corriente, sin recurrir a escenarios post-apocalípticos ni infecciones planetarias ni megavillanos de opereta pop. Leviatán habla, a pie de embarcadero destartalado o alrededor de la mesa de una cocina familiar, de un mundo implacable en el que los recursos oficialmente establecidos para la defensa de lo propio son una mera formalidad que prolonga la agonía del demandante, sin evitar su desgracia ni el triunfo del prepotente demandado.

Expuesto al estilo ruso, con mucho trago, poca alegría, violencia soterrada pero constante, mínima banda sonora y desolación existencial de alta graduación. Sin espectacularidad ni finales felices. Para bien y para mal, del modo contrario al del cine de consumo más popular en estos tiempos que corren hacia quién sabe dónde.


Seguramente necesitamos que siga existiendo cine de esta clase, del que hace Andrei Zvyagintsev, aunque verlo resulte más bien deprimente. En lo estrictamente narrativo, la película se encalla en varios tramos de su metraje (como el esqueleto de la ballena que la preside) por reiteración, lentitud o alargamiento de escenas cuyo efecto se obtiene en unos pocos planos y no necesitan subrayado (las borracheras embrutecedoras, la demolición en tiempo real, el sermón del párroco).

Pero en fin, esto es Rusia, amigos, y lo es hasta la médula. No hay suficiente vodka en la tienda pueblerina que atenúe el dolor de un hombre condenado a perderlo todo por la codicia y el capricho de los que manejan el cotarro. Aunque el cotarro sea tan poca cosa. Lo que importa es ser boca de Leviatán, porque todos los demás solo le servirán de alimento.

Ya os digo, una juerga.




viernes, 19 de diciembre de 2014

Virna Lisi

Se cierran los ojos más bonitos del cine italiano.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

PRIM, el asesinato de la calle del turco



A pesar de tratarse de un largometraje producido para televisión, Miguel Bardem se pone clásico y decide rodar sobre Prim como si lo hiciese sobre Lincoln. Nada que reprocharle, en principio, pues la época, el vestuario y las pistolas son casi coetáneos, hay un magnicidio, el presupuesto es bastante holgado y su manejo hábil.

Madrid luce decimonónico (aunque los leones de Las Cortes ocuparon su lugar dos años después de lo que aquí se narra), las caracterizaciones resultan precisas y el actor que encarna a Galdós guarda con él un parecido sorprendente.


El relato –salvando el prólogo político demasiado escueto y falto de intensidad- cuenta también con una primera escena dramática excelente en medio del campo, donde el duque de Montpensier y Enrique de Borbón se baten en duelo. Perfecta para asimilar que Javivi asuma un papel tan alejado de sus registros y lo haga creíble e interesante (quizá el que más).

En este sentido, aunque la mayoría de los papeles principales estén bien interpretados, es sin embargo una lástima que haya desaparecido casi por completo aquella generación de actores que vestían personajes menores de la cabeza a los pies con su sola presencia, y que aquí se echan a faltar en no pocos momentos. En cualquier caso, los problemas de la narración vienen después, a medida que se conocen los diferentes elementos en juego y el discurso toma un tono neutro en el que nadie lleva el peso de la función, salvo la Historia. Porque el principal problema de Prim es, curiosamente, el mismo de Lincoln: que hay que estar bastante al tanto de la historia política de la época para seguir los problemas centrales con la necesaria soltura.

A Bardem y su guionista les falta la claridad expositiva de Esquilache o el empaque literario de Sangre de Mayo. Tener a Benito Pérez Galdós como personaje de ficción y no sacarle provecho salvo para un brindis afortunado es una falta que solo puede entenderse si se le ha leído poco. Hubiera hecho una excelente voz en off que añadiría atmósfera, intriga y fatalismo español a la película, los tres elementos en los que se queda corta a pesar del encomiable esfuerzo de ambientación general y didactismo histórico.

Quizá por eso, pese a que algunas escenas gozan de la intensidad adecuada, la narración carece de crescendo. Los motivos están razonablemente entendidos para cuando se llega al asesinato, pero el espectador no teme por la suerte de nadie ni lamenta demasiado lo que le espera a Prim, puesto que los personajes no generan la empatía suficiente y lo que implica su pérdida nos resulta ajeno (¿qué quiere mostrarnos la narración, qué se perdió un gran gobernante, un benéfico reinado, una oportunidad para la república,…?).

El magnicidio, además, con una puesta en escena bien medida, se desinfla en la sala de montaje por acumulación. Tres veces se reproduce el atentado y solo dos son suficientes, la de la versión oficial (la primera) y la auténtica (la última). Galdós recupera cierta importancia en este último acto, pero su pesquisa carece de lucimiento y la influencia del caso en su persona (y en su obra) no recibe la atención que a mi juicio merece.

Para no seguir, la película, en la que se ve un despliegue de trabajo, interés y cariño enormes por parte de sus creadores, se queda finalmente en otra ocasión perdida o no lo suficientemente aprovechada. Necesitamos más ficciones con semejante ambición, pero la llama lincolniana robada a Spielberg sin sonrojo (que es, para colmo, el momento sonrojante de la película de Spielberg), no es la mejor manera de reivindicar este logro, aunque con lo que se programa desde hace tiempo, logro sea.


martes, 16 de diciembre de 2014

St Vincent


Bill Murray es un personaje en sí mismo. Ha recorrido un largo camino sin renunciar a su particular manera de interpretar y ser en pantalla. Es capaz de resultar cómico sin mover un músculo, peligroso sin ejercer,  desolado sin sobreactuar, triste sin lágrimas. Murray sirve para arropar al más rutilante Dustin Hoffman o al Johnny Deep más freak, para trabajar en equipo sin pisarle a nadie su fantasma, para desesperar al siquiatra, para raptar a una marmota, para enamorar a la Johansson. Es, en fin, uno de esos tipos entrañables y cachondos que siempre se agradecen en una película, sea cual sea su catadura, porque siempre le añadirá vigor a la receta.

St Vincet es una película de receta. Tiene cierto envoltorio y momentos originales, pero en esencia cuenta la historia ya contada del misántropo obligado a congeniar con alguien que, a priori, está en las antípodas de su destartalado modus vivendi. O sea, que le toca tutelar a un niño educado y responsable.


Como canguro, Murray lo hace bastante bien (por supuesto, a su manera), mientras reparte sarcasmo, bordería, volantazos y colillas por toda la ciudad. La película se agarra a él como a un clavo ardiendo para evitar la complacencia o la sensiblería. En mi opinión lo consigue, en esta especie de Cuento de Navidad sin Navidad que envejecerá mejor que otras muchas películas americanas de la cosecha 2014. No es que estemos ante un clásico, pero sí ante una historia pequeña y muy bien contada en la que Murray, el chico, la divorciada y la rusa montan una maravillosa fiesta para el espectador. Apenas unas gotas de sentimentalismo sincero, bastante whisky y una música bien colocada rematan la faena.

Al final, Murray demuestra en un par de minutos que mola verle hasta regando su jardín sin césped.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Películas de trastero

El puente pasado tiré de películas que en su día conseguí baratas en quiosco de prensa y que aún no había visto. Por desgracia, no descubrí nada nuevo, nada deslumbrante.


En el centro de la tormenta: Un capricho de Tavernier protagonizado por Tommy Lee Jones que enreda la investigación de un crimen sureño con apariciones poco convincentes y vínculos con el pasado algo artificiosos. Aunque ver a Tommy pasearse por la pantalla es suficiente para juzgar la película como un pasatiempo aceptable.


Caza a la espía: Interesante seguimiento al modo en que la CIA se comió sus conclusiones sobre las armas de destrucción masiva irakíes por intereses de la administración Bush en la invasión 2.0. Naomi Watts y Sean Penn hacen buenos papeles, adecuados a su imagen, y una vez más se demuestra la capacidad del poder para desacreditar al que se empeña en y por la verdad. Quizá le falte un poco de pasión, pero se agradece que se ciña a los apaños de despacho, pasillo y patio trasero, sin meterse en comandos ni persecuciones vistosas e inverosímiles.


Confidence: Con un reparto molón que incorpora a Dustin Hoffman, Andy García o Rachel Weitz, la película se apoya en las consabidas escenas de club nocturno, bar de colegas, apartamentos baratos y oficinas lujosas, el montaje demasiado picadito, unos diálogos que pretenden refrescar el código verbal del cine negro y el siempre agradecido tema de los timos. Pero lo malo de las películas de timos es que, con pocas que hayas visto del género, sabes de antemano que en el desenlace se descubrirá que todo lo que parecía real forma parte del timo. Y eso convierte en timo la película misma. 


Casa de arena y niebla: de inexplicable prestigio crítico, es una película con excelente premisa, correcto desarrollo y absurdo desenlace, innecesariamente tremendista, forzadamente trágico. Una de esas en la que los últimos quince minutos echan por tierra todo lo anterior. No basta con que renuncie al final feliz para que una película estadounidense se pueda considerar de calidad. Ésta es un buen ejemplo de ello.

martes, 9 de diciembre de 2014

Perdida




La más certera película de género procedente de Hollywood de las muchas que nos ha estrenado desde el fin de verano es Perdida, adaptación de un best-seller de Gillian Flynn editado en España por Roja y Negra.

La escritora se ha ocupado personalmente de llevar su novela a guión y apenas ha sacrificado detalles recogidos en el texto original sobre ese matrimonio newyorkino y feliz cuyo deterioro amoroso se acelera gracias al desempleo, una mudanza en desventaja, los distintos estilos familiares y algunos errores propiciados por la convivencia y la integración más o menos afortunada en la nueva comunidad.

La desaparición de ella, un poco de televisión sensacionalista, el morbo del vecindario y las pesquisas policiales son los ingredientes básicos con los que David Fincher nos muestra en pantalla cómo la complicidad afectiva puede transformarse en un pozo de agravios y llevar la relación al límite, porque no hay que seguir demasiado las noticias para saber que la convivencia sentimental y sus contradicciones son capaces de incubar la violencia del mundo y tienen a veces tanto peligro como un campo de minas anti-persona.

El matrimonio es un pulso constante entre inteligencias, deseos y renuncias que al mismo tiempo sostienen y derrumban nuestro bienestar emocional y nuestra autoestima, lo que la película aprovecha para cruzar las líneas rojas del costumbrismo y sumergirse en el agradecido territorio de la intriga criminal. Lo hace con inteligencia y habilidad para la sorpresa, sin que los cambios de ritmo y tono pesen apenas sobre el conjunto. Porque con estos mimbres podía haber salido un telefilme de sobremesa. Pero a Fincher, como casi siempre, le ha salido un peliculón.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Magia a la luz de la luna



Woody Allen es un genio que echaremos de menos cuando deje de estar en el mundo rodando una película tras otra. Da igual cómo le salgan, todas son valiosas por uno u otro concepto. Y sobre todo cuando el escritor y director newyorkino se deja llevar y combina su angustia y su romanticismo en alguna época pasada de su preferencia.

Ésta última es una de esas, ambientada en los años veinte, bonita, liviana, rápida, descorazonadora y romántica. Allen es el único capaz de irse a aquella época para hablar de los temas más arduos de la existencia en medio de un salón de té, una rosaleda, una fiesta mundana, un camino de grava o un pequeño cabaret. Sus diálogos van a lo esencial sin resultar densos ni pedantes, la sonrisa flota en cada situación y los actores se entregan incondicionalmente, sabedores de que mañana es posible que tengan que salvar al mundo de una amenaza extraterrestre enfundados en unas mallas para soltar bobadas delante de un croma verde.

Que se apague la luz, aparezcan sobre negro las letras de los créditos en la tipografía de siempre, y suene ese viejo disco de jazz que parece abrir cada una de sus películas de los últimos treinta años, son requisitos de un ritual que reconcilia con la magia del cine. Y pongamos que el foco del proyector de una película de Allen es la mismísima luz de la luna.


viernes, 5 de diciembre de 2014

La isla mínima y Relatos Salvajes

Dos películas brillantes desde sus mismos créditos iniciales, producidas y habladas en español, han sido éxito en este trimestre terminal, a pesar de lo difícil que está rodar, estrenar y conseguir que el público pague entrada en taquilla.


Estrenada el 26 de septiembre, La isla mínima sigue aún en cartel, cosechando espectadores a pesar de las sucesivas novedades que semana a semana merman sus posibilidades de recaudación y van empujándola fuera del circuito. Aunque, si los premios le hacen justicia, es probable que goce de una segunda vida comercial después de los Goya.  En cualquier caso, ya tiene el mérito de ser una de las propuestas más interesantes del 2014, por historia, por atmósfera, por interpretaciones. 

El misterio criminal de las marismas, el raro ambiente de penuria, silencio y depredación que rige la zona, los policías desencantados que buscan culpables, son elementos propios del género que adquieren interés renovado en manos de Alberto Rodríguez y gracias a las composiciones que realizan Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez y el resto del reparto. El sevillano cada vez afila más sus películas y en ésta, algunos interrogantes quedan abiertos como venas.

Relatos salvajes también mantiene el tipo en la cartelera después de muchas semanas y un boca a boca envidiable. Una película que es pura corrosión a la argentina, sardónica, violenta, tronchante, descorazonadora. El hombre es el lobo del hombre y alcanza una especie de plenitud cuando ejerce a dentelladas su revés tenebroso. Con acento pibe, para ponerlo más cabrón y ferozmente divertido. Lo del bar de la parada de autobús, el regateo alrededor de una autoinculpación, las discusiones de carretera y la catarsis nupcial es de matrícula. Ricardo Darín en ventanilla, capítulo aparte. 


Relatos Salvajes ha arrasado en su país de origen y lo está haciendo en España por motivos obvios y gemelos: aquí y allá estamos al límite de nuestra resistencia mental. Así que presenciar en pantalla esta catarsis nos resulta casi terapéutico, aunque está bien lejos de serlo. El film se limita a recordarnos, mezclando con malicia extrema el pesimismo y la fiesta, la violencia y el ridículo, que cuando la gente se cabrea es capaz de cualquier cosa. 

Todavía queda tiempo de ver estas grandes películas en la pantalla grande.


jueves, 4 de diciembre de 2014

2014, últimos metros.

Ahora que nos metemos en el último mes y pronto empezarán los resúmenes destacados, las listas con lo mejor y lo peor, en fin, esa clase de cosas que se estilan terminando el año, he rescatado un artículo que publiqué hace algún tiempo en la Revista Tarántula.

Las 30 películas más esperadas del 2014



Hay un video en youtube con un millón doscientas mil visitas titulado Las 30 películas más esperadas del 2014 cuya autoría de montaje desconozco, pero que da una perfecta idea de lo que nos están proponiendo por tierra, mar y aire como CINE imprescindible en los tiempos que corren.

No hace falta decir que entre las seleccionadas (estadounidenses en proporción abrumadora), hay varias de súper héroes, varias en la órbita de apocalipsis planetario –con o sin monstruo-, unas cuantas de acción rabiosa que parecen meros spots de la industria armamentística -probablemente lo sean-, algunas fantasías de mucha batalla y destrucción, un par de guiños a la velocidad de los coches de carreras ilegales y así hasta 24 de las treinta. La también incluida Interestelar de Nolan, por comparación, parece una suave y bonita historia de gente casi corriente.

Los autores de la selección consideran también “esperadas” las familiares Río 2, Cómo entrenar a tu dragón 2 Maléfica (o Bella durmiente 2). Para cerrar la lista, un par de aportaciones europeas, la de Lars Von Trier sobre ninfomanía variada y la española Rec 4: Apocalipsis.

Todo muy cercano, todo muy cálido, todo muy significativo. Historias con hondura, equilibradas y bellas, que hablan al corazón y a la cabeza del espectador, que despiertan su sensibilidad, que lo humanizan.

Por eso se han estrenado y se seguirán estrenando películas como éstas con gran número de copias en todos los países del mundo y con abundante publicidad. Sería una pena que nos las perdiésemos: Necesitamos acercarnos gracias al cine a nuestra condición humana, a las  contradicciones de nuestra naturaleza, a la complejidad de nuestras sociedades, a la riqueza de nuestra cultura, a nuestras miserias y corajes cotidianos, a nuestros miedos y esperanzas.

Y para hablarnos de todo eso, quién mejor que Lobezno y sus puños llenos de cuchillas.


viernes, 28 de noviembre de 2014

Un repaso de la última gira



Sebastián y su hermano le hacen hueco
en sus estanterías de Conil, Cádiz


El jefe de HORRORIFICOS, Juan Francisco García Muñoz
 lo incorpora a sus fetiches (Chuky ya se lo ha leído).


Miguel Blázquez lo lee a la sombra del Golden Gate.


Juan Laborda y otros cinéfilos celebran con el autor que tienen sus ejemplares


Alejandro desayuna cine en su casa de Gran Canaria




Borja Cobeaga se lleva uno quién sabe a dónde, 
después de su visita al Festival de Cine Inédito de Mérida


martes, 18 de noviembre de 2014

Adiós a Takakura

Takakura ha colgado la katana. 
Otro grande que se va.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Festival de Cine Inédito de Mérida, IX Edición.


Negociador
What we did on our holiday
Mommy
Magical girl
Farewell Party
Cold in July
Camino de la cruz
La sal de la tierra

Menudo selección, menudo Festival. 
Un año más en Mérida, ese grupo de irreductibles.
Gracias por resistir.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Enseguida vuelvo

Aviso a todas las unidades.
Este blog sigue funcionando.
Es que estoy rematando asuntos varios.
Pero vuelvo.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Un viaje de diez metros



Tener a Helen Mirren y a Om Puri no te garantiza nada. Sobre todo si a los fogones está Lasse Hallström, un sueco experto en hacer películas con buenas premisas y resultado mediocre. Aunque quizá yo parto de la premisa equivocada y la del director se limite a contar una bienintencionada guerra de vecindad entre dos restaurantes opuestos, añadiéndole un creciente reconocimiento mutuo entre los contendientes, historias de amor para todas las edades, postal de campiña gala, una visita rápida a París (con torre Eiffel al fondo) y unas cuantas especias.

Si es así, ha conseguido su propósito. Todo en la película luce muy amable, fácil de digerir y bien emplatado. Sin embargo, de una historia que además del respeto entre culturas diferentes, reivindica también lo enriquecedora que puede llegar a ser su fusión, se podía esperar algo más de garra, de riesgo y de sabor. Pero hay que tener en cuenta que producen Oprah y Spielberg, que cuando se ponen blanditos son para echarles de comer aparte.

Así las cosas, los veteranos del reparto hacen su trabajo con el piloto automático, porque apenas tienen que ser, les basta con estar. Y los jóvenes se miran con el arrobo oportuno, aunque más minutos de los necesarios. Los secundarios (el alcalde, el hermano) podían haber dado más juego y los planos en que ese "viaje de 10 metros" deja de ser metáfora, invitan a imaginar la película que pudo ser y no fue. 

Porque ya digo, se ve con mucho agrado, como la mayoría de películas sobre cocina. Pero si la película fuese un restaurante, no ganaría nunca la tercera estrella.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Parecidos razonables


Hoy estrenan La isla mínima, un peliculón al que vienen restándole mérito porque tiene cierto paralelismo en su atmósfera con la serie True detective. Huelga decir que esto es casual y que ya resulta irritante que lleguemos siempre un cuarto de hora tarde: El sexto sentido poco antes que Los Otros, The artist poco antes que Blancanieves y True detective poco antes que La isla mínima.

El tiempo hará su trabajo. Cuando pase el suficiente, aquellos que descubran cualquiera de estas películas no tendrán referencia alguna de cuál se estrenó primero, solo constatarán la inmensa calidad de todas.

Y para terminar, en estos casos siempre me acuerdo de la reflexión de un amigo al que le dijeron “escribes parecido a Eduardo Mendoza”. Y él comentaba. “es como si te reprochasen que juegas parecido a Iniesta. ¿Les parece poco?”

Pues eso, amigos, La isla mínima es para no perdérsela. Parecida a lo que se quiera. Peliculón.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Regreso a NY






Fotos cortesía de Quique Guerrero

martes, 16 de septiembre de 2014

Gabor


Una idea loca y un personaje interesante es toda la premisa de este documental de Sebastián Alfie que se ha paseado por prestigiosos festivales de Europa y América y ha cosechado premios en Málaga y Documenta Madrid.

Se trata de una historia sencilla contada con ritmo, sensibilidad y humor en la que un director free lance (el propio Alfie), tiene que hacer un cortometraje para una Fundación que combate la ceguera en Bolivia. Al buscar cámaras adecuadas descubre a Gabor, un antiguo director de fotografía que se ha quedado ciego y vive de alquilar equipos. Le enrola en el rodaje para que ejerza su antiguo oficio y juntos descubren unas cuantas cosas importantes sobre la experiencia, el talento y la honestidad narrativa, sobre lo que está a la vista y lo que no.

Como escribió Saint-Exupery, lo esencial es invisible a los ojos. La paradoja es que a nosotros esta idea se nos muestra en una pantalla que el director de fotografía no puede ver. Porque Gabor no está entre los que recupera la vista en la película. Pero sueña nuevos planos, eso es al final lo que para él cuenta.



domingo, 14 de septiembre de 2014

Boyhood



Es muy posible que, en la percepción de sus espectadores, Boyhood nunca pueda sacudirse de encima la singularidad de la realización a lo largo de 12 años, mientras el paso del tiempo sobre los actores involucrados era completamente real y se aplicaba al relato. Nadie hasta la fecha había rodado una historia para el cine de semejante modo y lo cierto es que este aspecto tan singular, y no menor, acentúa la potencia de las sensaciones y momentos que la película narra.

Hay algo aún más singular, en cualquier caso: que este tipo de proyecto sea posible en la industria norteamericana actual, aunque en realidad no lo es, Linklater -director y guionista- se ha financiado el capricho de su bolsillo. 

La cotidianeidad de lo que narra Boyhood, sin un solo subrayado, sin apenas drama, sin intriga, romance, fantasía ni epopeya, remite a otra clase de cine, de otras latitudes y prácticamente en desuso. Pero, sobre todo, la película es la antítesis de lo que Hollywood prioriza en la última década para aplastar a la competencia. Bien por Richard Linklater, y por sus aliados Ethan Hawke y  Patricia Arquette en esta historia de padres e hijos centrada en Mason, el pequeño de la familia.


Boyhood es la historia de un niño haciéndose mayor, rodeado por sus seres queridos, por los cambios de domicilio, colegio, padrastro,... mientras hace las cosas propias de la edad y su padre de fin-de-semana-cada-quince-días trata de ejercer en lo posible, dándole consejos con bastante tino. Mediante un manejo fluido de la elipsis, buenos actores en movimiento y escenas que casi siempre escapan al cliché aunque se reconozcan con facilidad. 


Momentos como aquel en el que el niño le pregunta a su padre por la magia; las inteligentes miradas de Mason a su madre cada vez que detecta que va a equivocarse de hombre una vez más; el instante en el que Mason padre les expone a sus hijos el tipo de relación que no está dispuesto a entablar con ellos; la conversación sobre anticonceptivos en la cafetería, interrumpida por un ligue del adulto; el gag sobre el último marido de ella, que se reserva para el último plano en que le vemos; momentos encadenados que pasan volando, mientras piensas que habrá algo más.

Pero eso es todo y el efecto resulta perturbador. Basta con escuchar a Patricia Arquette cuando presiente que va a quedarse sola, que el tiempo de tener a los hijos bajo su ala se ha agotado y no volverá, para entender lo importante y lo anodina al mismo tiempo que puede ser la vida de cualquiera.



sábado, 6 de septiembre de 2014

Guardianes de la Galaxia


La última entrega de La Marvel es de lo más agradecida para despedir este verano pleno de sequías creativas, taquillas rácanas y actores en declive. Hollywood pronto estrenará revisiones de Las tortugas ninja y cosas por el estilo, y anda cocinando secuelas para todas y cada una de sus apocalípticas franquicias, firmemente empeñada en suicidarse. Aunque de vez en cuando, entre el ruido y la furia, o incluso extraídos del ruido y de la furia, salen proyectos inesperados, divertidos y con su punto de épica, poesía visual y hasta metáforas inquietantes, como Los Guardianes de la Galaxia.

Para empezar, estos cinco súper-héroes llegan por primera vez a la pantalla y tienen su propio estilo, en una historia menos previsible de lo que suele ofrecer la casa del viejo Stan. Son ladrones, gamberros, desaliñados y buscavidas. Los más educados del grupo, un tipo tatuado de rojo con ganas de venganza y una asesina de sangre azul y piel verde. En fin, lo que se dice un grupito salao. Enfrente, un planeta próspero y civilizado al que no le gustan los rateros, y un villano cuya pasión por la muerte recuerda a la del ISIS.

Aún mejor si cabe que en Los vengadores -hasta la fecha, la más fiel al universo súper-heroico-, Los Guardianes de la Galaxia acierta de pleno con el ritmo escogido para presentar cada problema y cada personaje, para que se conozcan entre ellos y finalmente se compenetren hasta el punto de poner su vida en manos de los demás. Pero su hallazgo primordial es tomarse la historia en serio en pocos momentos y bien elegidos, sabiendo salir de ellos con humor antes de que se vuelvan solemnes. Y eso sin renunciar a la intensidad emocional que pide un rescate en el vacío con una sola máscara de oxígeno o la protección de todo el grupo de guardianes a costa del sacrificio autoconsciente del más parco en palabras.

En fin, una delicia para comiqueros de toda la vida y adolescentes con ganas de marcha galáctica. A estas digitales alturas, los chicos de Star Wars no sé ya que más pueden hacer. Salvo pedirle a Glenn Close que repita en la capital de Alderaan el papel que hace aquí de Ana Botella.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Los mercenarios 3: Banderas les da a todos una collejita malagueña



Esta película ha sido especial en mi clan familiar durante el verano. En días diferentes y casi sucesivos, mi sobrina, mi hermano y yo hemos ido cruzando la mirada con Stallone en ese plano sostenido donde pone lo más parecido a un gesto de densidad dramática, al que enseguida resumimos como "esos ojitos".

Me divertí con el desmelene sincero de la primera entrega y con las cameo-coñas de la segunda (ese Chuck Norris). Pero lo de ésta no tiene pase. Harrison es un viejito, Mel no se lo cree y se le nota, Snipes no sabe qué hacer aparte del loco, Schwazenegger parece un obrero de la construcción que acaba de desayunar un sol y sombra, Jet Li ni pía (para qué), Lundgren se aburre y Stallone y su pupilo Statman (o como se escriba) se quedan a un paso de ir juntos a la ducha.

La pandillita juvenil que se les suma no merece ni una línea de texto, salvo por el modelo de comando fashion que luce la chavala.  


El único que saca partido al despropósito es Antonio Banderas, que sí sabe perfectamente a qué vino y para qué sirve estar ahí. Seguramente no tenía ni personaje, pero él se lo ha inventado para arrancar al público las únicas risas que parten de la intención del actor y no de nuestro desprecio a su presencia en semejante carajal.

Por supuesto, son también de mucho reír las frases de Sly tipo "llegamos tarde a una guerra" o "yo soy La Haya". Y la industria armamentística habrá quedado satisfecha con el spot. 

Esto no tiene más recorrido, pero harán la cuarta, porque nos han prometido ir de luna de miel a Afganistán.


sábado, 30 de agosto de 2014

El niño



Si el cine español estuviera sano, El niño se consideraría sólo una buena película de género con algunas debilidades perdonables, un ritmo estupendo y unas escenas en el mar (especialmente la nocturna) para enmarcar.

Pero no lo está y la prueba más evidente es que, en todo el mes de agosto, es la única película española que se ha estrenado en España con vocación de hacer taquilla, de un total de dos.

Por eso se recibe como algo extraordinario. Por eso es la película que nos apetece ver, pues nos lleva provisionalmente a un escenario que debería ser el nuestro hace mucho tiempo: El de un cine autóctono con un buen número de películas interesantes sobre asuntos propios y personajes reconocibles aquí y ahora, en las que se despliegan los medios necesarios para que puedan ser contadas con solvencia y que se estrenan con la debida promoción y el suficiente número de copias.

Por desgracia, esto sucede con apenas una decena de películas al año que no siempre coinciden con lo mejor de la oferta. Y a menudo se concentran en unos pocos meses en los que la competencia machaca menos de lo habitual, de modo que las españolas compiten entre sí, además de con Hollywood.

Sin ir más lejos, dentro de unos días se estrenará La isla mínima, otra apuesta potente en la que aparece el intérprete que debuta en El niño como protagonista.

El chaval tiene gancho, de eso no hay duda. Aquí mejor cuanto más físico es su cometido, porque en los momentos emotivos en los que no basta la frescura, aún está un poco verde. Quizá por eso la historia de amor con la marroquí es la parte más débil en pantalla, aunque esté escrita en el guión con la misma eficacia que todo lo demás.

Lo demás es el narcotráfico, con la opacidad gibraltareña en el centro de la telaraña, el control del estrecho por parte de la policía, el gran caso, los enjuagues del departamento, los capos del hachís, los tambores de Ketama, y tres aspirantes a hacerse ricos con más huevos que cabeza. Bien trenzado y a todo ritmo durante más de dos horas que pasan volando, como El niño cuando atraviesa los 14 kilómetros de olas para recoger una simple piedra africana.

Jesús Castro necesita mejorar su técnica, Jesús Carroza es un tío salao que se bate bien en el contrapunto humorístico, y el marroquí Saed Chatiby constituye un auténtico hallazgo de los que suelen reservarse para el cine de Scorsese.

Luis TosarEduard FernándezBárbara LennieSergi López o Mousa Maaskri ya no tienen nada que demostrar. Con más o menos personaje sobre el papel, los dotan de vida en pantalla para que se aguante todo el tinglado, la investigación avance y el final sea el único posible: Hay demasiados contendores entrando por la aduana, como hay demasiadas películas de Hollywood en la cartelera.

La guerra sigue.