lunes, 13 de marzo de 2017

Es por tu bien



España sigue fiel a La comedia. El policial ha ido ganando enteros, a fuerza de personalización inteligente y premiada; con cierta frecuencia nuestro cine despunta con un poco de terror afinado y tirando a gamberro; hay varias autorías, vigentes o emergentes, con más reconocimiento crítico que taquilla; Almodóvar sigue en la cima -aunque perdiendo espectadores por su ensimismamiento desafortunado y la polarización desatada en el ambiente-; proliferan los emuladores baratos de géneros hollywoodienses muy amortizados; los intérpretes y directores más comerciales se pasan a la competencia... En fin, nada nuevo bajo el sol.

Seguimos como siempre, aunque la personalidad-país sea menos clara, porque con todo y crisis queremos creer que formamos parte del primer mundo globalizado y ya no se llevan la boina, las dehesas puñeteras, contar lentejas en la mesa camilla ni regodearse en el desencanto (por lo visto, de eso se ocupa ya la memoria histórica de ayuntamiento). 

Así las cosas, la comedia parece el último baluarte de identidad reconocible que nos queda, el vehículo para tomarle el pulso a la España real, la del comentario carroñero en la barra del bar de los lunes, la de la patochada familiar, la manifa inútil,  la violencia verbal palabrotera, el gag a costa de nuestro fondo desdichado y repleto de complejos.

En los últimos años, han triunfado sin paliativos las dos entregas de los Ocho apellidos, más allá de lo esperable, pero también cosas como Ahora o nuncaPerdiendo el norte, Villaviciosa de al lado o ésta de hoy: Es por tu bien.

Fenómeno Ocho aparte, entre las demás mencionadas la que acaba de estrenarse parece la mejor, aunque a poca distancia. Los actores están excelentes todos (en especial Coronado y Álamo), y sacan el máximo de un guión tirando a plano, donde sólo algunos momentos cómicos lo son de forma original y rotunda. 

Falta, en definitiva, mala leche, que siempre ha sido la marca de la casa. Querer a los personajes no significa buscarles a toda costa la manera de que caigan en blando. Que se lo digan a Azcona y Berlanga, a Ferreri, a García Sánchez o a José María Forqué. Aquellos tenían menos luz y color en sus propuestas estéticas, pero narrativamente eran demoledores. Y mucho más graciosos.

Es por tu bien queda, en resumen, como una película para ver en grupo de cuñados -de los que se lleven-, tomando coporros y sin ellas delante. Entonces sí. En el cine y con la parienta del brazo, es otro cantar. Pero debo ser yo: la sala estaba llena y hubo aplausos al final de la película. Cosas veredes, amigo Sancho. Salvo el Quijote en el actual cine español, claro.


viernes, 17 de febrero de 2017

La ciudad de las estrellas


Dura más de dos horas que se ven en un suspiro. Transmite alegría de vivir y narra con elegancia el precio a pagar por cumplir los sueños de cada cual.

No inventa nada que los que padecemos de buena y larga memoria no hayamos visto antes, pero es muy bonita y optimista hasta cuando duele. 

Genuinamente sentimental. Respetuosamente deudora de su música. Nostálgica, pero no deprimente. Y sin súper héroes ni distopías. Hasta la impersonal ciudad de Los Ángeles parece bella.

De los Oscars menos estéticos, sonora y plásticamente hablando, quién sabe: Ella está en su momento. Él también y en Hollywood se valora mucho el actor completo (cantar, bailar, tocar, interpretar), además del que se luce sufriendo, que también suele ser muy premiable. 

Si Ryan no gana, siempre puede decir "que les den". 

viernes, 10 de febrero de 2017

El editor de libros

Lo malo de las películas sobre el mundo editorial que se toman en serio es que siempre son anglosajonas. No pretendo ponerme patriótico, es que el origen aquí marca enormemente la pauta: el escritor ha de ser atormentado y atormentante, las amantes bellas, inteligentes y subyugadas a su pesar, el editor templado y la oficina libresca… pues eso: libresca.

Nada que objetar al trabajo de los actores y a la ambientación, británicamente impecables, aunque estemos en Estados Unidos. El ritmo, adecuado. La fotografía, bonita. Los antros, con jazz. La vivienda señorial, entrañable. Las vacas sagradas, sagradas. Y la campiña, ¡ay, la campiña…!

En fin, así todo.

Se tolera, pero es mucho mejor leer a Thomas Wolfe directamente, a ser posible sin ver primero en pantalla, según Jude Law, su pose de genio y el bofetón que tiene.