miércoles, 17 de octubre de 2018

Centenario sexy


Hace 100 años justos nació Rita. 
Hace 50 justos nací yo.
Ahí va, en memoria de aquella actriz inmortal, 
un pequeño homenaje en forma de novela, GILDA EN LOS ANDES

(el carboncillo es obra del gran José Luis García)


martes, 16 de octubre de 2018

La delgada línea amarilla


Esta película mexicana de 2015 se estrenó aquí sin apenas visibilidad a mitad de 2018. Era la ópera prima de su director (Celso García) y tenía en el reparto a Damián Alcázar, un actor con tirón que redondeaba su año dulce de esta década (Narcos, Magallanes).

Como ópera prima, y teniendo en cuenta lo que llega de la realidad mexicana a nuestras pantallas, La delgada línea amarilla rezuma frescura y buenrollismo sin necesidad de trabajar demasiado el humor (aunque le hubiesen sentado bien unas pizcas más).

La película es humilde, va al grano y escoge a un pequeño grupo con una pequeña misión sin épica ni trampa: pintarle la línea a 200 kilómetros de carretera.

El único pero es que el director novel, con una historia entre manos tan sencilla (pero no necesariamente simple), se siente obligado a detenerse en el motivo por el que cada personaje ha llegado hasta una tarea tan poco apreciada. Lo resuelve de un modo solvente al que le sobra alguna que otra obviedad o subrayado emotivo.

La fuerza de la película es mayor cuanto menos explica. El paisaje, las paradas, la carretera, los comentarios más lacónicos son la sal de la aventura. Hay confesiones personales que a mi modo de ver resultan demasiado explícitas y medidas, cuando varias de ellas podrían ilustrarse de manera diferente, más cinematográfica, o no incorporarse al conjunto.

Excepción hecha al antiguo artista de Circo, que es un excelente narrador de anécdotas: Sólo la del león ya merece el viaje. 
Y el final en camioneta.


domingo, 14 de octubre de 2018

Errementari


Esta película hay que entenderla como lo que es, aunque la produzca Alex de la Iglesia y eso la arrime en nuestro imaginario al terror con desmelene y coña burra.

No es el caso. Errementari es un cuento infantil a la antigua usanza, con aventura incierta en bosque poco recomendable, con terrores atávicos en tierras misteriosas y bellas, de naturaleza ancestral y poblaciones iluminadas por antorchas.


Siglo XIX (que en vasco significa carlismo), tabernas con lugareños que saben y callan, herrerías cercadas de vegetación, cepos y cruces, diablos gamberros y cabrones, niña valiente, gigante huraño… Un cuento bien contado, con su infierno, su paraje mágico y sus parroquianos temerosos o temibles.


Esa diferencia entre lo que la distribución y promoción prometían y lo que la película realmente da fue su principal hándicap al estrenarse la pasada primavera. Servidumbres comerciales contraproducentes aparte, Errementari es un cuento cinematográfico delicioso, hecho con un mimo artístico y astucia presupuestaria poco usuales, que deberían llevarse premio, aunque la cosa está reñida.

Hay más de uno dispuesto a vender su alma al diablo. Lo veremos dentro de poco. 


Calparsoro viene avisando hace tiempo


Daniel Calparsoro empezó como autor de aquella prometedora escuela vasca abanderada por Medem, Bajo Ulloa y él mismo (para lo que hemos quedado, amigos).

Es un tipo que rueda con mucho oficio y mucho nervio, en cine y en televisión, logrando taquillas (y audiencias) razonables o destacadas. Quizá el sello “autoral” de este director fuese fruto del conocido binomio necesidad-virtud, o sea, presupuestos precarios de principiante que le obligaban a escribir en solitario guiones mal cortados, le daban pátina peculiar a sus pelis y las alimentaban de Nawja en sus inicios más indies y próximos al director de entonces.

Luego llegó la consagración de ambos (Calparsoro y Nawja) como gentes fiables que han venido a hacer negocios, con o sin marca propia. Ella consiguió triunfar y consolidarse sin que su marca personal se desdibujara, únicamente evolucionó por imperativos biológicos, pero de forma coherente. Él, en cambio, se convirtió en un director de “cine de acción”, entendiendo acción lo que se puede hacer aquí dentro de ese traje. Para situarnos, y por suerte, Calparsoro no se convirtió en Michael Bay. Lo suyo son las “intrigas industriales” si en nuestro cine se puede hablar de industria, algo que Calparsoro parece apuntalar con su filmografía.

En definitiva, Calparsoro hace un cine de consumo, aseado, con su porción de adrenalina (lo mejor de sus propuestas), sus héroes en escala de grises, sus clichés de intriga movidita pero superficial, su fotografía impersonal pero impecable, sus bandas sonoras de aliño bien pagado y (eso es lo que se mantiene de los primeros tiempos), unos guiones mal cortados que prometen más de lo que en realidad dan, aunque mejoran cuando se los hacen otros.

En este balance, El aviso destaca sobre sus últimos trabajos. El guión (hecho sin él) puede que dé también algo menos de lo que promete, pero cuenta con una lógica interna muy firme y el resultado en pantalla resulta interesante de principio a fin.

Thrillers como éste hace Hollywood a patadas, pero no los hace mejor, salvo por ponerle un reparto con un gancho que trasciende el mercado local, cosa que no sucede con Raúl Arévalo, Belén Cuesta, Aura Garrido o Antonio Dechent. Ninguno de ellos es una estrella planetaria aunque todos hagan perfectamente lo que el director les pide.

En cuanto a los espectadores, no hay que pedirle más a Calparsoro. Dejémonos de asociarle a aquellas autorías de juventud y juzgaremos lo que ofrece como lo que es, entretenimiento al uso, honesto y comercial, más o menos afortunado según el título que toque. Cien años de perdón y El aviso, las dos más recientes, están entre los entretenimientos de calidad que se estrenan por aquí.

Por descontado, hace mucho que los proyectos de Calparsoro no suponen ningún Salto al vacío.


sábado, 13 de octubre de 2018

Predator


No sé cuántas entregas llevamos del cazador espacial, pero hace mucho que son demasiadas. Uno de los personajes principales de ésta anuncia en su primera aparición: “Recordad: son grandes, son rápidos y su idea del turismo es jodernos vivos”. Parece la definición de gran parte de los films de Hollywood actuales.


Por descontado, hay unos militares híper-ventilados que se topan con el depredador en una misión selvática, encubierta y nocturna. Por descontado, el testigo superviviente le sobra a las altas instancias, las que sean. Por descontado, la chavala es la científica convocada al laboratorio ultra-secreto. Por descontado, el niño con asperger o autismo (que van alternando el diagnostico sin sonrojo) es un genio con la tecnología alienígena. Por descontado, hay un grupo reclutado sobre la marcha, de excéntricos basiquitos pero leales, que va a dejarse el pellejo frente al bicho. Por descontado, la esposa divorciada del protagonista le considera un gran soldado… 


En fin, que si descontamos estos lugares comunes no queda nada. Un circo de confusión en el que no se sabe a qué organismos pertenece cada cual, cómo llegan a los sucesivos escenarios en cada momento, quiénes aparecen allí y por qué, cómo se manejan narrativamente y con qué objetivos (taquilla aparte) los personajes, los gadgets, los espacios y los tiempos, qué sentido tiene el comportamiento del depredador, qué coño hacen en la película los perros del espacio...

Resumiendo: Cada vez mejor. Porque harán otra, como poco. La consigna es jodernos vivos.



viernes, 12 de octubre de 2018

22 de Julio


Paul Greengrass demostró su solvencia para trasladar a la pantalla atentados y tiroteos sin freno en las magníficas Domingo sangriento y United 93. Las situaciones extremas rebozadas de política o contextos desencajados son la especialidad de Paul, ya recaigan sobre profesionales (como en Green Zone o las entregas de Jason Bourne dirigidas por él), o sobre meros currantes, por ejemplo en la ratonera del cuerno de África (la excelente Capitán Phillips). 

La temática de su interés, prácticamente desde que empezó en el Cine, es la sociedad y sus individuos ante las violencias modernas incrustadas en el sistema, como dispositivo o como excrecencia. Con ese currículum, resultaba prometedor su nuevo trabajo, dedicado a reconstruir las atrocidades que un solo hombre cometió en Oslo y en la cercana isla de Utøya el 22 de julio de 2011. Narrando los atentados y el después de unas pocas víctimas (supervivientes y familiares) alternado con el juicio al monstruo.

Los primeros cuarenta minutos, que se centran en los asesinatos hasta que se produce la detención, resultan tan vibrantes como todo la acción violenta que rueda Greengrass. Pero si se empieza la película, como decía De Mille, con un terremoto, más vale que siga subiendo.

Lamentablemente, esto no ocurre, porque los hechos posteriores se tratan con tono de atestado, además de que las personalidades y comportamientos de cada actor en escena se entienden rápidamente y apenas evolucionan. Al menos, no para que queden por delante más de 100 minutos.

Por supuesto que algo tan brutal y traumático, para las personas directamente afectadas y para el país entero, cuenta con aristas suficientes con las que llenar de interés esos 100 minutos y otros tantos. Pero Greengrass se empapa de frialdad escandinava y deja apuntes incompletos de demasiados aspectos, de casi todos, mientras la empatía con sus criaturas, en especial los dos jóvenes supervivientes, se produce casi al final.

Greengrass no es Pontecorvo. Una lástima.