martes, 23 de agosto de 2016

10.000 kilómetros


23 minutos de plano secuencia, para empezar. 

Muy bien rodados e interpretados, permiten conocer a los personajes, sus inquietudes, el problema que se presenta y sobre el que hay que decidir y el sutil reparto de roles que se establece entre los dos (él hace de ella, ella hace de él).

El movimiento de la película se mantiene con habilidad durante ese largo prólogo gracias a una planificación muy pensada, para que los cambios de espacio en un espacio único sean suficientes. Perdonemos el sonido de los diálogos iniciales (momento cama), porque sonorizar ese piso barcelonés tiene que ser cosa fina. Luego la dicción mejora (él, David Verdaguer, es actor de teatro; ella, Natalia Tena, hace pinitos en Juego de Tronos) y el formato cambia para contarnos lo que pasa durante meses entre una pareja cuando hay 10,000 kilómetros de distancia y uno de los dos cuenta con nuevos planes mientras que el otro simplemente espera.

Nadie más entra en plano, aunque están ahí, en el teléfono, en la página de facebook…


Ésta es una película para olvidarse del fragor socorrido de los presupuestos holgados y maravillarse, por ejemplo, con una escena en la que solo ves un correo electrónico, que se reescribe varias veces en pantalla para encontrar las palabras adecuadas a tus sentimientos o sustituirlas por lo que conviene decir. Sin ver la cara de quien redacta. No hace falta y eso es un mérito de guión cuidadoso y un director seguro de lo que hace.

Es verdad que nada sabemos de lo que les importa más allá de ellos mismos, de su ordenador, de la ausencia, del vuelves, voy yo o lo dejamos. Pero es que esta película juega precisamente a eso, a hurgar en los egoísmos del amor en su distancia más corta, que nunca se mide en kilómetros. 

A veces, la falta de dinero obra pequeños milagros como esta película que se estrenó en la misma temporada que Her y no necesitó meter a Scarlett Johansson en off para tocar hueso. El director Carlos Marques-Marcet está cocinando otra. Espero que con algo más de pasta y el talento intacto. Y que no se vaya muy lejos. 



lunes, 22 de agosto de 2016

La juventud


Un buen escenario: Suiza. Jóvenes atendiendo viejos en un retiro de salud y agüitas termales. Todos con actitud, sólo dos de ellos con voz. Para nuestra fortuna, esos son Michael Caine y Harvey Keitel, hablando de próstatas, fallos de memoria simulados, hijos incomprensibles, antiguos amores, desidia o entusiasmo, supervivencia y apuestas.

De vez en cuando ponen su pizca de talento interpretativo Rachel, Paul y Jane, sobre todo Jane, el tercer viejo de la partida. Todo ello con humor, desesperación, esteticismo y mala uva marca de la casa. La única amenaza es que Sorrentino empieza a gustarse demasiado, es autoconsciente en grado sumo –quizá no haya podido zafarse después de La gran belleza- y algunos elementos supuestamente desestabilizadores o epatantes son perfectamente prescindibles (Maradona sobra, la masajista entrenando bailes de videojuego no digamos).


Eso sí, el italiano consigue un momento para la historia del cine XXI en la secuencia de la piscina, porque una venus en las aguas (lo mismo da que salga o que entre), sigue produciendo en los espectadores una inevitable fascinación, aún con la próstata averiada.

He ahí un instante impostado, pero loable. En cuanto a las otras imposturas, juraría que Sorrentino y su montador necesitan discriminar entre lo bello y lo gratuito. Un balneario suizo no es Roma, Paolo.


lunes, 15 de agosto de 2016

Steve Jobs


Se diría una interesante película sobre el genio Steve Jobs, interpretada por el camaleónico Michael Fassbender. Esto será así quizá para aquellos que fueron a verla al cine atraídos por el actor, por el personaje o porque era la película de estreno disponible a la hora en la que se podía ir y en ese cine al que normalmente van, cada vez menos.

Pero esto es un blog, amigos. No demasiado exitoso, moderno ni movido, pero blog al fin y al cabo. Eso me convierte en blogger (cielo santo), aunque personalmente el cargo me da un poco de risa. De modo que hoy no vamos a limitarnos a decir que la película es brillante como artefacto e ilustrativa respecto al personaje (tan genial y perfeccionista en lo suyo como intransigente y soberbio para con todos a su alrededor).


Fassbender, por descontado, está muy bien, todos los intérpretes están muy bien, la puesta en escena bien, la fotografía bien… Entonces, ¿qué falta por decir? Pues algo cinéfilamente relevante y más en este caso: que el guión pertenece al mejor guionista vivo del entertainment anglosajón y que dicho libreto está dirigido por uno de los pocos autores británicos de relieve internacional.

En fin, que podemos abrir un debate en paralelo al de la propia película: ¿es la Compañía –encarnada en sus equipos, su consejo de administración y el director general nombrado por la misma- o es Jobs y sólo Jobs el que ostenta el mérito e impone su línea en la invención, el desarrollo, la comercialización y la presentación de las criaturas que dicha Compañía y los correspondientes equipos diseñan y fabrican?

Olvidémonos aquí, hablando del film, de la productora y el equipo técnico y artístico, salvo los dos pesos pesados del Cine que participan en la fiesta y la condicionan. La pregunta queda como sigue: ¿Es ésta una película de Aaron Sorkin, que la escribe con mimo y millones de bytes de talento, o de Danny Boyle, que la dirige con solvencia y ritmo para que ese guión reluzca en cada fotograma? 


Yo creo que Steve Jobs es preferentemente de Sorkin, que consigue que su guión sobrevuele todo lo demás con juicio y elocuencia, aunque haga alguna concesión argumental de último momento que Jobs no hubiera hecho.

Boyle se traga su querencia por la adrenalina, o la lleva al terreno de las bambalinas de un modo más hábil y contenido de lo que suele, porque hay un carácter volcánico detrás de cada personaje a punto de salir a escena y los diálogos que miden cuánta lava se puede o debe escupir son el meollo de la película.

Tanto es así que he oído desde el estreno un par de opiniones recurrentes: “Qué hubiera hecho un director mejor con semejante guión” y “ojalá se hablase en la vida como en los guiones de Aaron Sorkin”.

En cuanto a Apple, al Mac o al Iphone… ¿A quién coño le importa cuánto han alterado el mundo? Es Rosebud lo que cuenta. No el de Kane inventado por Welles. El Rosebud de Jobs, inventado por Sorkin.


domingo, 14 de agosto de 2016

Brooklyn


Contar las historias como cada historia pide es cada vez más infrecuente en el cine comercial. No digamos en cualquier película relacionada, total o parcialmente, con Hollywood (este Hollywood).

Brooklyn no es una película barata. Carece de efectos especiales aparatosos, pero se remite a un tiempo antiguo en el que las gentes de Irlanda emigraban a Nueva York, por entonces una ciudad próspera y moderna para los parámetros de los años 50. Si hubiésemos seguido a un chico irlandés, probablemente la película habría derivado hacia su ingreso en la policía o en alguna banda peleando las cuatro calles bajo su control. Pero se trata de una mujer sola y joven que va para labrarse un futuro, discreto y propio.


Estar casado con una emigrante (y haber visto esta película con ella), me permite certificar la autenticidad y sutileza con la que está contando el proceso de adaptación. La originalidad de los ambientes, desde la casa de huéspedes y sus cenas, hasta el novio italiano (distinto por el sencillo procedimiento de retratarlo tímido y trabajador sin dedicarse a la hostelería), van sumando ingenio, belleza e interés a la aventura. El guión gira cuando debe y la irlandesa americanizada nos muestra nuevas facetas de su carácter y circunstancias, que no desvelaré aquí.

Brooklyn inventa poco, pero construye personajes con primor (ella está soberbia), maneja las elipsis como debe hacerse, cuida la puesta en escena y, en fin, cuenta lo que se propone con sensibilidad y sentimentalismo del bueno. Se llama clasicismo.

El conjunto da una de esas películas hermosas que ya apenas se hacen, porque últimamente las historias se cuentan pensando en los clientes de videojuego con mucha mayor frecuencia que en los espectadores de Cine. A lo mejor por eso este Brooklyn luce bandera irlandesa.


sábado, 13 de agosto de 2016

Isla bonita


Fernando Colomo tuvo su racha. Inauguró la comedia madrileña. Luego la perfeccionó durante dos décadas sintonizadas con su forma de mirar y reírse de nuestras cosas. De vez cuando, se marcaba un cameo en las de Gómez Pereira. Y en los últimos años juraría que los números no le han cuadrado bien. Un poco como al protagonista de La isla bonita, que él mismo encarna.

La habrá hecho con dos duros (lo que ahora serían unos pocos eurillos) y le ha salido. No creo que en taquilla, pero sí en pantalla. Si fuese francesa algunos aún le estarían haciendo la ola.


La verdad es que se echa en falta una actriz francesa para hacer de madre, la anfitriona escultora necesitaba más "charme". Por lo demás, todo fluye natural, patético y y luminoso como la vida de los artistas, jovencitas y fracasados razonables que todavía pululan por Ibiza (la del vino en cena informal, no la de pastillas con dj de fondo). Un par de gags marca de la casa habrían elevado la satisfacción en platea, pero restarían autenticidad. 

Colomo, mayor, desubicado y enamoradizo, consigue una película pequeña y entrañable, de las que se lleva por delante Hulk al primer puñetazo.

No importa. Es bonita su isla.


viernes, 12 de agosto de 2016

Eddie, el Águila



Ahora que estamos de Olimpiadas, rescato este film que pasó de puntillas por la cartelera del 2016, seguramente porque se equivocó de mes.

Eddie, el águila es una película de aspecto pequeño, aunque su producción no debe haber sido nada cómoda, dada su temática y personaje central. Simpática, un punto sensiblera pero sin pretensiones excesivas, discurre ágil y liviana para contarnos la historia de este jovenzuelo británico que consiguió ir a los Juegos Olímpicos de Invierno como único saltador de sky del equipo, a fuerza de voluntad, picardía, inconsciencia y temeridad.

Todo está algo visto y es sencillo de digerir: el chico soñador, el padre pragmático, la madre entrañable, los estirados del equipo olímpico,… Pero el actor que encarna al héroe tiene un punto muy suyo que lo hace querible y original. Funciona para aportar lo nuevo de una fórmula vieja. Hasta permite ver sin estridencia a Hugh Jackman darle la réplica a Eddie, haciéndolo como saltador fracasado, borrachín y sin norte, pero sin cuchillas.

Por supuesto, rodada con solvencia y medios más que suficientes, huye del énfasis siempre que puede, lo que va en su beneficio y en el nuestro, aunque solo sea para no tragarnos otra historia de superación con tufo a hagiografía.

Mucha nieve y viento en la cara. Refrescante ahora. Y olímpica.


lunes, 8 de agosto de 2016

Cine de trenes

Debería hacer una sección en el blog con la programación cinematográfica que los agentes del sector nos obsequian en viajes de cualquier distancia que admita cine. Creo, de hecho, que voy camino de hacerlo pues en distintas ocasiones (la penúltima justo anterior a ésta) he hablado de lo que ponen en un autobús de Colombia, en vuelos transoceánicos o en canales de hotel de cualquier lugar del mundo (ahora esa variante nos la alivia la Olimpiada).

Hoy va de trenes. Es un poco deprimente, por cierto, que este medio de transporte haya claudicado también a la obligatoriedad de una pantalla (aunque la del móvil se faja con todas). Hoy en día, Jesse y Celine no se hubiesen conocido, ni siquiera hubieran cruzado una mirada.


Habrían matado el tiempo hacia Viena mirando, por ejemplo, Terminator Génesis. Un mojón al más puro estilo Secuellywood, en el que sólo el viejo Arnold, veterano de la original, sabe lo que se hace y hasta lo hace bien.


El despiporre de argumento a costa de los Connor, que necesitan más psicoanálisis que armamento a estas alturas espaciotemporales, permite un presupuesto A para una película B, siendo benévolos. Pero así se programa en los trenes del primer mundo, amigos. Mejor violencia impostada que mirar el paisaje, leer una buena novela o entablar conversación con tu vecino de pasillo.


A veces, el que decida estas cosas (que me gustaría saber quién y por qué las decide), echa mano de cine autóctono. Ya que estamos en un tren de España, programemos una de aquí aunque no tenga explosiones, digamos por ejemplo que Ahora o nunca, el segundo taquillazo de Dani Rovira (que según parece rodó antes, pero tuvo la fortuna de estrenar después de 8 apellidos vascos). 


Que semejante refrito de ideas ajenas (boda con obstáculos, pandilla femenina estúpido-animosa, novio paraito creciéndose ante las dificultades, madre pija-pero-rescatable, carreras de aeropuerto, declaraciones de amor en público), cuya adecuación al espíritu nacional consiste en añadirle ordinariez a paletadas sin gracia ni ritmo, haya sido un éxito de taquilla el año pasado, es algo para el psicoanálisis también, en cuanto salgan de allí los Connor.


Yo me imagino a Jesse, preguntándose ante la pantalla cómo diablos se enamoró de un español la chica por la que cruzó el océano. 

Tío, el tren tiene bar. A lo mejor por eso. Vete a pedir algo, anda: quizá topes aún por casualidad con una bella francesita asqueada del cine de trenes. Será lo mejor que te pase en el viaje y hasta en la vida.