domingo, 4 de noviembre de 2018

The Haunting of Hill House



Ojo a la tópica casa encantada en la que una familia de recién llegados se entera de lo que vale un peine antiguo. Porque de algo tan manido se puede elaborar una serie elegante, pausada, atmosférica, segura de sus bazas.

The Haunting of Hill House tiene un reparto impecable, preciso en todo momento, fulgurante cuando la secuencia lo pide y un texto elaborado, que se demora en los detalles que requieren atención.

La casa encantada es un hallazgo, en el que no se sabe qué méritos pone la dirección artística y cuáles son de la localización misma. Pero la vida fuera es igual de escalofriante y desoladora.

Otro punto fuerte son los manejos del tiempo, el presente y los pasados más lejanos o más próximos, en diferentes espacios, siempre al servicio de la narración y sus claroscuros, no para embarullarla gratuitamente.  


En cuanto a los fantasmas, se utilizan con lógica interna y en los sustos que el género obliga, con astucia y moderación. Es preferible subir la tensión en las esperas que darle un calambrazo al espectador cada dos minutos. Lo que mejor funciona es no saber cuándo sucederá qué. Pensar en momentos sucesivos que el efecto va a llegar y que llegue cuando te has entregado a la historia personal de los Crain.

Porque eso es lo esencial de esta serie: La historia de los Crain, en la que Hill House se erige en perfecto contenedor de los miedos, debilidades y querencias de una familia condenada a pasar las de Caín, en la casa y fuera de ella. Hay maldiciones que vienen de fábrica, sólo necesitan el lugar idóneo en el que florecer.

De la inteligencia esmerada de esta serie y de su director-guionista Mike Flanagan, basta el capítulo seis, un modelo de efectividad narrativa y técnica en la que los intérpretes se tiran las verdades a la cara en medio de un velatorio.

Que no hagan más temporadas. Que no caiga sobre esta joyita la maldición de Netflix.  


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