lunes, 22 de octubre de 2018

El reino


Ya lo decía Michael Corleone: “cuanto más alto llego, más podrido está el ambiente”.

De eso va El reino, de escaladores, campamentos base y cúspide, y de la podredumbre que rezuma en cualquier punto del camino. Antonio de la Torre está muy arriba, va a mear con el gran jefe local. Como en El apartamento, tener la llave del lavabo de los jefes (es decir, mear a su lado) es una señal de éxito. Todo bastante animal.


Por eso, cuando llega el momento en el que se destapan las vergüenzas del reino en el telediario, ser cabeza de turco no es plato de gusto para nuestro protagonista, que prefiere el orgullo personal del “si yo caigo caemos todos” al chaparrón mediático y judicial (versión light), que incluye para compensar un inmediato retiro estratégico y dorado en Washington.

Cosas todas que nos suenan a los que pagamos con impuestos la prosperidad desmedida de quienes disfrutan el reino y, más concretamente, su ciudadela con castillo y casas de putas.

Rodrigo Sorogoyen, un director de cine que no tiene tanto éxito comercial con sus películas como merece, pues todas son superiores a la media, pone en pie una trama donde los enjuagues no necesitan entenderse a fondo. Suiza, Andorra, cohecho, malversación, información privilegiada, "transparencia", recalificaciones, mariscadas,... son conceptos que presentan un mapa muy completo sin que el espectador tenga que conocer las rutas específicas. 


El ritmo es soberbio, el montaje absolutamente premiable, la música idónea, y el número de secuencias antológicas casi excesivo, por lo intolerables que resultan muchas de ellas. Me quedo con el arranque a mesa y mantel, la reunión política de grupo, las de petit comité con la jefa de Madrid y el reyezuelo temible encarnado por José María Pou, la del yate, la del balcón, la de la fiesta andorrana, la nocturna de los coches, la del plató televisivo. Vaya, que me quedo con casi todo.

Una película vibrante, realista, desoladora, que sólo adolece de un star system del que España carece para arrasar. 
Debería.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Centenario sexy


Hace 100 años justos nació Rita. 
Hace 50 justos nací yo.
Ahí va, en memoria de aquella actriz inmortal, 
un pequeño homenaje en forma de novela, GILDA EN LOS ANDES

(el carboncillo es obra del gran José Luis García)


martes, 16 de octubre de 2018

La delgada línea amarilla


Esta película mexicana de 2015 se estrenó aquí sin apenas visibilidad a mitad de 2018. Era la ópera prima de su director (Celso García) y tenía en el reparto a Damián Alcázar, un actor con tirón que redondeaba su año dulce de esta década (Narcos, Magallanes).

Como ópera prima, y teniendo en cuenta lo que llega de la realidad mexicana a nuestras pantallas, La delgada línea amarilla rezuma frescura y buenrollismo sin necesidad de trabajar demasiado el humor (aunque le hubiesen sentado bien unas pizcas más).

La película es humilde, va al grano y escoge a un pequeño grupo con una pequeña misión sin épica ni trampa: pintarle la línea a 200 kilómetros de carretera.

El único pero es que el director novel, con una historia entre manos tan sencilla (pero no necesariamente simple), se siente obligado a detenerse en el motivo por el que cada personaje ha llegado hasta una tarea tan poco apreciada. Lo resuelve de un modo solvente al que le sobra alguna que otra obviedad o subrayado emotivo.

La fuerza de la película es mayor cuanto menos explica. El paisaje, las paradas, la carretera, los comentarios más lacónicos son la sal de la aventura. Hay confesiones personales que a mi modo de ver resultan demasiado explícitas y medidas, cuando varias de ellas podrían ilustrarse de manera diferente, más cinematográfica, o no incorporarse al conjunto.

Excepción hecha al antiguo artista de Circo, que es un excelente narrador de anécdotas: Sólo la del león ya merece el viaje. 
Y el final en camioneta.


domingo, 14 de octubre de 2018

Errementari


Esta película hay que entenderla como lo que es, aunque la produzca Alex de la Iglesia y eso la arrime en nuestro imaginario al terror con desmelene y coña burra.

No es el caso. Errementari es un cuento infantil a la antigua usanza, con aventura incierta en bosque poco recomendable, con terrores atávicos en tierras misteriosas y bellas, de naturaleza ancestral y poblaciones iluminadas por antorchas.


Siglo XIX (que en vasco significa carlismo), tabernas con lugareños que saben y callan, herrerías cercadas de vegetación, cepos y cruces, diablos gamberros y cabrones, niña valiente, gigante huraño… Un cuento bien contado, con su infierno, su paraje mágico y sus parroquianos temerosos o temibles.


Esa diferencia entre lo que la distribución y promoción prometían y lo que la película realmente da fue su principal hándicap al estrenarse la pasada primavera. Servidumbres comerciales contraproducentes aparte, Errementari es un cuento cinematográfico delicioso, hecho con un mimo artístico y astucia presupuestaria poco usuales, que deberían llevarse premio, aunque la cosa está reñida.

Hay más de uno dispuesto a vender su alma al diablo. Lo veremos dentro de poco. 


Calparsoro viene avisando hace tiempo


Daniel Calparsoro empezó como autor de aquella prometedora escuela vasca abanderada por Medem, Bajo Ulloa y él mismo (para lo que hemos quedado, amigos).

Es un tipo que rueda con mucho oficio y mucho nervio, en cine y en televisión, logrando taquillas (y audiencias) razonables o destacadas. Quizá el sello “autoral” de este director fuese fruto del conocido binomio necesidad-virtud, o sea, presupuestos precarios de principiante que le obligaban a escribir en solitario guiones mal cortados, le daban pátina peculiar a sus pelis y las alimentaban de Nawja en sus inicios más indies y próximos al director de entonces.

Luego llegó la consagración de ambos (Calparsoro y Nawja) como gentes fiables que han venido a hacer negocios, con o sin marca propia. Ella consiguió triunfar y consolidarse sin que su marca personal se desdibujara, únicamente evolucionó por imperativos biológicos, pero de forma coherente. Él, en cambio, se convirtió en un director de “cine de acción”, entendiendo acción lo que se puede hacer aquí dentro de ese traje. Para situarnos, y por suerte, Calparsoro no se convirtió en Michael Bay. Lo suyo son las “intrigas industriales” si en nuestro cine se puede hablar de industria, algo que Calparsoro parece apuntalar con su filmografía.

En definitiva, Calparsoro hace un cine de consumo, aseado, con su porción de adrenalina (lo mejor de sus propuestas), sus héroes en escala de grises, sus clichés de intriga movidita pero superficial, su fotografía impersonal pero impecable, sus bandas sonoras de aliño bien pagado y (eso es lo que se mantiene de los primeros tiempos), unos guiones mal cortados que prometen más de lo que en realidad dan, aunque mejoran cuando se los hacen otros.

En este balance, El aviso destaca sobre sus últimos trabajos. El guión (hecho sin él) puede que dé también algo menos de lo que promete, pero cuenta con una lógica interna muy firme y el resultado en pantalla resulta interesante de principio a fin.

Thrillers como éste hace Hollywood a patadas, pero no los hace mejor, salvo por ponerle un reparto con un gancho que trasciende el mercado local, cosa que no sucede con Raúl Arévalo, Belén Cuesta, Aura Garrido o Antonio Dechent. Ninguno de ellos es una estrella planetaria aunque todos hagan perfectamente lo que el director les pide.

En cuanto a los espectadores, no hay que pedirle más a Calparsoro. Dejémonos de asociarle a aquellas autorías de juventud y juzgaremos lo que ofrece como lo que es, entretenimiento al uso, honesto y comercial, más o menos afortunado según el título que toque. Cien años de perdón y El aviso, las dos más recientes, están entre los entretenimientos de calidad que se estrenan por aquí.

Por descontado, hace mucho que los proyectos de Calparsoro no suponen ningún Salto al vacío.


sábado, 13 de octubre de 2018

Predator


No sé cuántas entregas llevamos del cazador espacial, pero hace mucho que son demasiadas. Uno de los personajes principales de ésta anuncia en su primera aparición: “Recordad: son grandes, son rápidos y su idea del turismo es jodernos vivos”. Parece la definición de gran parte de los films de Hollywood actuales.


Por descontado, hay unos militares híper-ventilados que se topan con el depredador en una misión selvática, encubierta y nocturna. Por descontado, el testigo superviviente le sobra a las altas instancias, las que sean. Por descontado, la chavala es la científica convocada al laboratorio ultra-secreto. Por descontado, el niño con asperger o autismo (que van alternando el diagnostico sin sonrojo) es un genio con la tecnología alienígena. Por descontado, hay un grupo reclutado sobre la marcha, de excéntricos basiquitos pero leales, que va a dejarse el pellejo frente al bicho. Por descontado, la esposa divorciada del protagonista le considera un gran soldado… 


En fin, que si descontamos estos lugares comunes no queda nada. Un circo de confusión en el que no se sabe a qué organismos pertenece cada cual, cómo llegan a los sucesivos escenarios en cada momento, quiénes aparecen allí y por qué, cómo se manejan narrativamente y con qué objetivos (taquilla aparte) los personajes, los gadgets, los espacios y los tiempos, qué sentido tiene el comportamiento del depredador, qué coño hacen en la película los perros del espacio...

Resumiendo: Cada vez mejor. Porque harán otra, como poco. La consigna es jodernos vivos.



viernes, 12 de octubre de 2018

22 de Julio


Paul Greengrass demostró su solvencia para trasladar a la pantalla atentados y tiroteos sin freno en las magníficas Domingo sangriento y United 93. Las situaciones extremas rebozadas de política o contextos desencajados son la especialidad de Paul, ya recaigan sobre profesionales (como en Green Zone o las entregas de Jason Bourne dirigidas por él), o sobre meros currantes, por ejemplo en la ratonera del cuerno de África (la excelente Capitán Phillips). 

La temática de su interés, prácticamente desde que empezó en el Cine, es la sociedad y sus individuos ante las violencias modernas incrustadas en el sistema, como dispositivo o como excrecencia. Con ese currículum, resultaba prometedor su nuevo trabajo, dedicado a reconstruir las atrocidades que un solo hombre cometió en Oslo y en la cercana isla de Utøya el 22 de julio de 2011. Narrando los atentados y el después de unas pocas víctimas (supervivientes y familiares) alternado con el juicio al monstruo.

Los primeros cuarenta minutos, que se centran en los asesinatos hasta que se produce la detención, resultan tan vibrantes como todo la acción violenta que rueda Greengrass. Pero si se empieza la película, como decía De Mille, con un terremoto, más vale que siga subiendo.

Lamentablemente, esto no ocurre, porque los hechos posteriores se tratan con tono de atestado, además de que las personalidades y comportamientos de cada actor en escena se entienden rápidamente y apenas evolucionan. Al menos, no para que queden por delante más de 100 minutos.

Por supuesto que algo tan brutal y traumático, para las personas directamente afectadas y para el país entero, cuenta con aristas suficientes con las que llenar de interés esos 100 minutos y otros tantos. Pero Greengrass se empapa de frialdad escandinava y deja apuntes incompletos de demasiados aspectos, de casi todos, mientras la empatía con sus criaturas, en especial los dos jóvenes supervivientes, se produce casi al final.

Greengrass no es Pontecorvo. Una lástima. 


viernes, 5 de octubre de 2018

No te preocupes. No llegará lejos a pie.



Un título perfecto para una película de atracos de frontera, fuga de penitenciaría, cine negro, western con persecución. Pero va de un tío en silla de ruedas, lo que convierte el título (fiel traducción del original en inglés), en un chiste de humor negro, de los que le gustaban al protagonista.

No obstante, la película sobre el caricaturista John Callahan, aunque basada en un libro suyo, está falta de ese humor sarnoso, pero difícil de copiar, del personaje inspirador de la historia. A pesar de Joaquin Phoenix (experto en raritos, torturados y sarnosos), más gente entregada y precisa completando el reparto y unos cuantos diálogos mordaces o bizarros.  

Se diría que hay que mantener las buenas intenciones en el bio pic de un paralítico, independientemente de que la figura en concreto tenga una trastienda salvaje y un talento inconformista (el mismo título del film prueba que lo mejor del libreto es suyo).


Para Hollywood, Gus Van Sant es el director idóneo, el más capaz al narrarnos esta peripecia vital: suficientemente perturbador (emplea con soltura el montaje desordenado, las viñetas vivas, los alcohólicos variopintos y los homosexuales agonizantes), pero realista en esto del business, que requiere moderar su vena contestataria y someterse a las normas de la película bonita.

Y, por lo general, a "La Meca" le funciona: Película bonita, business bonito.

Nada que objetar si no la firmase Van Sant. La industria estadounidense sigue empeñada en utilizar a sus cineastas autores para hacer otras cosas que puedan pasar por autorales, sin arriesgar de más en la distribución y la taquilla.

Si esta película estuviese en manos de un artesano común, merecería un beneplácito también bienpensante pero bastante sincero. Así, me queda la sensación de que va un poco corta de veneno.

No importa. Hay mucha viñeta salvaje de Callahan flotando en la red. Su desprejuiciado sentido del humor a costa de las desgracias del ser humano es el mejor manual de auto-ayuda.  


Roman J. Israel ESQ.


El actor Denzel Washington es carismático a más no poder. Sólo así su larga carrera ha resistido la esquizofrenia permanente entre las películas de acción (mayoría hace tiempo), pero con pinceladas de compromiso, y el cine de prestigio aunque comercialmente viable. Quizá no sea una carrera tan esquizofrénica después de todo, pues se vertebra siempre en el olfato comercial, el compromiso en diferentes grados y el carisma. Y esto es así con el producto más chatarrero y con la película oscarizable.

Este año ha estrenado las dos versiones que más practica del oficio actoral. Equalizer 2 no merece comentario. La primera entrega  y el trailer de ésta segunda parte hablan por sí mismos.

Sin embargo, meses antes Denzel se descolgó con otro papel bien distinto, uno “de composición”.

A veces me acuerdo de cuando Robert Mitchum decía con su habitual retranca: “yo tengo dos registros, a pie y a caballo”. Después de interpretar a Roman J. Israel, Denzel podría decir que tiene dos registros “el cool, y el con gafas y pelo largo”. 

Estoy exagerando, claro. El trabajo de Denzel va más allá del pelo afro y las gafotas. Su expresión corporal le lleva al territorio del torpe, el vestuario al del inadaptado, el balbuceo al del tímido, la mirada al del íntegro con dudas. Después de todo, Roman J. Israel es un ratón de biblioteca (jurídica). En eso radica el interés de la película y la enésima prueba del talento de Denzel.

La trama, con presentación de caso, estilo personal, patinazo ético y redención con chavala no va mucho más lejos de lo habitual. La conocemos, es un clásico subgénero en el género de abogados criminalistas estadounidenses. Los derechos civiles, el despertar de la conciencia de algún tiburoncillo, los burócratas despiadados, el dinero salvífico y tóxico,… nada nuevo en los juzgados made in Hollywood, señoría.

Salvo que por aquí ha vuelto a pasar Denzel Washington.



jueves, 4 de octubre de 2018

Ant Man y la avispa


En este 2018 que camina hacia su última recta, Hollywood nos vendió como su título más potente y planetario Los vengadores, Infinity War (primera parte), dado que el Episodio VIII de Star Wars se estrenó para arrollar en diciembre del año anterior.

Se estrenaron con desigual fortuna las oscarizables, las oscarizadas, las diferentes, las raritas y las secuelas. Tres anuncios en las afueras, La forma del agua, Los archivos del Pentágono, Yo Tonya, El hilo invisible, Todo el dinero del mundo, Tren a París, Gorrión rojo, Isla de perros, Tully… Y las que cuestan y dan pasta: Pacific Rim 2, 50 sombras más, Tomb Ryder restyling, Black -cuota- Panther, Deadpool 2, Jurassic saga 5, Han Solo (¿Episodio III B?), Sicario 2, La primera purga, Mamma mia 2, Hotel Transilvania 3, Misión imposible 6, The equalizer 2, Ha nacido una estrella (otra vez, se entiende) o El grinch (¿el origen?). A las que pronto sumaremos Venom, Spiderman y Aquaman.

Así está el patio. Y así arrasa Hollywood últimamente. Con estos mimbres.

Poco después de la apuesta infinity marvelita, llegó otra de la casa súper-heroica del viejo Stan, de las consideradas menores y a la que le cuadra ese atributo mejor que a ninguna: Ant man y la avispa.  


De todo el cine de fórmula made in USA que se ha estrenado aquí en lo que va de año, probablemente ésta es la película que más me ha gustado. En primer lugar, porque sabe que su fuerte está en el humor y no tanto en la parafernalia tecnológica, que aunque no se descuida tiene como principal valor encontrar un argumento apañado sobre el que armar lo que importa: los personajes, sus relaciones y la simpatía general de lo que se ve y pasa.

Luego esta el reparto. Michael Douglas es un buen comediante y Paul Rudd no digamos. Las chicas lucen listas, guapas y temperamentales. Michelle Pfeiffer vuelve del mundo cuántico, más bella cuanto más encanecida. Los del FBI son un poco bobos. Y los malos valen para la ocasión. Pero todos ellos, sumados, nos ofrecen un puñado de gracietas marca Ant man y eso no da una puntuación de humor + acción tirando a estándar. 

La diferencia, que ya se atisbaba en la primera entrega de las hormigas súper, es que el reparto incluye a Michael Peña, al que loa papeles de “amigo díver” se le dan de fábula. Peña -su personaje- es la sal del guiso y su momento del suero lo más descacharrante de toda la película.

Por lo demás, Ant man y la avispa enlaza con la maraña Marvel en una escena sencilla post-créditos, que por supuesto da bastante igual: No vivimos en el piso de Sheldon Cooper. 
Aún.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Estambul


Tiene delito, de un servidor, 
y el autor y amigo Pedro Terrón 
se pasean juntos por Estambul.


martes, 2 de octubre de 2018

La enfermedad del domingo


Si esta película de Ramón Salazar no se coló en una sección oficial de Festival europeo clase A, tenemos un problema realmente serio. No digo que esté para ganar Palma, Oso o León de Oro, pero podría batirse en varias categorías y competir con opciones por alguna de ellas. Hay paisaje primorosamente fotografiado, banda sonora exquisita, guión fuerte, interpretaciones de primer nivel (soberbias Susi Sánchez y Bárbara Lennie), dirección brillante.

Apenas dos mujeres que se temen, se añoran, se comprenden, se reconocen, se detestan o se aman, según proceda. En una narración sin desmelenes, sotto voce, para que cuando llegan los momentos escalofriantes lo sean en grado sumo. Diálogos concisos y explosivos donde deben serlo, silencios pensados, miradas que intrigan, descubrimientos graduales y elipsis inteligentes (salvo un par de ellas que apuestan por la solución onírica o el simbolismo hermético, que en el conjunto a mí no terminan de encajarme).

Y todo a ritmo pausado, a fuego lento, demorándose en cada plano lo que la historia necesita, sin que el interés decaiga, sino que crece hasta el desenlace, coherente, armonioso y demoledor.

Una joya al 85% de pureza. Más de lo que pueden decir muchas obras que se pasean por las secciones oficiales. Pero en estas ingratas tierras solemos ser así: consideramos los dramas minimalistas como veneno para la taquilla y a los autores como gente “que va de algo”. Aunque si esta película viniese de Finlandia, Corea del Sur o Irán, seguiría teniendo público en minoría, pero la reputación a salvo. A cada cual su enfermedad y su día de la semana.


lunes, 1 de octubre de 2018

Adieu, Aznavour








Disobedience


Atmósfera gélida para un amor reprimido y volcánico entre Rachel Weisz y Rachel McAdams.

Esta película descubre su mejor carta en el poster, donde ellas se besan en primer plano, y debió guardarse semejante sorpresa para multiplicar la potencia del verdadero tema, que no es -como al principio parece- la muerte de un rabino ni el regreso al hogar de la hija que huyó de la ortodoxia del barrio judío de Londres.

A pesar de lo llamativos que resultan sin subrayarse la imposibilidad de un abrazo de reencuentro entre hombre y mujer que comparten pérdidas y llevan años sin verse, el tradicionalismo militante de alguna que otra señora de su casa, el pijamita hebreo para el hombre o las pelucas ocultadoras de la verdadera naturaleza femenina en esta comunidad axfisiante, todo eso está ahí progresando implacable pero sin maniqueísmo.

Al fin y al cabo, la irritación de la hija pródiga que buscó una vida artística en Nueva York es legítima y coherente, incluso antes de que sepamos su secreto. También la tristeza contenida de la amiga, las maneras conservadoras y los reproches del pariente entrado en años,…

Otra cosa es el temor creciente del que apunta a sucesor del rabino muerto, marido de una de las Raqueles, cuando sabemos que su matrimonio no sólo es plúmbeo, sino concertado. Se trata de un elemento narrativo distinto pero también lógico, nada discordante puesto que se va descubriendo cuando debe.

¿Estoy mostrando mucho del pastel? Porque todo esto os lo digo sin remordimientos, ya se ocupó el tráiler de hablar más de la cuenta antes que yo. En fin, por si acaso vamos terminando: el resultado es una historia de amor lenta, elegante y desoladora, que podría encajar en otros muchos ambientes igual de impermeables a las novedades sociales.

La dosificación en pantalla de hechos y razones, su apuesta por una narración gradual, es para mí uno de los principales valores de Disobedience como película rodada hoy. Aunque repasando poster y tráiler, es evidente que el distribuidor no lo vio así. Lo que certifica la vigencia de la percepción general de determinadas actitudes como escandalosas, sin que los espectadores atraídos por el supuesto escándalo se sientan ortodoxos. ¿Verdad?   


El cuaderno de Sara


Un comienzo con mucho nervio, un tema clásico de denuncia, un par de actrices de talento y un escenario con empaque, África, el continente bello y ensangrentado al que sus riquezas naturales condenan irremisiblemente. Buenos mimbres para una película con vocación de intensa y grande, que no terminan de trabarse adecuadamente por culpa de un guión prometedor pero en descenso, dispersándose hasta que se le notan los trucos en el peor momento (y con un personaje clave).

Es una lástima, porque se ve que todo lo que se muestra en pantalla vale para lo que se pretendía, pero no conforma un conjunto compacto, si no original, determinante en sus aportaciones al tema. Para ello, los cooperantes experimentados deberían contarle lo suficiente a la recién llegada que busca a Sara (la chica que recibe a la protagonista apenas la pone al día de dónde está metiéndose); las casualidades en medio del caos y la inmensidad son un recurso poco recomendable (cómo se encuentran algunos personajes entre multitudes, cómo se extraen certezas a partir de detalles insuficientemente significativos); el tramo final en el corazón del infierno tiene todos los cabos con los que anudar un desenlace oportuno, pero fía en el barullo más que en la sagacidad de los intervinientes para salir del apuro o quedarse en él.

Para ser justos, están muy logrados el paisaje desolador de la sociedad africana, su naturaleza apabullante, el solucionador a sueldo, la violencia extrema, las idas y venidas a territorio anárquico, la relación entre ella y su guía,  los reproches y remordimientos de una hermana hacia la otra.


Pero el cuaderno se desaprovecha como recurso ideal para dotar a la propia Sara de un halo mítico mayor ¿Recordáis a Kurtz antes de ver su loco reinado en la selva en Camboya? Lo que me  lleva a pensar si no era aconsejable un intercambio en los papeles protagónicos, puesto que Belén Rueda es más carismática, la auténtica estrella de las dos, y Marián Alvárez más capaz de todos los matices que requiere una buscadora desorientada, decidida y con fondo de armario familiar. Hasta en eso, resultaría más creíble el favoritismo paterno hacia la más rubia de sus hijas.

Así las cosas, Belén Rueda, que para eso es una de las pocas rompetaquillas del cine patrio, asume su rol de hermana acomodada y sufridora al rescate, se carga la película a hombros y hace cuanto puede en esta producción que luce solvente aunque esté mal rematada.

Más allá de lo crítico puñeterito que yo me ponga, El cuaderno de Sara fue un éxito comercial. Suele darse cuando nuestros argumentos se abren al mundo, con presupuesto idóneo y nombre con tirón en el cartel.

Eso y la paradójica rentabilidad de África y sus tragedias.  


domingo, 30 de septiembre de 2018

Misión imposible 6

Dicen los seguidores que es de las mejores de la saga. Yo me quedo con dos perlas de mi hija mayor:

1.- "Le sobra media hora" (cuando aún quedaba media hora para que terminase).
2.- "Papá, lo siento, la terminas solo. ME AGOTA".







Mi querida cofradía


Otra historia pequeña y aparentemente ligera de las que estrena nuestro David frente al apabullante Goliat de los efectos especiados. Aunque no es tan pequeña y ligera, pues ataca algunas verdades inmutables de la sociedad actual que se remontan a tiempo de catacumbas.

Lo mejor, con todo, es la vecina (Carmen Flores), y sus torrijas. Lo demás luce funcional, coherente y razonablemente entretenido, que no es poco. Pero las mujeres de la cofradía, el pique en su jefatura, los problemas pre-procesionales, el amigo fiel encarnado por Morón,… tenían un potencial cómico y un recorrido narrativo mucho mayores.

Tanto es así, que cada vez que la Flores abre la boca, la película despega llegando sin problema hasta donde pudo llegar.

Un ejemplo de que una comedia puede ser grata y necesaria sin arrebatar, aunque se hagan otras inferiores e innecesarias que arrebatan, vaya usted a saber por qué. Misterios de la cocina cinematográfica y sus comensales. Pasa algo parecido con las torrijas.