jueves, 21 de junio de 2018

Irrepetibles, segunda entrega

Ángela es un lujo que quizá ni cuando nos falte se valorará en su justa medida. Debería levantar el auditorio en cualquier encuentro para los focos que la acoja, en cualquier lugar de Europa, no digamos aquí. Tiene un apellido de leyenda bajo cuya sombra jamás se refugió. Ha trabajado con Buñuel, con Pontecorvo, Borau, Bellocchio, Comencini, Picazo, Chavarri, Gutiérrez Aragón, Tanner, Scott, Tornatore, Littín, Almodóvar, Villaronga, Colomo, los Taviani, Armiñán, Berger, Bigas o Josefina Molina, así, por hacer una lista corta y sabrosa.

Las películas de estos y otros muchos fueron de calidad desigual, pero ella siempre ha estado impecable. No le hizo ascos a la tele y se apuntó al teatro cuando decidió que era el momento, con 47 primaveras en el lomo. Acumula un puñado de premios y cinco hijos. Es la matriarca de su clan, discreta y fuerte como una roca de camino.

Su hermosura física se ha ido surcando de arrugas y canas sin que la potencia febril de su mirada se agote. Una voz selvática, sensual y desesperada se ha encargado de recordarnos en cada aparición que una grande llenaba el plano.

Aquí os la dejo, posando. ¿Que no haría una Cruella de Vil o una Maléfica cojonudas?


Don Fernando era, sobre todo, un caballero. Además de un actor excelente, capaz de cualquier personaje. Vivió mucho y bien. Y tuvo lo que se dice "una carrera".

Según me saltan en la memoria: Los palomos, Viridiana, Campanadas a Medianoche, El quinteto, El viaje de los malditos, Tristana, Ese oscuro objeto del deseo, El discreto encanto de la burguesía, Diario de invierno, Elisa vida mía, Pasodoble, Padre nuestro, Mi general, Jesús de Nazaret, French Conexión, El bosque animado, El Quijote… Trabajos para Luis Buñuel, Orson Welles, William Friedkin, Franco Zeffirelli, Carlos Saura, Ridley Scott, Francisco Regueiro, Luigi Comencini, John Frankenheimer, Jaime Chavarri, José Luis Cuerda, Sergio Leone, Jaime de Armiñán, Manuel Gutiérrez Aragón, Ladislao Vadja, Juan de Orduña… Encarnando admirablemente personajes inspirados en la obra de Cervantes, Shakespeare, Fernández Flores, Cortázar… Midiéndose implacable con Gerard Depardieu, Paco Rabal, Carole Bouquet, Gene Hakcman. Vittorio Gassman, Catherine Deneuve, Max Von Sydow, Fernando Fernán Gómez... Y podría pasarme el blog entero enumerando talento.

En cuanto se dejó la barba, le bastó estar en las secuencias de las películas para dejar en ellas ese toque de clase marca de Rey.


lunes, 18 de junio de 2018

Jurassic World 2, el reino caído


No sé juzgar muy bien qué sentirá un chaval en esta quinta entrega de la saga jurásica, pero dudo que lleguen al cine sin referentes visuales previos a mogollón. Cuando la de Spielberg, una inteligente campaña nos escamoteó a los dinosaurios hasta entrar en la oscuridad de la sala. Pero de eso hace 25 años.

Bayona dirige una secuela de lujo. Tiene lo principal de la anterior, rescata claves de la era spielbergiana, reparte guiños a diferentes filmografías (especialmente a la del maestro y a la suya propia). Asume, sobre todo, que lo que importa en el guión es la tensión de pruebas sucesivas a las que sobrevivir y que lo demás es puro maquillaje conceptual basiquito: el malo de manual, la eterna cacería amañada, las charletas morales de Goldblum... Pegamento rápido. 

El espectáculo lo ponen los dinosaurios, la parejita de estrellas y la niña. Bayona cumple en esto con solvencia siglo XXI. 

Pedir más es del Jurásico, de donde yo procedo. 


viernes, 15 de junio de 2018

Irrepetibles. Primera entrega.

Un apartamento vacío, un cincuentón desgarrado, una esposa muerta, una pijita kamikaze, un novio irritante, y París.

Cuatro talentos demoledores en acción: Bernardo Bertolucci, Vittorio Storaro, Gato Barbieri y Marlon Brando para la película europea más legendaria de los 70.
Irrepetible.

No sólo porque la pareja sin nombre no se pueda reinventar con otros rostros, otras voces y otros cuerpos. Fundamentalmente, es porque no hay cojones.


Hace cinco años que se fue una de las pocas estrellas internacionales legendarias que ha tenido el cine español en el siglo XX.

Recuerdo el In memoriam de los Oscar de ese año (que corresponde siempre al año anterior): Se olvidaron de ella sin que nadie lo comentase.

Había hecho tres películas en Hollywood y cocinado huevos fritos para todos los que contaban entonces en el negocio (Brando, Garbo, Gable, Dean, Sinatra, Fonda, Liz Taylor, Hitchcock), después de ser una imprescindible del cine mexicano en su mejor época y antes de convertirse en la actriz española cuya sola presencia garantizaba el éxito de melodramas y musicales que no envejecieron bien.

A pesar de ello, su popularidad fuera de España fue colosal. En el Festival de Venecia, al que acudió acompañando a Anthony Mann (él estrenaba película, ella no), causó tal revuelo que al director no le ponía atención ni Dios y recomendaron a la actriz quedarse en el hotel para que la promoción funcionase. En Francia hubo estrenos que se pospusieron (incluyendo uno de Brigitte Bardot en su apogeo o El puente sobre el río Kwai de Lean) para no competir con títulos protagonizados por la manchega.

Y cuando expuse un retrato suyo en el Instituto Cervantes de Moscú, junto a ilustraciones de Bogart, John Wayne, Ava Gardner, Faye Dunaway, Connery, De Niro o Eastwood, pocos reconocieron a las estrellas norteamericanas a las que no habían tenido ocasión de admirar hasta que Rusia dejó de ser la URSS.

Pero todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, identificaron a Sara.
Nuestra indómita.


Su década prodigiosa fue del 65 al 75 del siglo pasado. Antes y después tuvo tiempo de más de lo bueno, pero fue ese periodo el que lo encumbró a la quintaesencia de lo cool. Corría que se las pelaba, levantaba esposas a los magnates aún a riesgo de reventar su carrera, vestía como ninguno, interpretaba bien, sonreía hacia el sol con mucha clase. Y tenía un carácter endiablado.

Todo eso da igual, basta con verle coger una escopeta de carril y cerrarle el camino a quien toca, antes de continuar La Huida.

Peckimpah le dio algunos de sus mejores papeles, claro, pero no fue el único.

Cuando veo disparando a un actor estadounidense del nuevo milenio, echo de menos a Steve.


Anna y Renzo, Sophia y Marcelo. Una pareja eterna. Un cine grande en Europa. Un descapotable italiano. Un sol mediterráneo. ¿Para qué más motivos?


John Wayne era un conservador irredento, pero a los amantes del buen cine (con un ideario u otro), nunca nos importó gran cosa. Cuentan que una vez se cruzó con Paul Newman en un comedor de los Estudios y le dijo al de los ojos azules, militante demócrata: “tus cosas en la política van mal ¿eh, Paul?”. Newman le contestó: “¿cómo demonios van a ir, si los mejores están en el otro bando?”. En fin, que había admiración antes que sectarismo. Newman también llegó muy alto (ya era una estrella cuando le tiró el piropo al de Iowa), pero conocía de sobra la talla profesional de Wayne. Negarle méritos era estar ciego. 

El gigante “feo, fuerte y formal”, como pidió que le describieran en su lápida mortuoria, fue actor favorito de Ford y eso le permitió protagonizar un puñado de obras maestras. Eso y su talento, por supuesto. La diligencia, Hombres intrépidos, Fort Apache, Tres padrinos, La legión invencible, Río Grande, El hombre tranquilo, Centauros del desierto, Escrito bajo el sol, Misión de audaces, El hombre que mató a Liberty Valance… Menuda lista. Pero la podemos enriquecer con las joyas que hizo para Howard Hawks: Río Rojo, Río Bravo, El Dorado, Hatari. Y el regalo oscarizado de Henry Hataway, Valor de Ley. En la mayoría de ellas, Wayne hizo de pistolero o cowboy de western, con o sin estrella, hasta la casi identificación del actor con el género. Pero basta el momento irlandés frente a la chimenea, abrazando a Maureen O´Hara con los ojos fijos en el fuego, para saber lo que un gran actor es capaz de expresar, aún sin revólver.

Pues eso, amigos: un recuerdo desde aquí para el Duque, y para la actriz que más le quiso, dentro y fuera de la pantalla, la pelirroja Maureen.


jueves, 14 de junio de 2018

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool


Un argumento sencillo, no demasiado original, afinado por un guión muy inteligente, cuidadoso, una puesta en escena estupenda y un reparto fantástico. Así se hace una buena película.

Annette Benning, una de las pocas actrices de su edad que sigue encontrando papeles de altura, da un verdadero recital de fragilidad y entereza, divismo y humanidad, según toca. En esta ocasión, por vez primera, el espectador no rabia al ver a otra actriz encarnar a una estrella del pasado, para el caso Gloria Grahame. Es mérito de Annette, por supuesto, aunque quizá le ayuda hacer de una estrella que, aún siendo real, limitó su fulgor a poco más de una década lejana.


Grahame participó en varias obras maestras de los 40 y los 50 (Qué bello es vivir, En un lugar solitario, Cautivos del mal, Los sobornados, Deseos humanos), pero nunca alcanzó la categoría de mito de camiseta.

El chaval, ya no tan chaval, Jamie Bell, se pliega al oficio de la dama con absoluta devoción, lanzándose a tumba abierta con acierto. Su desparpajo, suspicacias, confusión y pena arrasan al espectador. Julie Walters o Vanesa Redgrave, las madres de los amantes, juegan hace mucho tiempo en otra liga, esa en la que les basta estar para dominar la escena.

Las estrellas de cine no mueren en Liverpool dura 106 minutos incluyendo los créditos, pero podría durar igualmente hora y media a toda potencia. Su romanticismo late genuino y gracias al “bardo” (obviamente el de Stratford) consigue un momento bellísimo sobre las tablas de un teatro vacío. No es la única escena para quitarse el sombrero, aunque sí la culminación de esta historia sencilla, sentida, probablemente tramposa, pero auténtica en pantalla. En el cine, es lo único que importa.