miércoles, 26 de abril de 2017

Adiós, Demme

No todos en el negocio del cine hollywoodiense se van dejando tras de sí una obra maestra (El silencio de los corderos, por quedarnos en lo obvio).
Tú sí.
Y mucho cine bueno o como mínimo grato que tardará en envejecer (algunas de las tuyas ya tienen décadas y aún no lo han hecho).
Se te echará de menos, Jonathan Demme.


martes, 25 de abril de 2017

El Ministerio del Tiempo


Me encanta este tipo. Y la serie de la que forma parte. Con sus limitaciones, sus gazapos, sus guiños, sus ensayos de riesgo que a veces se desarrollan con acierto y otras aconsejan repliegue rápido pero bien resuelto. Además, la fotografía y el sonido (dos asignaturas que pocas aprueban aquí), son para quitarse el sombrero.
La tercera temporada está al caer:

viernes, 21 de abril de 2017

Put the blame on me


Después de un embarazo de varios años y un parto normal en imprenta, 
ya ha nacido: 410 páginas pesa la criatura.
Preciosa, qué voy a decir yo que soy el padre.

Dentro de dos semanas en librerías. 
Ya disponible en www.editorialberenice.com


jueves, 20 de abril de 2017

Kiki, el amor se hace


Aquí siempre estamos buscando al listo de la clase: Almodóvar, Amenábar, Fresnadillo, Bayona… Paco León. Creo que éste último es el verdadero chico listo. No le descubrí hasta Carmina y su puesta en pie, no digamos la comercialización, me pareció brillante. La segunda de Carmina es aún mejor. Y, mientras ha aportado su vis cómica o dramática al servicio de aciertos como Tres bodas de más o Siete años, León ha coescrito y dirigido Kiki, el éxito inesperado del 2016, del que opino demasiado tarde.

Se supone que Kiki es un remake (no voy a abrir google para mirarlo) y tiene un título para echarse a temblar. Pero León hace la historia absolutamente suya, destroza por comparación los intentos frustrados de humor del último Almodóvar, dirige a los actores con precisión y desparpajo, consigue el ritmo que la comedia necesita (lo más complicado que existe y en un vida cruzadas como éste, no digamos).

Da lo mismo que el final sea descaradamente complaciente. Las majaderías del novio-atracador, la conversación entre los cirujanos plásticos, las artimañas lacrimales de Candela Peña,  la primera visita al club sórdido pero descacharrante, la asistenta filipina, la llamada erótica del sordomudo, … León regala tantos momentos de risa catártica a su público que el final vale y hasta ayuda.

Música, fotografía y un equilibrio de virtuoso entre lo zafio, lo inteligente y lo cómico, hacen de Kiki un éxito merecido. A años luz de las comedias que han hecho taquilla últimamente en España. Almodóvar debería producirle la próxima y no entrometerse en ningún momento.

León es el chico listo.


domingo, 16 de abril de 2017

Fast and Furious 8


En mi descargo debo decir que era una sesión de machos alfa familiar (sobrino, hermano, patriarca, todos muy amantes de la alta cilindrada). A partir de ahí, hay que reconocerle a la saguita que no se moleste en poner títulos creativos. Ésta es la 8 y ya está: Carracos a toda leche, guapas mozas, parajes variados, piñazos a gogó, un plan para destruir el mundo, una improvisación igual de destructora para evitar el plan maligno,... y así. 

Sale la Pataki, pero nunca lució como conductora en la saga y eso trae consecuencias a la larga (hasta la 8 hemos llegado, guapa). Su cheque se habrá llevado a Asgard, qué duda cabe. 

También sale Charlize, que hace de mala y se marca una interpretación elocuente, que consiste en no pestañear para dar muy psicópata (o eso, o ha pasado por quirófano para nuestra desdicha actual y futura).


La gran novedad es que aparece La Habana, la verdadera. Suena Pitbull y malgastan una canción (mejor) de Orishas. El ambiente es mentira, obviamente, tan exagerado como todo lo demás, pero la arquitectura es la auténtica, y allá que va a todo gas un "almendrón" para el desguace por San Lázaro, Parque Central, Habana Vieja, Vedado y Malecón demostrando que Dominic Toretto es el mejor piloto vivo pisando pedal, que el trazado urbano se tunea lo que haga falta y que los gringos tienen una idea de Cuba más antigua que el bloqueo, pero venderá entradas de cine y billetes de avión a cascaporro.

Detalle simpático: después de moverse ufano por en medio de una flashmob de cubanas ligeras de trapo meneando el cun cun en plena calle (como si cualquier calle habanera fuera un anuncio veraniego de Coca-Cola), Toretto confiesa haberse instalado en Cuba atraído por su cultura y su gente. Que se prepare la Isla.


Poco más que añadir: New York luciendo atasco caído del cielo, Berlín en llamas, lago helado (ex-ruso) más largo que el campo de fútbol de Oliver y Benji... Los prodigios técnicos en lo que a acción se refiere son muchos, impresionantes hasta la comicidad, caros y rentables. 

A este género le pasa como al de las artes marciales, que el guión vale huevo si las peleas / persecuciones están a la altura. Para eso, conviene tener a un sobrino experto en coches que sabe de antemano el modelo de Lamborghini que va a darte problemas sobre hielo. 

Contratad a mi sobrino Kike como asesor para la siguiente, que ya os vale.

viernes, 14 de abril de 2017

Los 33


La historia de Los 33, otros tantos mineros chilenos que se quedaron atrapados en 2010 en un pozo de Atacama y mantuvieron en vilo a todo el planeta no es, por lo visto, gancho suficiente para que el mercado de habla hispana levante toda la pasta y la película se ruede en castellano. Ni siquiera una historia de este calibre hace pensar a los inversores que el idioma de los protagonistas merece conservarse y que el público puede responder a la película filmada en español, con el acento que corresponde, el de Chile.

Así las cosas, se arranca de un extraño punto de partida al reunir a un casting de actores españoles e iberoamericanos (o estadounidenses de ascendencia latina), para dar el tono "racial" idóneo y luego ponerlos a hablar en inglés. Es como si reuniésemos un grupo de actores y actrices estadounidenses para rodar Apolo 13 y, una vez contratados, interpretasen el guión en español con acento gringo: un sindios. 

Aún así, la película merece estrenarse en cualquier parte (en España aún no lo ha hecho) y tener algo de suerte en taquilla. No es una película maravillosa, porque la historia real es demasiado potente para una directora de talento estándar y un guión convencional, aunque solvente.


Las familias aprietan arriba mientras los 33 lo pasan jodido abajo y Antonio Banderas asume con desparpajo el liderazgo, por personaje y por fama personal. Varias pinceladas de humor, unos momentos oníricos que aguantan por su inteligente desenlace, buena recreación del derrumbe y los sucesivos taladros entrando en la montaña, momentos de emoción pura mezclados con otros algo impostados (la banda sonora debió ser mejor),... Todo bien, ya digo, algo lastrado por el tamaño de la historia real que a buen seguro tuvo una profundidad humana y social muchísimo mayor. 

Cuando el cine no cuenta historias más grandes que la vida, sino que las adapta de ella, vienen los problemas, no digamos hoy que los directores de fuste son escasos y en EE UU no están para estos proyectos. Así que la humanidad, el heroísmo, las miserias de unos y de otros, los parlamentos afortunados, las relaciones esbozadas, se racionan como las latas de comida que tenían los mineros en su refugio y saben a poco.

Me quedo con dos detalles que elevan la película hasta donde pudo llegar: la intoxicación evidente que produce en la fraternidad minera en apuros la conexión con el mundo exterior, y el momento en el que una de las mujeres canta Gracias a la vida, una de las canciones más bonitas que Latinoamérica le ha dado al mundo.


miércoles, 12 de abril de 2017

Siete años


La primera película española producida por y para Netflix cuenta con un reparto perfecto y con Roger Gual (uno de los artífices de Smoking Room) a los mandos. Sólo dura 75 minutos, pero son suficientes, casi el límite para que no nos parezca todo demasiado teatral.

Tampoco es que importe mucho (hay azotea, calle, taxi, algún otro instante que da aire a los confinados), porque se trata de un duelo de actores tirándose verdades empresariales a la cara, alternando cerebro y tripas con exhibición de registros cuando toca, y carácter bien trazado y sostenido si el guión se lo pide. 

Ver cómo los socios van haciendo grupo frente a las debilidades de cada uno de ellos, ante la mirada listísima del mediador Manuel Morón, es el lujo que la película da al espectador. Todo cercano, entendible y pestilente: La inconsciencia del tener frente a la responsabilidad de ser.

Poco importa el recurso algo fácil con el que se termina. Queda ese momentazo silencioso de Morón con su cigarrillo, que permite múltiples lecturas pesimistas.

Necesitamos más películas como ésta, sin esperar a que nos las produzca Netflix.