jueves 9 de febrero de 2012

SCARAMOUCHE


Anoche soñé que volvía a Manderley

Anoche soñé que la comedia del arte dieciochesca, la literatura popular decimonónica y el cine comercial del siglo XX podían refugiarse tras una sola máscara y contarnos la historia de una venganza condenada al olvido. Una venganza elegante, a la francesa, de las que dirigían con un aplomo ya extinto los directores de Hollywood expertos en el musical, para actores británicos de vocalización impecable y ágil florete.

Stewart Granger interpretaba a André Moreau, el hijo natural de un noble no identificado del Ancien régime, y disfrutaba sin vacilaciones de una renta secreta, un amigo leal y unos amores sobreactuados por una actriz a la caza permanente de protector. El despreocupado Moreau se dedicaba, en fin, a eso que los alemanes llaman “vivir como Dios en Francia”. La revolución aún no había cortado cabezas, aunque las cabezas principales del país querían cambiarlo a través de la agitación o mantenerlo eternamente anclado al “todo para nosotros, pero sin el pueblo”. Asuntos que nada importarían a un vividor como Moreau mientras no corra la sangre de los que aprecia.

En realidad, André no quisiera pertenecer a ninguna causa, ni cuando su amigo y casi hermano Felipe de Valmorín escribe sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, ni cuando un apuesto marqués parece encubrirlos en su fuga ante los hombres del rey. Esa fuga curiosamente truncada por la farsa de los únicos personajes interesados en defender sus convicciones sobre Francia: Felipe, oculto bajo la firma del idealista Marcus Brutus, y el marqués, que finge aprecio hacia el joven antes de agraviarlo para que se batan en duelo. Porque -ladino como suelen ser los aristócratas con peluca-, el marqués de Maynes tiene una ventaja sobre él que lo convierte en mortífero: contar con la certeza de que los redactores de libelos no saben esgrima. Su duelo con Felipe es, por tanto, otra farsa que atraviesa de acero el corazón de Valmorín y le enseña a su amigo Moreau una lección imposible de olvidar.

Al calor de aquel odio nuevo, André abandonará por fin la sinceridad del disoluto para convertirse en el mejor de los farsantes, en pos de su venganza, embarcándose en la compañía de su amante actriz y asumiendo en ella el papel de galán bufo y enmascarado, de nombre Scaramouche.

Con Scaramouche actuando en los teatros y Moreau aprendiendo a batirse en salas de armas y amaneceres brumosos, el cine de aventuras se despliega en toda su grandeza, avanzando con soltura y no poco humor entre rencores obsesivos, misteriosas genealogías y novelescos amores. Cualquiera que haya sido niño ante esta película se sintió capaz de triunfar en París como paladín revolucionario y comediante, deseó convivir con (y satisfacer a) una artista incendiaria como Leonor, enamorándose al tiempo de la joven y pura Alina de Gavrillac; quiso aprender esgrima con el maestro del enemigo, perfeccionar las estocadas con el maestro del maestro y batirse con el marqués a vida o muerte, sin tregua y sin máscara.

La mejor película de George Sidney nos regala el mejor duelo a espada con el que se pueda soñar. Esperado pero imprevisto, brioso y colorista, acrobático, sin elipsis, teatral. Dicen que Richard Burton se batía cada noche en su Hamlet de Broadway con una fogosidad y un denuedo que trascendían el dopaje galés a base de whisky. Pero Mel Ferrer y Stewart Granger, dos galanes tirando a petimetres, batiéndose por todo el Ambigú durante casi siete minutos y más de cien planos, no pueden superarse ni con Shakespeare. Ni siquiera la prodigiosa banda sonora de Víctor Young interviene en el duelo –nada como un director de musicales para saber cuándo está de más la música-. Sólo suena el revuelo de los asistentes y el tintineo cantarín y sombrío de las espadas, el desagarro de las telas que tapizan el teatro, el golpear seco y hondo de los sacos terreros que caen sobre el escenario con cada cuerda cortada por los duelistas, la respiración repentinamente detenida de todo el público cuando Moreau agota por fin a de Maynes y coloca la punta de su acero sobre el corazón del empelucado marqués.

De cómo y porqué la venganza no se consuma o la amistad entre dos bellezas es posible o Napoleón rubrica la farsa, no quiero apuntar nada aquí. Son cabos sueltos que cada uno puede atar sin ayuda, volviendo a sumergirse en la comedia del arte, en la literatura popular, en el cine de los tiempos de Manderley.

(Artículo publicado en Culturamas, febrero 2012)

martes 31 de enero de 2012

Un buen comienzo

Ahí va un arranque mítico de cine negro, ya que veníamos hablando del magistral comienzo de Drive. Éste maneja otras virtudes, pero no le va a la zaga. Digamos que es de los que nos gustan a los carcas. Forajidos, de Robert Siodmak:

viernes 27 de enero de 2012

Drive


Una primera secuencia magistralmente rodada. Un encuentro romántico previsible pero tratado con elegante pudor. Unos malos de manual. Y unos buenos sin suerte. El cine negro revisitado, con las concesiones a la violencia salvaje que parecen imprescindibles en el cine actual. Es la única pega de esta pequeña joya llamada Drive: la necesidad no demasiado justificada de encadenar muertes in crescendo que resienten la intensidad real de lo que importa en esta historia sombría, donde la relación entre el conductor, la mujer y el niño debieran prevalecer sobre la maldición del millón de dólares.

En cualquier caso, algunos momentos, con la inestimable colaboración de Baladamenti, alcanzan cotas de lirismo que parecían olvidadas en el género, Carey Mulligan sigue fascinando y la conducción del protagonista, en coche o en ascensor, rebosa verdad.

Pilotar de noche puede tener tanta capacidad de evocación y gozo como sacar la mano por la ventanilla de un BMW.

¿Te gusta conducir? Te gusta el cine negro.

martes 24 de enero de 2012

Una película con muy buena pinta

El fin de semana pasado me enteré de la aventura cinematográfica que está poniendo en marcha Chema Rodríguez. Se llama Anochece en la India, la protagonizan Juan Diego y Clara Voda y va sobre un tipo en las últimas que emprende un viaje muy peculiar en compañía de su asistenta rumana. En el guión, además de Chema, están Pablo Burgués (que aprovecha su año sabático para hacer lo que mejor sabe) y David Planell, uno de los pocos grandes guionistas que tenemos hoy en activo.

Si queréis sumergiros en esta aventura desde ahora, os recomiendo la web www.anocheceenlaindia.com

Aunque están en preproducción, ya tienen un teaser que promete. Ojalá lleguen muy lejos. La India lo merece. Y el cine español lo necesita.

sábado 21 de enero de 2012

Contagio


Decía Howard Hawks que "una buena película es tres buenas escenas y ninguna mala", pero Soderbergh es capaz de encadenar una buena secuencia tras otra y conseguir un resultado decepcionante. Después de un planteamiento aterrador y bien rodado, donde todo el mundo se pone malo (el espectador casi también), nada especial sucede en ninguno de los frentes abiertos por la película y el apocalíptico contagio del virus, que discurre con corrección narrativa y estética moderna por los tópicos de siempre. Intentar el realismo formal con un reparto encabezado por gente como Jude Law, Laurence Fishburne o Gwyneth Paltrow (aunque se convulsione maravillosamente) es un fracaso anunciado que sólo compensaría una historia original o profunda (o ambas cosas, lo que últimamente parece inalcanzable para Hollywood).

Al final se trata simplemente de guión y supongo que a eso se refería Hawks cuando hablaba de escenas en lugar de hablar de secuencias. No sólo hace falta saber poner la cámara, lo que importa es para qué la pones.

lunes 16 de enero de 2012

Habemus Papam


Nanni Moretti se ha inventado otra película interesante y divertida, que tiene en el primer adjetivo su fortaleza y en el segundo su debilidad. La premisa de Habemus Papam es fantástica: el Papa elegido por el cónclave sufre un ataque de pánico y se siente incapaz de asumir su responsabilidad, paralizado por el miedo escénico y la trascendencia de su misión.

A partir de ahí, la historia deriva hacia la tristeza sútil del pontífice y el humor un poco grueso de su terapeuta. Y el fascinante problema de casuística se diluye desafortunadamente para ofrecer al espectador un recorrido ameno pero de poca hondura. Moretti se limita a realizar la película que complacerá a sus admiradores, atrapado por su personaje, cuando tenía entre manos un personaje cinematográficamente mucho más valioso.

¿Qué hubiera hecho Wilder con esa misma idea? Nunca lo sabremos, pero al terminar la película me dio la sensación de que Moretti hizo como su Papá: recular ante la trascendencia de salir al balcón para hablarnos con sinceridad a los fieles y a los descreídos.