
viernes, 16 de septiembre de 2011
Del amor y otros demonios

viernes, 9 de septiembre de 2011
La piel que habito o la naturaleza del escorpión

jueves, 8 de septiembre de 2011
El mes que habito
Leo que el nuevo filme de Pedro Almodóvar, 'La piel que habito', ha sido la segunda película más vista durante el pasado fin de semana (su primero), y se sitúa solo por detrás de 'Cowboys contra Aliens' y por delante de otros títulos como 'Super 8', de J.J. Abrams y Spielberg, 'Phineas y Ferb' o 'Destino final 5'.A ver, que sabemos que Almodóvar y su equipo son auténticos magos de la promoción. Y que esa promoción es cada vez más sencilla pues, publicidad aparte, todos los medios de comunicación se hacen eco de sus estrenos y quieren entrevistar al director o al reparto cuando llega la semana clave, la de su llegada a las salas (*Antes tenía más mérito aparecer en los papeles, pero ahora se trata de la figura internacional española más conocida del planeta que no se dedica al deporte. Lo que, dicho sea de paso, también es mérito suyo).
De lo que yo quería hablar aquí y ahora no es de su éxito, ni de la película en concreto (la dejaremos para un post aparte), sino de cómo se encarama a los puestos de cabeza en taquilla y frente a qué títulos. En definitiva, sobre la habilidad –que no sé en quién recae exactamente- de estrenar a primeros de septiembre, cuando la mayor parte de los blockbusters de verano llevan semanas en cartel y hace tiempo que han decaído en interés, y los que se estrenan para los últimos días sin cole tienen un público preferente de menores de 16 años. Cuando fuera del circuito de versión original no hay más que secuelas, precuelas y adaptaciones de cómic. Y para personas con alguna otra inquietud apenas sobrevive la de Woody Allen, una de bodas y amigas, una de cazanazis y la de los bomberos ligones.
En esa tesitura, Almodóvar propone otra cosa y tiene todo el espacio libre para hacerlo con éxito. El “nicho de mercado” que él ocupa está completamente vacío en este mes de reentré donde los cines parecen obstinarse en poner las últimas sombrillas playeras mientras cambia el tiempo y la gente deja de bañarse.
¿No hay ninguna película española lista para estrenar, que no sea la comedia romántica o burra (o ambas cosas) de turno, en la primera quincena de septiembre? ¿A qué esperan sus distribuidoras? Cuando las dos o tres que compiten en San Sebastián salgan a la palestra, el cine norteamericano las enterrará con una nueva oleada.
Para entonces, Almodóvar llevará medio millón largo de espectadores con La piel que habito. El Deseo debería dar cursos de marketing cinematográfico. Tendría –también- un éxito atroz.
lunes, 22 de agosto de 2011
Ser o no ser
Desbaratando esta armoniosa vida de artistas irrumpió el nazismo. Y el actor que interpretaría a Hitler en la comedia Gestapo no pudo defender su parecido físico con el Führer ante el patio de butacas. "Para mí no es más que un hombre con un bigotito", dirá el director de la compañía, pero lo cierto es que al poco tiempo se han suspendido los ensayos porque hay un jefe de la auténtica Gestapo en Varsovia, apodado "campo de concentración Ehrhardt", y traidores a la nación como el profesor Siletzky, dispuestos a delatar a los familiares de toda la escuadrilla polaca.
Con ese barro dramático, Lubitsch compuso un tratado alternativo (y anterior) al de Mankiewicz sobre el arte de fingir, donde tampoco las cosas son lo que parecen, pero por diferentes motivos: Aquí la infidelidad se transforma en suerte, la farsa se convierte en valentía y lo trágico se reafirma en la comedia.
Lubitsch sabía que por mucho nazismo que azotase a Europa "no hay por qué menospreciar una carcajada". Por eso hay que reír y emocionarse con estos personajes, en su mayoría mezquinos y entrañables, que pueden al mismo tiempo quererse y hacerse burla, pero también salvarse los unos a los otros, dar implacable caza a su enemigo o escupirle las palabras de Shylock (el judío de El mercader de Venecia) a la plana mayor de Hitler en su misma cara.
Una vez le oí explicar a Garci un viejo ejercicio de cinematografía comparada para distinguir los niveles posibles de genio, que tiene como protagonistas a Wilder y a Lubitsch. En la secuencia de Wilder, un camión de riego enfilaría una calle de París donde una pareja se besa apasionadamente. El camión los mojará al pasar, pero los amantes seguirán besándose, abstraídos completamente en su pasión. Es un recurso ingenioso y contundente que Wilder puso en práctica en Ariane (1957) para describir el plus de romanticismo que se le atribuye a esta ciudad. Con esa misma secuencia, Lubitsch habría tomado el punto de vista del conductor del camión que se dirige hacia la pareja; antes de alcanzarla, el conductor detendría el riego y, una vez rebasados, volvería a accionarlo para continuar su trabajo sin que los amantes advirtiesen nada, abstraídos como están en su pasión. El genio en grado sumo. Ser o no ser Lubitsch.
Si esa capacidad para “el toque” se aliña con Shakespeare y Ana Karenina, con la infidelidad y la duda, con los celos profesionales y amateurs, con la suplantación al mismo tiempo cómica y heroica, con la escalofriante estupidez del nazismo y con un chiste de quesos, se obtiene una comedia a la que sólo Wilder sería capaz de acercarse cambiando a "Schultz!!!" por "Vinstoc!!!" y a la sofisticada rubia Lombard por la exuberante rubia Monroe.
Siempre que voy al teatro a ver Hamlet, trato de averiguar si sus protagonistas son marido y mujer en la vida real, para levantarme al comienzo del monólogo. Por ver qué pasa. Por volver a Manderley.
lunes, 25 de julio de 2011
Hollywood en Colombia, o el realismo mágico de un trancón interminable

Hace un par de días bajé desde Bogotá a Villavicencio en “flota”. Cualquiera que conozca la carretera sabe de la inaudita belleza del paisaje, pero también de lo que pueden durar esos 90 kilómetros entre obras de ampliación, retire de derrumbes, filas sin fin de tractomulas y los accidentes en el túnel de siempre que interrumpen el tráfico y forman el mítico trancón colombiano.
Ante los imprevistos más que previstos, ahí estaban los vendedores ambulantes de gaseosa, arepa, chorizo y roscas para resolver el hambre y la videoteca del conductor para dar entretenimiento al pasaje. Menú cinematográfico 100x100 gringo que me hizo pensar una vez más sobre el absurdo milagro de su supremacía en cartelera.
De primer plato tuvimos que ver Imparable, la última de las películas que últimamente perpetra Denzel Washington con la dirección entusiasta y desmelenada de Tony Scott, aquel tipo que durante un tiempo fue llamado el hermano listo de Ridley. La cosa va de un tren sin maquinista y sin control que avanza con unos vagones llenos de material tóxico e inflamable camino de grandes poblaciones norteamericanas. Y de un par de obreros del ferrocarril, el veterano y el recién llegado, que van a demostrar cómo las políticas laborales estilo Reagan no funcionan en los estados de emergencia. El guión, más rutinario que un viaje en tren de cercanías, alcanza su cénit en las confesiones personales de uno a otro cuando se acerca el momento de enfrentarse a la prueba definitiva. Ya os podéis suponer que la esposa enfadada verá a su marido heroico por televisión y lo hará con su hijito, no faltaba más, para reunirse los tres en perfecto abrazo al final de la aventura. Y también que Denzel encontrará en la voz al otro lado de la radio a una guapa mujer negra dispuesta a rescatarle de su varonil soledad.
Y todo esto, mientras seguíamos parados en mitad de la montaña, imparables.
Como la cosa había estado dramática, la siguiente fue dramáticamente cómica. Dos canguros muy maduros es un título que lo dice todo, aunque el original en inglés fuese Old dogs, que en este caso debiera traducirse por viejos gilipollas. Lo podemos resumir en una línea del Chicago Sun Times, que he cazado en filmaffinity y que la califica como pasmosamente tonta. ¿En qué estaban pensando John Travolta y Robin Williams? Imagino que en el cheque, pero llamarle tonto a ese argumento, a su puesta en escena y a la interpretación de dos actores de semejante renombre (aunque desigual carrera), es ser muy piadosos. No había visto una cosa tan vergonzante en mucho tiempo, y os juro que seguir aún en mitad de la montaña no tenía nada que ver, porque empezábamos a avanzar carretera abajo.
Para celebrarlo, el tercer título muestra del creativo y deslumbrante Hollywood de la década del 2.000, fue Os declaro marido y marido, de Adam Sandler y Kevin James. No hay nada como un autobús de línea para ponerse al día en asuntos de la condición humana, porque la manera de tratar la peripecia de dos amigos bomberos que se ven obligados a pasar por pareja homosexual es de una sutileza e ingenio a prueba de sordos. En Colombia no sé, pero a buen seguro que realizándose en España habría generado El día de la indignación gay y un nuevo debate sobre la utilidad de las subvenciones públicas al cine español. En definitiva, que entre la ínfima calidad de los chistes, la penosa moralina, el antiactor Sandler y la ruta a Villao otra vez parada a quince minutos del último túnel, empecé a pensar sobre cine forzoso y público indefenso. O cómo estas cosas pueden estrenarse hasta en los autobuses de las carreteras más exóticas cuando las películas simplemente mediocres de nuestros países de origen no va a verlas ni Blas, caso de que se estrenen en el multicine que reserva dos salas para la del tren imparable (la sala grande y la de 3d), otras dos para los canguros memos y un par más para la del cómico de brocha gorda. Y en cuál es el motivo por el que se ha llegado a semejante escenario, copado por productos norteamericanos de fórmula, a menudo de muy baja calidad, en detrimento de cualquier otro cine, bueno o malo, pero autóctono o al menos rodado en el idioma propio, ese con el que cada cual reza y blasfema cuando va en autobús.
Hay quien dice que la gente prefiere este tipo de películas porque no hacen pensar. Sin entrar en que ese efecto sea o no beneficioso para el alma, lo cierto es que a mí me hacen pensar demasiado. Por ejemplo, en que puestos a consumir comida rápida prefiero una arepa colombiana o un bocadillo de tortilla española a una hamburguesa de franquicia en la que hasta la lechuga sale del congelador ya troceada y la salsa se produce en una fábrica junto a los antiguos estudios de Hollywood, hoy en derribo. Si sólo necesito quitarme el hambre y “no pensar”, al menos ese menú alternativo me ofrece gracietas más familiares y actores más cercanos (gran ventaja, porque se critica con más placer la película de un compatriota, ¿lo habéis notado?).
Para entonces, la flota entraba en Villavicencio. Habíamos llegado al Llano justo a tiempo de perdernos la cuarta película del dia, aquella joya del amigo Jean Claude que ha tenido tres secuelas a cual mejor, titulada Soldado Universal. La pusieron cuando aún no sé veía el final del trancón y los viajeros pedían “una para niños”. Creo que fue el mejor gag en siete horas de pésimo cine y arrollador paisaje.

lunes, 18 de julio de 2011
Casablanca

Allí, claro, todo el mundo iba a Rick´s, el Café americano donde el primer banquero de Amsterdam ejerce como pastelero de su restaurante, aunque nadie parece comer en Rick´s, sólo beben y fuman sin parar. Y entre banqueros holandeses arruinados, camareros rusos, guitarristas españolas, francesas enamoradizas, soldados alemanes e italianos, refugiados checos, contrabandistas portugueses y resistentes húngaros y noruegos, se tomaba su tiempo en las jugadas, trago a trago, Rick Blaine, un hombre con una herida y un pianista cuya mejor canción está prohibida en el local.
Las leyendas entorno a esta película podrían llenar todo Culturamas. Su extraño proceso de guión, que mezcla el talento de los Epstein y deHoward Koch con las soluciones de Casey Robinson y los chistes privados del reparto; el desconcierto de Ingrid Bergman (“¿estoy enamorada de Lazlo o de Rick?”, “aún no lo sabemos, interpreta algo intermedio”); la furibunda manera de dirigir de Curtiz, que despedía a los figurantes gritando: “Muévete hacia la derecha. Más. Más. Ya estás fuera de la película”.
Bogart, pasados los 40 años, iba a convertirse en el actor más famoso de América con su integro cinismo, su sentido de la amistad y su capacidad para el sacrificio romántico. Gracias a un argumento que ahora parece sencillo: Un antiguo amor huyendo de la guerra reaparece en el bar que regentas en Casablanca. Te dejó plantado sin explicaciones y ahora es la esposa de un héroe de la resistencia que necesita salvoconductos para llegar a América. Pero no sólo te rompió el corazón, sino que además jura que aún te ama. Aunque necesita los salvoconductos, sabe que los tienes tú y eso pone en duda cualquier declaración. ¿Le darás los salvoconductos para que se salven y sigan juntos? ¿Los usarás para fugarte con ella entregando a su marido a los nazis? ¿Le ofrecerás un salvoconducto a Lazlo a cambio de su mujer?
Y desde el punto de vista de Ilsa ¿Te marcharías con Lazlo, al que quieres, o te quedarías con Rick, al que amas? Un penique por tus pensamientos, cinéfila de Manderley.
Porque Bogart era un actor contundente y cuajado que podía llevar smoking de chaqueta blanca y resultar atractivo y amenazador, binomio letal con las mujeres de mundo. Pero Paul Henreid, además de distinguido y vienés, era cuando aceptó el papel de Lazlo más estrella que Bogart. Y tenemos que admitir que la secuencia en la que ordena a la orquesta del bar que toquen La Marsellesa es, aún hoy, más emotiva que aquella en la que Rick le pide a Sam tocar otra vez As time goes bye.
El piano y la voz de Wilson ponen alas a un flasback de lo que Rick e Ilsa tuvieron en París. Pero el himno francés, sin salir del Café, saltando de un intérprete a otro en un encadenado de planos insuperable, conmueve hasta los huesos cuando aplasta poco a poco las canciones guerreras de los soldados alemanes, mientras Ilsa brilla orgullosa de su marido sin saber que es Rick quien le ha concedido a su rival esa oportunidad que va a costarle el cierre de su local.
Esa es la grandeza de Casablanca (1942). Cada escena, cada personaje, central o episódico, fumándose los miedos y emborrachándose de pasión, esperanzas o rencores, viven inmersos en un dédalo de sub-tramas que siempre acaban en Rick, en Ilsa y en Lazlo. La rijosidad de Renault, la habilidad del croupier, las desventuras de los refugiados, el valor de sus jóvenes esposas, el misterioso escondite de los salvoconductos,… todo gira alrededor de “tres pequeños seres en este loco mundo”. Y esos seres son capaces de humillar y de amar, de sincerarse y de mentir, de matar y perder, sabiendo cuando el avión despega que no hay mejor paraíso que el paraíso perdido.
Lo vamos a dejar aquí. Es el momento de tomarme un trago. Ojalá Rick´s siguiera abierto.
domingo, 3 de julio de 2011
Blackthorn

