jueves, 21 de junio de 2018

Irrepetibles, segunda entrega

Ángela es un lujo que quizá ni cuando nos falte se valorará en su justa medida. Debería levantar el auditorio en cualquier encuentro para los focos que la acoja, en cualquier lugar de Europa, no digamos aquí. Tiene un apellido de leyenda bajo cuya sombra jamás se refugió. Ha trabajado con Buñuel, con Pontecorvo, Borau, Bellocchio, Comencini, Picazo, Chavarri, Gutiérrez Aragón, Tanner, Scott, Tornatore, Littín, Almodóvar, Villaronga, Colomo, los Taviani, Armiñán, Berger, Bigas o Josefina Molina, así, por hacer una lista corta y sabrosa.

Las películas de estos y otros muchos fueron de calidad desigual, pero ella siempre ha estado impecable. No le hizo ascos a la tele y se apuntó al teatro cuando decidió que era el momento, con 47 primaveras en el lomo. Acumula un puñado de premios y cinco hijos. Es la matriarca de su clan, discreta y fuerte como una roca de camino.

Su hermosura física se ha ido surcando de arrugas y canas sin que la potencia febril de su mirada se agote. Una voz selvática, sensual y desesperada se ha encargado de recordarnos en cada aparición que una grande llenaba el plano.

Aquí os la dejo, posando. ¿Que no haría una Cruella de Vil o una Maléfica cojonudas?


Don Fernando era, sobre todo, un caballero. Además de un actor excelente, capaz de cualquier personaje. Vivió mucho y bien. Y tuvo lo que se dice "una carrera".

Según me saltan en la memoria: Los palomos, Viridiana, Campanadas a Medianoche, El quinteto, El viaje de los malditos, Tristana, Ese oscuro objeto del deseo, El discreto encanto de la burguesía, Diario de invierno, Elisa vida mía, Pasodoble, Padre nuestro, Mi general, Jesús de Nazaret, French Conexión, El bosque animado, El Quijote… Trabajos para Luis Buñuel, Orson Welles, William Friedkin, Franco Zeffirelli, Carlos Saura, Ridley Scott, Francisco Regueiro, Luigi Comencini, John Frankenheimer, Jaime Chavarri, José Luis Cuerda, Sergio Leone, Jaime de Armiñán, Manuel Gutiérrez Aragón, Ladislao Vadja, Juan de Orduña… Encarnando admirablemente personajes inspirados en la obra de Cervantes, Shakespeare, Fernández Flores, Cortázar… Midiéndose implacable con Gerard Depardieu, Paco Rabal, Carole Bouquet, Gene Hakcman. Vittorio Gassman, Catherine Deneuve, Max Von Sydow, Fernando Fernán Gómez... Y podría pasarme el blog entero enumerando talento.

En cuanto se dejó la barba, le bastó estar en las secuencias de las películas para dejar en ellas ese toque de clase marca de Rey.


lunes, 18 de junio de 2018

Jurassic World 2, el reino caído


No sé juzgar muy bien qué sentirá un chaval en esta quinta entrega de la saga jurásica, pero dudo que lleguen al cine sin referentes visuales previos a mogollón. Cuando la de Spielberg, una inteligente campaña nos escamoteó a los dinosaurios hasta entrar en la oscuridad de la sala. Pero de eso hace 25 años.

Bayona dirige una secuela de lujo. Tiene lo principal de la anterior, rescata claves de la era spielbergiana, reparte guiños a diferentes filmografías (especialmente a la del maestro y a la suya propia). Asume, sobre todo, que lo que importa en el guión es la tensión de pruebas sucesivas a las que sobrevivir y que lo demás es puro maquillaje conceptual basiquito: el malo de manual, la eterna cacería amañada, las charletas morales de Goldblum... Pegamento rápido. 

El espectáculo lo ponen los dinosaurios, la parejita de estrellas y la niña. Bayona cumple en esto con solvencia siglo XXI. 

Pedir más es del Jurásico, de donde yo procedo. 


viernes, 15 de junio de 2018

Irrepetibles. Primera entrega.

Un apartamento vacío, un cincuentón desgarrado, una esposa muerta, una pijita kamikaze, un novio irritante, y París.

Cuatro talentos demoledores en acción: Bernardo Bertolucci, Vittorio Storaro, Gato Barbieri y Marlon Brando para la película europea más legendaria de los 70.
Irrepetible.

No sólo porque la pareja sin nombre no se pueda reinventar con otros rostros, otras voces y otros cuerpos. Fundamentalmente, es porque no hay cojones.


Hace cinco años que se fue una de las pocas estrellas internacionales legendarias que ha tenido el cine español en el siglo XX.

Recuerdo el In memoriam de los Oscar de ese año (que corresponde siempre al año anterior): Se olvidaron de ella sin que nadie lo comentase.

Había hecho tres películas en Hollywood y cocinado huevos fritos para todos los que contaban entonces en el negocio (Brando, Garbo, Gable, Dean, Sinatra, Fonda, Liz Taylor, Hitchcock), después de ser una imprescindible del cine mexicano en su mejor época y antes de convertirse en la actriz española cuya sola presencia garantizaba el éxito de melodramas y musicales que no envejecieron bien.

A pesar de ello, su popularidad fuera de España fue colosal. En el Festival de Venecia, al que acudió acompañando a Anthony Mann (él estrenaba película, ella no), causó tal revuelo que al director no le ponía atención ni Dios y recomendaron a la actriz quedarse en el hotel para que la promoción funcionase. En Francia hubo estrenos que se pospusieron (incluyendo uno de Brigitte Bardot en su apogeo o El puente sobre el río Kwai de Lean) para no competir con títulos protagonizados por la manchega.

Y cuando expuse un retrato suyo en el Instituto Cervantes de Moscú, junto a ilustraciones de Bogart, John Wayne, Ava Gardner, Faye Dunaway, Connery, De Niro o Eastwood, pocos reconocieron a las estrellas norteamericanas a las que no habían tenido ocasión de admirar hasta que Rusia dejó de ser la URSS.

Pero todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, identificaron a Sara.
Nuestra indómita.


Su década prodigiosa fue del 65 al 75 del siglo pasado. Antes y después tuvo tiempo de más de lo bueno, pero fue ese periodo el que lo encumbró a la quintaesencia de lo cool. Corría que se las pelaba, levantaba esposas a los magnates aún a riesgo de reventar su carrera, vestía como ninguno, interpretaba bien, sonreía hacia el sol con mucha clase. Y tenía un carácter endiablado.

Todo eso da igual, basta con verle coger una escopeta de carril y cerrarle el camino a quien toca, antes de continuar La Huida.

Peckimpah le dio algunos de sus mejores papeles, claro, pero no fue el único.

Cuando veo disparando a un actor estadounidense del nuevo milenio, echo de menos a Steve.


Anna y Renzo, Sophia y Marcelo. Una pareja eterna. Un cine grande en Europa. Un descapotable italiano. Un sol mediterráneo. ¿Para qué más motivos?


John Wayne era un conservador irredento, pero a los amantes del buen cine (con un ideario u otro), nunca nos importó gran cosa. Cuentan que una vez se cruzó con Paul Newman en un comedor de los Estudios y le dijo al de los ojos azules, militante demócrata: “tus cosas en la política van mal ¿eh, Paul?”. Newman le contestó: “¿cómo demonios van a ir, si los mejores están en el otro bando?”. En fin, que había admiración antes que sectarismo. Newman también llegó muy alto (ya era una estrella cuando le tiró el piropo al de Iowa), pero conocía de sobra la talla profesional de Wayne. Negarle méritos era estar ciego. 

El gigante “feo, fuerte y formal”, como pidió que le describieran en su lápida mortuoria, fue actor favorito de Ford y eso le permitió protagonizar un puñado de obras maestras. Eso y su talento, por supuesto. La diligencia, Hombres intrépidos, Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible, Río Grande, El hombre tranquilo, Centauros del desierto, Escrito bajo el sol, Misión de audaces, El hombre que mató a Liberty Valance… Menuda lista. Pero la podemos enriquecer con las joyas que hizo para Howard Hawks: Río Rojo, Río Bravo, El Dorado, Hatari. Y el regalo oscarizado de Henry Hataway, Valor de Ley. En la mayoría de ellas, Wayne hizo de pistolero o cowboy de western, con o sin estrella, hasta la casi identificación del actor con el género. Pero basta el momento irlandés frente a la chimenea, abrazando a Maureen O´Hara con los ojos fijos en el fuego, para saber lo que un gran actor es capaz de expresar, aún sin revólver.

Pues eso, amigos: un recuerdo desde aquí para el Duque, y para la actriz que más le quiso, dentro y fuera de la pantalla, la pelirroja Maureen.


jueves, 14 de junio de 2018

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool


Un argumento sencillo, no demasiado original, afinado por un guión muy inteligente, cuidadoso, una puesta en escena estupenda y un reparto fantástico. Así se hace una buena película.

Annette Benning, una de las pocas actrices de su edad que sigue encontrando papeles de altura, da un verdadero recital de fragilidad y entereza, divismo y humanidad, según toca. En esta ocasión, por vez primera, el espectador no rabia al ver a otra actriz encarnar a una estrella del pasado, para el caso Gloria Grahame. Es mérito de Annette, por supuesto, aunque quizá le ayuda hacer de una estrella que, aún siendo real, limitó su fulgor a poco más de una década lejana.


Grahame participó en varias obras maestras de los 40 y los 50 (Qué bello es vivir, En un lugar solitario, Cautivos del mal, Los sobornados, Deseos humanos), pero nunca alcanzó la categoría de mito de camiseta.

El chaval, ya no tan chaval, Jamie Bell, se pliega al oficio de la dama con absoluta devoción, lanzándose a tumba abierta con acierto. Su desparpajo, suspicacias, confusión y pena arrasan al espectador. Julie Walters o Vanesa Redgrave, las madres de los amantes, juegan hace mucho tiempo en otra liga, esa en la que les basta estar para dominar la escena.

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool dura 106 minutos incluyendo los créditos, pero podría durar igualmente hora y media a toda potencia. Su romanticismo late genuino y gracias al “bardo” (obviamente el de Stratford) consigue un momento bellísimo sobre las tablas de un teatro vacío. No es la única escena para quitarse el sombrero, aunque sí la culminación de esta historia sencilla, sentida, probablemente tramposa, pero auténtica en pantalla. En el cine, es lo único que importa.


miércoles, 30 de mayo de 2018

Han Solo


El segundo spin off de la saga galáctica viene a demostrar que estas historias derivadas (la de la misión suicida de Rogue One, la juventud de Solo), son mejores que la continuación de la historia central, donde el miedo a los fans o la pereza de la que Hollywood hace gala en este siglo, reiteran una y otra vez la amenaza, la rebelión, el discípulo díscolo, el discípulo dedicado, la super-arma estelar…

Los spin off tienen más libertad. El escenario ya está creado y es ampliable en planetas, naves, razas, tascas y proyectos alocados. Sólo hace falta algún soldado imperial vigilante en algún rincón de la ciudad mugrienta o la estación orbital clasista para recordarnos que el Imperio manda. Lo demás queda al albur de los que cocinan la película, con la bendición de Disney. Su única obligación es tirar un par de cables inteligentes hacía el Star Wars clásico. En Rogue One eran los planos que acabarán en la panza de R2 D2. Aquí son Chuwi, Lando y el Halcón. 


La capacidad de enamorar del Halcón Milenario está fuera de toda duda. Será la última nave de la galaxia, llenará el último plano en pantalla grande de la saga. El primer encuentro entre Solo y Chuwi es quizá lo más potente –a ras de personajes- que han rodado desde que George Lucas vendió el chiringo. Y Lando joven es un buen personaje, bien interpretado.

En cuanto al chico que hace de Solo, bravo por él. Su maestro de circunstancias, la chavala y el malo, cumplen sin mayor alarde.

Sólo el humor, un elemento que hubiera suplido el carisma insuperable de Harrison Ford, deberá mejorar si seguimos al piloto mercenario en otras aventuras juveniles. Su proverbial sarcasmo aquí se queda en un par de chascarrillos que apenas arrancan la sonrisa, y no es por el actor: es que el guión, o Ron Howard, o la edición del mecano, han fallado para dar con el ritmo que precisa un comediante, porque la sala estaba a rebosar y con ganas de fiesta. La robot empoderada también está concebida para ser graciosa y por lo visto en el patio de butacas –y sentido en la mía- fracasa en ello sin estrépito.

De lo demás, el asalto al tren es espectacular y novedoso. Para el resto de peripecias, la atmósfera que viene de fábrica. Pero no sale la Estrella de la Muerte. Vamos mejorando.


jueves, 17 de mayo de 2018

Otro pedazo de infancia que se va



O no, porque la primera de Superman se ha convertido en un clásico y la disfrutamos en primicia a la edad adecuada. Hoy el vuelo nocturno de la parejita da un poco de sonrojo, pero Margot Kidder era la perfecta Lois Lane tocapelotas a pie de calle. Ahí no ha tenido igual, porque los efectos especiales envejecidos ya no cuentan, sólo la composición de la actriz.

De su carrera nada más perdura, trabajó mucho en cine malo, se le fue la pinza, ha muerto relativamente joven... La biografía de muchas que lo intentaron sin conseguirlo. Pero con una diferencia significativa: Ella fue la novia insustituible del hombre de acero, el que por su amor se saltó la contradictoria norma de papá Brando: “prohibido inmiscuirte en la historia de los hombres”.

Vuela Lois. Ahora te llaman Margot.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Los Vengadores: Infinity War


Los Vengadores han arrasado otra vez en taquilla, aunque teniendo en cuenta el porcentaje de salas que copan ellos solitos, ya no se sabe el mérito de la película misma en la hazaña. Al final, de todas todas acabas viéndola.

Éstas de Marvel empiezan a ser tradición de grupo, en mi caso el que formamos mi hermano, mi sobrino y yo, que por lo general salimos entre rebotados y de chunga, tipo “¡¡¡pero qué me estás contando!!!”.

Por desgracia, esta vez la vi sólo, y los sentimientos encontrados me acompañaron a casa sin compadreo inmediato.

Los Vengadores son simpáticos, es verdad, batallan demasiado (en minutos de metraje), pero tienen su punto gracioso. Los guardianes de la galaxia también. Spiderman otro tanto. Y luego hay que añadir algunos más solemnes (Black Panther, Doctor Extraño) o sin definir (el Soldado de Invierno). La lista es larga, demasiado. No todos pueden lucirse aunque arreen lo que sea menester. El malo y sus secuaces son pocos y cabrones. Pues bueno. Y también cubren el expediente, pues vale.

Pero todo es tan reiterativo, tan básico (incluso en los rotos del guión), tan irrelevante hasta cuando se pone trágico, que ya produce cierta fatiga. Mi sobrino tiene la edad idónea para disfrutarla y añadiría unas cuantas palabrotas a mi crítica, no digo más.

Así que la próxima en grupo, pero en pantalla de TV grande. Para hacer unas risas como las del whatsapp de regreso a casa. Mi hermano y mi sobrino ya la habían visto y nos imaginábamos a Thanos en la recogida de la aceituna, que los tres conocemos bien. “Ese chasquea los dedos y caen todas las aceitunas sin dar un palo” “Y la mitad directamente convertidas en aceite”…. Así hasta casa.

Como diría Kike: "Infinity mis huevos".


martes, 15 de mayo de 2018

Expone José Luis

José Luis García es un mago del tablero.
Carboncillos, lápices y lo que le echen.
Atesora una galería de retratos imperecederos de los que nos pirran por aquí.
Dejad la pantalla, las obras al natural se la comen cruda.
La exposición empieza este viernes.
Palacio del Infante D.Luis. Boadilla del Monte.
Para no perdérsela. 


lunes, 14 de mayo de 2018

Adiós adiós

Antonio Mercero y Horacio Valcárcel hacen mutis. Sólo queda Garci de aquel trío de fieras.

Los fallecidos, juntos o por separado, reúnen hitos del cine y la televisión como La cabina, La guerra de papá, Espérame en el cielo, La hora de los valientes, Planta 4ª, El crack, El abuelo, Historia de un beso, Luz de domingo. Y Verano Azul, Turno de oficio, Farmacia de guardia.

A lo artesano, con descomunal talento y sin divismo cultural.
Grandes pérdidas. Te acompaño en el sentimiento, José Luis.



lunes, 30 de abril de 2018

Un lugar tranquilo


No sé si es sólo tradición anglosajona, pero vengo observando que los actores que se meten en la dirección de películas suelen elegir historias sencillas donde volcar su talento, cuando en el mundo hispanoparlante es habitual ver lo contrario: opera prima pasada de ambición temática (excepción loable a Tarde para la ira, de Rául Arévalo). El resultado de esta decisión gringa, no sé si obligada o autoconsciente, suele ser bueno. Y éste ha sido el caso de John Krasinski, que aunque ya dirigiera una película anterior (también sencilla), se ha destapado con Un lugar tranquilo, arrasando en su mercado de origen y obteniendo reconocimiento y taquilla allá donde estrena.

Es comprensible. Su película es potente desde cualquier punto de vista. Aparte del caché de Emily Blunt, de lejos la más prestigiosa de sus intérpretes (que son media docena), la producción es pasmosamente barata para los parámetros estadounidenses. La hecatombe alienígena queda resuelta y entendida con una calle vacía de una población menor, un súper saqueado, unas cuantas portadas de prensa y una sobreimpresión en pantalla que nos dice cuántos días han transcurrido desde el punto de no retorno.

Así las cosas,  Krasinski y el resto de sus guionistas (bien por no acometer el libreto en solitario), se marcan un hallazgo narrativo de enorme calado cinematográfico: el que hable, la palma.


Desde esa premisa, lo que sucede se convierte en cine puro: la imagen manda de forma abrumadora. Ahí es donde John se ha gastado el dinero disponible, sus poquísimas localizaciones están fotografiadas con la solvencia de un grande. Seguramente Emily, que es su mujer en la vida real, se habrá rebajado el sueldo. Los niños también lo hacen estupendamente, aunque parece una convención universal que a ellos no les cuesta apenas interpretar cualquier cosa, no sé muy bien por qué, si se sabe mínimamente cómo son los rodajes en cuanto a técnica, marcas, fragmentación y demás.

La claustrofobia, la desesperanza combatida a pura inercia, el carácter perfectamente delineado de cada personaje, los monstruos presentidos o mostrados, el número de fogatas supervivientes en el horizonte, la tensión y los sacrificios escogidos,… todo funciona en Un lugar tranquilo.


La banda sonora cobra protagonismo en una película en la que apenas se dialoga. Sonido ambiente o golpes de tensión lo acreditan.

Sólo hay un detalle para la galería, bien resuelto en guión: subtitular lo que se dicen por señas. La mejor prueba de lo bien realizada que está Un lugar tranquilo, es que todo se entendería igualmente bien sin traducir los gestos a palabras. Se dice todo con la mirada.

A disfrutar y a temer, amantes del Cine.


viernes, 27 de abril de 2018

Fuera de Madrid, el mundo sigue

No sólo en Madrid: en todas partes pasan cosas. 
A veces incluso son cosas excelentes. Y más fáciles de disfrutar.
Para muestra, este aniversario de una Filmoteca que me sirvió en su día de inspiración para novelar y ahora me recuerda que el amor al Cine puede gestionarse con profesionalidad y transmitirse al común con cariño y buen ojo. 
No sólo de Los Vengadores puede alimentarse el cinéfago no capitalino. 
Aquí está el equipo extremeño para que se amplíe el catálogo de sueños posibles.
Alguien me dijo una vez: "Las pequeñas grandezas son las grandezas más grandes". Va a empezar mayo y estoy de acuerdo.






miércoles, 25 de abril de 2018

Premio Princesa de Asturias

Pues que me parece muy bien. 
Enhorabuena al siciliano de Queens.
Martin Scorsese

lunes, 23 de abril de 2018

Día del Libro

En nuestro caso, de ESTE libro:


GILDA EN LOS ANDES
Fernando Marañón
Editorial Berenice


martes, 17 de abril de 2018

Milos Forman


Se marchó sin ruido este fin de semana. Enseguida vinieron las glosas y los obituarios, pero parece que ya cesó.

El checo dejó unas cuantas joyitas para el cine: Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus, Ragtime, El escándalo de Larry Flint, Valmont, El hombre de la luna.

Los borrones ni cuentan.

Molaba el cine del checo. USA se está quedando sin esa clase de cineasta extranjero pero asentado en la industria gringa todopoderosa, al que no fichaban para hacer secuelas de sagas comerciales, sino otras cosas de, como diría Cervantes, “mayor gusto y pasatiempo”.

Buen viaje, Milos.


lunes, 16 de abril de 2018

Campeones


Aviso a los espectadores ensimismados: esta película es de las que deja buen sabor de boca al público masivo, creo que a prácticamente todo el púbico que paga en taquilla. El film tiene miga, pero no se le nota, sólo alardea de buen rollo. Un hándicap –sobre todo en España- que se resuelve desprendiéndose del profesionalismo a tiempo completo o la cinefilia militante. Una ocasión de oro para recuperar la mirada limpia de cuando no jugábamos a ser críticos “sí, pero…”.

Hay pocos elogios comparables para una película positiva como el de “salir siendo mejor de como entraste”. Campeones consigue eso, lo que me parece -de lejos- su mayor triunfo.


Rodar con discapacitados intelectuales es un reto inolvidable, he podido comprobarlo en persona: Les encanta la cámara, pero para decir la verdad, y encajar eso a Cine no está al alcance de cualquiera. Seguramente, Fresser era el único director español posible para una aventura como ésta, gracias a su habilidad para sortear con mucho humor los más nutridos campos de minas.

Además, tiene a Javier Gutiérrez, que no sólo dice, sino que escucha como pocos. Basta una primera sesión de entrenamiento baloncestístico (cuando ya hemos visto lo cabreado que está con la vida, en un arranque preciso y espectacular), para comprender que es el actor que esta historia se merece, y que nos pondremos en su piel inevitablemente, mientras la risa y la emoción se acumulan sin descanso y sin agotarte.

Porque no es el único entrenamiento y porque, para competir, tienen que viajar a ciudades que no son la suya, lo que constituye otro filón ideal para Fresser.



El guión, no sé si inicial o modulado en el mismo rodaje (lo que es muy posible), es de los más divertidos que recuerdo en lo que llevamos de siglo. Transparente, enfocado, pero habilísimo para el gag, avanza con el equipo y su entrenador inseguro e impaciente, pero sin olvidarse de la grada: esa madre sarcástica, esa media naranja “en el buen sentido”, ese jefe de centro cultural, ese tendero maniático.

Hasta las concesiones al “mensaje” (pocas y seleccionadas) son demoledoras, porque se ruedan a corazón abierto y con mucho aplomo. Así las cosas, el nudo en la garganta, el zasca a nuestro cinismo, son incontestables.

Para qué darle más vueltas a la pelota. Id a verla y pasadlo bien.

miércoles, 11 de abril de 2018

El último invierno versus Sergio y Sergei: Dos precariedades.

En menos de doce horas, he asistido a un preestreno y a un pase de prensa, para ver una película española rodada en Asturias y una producción hispano-cubana sin demasiado revuelo.

Había diferentes presupuestos en solfa y no se repartían  como se puede pensar a primera sangre, pero en ambos casos me pareció presenciar un cine “en precario”, que será arrollado por Los Vengadores en cuanto llegue el momento.  Es una guerra perdida, qué le voy a hacer, esas son mis favoritas.


EL ÚLTIMO INVIERNO

Julio de la Fuente es un kamikaze. El cine siempre ha tenido gente así, a Dios gracias: adictos a rodar con más o menos talento, con más o menos pasta; a inventar historias para llevar en persona a la pantalla; a conseguir complicidades y aliados; a ser por una noche Rupert Pupkin, rey de la comedia, o fracasar en el intento.

Viendo El último invierno, me preguntaba cuántas páginas de guión fueron arrancadas por falta de fondos. Y eso que uno nunca sabe si las páginas estuvieron de partida ahí y en el orden idóneo, si los actores aportaron mejoras o patinazos al texto, si la necesidad hizo aflorar o hundirse alguna virtud.

Aquí se hunden muchas. El dinero es poderoso caballero, claro, y una película hecha a pulmón (50.000 euros en el cine es NADA), acabará chocando con esta realidad tozuda. Además, el cine “en precario” canta más en el Primer Mundo que en el Tercero. Eso, o tienes un talento irrompible, de los que apenas van quedando a la vista.

Julio tiene, sobre todo, perseverancia. La cantidad de localizaciones que se atreve a utilizar, personajes, historias cruzadas, desdichas y tonos (sin una banda sonora que todo lo empaste), lo demuestran de sobra. Pero rueda sin arreglista y sin cachés, o sea, sin pasta. Para no dar más rodeos: su protagonista está demasiado verde. Da el físico (hasta casi el final) y funciona en algún registro, aunque no en todos los que la película precisa, que pasan de la media docena.

No basta con parecerse a Keanu Reeves ni acentuar ese parecido. Incluso es preferible huir de él.

Julio necesita también un montador más hábil, más implacable, que se plante cuando hay que tirar minutos a la papelera aunque la película baje de la hora y media, o que reordene secuencias cuando toca para que el conjunto encaje mejor. No sé cuánto y cómo se ha podido rodar, pero hay secuencias innecesarias y otras decisiones de montaje desaconsejables.

Aun así, la película contiene elementos valiosos, actrices solventes, un chaval prometedor, momentos de interés, varios destellos de intensidad genuina, que podrían ser más y mejores, de los asturianos y de los otros.

Ya digo, sin presupuesto fuerte, esto es jugársela a pulmón o a puros huevos.  Olé los tuyos, tío. Más suerte -y dinero- la próxima vez.


SERGIO Y SERGEI

Esta película tiene presupuesto, ojo (Mediapro mete candela), y el director viene de una cinematografía curtida y un reguero de premios por Conducta. Pero buena parte se rueda en Cuba y os aseguro que hacer cualquier cosa allí tiene más mérito que en la mayor parte del mundo, lo sé de primera mano. O como dicen los habaneros: “aquí todo es con dolor”.

Pero hay una premisa muy poderosa y unos actores perfectos; un montaje hábil y un movimiento de cámara fantástico, que parece milagroso en la casa de Sergio casi más que en la MIR de Sergei.


Ron Pelman, ese raro actor estadounidense que se da caprichos afortunados, cierra el trío protagonista con contadas y escogidas apariciones en pantalla.

La abuela es otra liga.


Por supuesto, Cuba sabe lo que tiene y eso es, ni más ni menos, la propia Cuba: personalidad e historia a manos llenas, la captures hoy, en el siglo XX o en el año de la corneta.

Esta película es Cuba, es el periodo especial (allí, prácticamente no hace falta atrezzo), es USA de refilón (para que enredarnos), es el espacio del cosmonauta, en el que habita y el que le rodea. Y un juego de radioaficionados listos, perdidos y heroicos a su modo.

Humanidad, agudeza, humor, idiomas, música, desencanto  y unas pizcas –algo sobreactuadas- de realismo mágico.

Pequeña pero grande, esta película demuestra que el cine en Cuba sigue siendo uno de los más interesantes de Iberoamérica. Eso sí: Los Vengadores pasarán volando junto a la MIR como meteoritos y probablemente le harán un roto definitivo.

La hermosa precariedad. 



martes, 3 de abril de 2018

La voz de Raquel



Su espectáculo recorre la sonoridad de todo el siglo XX, con temas que se popularizaron a través del Cine.
Lo fascinante es que ella, Raquel Blanco, pone la voz de narradora, la voz al Jazz, a la Copla, a la Chanson francaise, el Bolero, el Blues, el Tango... Lo que le echen.
Al viejo estilo: Sola, ante un micro y un virtuoso del piano arrancando las notas de cada canción que no salen de su propia garganta.
El sábado 14 de abril, a las 19:00, en la Sala Margarita Xirgu de Alcalá de Henares
No os la perdáis.

lunes, 2 de abril de 2018

Cuatro días pecando



Ya no vamos a aquel armario de los VHS en la vieja casa pueblerina, las pequeñas han crecido, incluso la casa es otra; ahora las películas no nos pertenecen, se acumulan en un listado digital y hay demasiado reciente y malo para elegir.

Ninguna “de romanos”. Pero haremos una selección que resume la tónica vacacional. A modo de contrición.


RAGNAROK


Marvel coge a Thor y a Hulk, los dos Vengadores desaparecidos, y les sirve una aventura con mamporros a tutiplén y más humor del que su currículum aconseja. El resultado es tan ameno como irrelevante. La Blanchet se divierte haciendo de hermanísima cabrona, pero (tocado maléfico aparte), es lo más parecido a Lola Puñales que hay por los mundos paralelos del desmierde cósmico previo a Thanos.


Luego hay parches heredados, martillo volador y Hopkins dándose un paseo noruego con buenas vistas y cheque de circunstancias. Menos mal que no se empeña en coger bayas como en Noé. Aunque el pueblo de Asgard, emprendiendo el éxodo después de varios corre-corres, cubre para el espectador la ración de extras vestidos como cristianos de catacumba y túnica de tela basta que exhiben los clásicos semanasanteros.

ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS


Hay remakes que no vienen al caso y son la mayoría. Y más si te sabes el misterio llevado a pantalla grande e inevitablemente tienes que confrontar a Kenneth Branagh con Sidney Lumet, a Kenneth Branagh con Albert Finney, a Jhonny Deep con Richard Widmark, a Michelle Pfeiffer con Lauren Bacall, a Penélope Cruz con Ingrid Bergman,...

Así las cosas, queda una perfecta reconstrucción del tren, el paisaje que atraviesa en su camino y un largo y bonito travelling siguiendo a Poirot. Lo demás, amarrado a drones, CGI, un guión desmejorado y un protagonismo narcisista de Kenneth, se deja ver sin malestar, pero sin entusiasmo. Naturalmente, ha sido un taquillazo y habrá más aventuras detectivescas (Egipto tiene todas las papeletas para que podamos comparar a Branagh con Ustinov, madre mía).

P:D: El principio en Jerusalén, que debiera atrapar la simpatía hacia el detective, es pura penitencia.

DETROIT


Disturbios raciales en los Estados Unidos, años 60 (aunque lo mismo podría suceder ahora). Eso se traduce en negros enfurecidos quemando el barrio, con policía wasp de mano larga, Guardia Nacional mirando por la propiedad privada y alguna chavala distraída que se cree que puede flirtear con hombres de cualquier raza, hasta que llegan los de la suya a ofenderse y pasarse de rosca.


La tensión insoportable, las armas de fuego y culatazo, los sueños más difíciles de conseguir cuanta más melanina tengas en la piel, los jurados blancos para todo, la justicia burlada o insuficiente y tardía… En fin, nada que no se vea en el cine estadounidense de denuncia desde hace décadas, puesto que las actitudes denunciables han variado muy poco.

La Bigelow le pone su nervio a la dirección y el montaje te tiene en vilo, aunque los personajes colectivos dificultan la empatía del espectador hacia alguien concreto. Sólo queda la indignación perenne. Y una excelente factura.  

MUERTE ENTRE LAS FLORES


Así las cosas, es mejor ir a lo bueno conocido, aun temiendo que sea mejor en el recuerdo que en la revisión.

Pero no sucede. La mejor película de los Coen (junto a Fargo), vuelve a desplegarse sin síntomas de fatiga ni envejecimiento. Unos diálogos fascinantes y hammettianos, un encajador ludópata y cizañero, una mujer peligrosa, un puñado de gángsters con motivos personales y un sombrero rodando entre los árboles. 

El club con tocador de señoras, el piso vacío con butaca para las visitas, la mansión irlandesa de Finney, las Thompson, las fuerzas vivas cambiando de bando según conviene, todo ajustado a un guión de hierro y una puesta en escena impecable y sin alambicar.


Dentro de un par de años, esta joya habrá cumplido 30. Cualquier día, en algún despacho californiano, a alguien se le ocurre resucitarla y hacen un desaguisado revienta-taquillas. Antes que ver esa versión en un sofá de vacaciones, yo mismo me calo el sombrero y busco otra timba en la que apostar.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Death Proof


La única de Quentin que aún no había visto parece un homenaje al cine chatarrero que él saboreó en el famoso videoclub dónde se ganaba las  habichuelas antes de dedicarse a hacer sus propias películas.

Naturalmente, su realización es intachable, sus diálogos banales, su trama sangrienta. Vamos, una de Quentin. Se ve sin problema, aunque el frívolo de la crueldad tenga mayores aciertos (Reservoir dogs y Pulp Fiction siguen en lo alto del podio), pero uno se pregunta lo que podría lograr este talentoso director rodando algo de cierta enjundia.

Quizá la cagara. Su zona de confort son los personajes tirando a macarras, las bandas sonoras deliciosamente vintages, la risa gore, la memoria televisiva y los coches norteamericanos de añada.

Pues eso,  Death Proof.