lunes, 5 de diciembre de 2016

1898. Los últimos de Filipinas: spoilers a bayoneta


El cine español cultiva la épica poco o nada. Está cuajando un “género negro” con nervio y personalidad que acumula títulos notables o sobresalientes año tras año, en los que muestra una España reconocible y verosímil. Pero el negro no es épico en el sentido estricto. La épica pertenece a las historias aventureras y de armas, dos variantes en las que España cuenta con un pasado inagotable.

Rodar eso aquí tiene obstáculos importantes. El más obvio es el presupuestario (la épica es cara de producir); el segundo es actitudinal, un complejo declarado frente a todo lo que huela a exhibición heroica, que para nuestra comunidad cinematográfica se asocia a conservadurismo rancio o "patrioterismo" sonrojante.

Tanto es así que, cuando Cerezo decidió encarar una nueva película en torno al famoso episodio del sitio de Baler, se dispararon de inmediato las alarmas bienpensantes: La primera película, de 1945 y cinematográficamente notable (una vez suprimidos los cinco minutos de loas católico-castrenses), se considera en bloque propaganda al servicio del régimen de Franco (a ver si lo vamos enterrando) y eso prácticamente invalidaba cualquier adaptación nueva en pantalla.

Sin embargo, estas suspicacias parten de un clamoroso error de foco: Esto es cine español del siglo XXI, amigos, no hay peligro. El Imperio se llevará su merecido, los militares de carrera el suyo. Es un milagro que el párroco salga airoso, aunque se construya incidiendo en sus debilidades.


Calemos bayonetas:

ACIERTOS

El escenario del drama, paisajes e iglesia, perfectos y fotografiados con mimo. Aunque una escena temprana de mapa o de recorrido del perímetro a defender hubiera hecho más comprensible el sitio y cada movimiento de los personajes (qué oportunidad para revisar 55 días en Pekín, El señor de la guerra, Salvar al soldado Ryan).

Los actores, muy bien escogidos para sus respectivos papeles, de los que enseguida hablaremos.

La historia en líneas generales. Da igual los borrones que le hagas al mando o lo insensato de la resistencia. El hecho es indubitable: once meses soportando el cerco y las embestidas a tiros, machetes y cañonazos del ejército filipino.

El inicio, la primera vez que suena "Yo te diré". Astucia de guionista, astucia de la buena. Como lo es también, mucho más adelante, la colección de puyas a los errores (militares, económicos, políticos), cometidos en aquellos tiempos por imperativo de gobernantes ineptos, cuestionando los sitiados la autenticidad de los periódicos por lo increíble de sus noticias.


El progresivo deterioro de los principios, cómo se resquebraja la capacidad de resistir sin renunciar a ellos, a través de la actitud de dos de los mandos hacia la muchacha cantora. Coherente y casi agradecible.

El ataque para inutilizar el cañón, con el protagonista rebosante de drogas, anticipando el método más recurrente de librar batallas en el sudeste asiático (véase filmoteca sobre Vietnam).

El misionero, una creación de guionista y actor que no importa que sea libérrima, porque es creíble, entretenida y humana. El personaje tratado con más cariño y acierto de toda la película.

El cuaderno de dibujo: una forma atractiva y barata de mostrar la evolución del asedio, de la que no se abusa.


DESACIERTOS

El vengativo encarnado por Gutiérrez, con su habitual solvencia. Monolítico de brocha gorda. Le hubiese sentado bien una prueba inequívoca de valor personal, un poco de humor chusquero (en la línea de su primera observación respecto al perro), algún atributo humano más allá de su sed de sangre. Si sólo eso le alimenta durante los once meses, o se lía a degollar tropa o la tropa lo degüella. En cuanto a su comentario último, sin comentarios. No se atiene a su dibujo. Puestos a tomarse licencias, hubiese trasladado a ese personaje el hallazgo de la nota de prensa. Un fanático de las armas, pero leal a la verdad a pesar de -o precisamente por- ello.


Tosar e Hipólito. Los únicos oficiales de carrera, el que manda y el que cura, apenas se relacionan salvo para disentir de manera abrupta. Frente al fanatismo de sangre del sargento, la complicidad entre ellos, aún con discrepancias violentas, debiera ser inevitable. Una relación ideal para contrastar modos de ver (qué oportunidad para revisar el pulso entre Wayne y Holden en Misión de audaces), que podría incorporar razones propias y de época, donde las posiciones de cada uno contaran con su ración de acierto y de error. Valga con un ejemplo que improviso aquí:

MÉDICO: Al diablo el reglamento (frase real del guión)
TENIENTE: Sin reglamento, no habríamos resistido ni dos días. O lo aplicamos a rajatabla o desertarán en masa, y más ahora.
MÉDICO: Son españoles.
TENIENTE: Se equivoca: son hombres.
Luego el médico, volviendo al realismo, se montaría sobre esa certeza expresada por el teniente para argumentar la dificultad de que alguno utilice el fusil contra sus compañeros, como argumenta –y bien- en el guión filmado.

Así, la cosa de la ceguera, patriótica o militar, se reparte mejor.


Las ejecuciones. Está documentado que dos de las bajas en aquella iglesia fueron, en efecto, fruto de ejecuciones por intento de deserción. Desconozco en qué momento real del asedio tuvo lugar esa situación tremenda, pero en términos cinematográficos es discutible demorarla tanto. Cuando llegamos a ese hecho, el más desagradable de la historia desde cualquier punto de vista, los espectadores estamos bastante agotados. Y como he dicho antes, el guión prefiere apostar por un planteamiento en el cual la actitud del teniente no ofrezca duda sobre su ceguera. La discusión que sostiene con el médico, brevísima, se mueve entre el raciocinio del científico y la obcecación del militar, subrayando esta última. Y sin renunciar a la sensación final de error, militar o humano, el duelo entre ambos pudo haberse trabajado mucho más.  


Los filipinos. El jefe de las fuerzas filipinas es un personaje clave, porque a través suyo se pondrá el acento a la resistencia española, calificándola de un modo u  otro. Como era de esperar, su retrato apuesta por el clásico “genio y figura” en contraposición al absurdo comportamiento de los resistentes, añadiéndole caballerosidad a espuertas. Ya digo, una solución clásica, que solo me flojea por descompensación. Además, el encuentro se desaprovecha para plasmar el "final de una época". Cuando el filipino se pone su impecable casaca frente al harapiento soldado español, bien podía haber dicho con socarronería: “¿Ha visto mi casaca? Ya somos un ejército”. Sin más comentario, el contraste aquí habría sido fulminante y más eficaz que la mención a la inexperiencia de la tropa española, su equipamiento defectuoso, la comida en mal estado ya desde Manila.  

El desertor. Bien contado hasta su encuentro final con el protagonista. Incluso entonces, sus argumentos son los adecuados. Pero falta la respuesta del héroe (esto era una película épica, ¿se acuerdan?).
Improvisando de nuevo: "Todo lo que dices puede ser cierto. Pero olvidas un detalle: tú no sabías nada de esto cuando echaste a correr".



CONCLUSIÓN

España hace una buena producción, por encima de lo habitual en muchos aspectos, en la que el valor vuelve a ser más bien irrelevante o, llegado el caso, contraproducente y que tendrá un éxito muy moderado. A efectos comerciales, solo las producciones anglosajonas mantienen el monopolio del heroísmo taquillero.

Pero supongo que todos los españoles llevamos un guionista anglosajón dentro. De eso no podemos ejercer, pero sí de críticos cinematográficos.

Seguramente, los últimos.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Isbert

Hoy hace 50 años que murió, sin darnos esa explicación que nos debía, como alcalde nuestro que era.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Festival de Cine Inédito de Mérida


Regresa mi Festival favorito, en una ciudad pequeña con un puñado de irreductibles cinéfilos, películas en VO, ciclos para niños y adolescentes, exposición, taller,... Como cada noviembre.
Gracias por resistir.

martes, 8 de noviembre de 2016

Gente que vuela

Madre mía, las cosas que tiene uno que soportar cuando va en avión... 


A veces te pierdes estrenos a sabiendas, pero luego vuelven, en lugares que no te dejan escapatoria.
Lo resumiré en teletipos:

Batman contra Superman, más de dos horas de trascendencia barata, destrucción masiva y criptonita de ir y venir. Infladísima, interminable, farragosa,... mala.

Y luego Pan, el origen, el remake, el no sé qué, el acabose. Mucha fiesta del departamento de dirección artística, mucho Garfio desatado, mucha magia fraudulenta, un lío de nunca jamás.


(En fin, cine de aviones. Ya estoy de vuelta. Más y mejor en breve)

viernes, 28 de octubre de 2016

Pecados veniales


Desde la última que hiciste adaptando a Dan Brown has estrenado dos excelentes, dos buenas, tres correctas, una rara y otra regulera.
Así que te perdono, Tom.

jueves, 27 de octubre de 2016

Tarde para la ira


Un solitario en busca de venganza, un barrio y su bar, un exconvicto con pocas -pero firmes- lealtades y menos suerte, una mujer a la deriva, una cacería lenta e implacable, una sorpresa inesperada.
  
El cine hecho por actores a veces tiene estas cosas: Concreción, sencillez, contundencia. Y lucimiento de intérpretes, claro. Antonio de la Torre está soberbio (aunque necesita un papel amable con algo de diálogo cuanto antes), Manolo Solo tiene un papel breve pero agradecido, de gran actor. Los otros que están metidos en el lío funcionan como suizos. Y cómo está Luis Callejo, hubiera merecido una escena más, la única que le falta a un sólido guión. Ellas (Ruth Díaz y Alicia Rubio), ponen un contrapunto muy medido, con habilidad interpretativa digna de elogio. 

Para todos ellos lucen los ambientes, milimetrados, y la música puntual. Ésta encaja sin subrayarse y eso que con la música, en una historia así, Arévalo hubiera podido caer fácilmente en la trampa. Pero ha preferido el sonido limpio, convencido de que no por eso queda una narración más árida, otro acierto.

Y luego está la cámara, dónde un director novel se lo juega todo. Bien por Arévalo y su textura granulada. Travellings solventes, cargados de electricidad, un primer plano secuencia para enmarcar, movilidad suficiente en los interiores, la carretera, los pueblos, el campo. 

La muerte rodada de forma explícita o fuera del encuadre, en el orden idóneo, para que sepamos que todas son igual de terribles sin poner a prueba nuestro nivel de tolerancia a la sangre.

Raúl Arévalo ha debutado con una película seca y ajustada, a su modo pudorosa, que no le queda redonda por muy poco. De lo mejor que he visto últimamente.


miércoles, 26 de octubre de 2016

La próxima piel


La próxima piel es la mejor película de Isaki Lacuesta de las que llevo vistas. Quizá es la co-dirección lo que le sienta bien. O los Pirineos o su reparto a juego. O el guión, medido y coherente de principio a fin.

Sea lo que sea, el resultado es una película intrigante en todo momento, aún si intuyes el último secreto. Porque las realmente buenas son las que te mantienen en vilo independientemente de que el desenlace coincida o no con lo que imaginas. Importa más saber cuándo y por qué mienten los personajes, qué ocultan, cuándo y cómo lo desvelarán, qué supondrá para ellos.

Hay muchas formas de contar putadas vitales y patinar haciéndolo, pero ésta es de las logradas.

Sólo le falta a la película ser francesa.