jueves, 9 de mayo de 2019

Vengadores: Endgame



No sé si los lectores de este blog recordarán aquellas fotos de familia que se marcaba la Metro Goldwyn Mayer en su época dorada, para demostrar que tenía contratadas “más estrellas que en el cielo”. Todavía anda alguna foto grupal de esas navegando por el pixelado mundo moderno.

Pues hay un momento en Endgame que viene a explicitar lo mismo: Que Marvel se ha convertido en el alma del negocio estadounidense del entertainment, contratando a todos los intérpretes importantes que quieren estar en primera línea de la popularidad y el negocio, y a los emergentes que lo mismo. En fin, una “foto de familia” que no deja de ser pura demostración de músculo, lo que en este género es más coherente que en ningún otro.

Endgame termina una etapa de Marvel que puede ser irrepetible. En ella ha habido de todo, aciertos espectaculares, patinazos, bobadas y hasta nominaciones al Oscar (si es que éstas siguen cotizando al alza, que ya se irá viendo).

En poco más de una década, Marvel ha conseguido trasladar a pantalla grande un puñado de iconos que malvivían apolillándose en cómics setenteros convertidos ya en piezas para coleccionista.

El cómic made in USA no había muerto, claro, pero empezaban a acorralarlo otros soportes de diversión heroica liderados por el videojuego, cuando los efectos especiales del nuevo milenio vinieron al rescate como hacen los superhéroes clásicos: sorpresivamente, por la mínima y arrasando.

Marvel decidió ir con todo, desempolvando a Ironman, a Thor, a Pantera negra, al Doctor Extraño, a los Guardianes de la Galaxia… incluso al sosainas híper-patriótico llamado para colmo Capitán América. Y menciono solo algunos de los personajes más oxidados, para poner en valor la apuesta, porque Spiderman o Hulk siempre jugaron en otra liga: ya en décadas precedentes, sus sucesivas adaptaciones para distintas pantallas, hasta las menos afortunadas, certifican que estaban listos para dar el salto en cuanto la tecnología se lo permitiera.

Endgame es la segunda parte de una película total, que lo contiene todo y a todos. Está admirablemente concebida para no dejar cabo suelto de cuanto había que cerrar y abrir posibilidades a lo que debe seguir abierto. Permite al devorador de todos los títulos anteriores reconocer los guiños y despejar cualquier fan-duda, sin despreciar a los espectadores que han pasado por la súper-taquilla solo de forma esporádica. Si te has perdido varias películas de éste o aquel súper-héroe, no importa gran cosa. Aunque es muy probable que te pique la curiosidad retroactiva y el negocio se extienda hacia el pasado y hacia el futuro. Vamos, que los guionistas se han ganado el sueldo.

Semejante rompecabezas debe haberles facilitado los desahogos humorísticos de los que se salpican los diálogos, hasta bromeando sobre algún personaje del que nadie recuerda su nombre exacto. Como un buen pastel de cumpleaños, la película tiene capas de dulces diferentes para suscitar la emoción o la sonrisa según convenga, pero también velas encima para que la cosa refulja y la épica presida la función. Vaya, a según qué edades a eso se le llama felicidad y si arrugas la nariz cuando oyes siquiera mencionar esta clase de película, ahórrate el precio de la entrada.

Aquí se viene a divertirse y admirar valentías inauditas. Así llevan los anglosajones construyendo iconos pop desde hace mucho tiempo. La fórmula, que manejan como nadie y con el presupuesto que haga falta, es prácticamente infalible.

El pastor David, mientras tanto, no tiene qué poner en la onda. No es que nadie le alcance una buena piedra, es que ni nos molestamos en buscarla.

martes, 7 de mayo de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 10



Platos por los que vale la pena vivir

Hay una escena del cine que me gusta particularmente. Es aquella en la que el Woody Allen de Manhattan está tumbado en su sofá con una grabadora, enumerando las cosas por las que para él vale la pena vivir: Groucho Marx, por nombrar a alguien, Jimmy Connors, el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, Louis Amstrong y su grabación “Potato head blues”, algunas películas suecas, claro, “La educación sentimental” de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, esas increíbles manzanas y peras de Cezanne, Los mariscos de Sam Wo´s,…

Parémonos aquí, ésta es una revista gastronómica. Y éste, el artículo de cine de la revista. Así que hagamos una pequeña lista sobre platos cinematográficos por los que vale la pena vivir:

Los mariscos de Sam Wo´s (cangrejos en el original), por formar parte de la escena antes citada, o las langostas que tratan de cocer el propio Woody y Diane Keaton en Annie Hall, ambos en su mejor momento.

La pizza con que reciben a Anita Ekberg a pie de avión en La dolce vita. Por su posterior inmersión en la Fontana de Trevi también vale la pena vivir, pero aquella pizza tenía una pintaza aunque la estrella se limitase a posar con ella ¿Se la comió el sobrecargo? ¿Los paparazzis? Quién sabe.

El spaguetti con albóndigas y beso de Reina y Golfo, o lo que es lo mismo: La dama y el vagabundo.

Los perritos calientes de Gray Papaya en Nueva York, sobre todo cuando puedes saborearlos en lo alto de una montaña junto a Salma Hayek, que los ha encargado a domicilio.

El merengue de Érase una vez en América. Sí, aquel merengue que el niño rebaña hasta que se lo acaba, mientras espera a que salga la fresca del barrio a quien el dulce iba destinado para comprar sus favores.

La sofisticada cena que en Fresa y Chocolate organiza el cubano “fresa” a su amigo “chocolate”, homenajeando la novela Paradiso de Lezama. Un momento que se convirtió en bautizo de lo que acabaría convirtiéndose en el restaurante más emblemático y original de La Habana: La Guarida.

Las guindas al marrasquino de Nueve semanas y media, servidas en cuchara a la hermosa rubia de ojos vendados que reinó en los años ochenta (la miel y el hielo los dejamos para otro día).

La sidra asturiana escanciada por Ferrandis en Volver a empezar, pura alegría de vivir.

El batido de 5 dólares de Mia Wallace en Pulp Fiction. Llamado Martin & Lewis, como homenaje a Dean Martin y Jerry Lewis, su éxito fue tal que el chef Dave Watts acabó desvelando la receta: Una banana mediana, una pizca de extracto de vainilla, 300 gramos de helado de nata, 200 gramos de yogur natural, 250 ml de leche entera, 2 cucharadas de miel, 5 cubitos de hielo, una pizca de sal, 4 cerezas confitadas y nata montada. No sé si vale 5 dólares, pero contemplar a Uma saborearlo vale bastante más.

Los dulces que van a recorriendo Depardieu-Cyrano de Bergerac y el pastelero de París (muy fan), mientras recitan y el pastelero se deja robar de forma inmisericorde, como José Luis López Vázquez aguantaba estoico el atraco diario de sus sobrinos en La Gran Familia.

Las alitas de pollo de la cesta de picnic de Grace Kelly en Atrapa un ladrón. Aunque tienes que lucir Cary Grant para comerlas con la elegancia que la Costa Azul exige llegado el caso.

Cualquiera de los platos de cocina china tradicional que prepara el viejo Chu a sus hijas en Comer, beber, amar.

El filete con patatas de John Wayne antes de que zancadilleen al camarero. En ese caso, ya sabéis lo que toca decir: “Ese es mi bistec, Valance”.















(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE,  Noviembre 2017)

lunes, 6 de mayo de 2019

El viejo wookie

El único de la Galaxia que nunca le cayó mal a nadie.

viernes, 26 de abril de 2019

Gilda en los Andes


Acabo de recibir la liquidación del 2018 
de mi novela GILDA EN LOS ANDES.

Gracias a todos los que habéis adquirido un ejemplar.

jueves, 25 de abril de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 6


Desayuno para llevar

Es curioso lo que sucede con el "auténtico desayuno americano", como lo llama Tom Hanks en El puente de los espías, cuando al fin encuentra en Berlín el hotel idóneo para pedirlo: es el desayuno más fotogénico del cine (colorido, variedad, abundancia), pero nadie tiene momento de comérselo. Cereales, mazorcas, bacon, huevos, pastel, zumo, bollería, tostadas... Todo listo para degustar un casi-brunch como arranque óptimo de cualquier día laborable, desperdiciado por la puntualidad de un autobús escolar, la inaplazable cita de negocios o la asesoría al Pentágono en el último despropósito de seguridad nacional. La magia del cine alimenticio. Prueben a hacerlo en casa: bébanse el café de pie, cojan el maletín y el primer bollo que esté a mano y digan que van cortos de tiempo para probar lo demás. Será la última vez que me lean.


En el cine se perdonan las prisas matutinas –y se preparan brunchs– con demasiada soltura. Podremos solventarlo con otro café (para llevar) y unos donuts en bolsa de papel, siempre y cuando toque esperar en el coche a que el sospechoso salga de su guarida (¿habrá desayunado?) y se ponga en movimiento.


El desayuno del cine, abriendo campo para abarcar más allá de Hollywood (aunque también allí), tiene su sentido primordial en el contexto de un amanecer de los que propician el apetito: La pareja ha hecho el amor, probablemente nos muestran alguna réplica de su terremoto nocturno, y están en un hotel con servicio de habitaciones. El plato caliente con caperuza de plata, los croissants recién hechos (ella opta por el croissant, ya enfundada en el albornoz), el zumo finalmente atendido, el café a sorbo lento... Unos minutos para mirarse a los ojos, aunque la agenda inmediata corte la digestión. Salvo que el camarero que trae el carrito oculte una pistola con silenciador bajo la servilleta, el desayuno es un recurso narrativo eficacísimo para exponer el sosiego y el cariño, un contrapunto a la vida agitada y rutinaria o excepcional de cualquier personaje.


Como puesta en escena significativa, resulta perfecto en uno de esos momentos viajeros que privilegia la pantalla, especialmente si mostramos un protagonista tomándose sus primeras vacaciones desde hace años y en algún país ajeno: matrimonio inglés paladeando el alba de la ciudad en un café parisino de Montmartre o los Campos Elíseos (banda sonora de acordeón); ruso reconcomido por la tentadora abundancia del otro lado del telón de acero; americana probando el aceite de oliva en un pueblito costero del Mediterráneo... Ese instante en el que se goza realmente el café y hasta se mira la vida alrededor, quizás el amor inesperado que entra por la puerta o cruza el ventanal del establecimiento en bicicleta. Aunque a veces no haga falta irse tan lejos: se puede desayunar caminando hacia casa con música de Mancini y diamantes al fondo.


En cualquier caso (y ya metidos en joyería), no hay mayor sosiego que el de los desayunos “hereditarios”, disfrutados estos por personajes sucesores de monarquía o de imperio. El tiempo de preparación en cocinas, el recorrido del servicio por pasillos y salones repletos de óleos, molduras y mobiliario Luis XV, la apertura de cortinajes en la ventana del dormitorio, la bandeja depositada junto al lecho con dosel… Así sabremos que el o la joven durmiente goza de un noble linaje y no ha padecido estrechez jamás. Será incapaz de pensar que el panecillo de su plato puede haber sufrido no pocas peripecias y revolcones hasta llegar a esa cama, como sucedía con el de Grace Kelly al comienzo de El cisne.


Busquemos otras posibilidades. El desayuno de Ciudadano Kane, en una mesa demasiado larga, con cada esposo leyendo un diario diferente. Distanciamiento sentimental insalvable. Sólo beberán sus infusiones aunque carezcan de prisa, pues no abrieron el apetito durante la noche. Otro desayuno americano, en la cama, pero limpio de toda sospecha: Kate y Spencer –pocholina y pocholín- en La costilla de Adán, también hojeando la prensa. Armonía sofisticada sin necesidad de hotel, ni mansión, servida –eso sí– en bandeja.


Suceda lo que suceda luego, ¿qué es un desayuno sin un periódico de papel para acompañarlo? En el que descubrir el último escándalo, ver al poderoso malvado en titulares, leer una crítica favorable al estreno de anoche o señalar con determinación las ofertas de empleo. Café y prensa son los ingredientes básicos para desayunar en Occidente según el cine. Un brebaje amargo y el horror a cuatro columnas se erigen en suprema representación de la intimidad personal más tranquila y reflexiva. La de mejor digestión.

¿Terminará imponiéndose para esa imagen del desayuno plácido la lectura de prensa (o de la revista predilecta) a través del móvil? Si así fuese, valdrá igual que se acabe la batería o que se tropiece el camarero camino de nuestra mesa. No olvide mascullar:

“Ese era mi desayuno, Valance”.


(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE,  Marzo 2017)

lunes, 22 de abril de 2019

Ese es mi bistec, Valance. Artículo 4


 

Cine para cenar

La última cena del condenado a muerte, lo que comen los candidatos antes del debate, la forma de comer y beber del señor feudal en su noche de bodas, los bocaditos juguetones del amante a la amada (miel de postre), la suela de zapato a la sal como filete de emergencia... Las posibilidades de la gastronomía en el séptimo arte trascienden desde siempre el cine de cocineros y restaurantes, del que algún día hablaremos.

Lo vimos con John Ford y su bistec (“ese es mi bistec, Valance”), pero otros maestros y aprendices le han sacado partido a la despensa para establecer tiempos, ambientes, personajes y situaciones con  el buen uso de ingredientes y platos de temporada, especialmente a la hora de la cena.

No recuerdo el título de aquella película inglesa, pero sí su escena nocturna en un salón social de los de valses, cócteles y canapés, donde unas secundarias extremadamente british califican la calidad del protagonista y cómo: “Es un caballero muy distinguido, ya ha rechazado tres bandejas". Y es que, a veces, comer es una ordinariez.

O inoportuno, si quieres engatusar a un novio aventurero. No es aconsejable pasarte de frenada, como hace Grace Kelly llevando la cena del Club 21 de NY hasta el apartamento del escayolado Jimmy Stewart en La ventana indiscreta. "Eres perfecta, como siempre", masculla él ante la visión inapelable de la langosta newburg.


Ya que estamos a vueltas con el amor, y bajando a la clase media, que en cine sin trasfondo, catástrofe ni esperpento suele centrarse hoy en el territorio de la comedia romántica, la preparación de una cena íntima suele ser un elemento básico para hacer “avanzar la relación”, al menos el trecho que va de la mesa hasta la cama (a veces alfombra o sofá, depende de lo que te gastes en el vino).

Es el rito más utilizado para agradar a la futura pareja. Si eres mujer, le conquistarás también por el estómago. Si eres hombre, lo harás mediante una prueba grata de tu sensibilidad (decora la mesa con algo más que una vela, zoquete). Siempre funciona, salvo que te decidas a cocinar ternera mechada, como le sucede a Jack Lemmon en La extraña pareja. Un fracaso anunciado teniendo como vigilante del horno al golferas de Walter Matthau, que cuando invitaba a las dos vecinas deseando tocar algo blando y tibio no pensaba en carne de res.

Jack Lemmon le fue mucho mejor en solitario, escurriendo espaguetis en una raqueta para agasajar a Shirley MacLaine en El apartamento. ¿Alguien ha dejado de intentar lo de los espaguetis, aun pidiendo la raqueta prestada? Si no lo has hecho aún, es que no has visto suficiente cine o no has encontrado al amor de tu vida.


Pero a veces basta la comida china a domicilio, en esas bonitas cajas de cartón que usan para mandarte la cena a casa todos los restaurantes asiáticos de New York. Es un inconveniente para trasladarlo a la vida real si no vives en la Gran Manzana, por qué en España no hay galletitas de la suerte, con lo agradecidas que son para saber qué le depara a la relación, especialmente esa misma noche.

Si la cena es de amigos (especialidad francesa, aquí y en USA cuando hacemos panda cinematográfica en escenario casero somos más de coporros a machete), a veces ser un pésimo cocinero le da su punto a la velada, incluso si viene a cenar con tu amigo de Notting Hill Anna Scott (Julia Roberts), la actriz más famosa del mundo y resulta que es vegetariana.


Humor en pantalla a través de la comida, personajes retratados en alguna de sus facetas gracias a ella, momentos importantes –y suculentos- de la narración cinematográfica.

La familia, naturalmente, es otro territorio para la degustación, variante cena, con múltiples significados narrativos. No digamos si es una cena en casa noble y un punto decadente, como la de Fanny y Alexander o la de las señoritas Morkan de Dublín (Dublineses). Pero las grandes cenas de Epifanía merecen artículo aparte.

Terminaremos con un par de ejemplos a modo de postre: 

"¿Vendrás a cenar?" es una pregunta recurrente entre las madres del cine que ven cómo se les escapa el tiempo en el que su cocina marcaba el orden de los chicos, que ahora abandonan el nido para meterse en problemas de su propia vida.


Y cuando vemos a la madre de Manolito Gafotas asomarse a la ventana de su casa y gritarle que suba a cenar salchichas, como gritan a sus hijos respectivos todas las madres del edificio, no sólo se obtiene un buen gag cinematográfico, sino una radiografía social. Las salchichas baratas (ya sabemos todos de qué marca), representan el barrio obrero con tanta o más precisión que el vestuario o el piso rancio y apretadito. Un simple plato es capaz de construir los perfiles clave del núcleo familiar y el entorno que habitan. 

Me imagino al Gafotas fabulando una escena memorable después de ver El hombre que mató a Liberty Valance en la televisión de la vecina próspera: "Esas son mis salchichas, Valance".

(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE, Septiembre 2016)