lunes, 28 de agosto de 2023

Háblame

 

No hay verano que se precie sin una de terror juvenil y en éste le tocó a Háblame, el debut de los hermanos Philippou, famosos por su colección RackaRacka de youtube.

La cosa va de mano momificada que al agarrarla en determinadas condiciones -tipo ouija- te lleva a hablar con los muertos, y las cosucas que salen mal cuando se abusa del juego y se incumplen sus reglas (que nada más que son tres, pero como los protas jóvenes somos unos descerebraos, pues eso).

Vayamos por partes, o por dedos. Los hermanitos conocen muy bien el género y buscan la manera de añadirle suficiente personalidad. El reparto es afortunadísimo, hasta una "ex-señor-de-los-anillos" sale, talludita y con oficio, entre un puñado de jóvenes sobrados en talento. La dirección, la puesta en escena, la música y el montaje equilibran adecuadamente presupuesto, modernidad y academicismo de género. El guión tiene los rotos propios de estas historias. Básicamente el “pa qué te metes si lo estás viendo, coño”. Pero luego del error que propicia el desarrollo terrorífico de la película, ésta responde con bastante coherencia a los interrogantes, las posibilidades y el desenlace, no por inevitable es menos atractivo y sorprendente a su modo.

La cosa por lo visto ha sido un pelotazo australiano y no se descarta una segunda parte. Habrá más muertos, más sangre, más aparatosidades, pero dudo que hablen mejor.

lunes, 21 de agosto de 2023

Barbie

Y llegamos a Barbie, inevitablemente. Un gran amigo me dijo que verla en los cines de Puerto Banús debía puntuar doble o algo. Así que fuimos. Puede sumarse que la sala tenía bar dentro y que parecía alquilada en su totalidad por nosotros, los únicos en ella. Una morena (¿barbie latina…?) y un rubiales (¿Ken sin muscular?). En fin, nosotros.

Nos gustó la película. Me pregunto cómo da el salto a un artefacto de esta carestía y brilli brilli una cineasta como la Gerwig, por muy lista que sea, por mucha revisión de Mujercitas y Lady Bird que lleve en su currículum. El plató de “Barbieland” tiene que costar un pastizal. Y el mundo real. Y el vestuario. Y las oficinas de Mattel. Y los efectos especiales.

Con todo, lo que más luce en Barbie es el guion. Mejor cuanto más gamberro, consigue pescar ideas antiguas (desde El planeta de los simios hasta Regreso al futuro, Pleasantville y, claro, Toy story), mezclarlas a las nuevas y obtener un equilibrio muy difícil: la reivindicación sin revanchismo.

Yo le hubiera metido tijera a algún parlamento innecesariamente largo y mascado, moderado la presencia de Will Ferrell y suprimido un par de canciones. Pero sin quitarle nada, me sigue pareciendo una película muy notable. Y al fin han hecho algo distinto, coño. Lo único de temer es que lo conviertan en franquicia. No te dejes, Margot.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Éxito prematuro, éxito tardío


William Friedkin se marcó dos auténticos hitos de los setenta: French Connection y El exorcista. Cada una de ellas supuso un antes y un después en los géneros policíaco y de terror. Sólo había dirigido cuatro títulos antes de aquellos dos bombazos.

En la estela de semejante racha hizo algunas más bastante notables, aunque de interés y calidad decreciente. 

Para empezar, la enésima versión de un éxito europeo (El salario del miedo versus Carga maldita). La más lucida que la industria estadounidense era capaz de poner en pie en su mejor momento. 

Probó otras sordideces en A la caza, con Pacino haciendo de falso gay (peor que el auténtico de Tarde de perros). Y acertó sin estrellas en la bien valorada Vivir y morir en Los Ángeles.

Luego pasó a dar tumbos, prestando su prestigio a fórmulas adocenadas como Ganar de cualquier manera (de basket), Jade (crimen y sexo) o Reglas de compromiso (una de militares). Sólo despuntó en la más pequeña The hunted, donde un entrenador de sicarios tiene que acabar personalmente con su mejor alumno. Era una historia sencilla y potente con Tommy Lee Jones y Benicio del Toro, pero comercialmente la supongo discretísima. Lo último de Friedkin debió ser Killer Joe, otra de fórmula, aunque buena. 

En fin, lo tuvo todo y todo lo perdió, que diría el poeta.


Sixto Rodríguez recorrió el camino inverso. Sus discos, que grabó joven, no vendieron ni una docena de unidades al salir al mercado. Pero alguna de esas llegó a la Sudáfrica del apartheid y lo convirtió allí en leyenda. Décadas después, le redescubrieron dos veces: una los sudafricanos, que le creían muerto mucho tiempo atrás pero sabían sus canciones de memoria; otra, Malik Bendjelloul, el director del documental Searching for sugar man, ganador del Oscar. Contaba la historia de aquel talentoso músico desaparecido y hallado entre los albañiles más veteranos de Detroit.

Gracias a aquel reconocimiento tardío, Rodriguez consiguió que se conocieran sus temas (fuera de Sudáfrica), como nunca lo habían hecho y él diese un montón de conciertos por todo el mundo siendo prácticamente un viejo.

Ambos, William y Sixto, tocaron el cielo de la fama y dejaron obra para el recuerdo y el estudio. Ambos fracasaron. El orden de los factores etc. etc.

Oppenheimer

 

Otra superproducción del verano de 2023 que puedo considerar vista y masticada.

Sin darnos demasiado respiro en tres horas de película, ni detenerse más que lo justo en el análisis de personajes, Christopher Nolan combina en Oppenheimer mejor que suele las elipsis, los cambios de tiempos y espacios y hasta el tratamiento fotográfico a blanco y negro o color.

Es cierto que Nolan fuerza este biopic parcial a encajar en su estilo, muy efectista, pero esa rareza le sienta bien al meollo de la película, una carrera contrarreloj para obtener la bomba atómica frente al enemigo nazi en la Segunda Guerra Mundial.

Hay más asuntos que se tratan, de tiempo después o anterior al proyecto Manhattan. Estos tienen su interés por sí solos y engordan el total hasta las tres horas que ya parecen preceptivas para una “película importante”.

Lo mejor de ésta es su guion, preciso e inspirado. Se dicen las cosas que importan y las irrelevantes con una brillantez inusual en el Hollywood de hoy. De lo que cocina “la meca”, empiezo a pensar que la mayor parte de las cosas las escribe ya la AI y eso ha propiciado la huelga de guionistas.

Afortunadamente, no parece que Oppenheimer se haya redactado en piloto automático. Lo único que a Nolan le sigue lastrando para no conseguir obras maestras es un abuso de banda sonora que ciertas historias no necesitan (el tratamiento sónico de la explosión atómica así lo demuestra) y algunas decisiones de puesta en escena que mueren por acumulación. Un desnudo fuera de contexto puede ser impactante y acertado, pero su conjugación posterior e inmediata anula el valor de la feliz idea inicial.

Es Nolan en estado puro y hay que tomarlo tal como viene, con nuestra pizca de orgullo, nuestras inevitables reticencias y una mínima dosis de arrepentimiento. Como la física aplicada.


 

martes, 1 de agosto de 2023

Misión imposible: sentencia mortal, parte 1

Las sagas de agente secreto maratoniano son una tradición anglosajona, yo creo que relacionada con esa actitud de potencias-primer-mundo que se resume en “a ver quién la tiene más grande”.

La tradición se extiende desde el casi eterno Bond chic (antes de resetearlo), al desmemoriado Bourne, pasando por el estrambote Flint, el circunspecto Harry Palmer o el memo de Austin Powers (está tardando su resurrección, que llegará), el inclasificable y ultraviolento Kingsman… y las variantes policiales (de La Pantera rosa a La jungla de cristal) o motorizadas (Fast, Furious and muscles). Vamos a descontar de momento a los enmascarados en malla que salvan también constantemente al planeta, mientras revientan ciudades con solera europea.

Y así nos queda Tom, que es donde toca centrarse hoy.

Tengo un amigo que practica calistenia, ya saben, esas flexiones y demás jeribeques en parques urbanos gimnásticos. El otro día, hablando de Misión imposible, concluimos en que estas películas son la calistenia de Cruise.

Misión imposible ha conseguido tener una identidad definida en medio de semejante universo fílmico de velocidad, cabriolas, mamporros y organizaciones secretas con mala follá. Ethan y su equipo (que se le estaba quedando en nada), tienen sus códigos, su pizquita de humor, sus instrucciones a pinganillo mientras el líder corre de un lado para otro, su chica o chicas molonas, escenarios exóticos variopintos con fiestas sofisticadas y cosmopolitas, tiroteos, mamporros y saltos imposibles, que es la rúbrica de toda película-misión. Sin salto no hay nada.

Esta primera parte de la séptima parte cumple con todo y goza de un ritmo especialmente bien manejado, dos horas y media que se pasan en un suspiro. Otras te agotaban a la hora más que al prota tanto correr.

Tiene alguna explicación argumental innecesariamente farragosa sobre el nuevo origen del mal a combatir: el mc guffin llave y el villano informático se explican en tres frases, para qué meterse en honduras contraproducentes, que además se pasan el eje por el forro.

Lo que importa es la misión de Hunt y su alegre pandilla. Con el trasiego de aeropuerto, la persecución romana, la fiesta en Venecia y el pasote alrededor del Orient Express se disfruta como un mico y a eso hemos venido.

Parece imposible que aún funcione la calistenia de Tom.