jueves, 5 de septiembre de 2019

Se fueron mientras yo estaba de viaje.


Rutger Hauer

Eduardo Gómez

Peter Fonda

Roberto Bodegas

Jean-Paul Adam Mokiejewski

Piero Tosi

Valerie Harper

Encarna Paso

Todos ellos me hicieron sentir emociones ante la pantalla grande.

Eso no se olvida.


lunes, 2 de septiembre de 2019

Érase una vez en Hollywood


Soy lo bastante mayor (no tanto como tú, Quentin, jódete), para percibir plenamente la fiesta cinéfila que se ha montado Tarantino en la última.

Su ciudad reinventada luce como si fuese así hoy mismo, no hay cartón piedra alguno, ni solemnidad académica, ni filigrana inglesa. Su 1969 no parece recreado, sino real, y eso tiene más mérito del que parece.

Ha podido contar con dos estrellas que además actúan maravillosamente, Brad y Leo, y ponerles a hacer de espejos agrietados frente a frente, pero incapaces de arrojar la toalla. Bien también.

Sabe batirse como un maestro en cualquier terreno: el serial en blanco y negro, el western B, el festivo, el de caravana, la comedia visual, la tensión, el patetismo, lo cool,... lo que le echen. Y colar de matute a un héroe que probablemente mató a su mujer (qué elipsis más astuta); a una pandillita de locas decididamente parecidas a las militantes más idiotas y virales de última hora; bromear con unas muertes tan brutales como socialmente consentidas, en su narración cinematográfica y en el cómplice y complaciente patio de butacas.... En fin, que hace lo que le da la gana y todo le sale molón.  

Escena por escena, el director guionista es un mago que te lleva a donde quiere, contando lo que le gusta y consiguiendo que te guste a ti, más o menos cinéfilo, sádico, palomitero o tematizado a lo Netflix. 

El momento de Bruce Lee, las rutas en coche, la escena del rancho (la mejor y lo sabes), el autocabreo de Leo en su rulot, la esposa italiana desatada, hasta la resucitada Sharon viéndose en un cine de pago en una película horrible de las que hizo Dean Martin cuando el cine se la sudaba… todo rezuma encanto y habilidad de cineasta en la cumbre.

Mi incapacidad para “levitar” (como diría mi añorado amigo Berdoy) viene por otro lado. Quentin no cuenta nada específico, aunque todo rebose encanto. Y cuando se ve en la necesidad de rematar, y darle sangre a los fans, tira de un truco genial, pero ya usado en una película anterior. Es un truco tan bueno que solo debe usarse una vez.

Aún así, lo mismo, en hora cuarenta, sería una maravilla. Pero Quentin se gusta, porque sabe que gusta. Es inevitable. Y aquel asesinato también. Por eso has podido hacerla, viejo.

Sigue rodando.


cervezas de verano

Caramba, llevo 20 días sin publicar nada y no se me queja ni Dios.
O aquí ya no entra nadie o hay mucha cerveza desperdigada por agosto.


lunes, 12 de agosto de 2019

La favorita


Podría titularse Las favoritas, porque son dos las mujeres en las que se apoya la insegura y caprichosa versión de la reina Ana de Gran Bretaña (Olivia Colman) en esta película de Yorgos Lanthimos, al que en mi tertulia cinéfila llamamos cortésmente "el griego desagradable".

Rachel Weitz y Emma Stone, a cual más bella y calculadora, van tirando de recursos, desde los obvios a los sibilinos, para ser la favorita de la reina. Una aspira a mantenerse como consejera política todopoderosa, la otra sólo quiere subir escalones hasta donde la miseria no regrese a su vida. Y sólo una de las dos siente por su valedora verdadero amor.

La película, comprensible en todo momento, palaciega, malévola y con su pizca de romanticismo genuino y fracasos vitales, está estupendamente rodada, montada y servida.

Supongo que la temática y un guión en el que Yorgos no ha metido la cuchara ni por delegación, tienen mucho que ver en que ésta sea la obra más accesible del griego. Además de ese bello reparto vestido de corte, que imposibilita para ponerse tan desagradable como a Yorgos y a sus Festivales de cabecera les gustaría.

Curiosamente, esta vez Cannes le premió el guión. Y el director también levantó el Bafta a la mejor película británica. En fin, que el tiempo dirá si La Favorita es una excepción en la carrera del griego, o un giro que haga su cine más agradable de ver, por mucho desencanto que fluya al fondo.  



domingo, 11 de agosto de 2019

Dolor y Gloria



Dolor y Gloria es la última estrenada por Pedro Almodóvar hasta la fecha. En comparación a las tres anteriores, es una joya. En el conjunto de su filmografía, una de las buenas.

Bien escrita, rodada, interpretada y editada, Dolor y Gloria se dedica más al dolor que a la gloria. Porque la gloria, frente al dolor, compensa poco, hasta puede quien la alcanzó reírse de ella sin hacer sangre (“¿cómo puedo gustar tanto en Islandia?”).

Después de varios patinazos, Almodóvar vuelve a encontrar la manera equilibrada y grata de meter sus largos parlamentos narrativos en el conjunto de la película, haciéndola volar en lugar de tirarla hacia abajo. Cada vez más, algo inevitable por su aislamiento en la cima, los guiones de Almodóvar, más que diálogos, acumulan narradores sucesivos de historias contadas a un personaje oyente o al espectador sin más intermediario que la voz en off.

Pero aquí sienta bien (la variedad de soluciones de puesta en escena ayudan): el protagonista es un hombre sólo y acorralado que se recrea en sus recuerdos para sobrevivir sin trabajar. Sueña en cine porque no puede hacer cine. Retoma algunos contactos e intereses por aburrimiento vital, pero eso mismo le permite ir apuntando destellos del artista que se resiste a morir.

Antonio Banderas está soberbio, como suele con Almodóvar y como apenas tiene oportunidad de demostrar en el cine anglosajón, que le ha embarrancado de un tiempo a esta parte en secundarios poco relevantes o en protagónicos de pelis de mamporros serie B.

El resto del reparto, con mención especial para Julieta Serrano, también lo hace muy bien. Hasta un color de ojos le vale esta vez al director para armar la estructura que revela el final del relato.

Sólo asoma la patita de lobo en algunos guiños que a mí nunca me convencieron: las referencias cinematográficas que escoge remiten siempre a obras maestras que admira pero nunca alcanza, y Cocteau frente a Mallo apunta a soberbia.

Por lo demás, ya digo, estupenda película.

miércoles, 10 de julio de 2019

Se avecina joyita


Se estrena el 30 de agosto, para amenizar los últimos calores. Y tendrá más salas de exhibición previo pago que cualquier película digna de llamarse Cine.

Ojo a la sinopsis:
El presidente de los Estados Unidos, Allan Trumbull (Morgan Freeman) queda en coma tras un intento de asesinato. Su siempre confidente, el agente secreto Mike Banning (Gerard Butler), es injustamente acusado de perpetrarlo. Retenido por los suyos, Banning logra escapar de la custodia policial convirtiéndose en un fugitivo.

¿A qué no os suena a visto? Pues ea, a disfrutar. 

Coñas aparte: le quitamos los nombres propios a esto (Estados Unidos, Allan Trumbull, Mike Banning) y se los ponemos españoles, o de otro lugar de Europa, iberoamericanos o hasta asiáticos y nos da la risa. Un agente letal en España, Alemania, México, Coreo o Japón "siempre confidente" del primer mandatario del país (demócrata, no hace falta aclararlo), es por completo inverosímil. Y ojo, en Estado Unidos, en realidad, también. Pero aquí se trata de tragar palomitas y darse un festín de muertos por arma de fuego. 

Lo que cada vez me resulta más chocante es que este tipo de fórmula (porque es una fórmula y nada más), haya conquistado el mercado internacional. Con lo que cuesta la primera escabechina que nos ofrezca esta joya, cualquier otro país del mundo puede realizar una película de presupuesto mediano que hable con cercanía de lo que sea, por caminos igual de trillados pero menos sangrientos o con asuntos originales que no sabes por dónde van a salir, que pueden afectarte, emocionarte, importarte.

Pero el aplastamiento comercial de los audiovisuales estadounidenses ha derivado en un consumo cultural masivo a nivel planetario de sus producciones que nos hace grato cualquier empaquetado made in Hollywood, por muy visto que esté, por muy basiquito que luzca, por muy deshumanizador que resulte a la postre.

Bueno, el postre de esta película que aún no he visto será del agente especial junto a la cama del presidente, que a pesar del atentado "ya ha pasado lo peor". Se me ocurre esa frase médica estándar: "no conviene agotarle, tiene cinco minutos".

Y con esto queda cubierto el lado humano de la propuesta. Ya se me saltan las lágrimas.