miércoles, 19 de enero de 2011

No controles


De los creadores de… (póngase un título de éxito) suele ser un reclamo publicitario en los carteles que a mí me da un poco de prevención aunque reconozco su eficacia y legitimidad. Pero obliga al espectador de ambas películas –la que se estrena y la que ya se estrenó- a la comparación forzosa. Y esta nueva película de Cobeaga, con su guionista y su productor habituales (es decir, los creadores de) es una propuesta muy diferente a Pagafantas, aunque comparta con ella consignas que parecen formar parte del estilo del equipo.

No controles es una comedia mucho más clásica en su concepción que la historia del enamorado sin esperanza obligado a hacer de amigo-hermano de su objeto de deseo. Aquí, el protagonista masculino consiguió a la chica, aunque la ha perdido, y hay pocas dudas de que después de algunas peripecias más o menos afortunadas, ridículas o ambas cosas, logrará recuperarla. Ya digo, esquema clásico, y –eso sí- algo más de piedad con el personaje.

Con todo, no sé si por la novedad que supuso Pagafantas, me parece que el cóctel de aquella estaba mejor mezclado. No controles cuenta con algunos personajes auténticamente certeros, en especial el Juancarlitros del estupendo Julián López, y momentos de comicidad brutal (grandísimo el gag del chupetón). Pero el ritmo, ese intangible que le da la vida a las buenas comedias, no llega a mantener su brío como pide un vodevil con aviones. Parece una paradoja, pero quizá el guión, el montaje o la puesta en escena tenían que haberse “controlado” menos.
Aún así, Cobeaga es una apuesta segura de entretenimiento, algo que parece obvio en esto del cine, pero que no resulta fácil cuando todo el mundo quiere dárselas de autor total. Cobeaga prefiere hacer equipo y por eso le sale bien hasta la que no le sale tan bien.


lunes, 17 de enero de 2011

El discurso del Rey: mi reino por un logopeda.


"No somos dioses, pero somos ingleses que es casi lo mismo"
(Michael Caine en El hombre que pudo reinar)



Desde hace décadas, el cine inglés tiene dos filones que le pertenecen por entero y de los que extrae la mayoría de sus grandes películas recientes: el género de “tragicomedia urbanita post-Thatcher” y el género histórico-nostálgico sobre los tiempos del imperio (preferentemente desde el reinado victoriano hasta Ghandi).

El discurso del rey pertenece a esta última categoría y, como no podía ser de otro modo, cumple con escrúpulo sus tres reglas primordiales: ambientación impecable, libreto fino e interpretaciones arrebatadoramente británicas (incluida la del australiano). Colin Firth, Helena Bonham Carter y Geoffrey Rush aprovechan la ocasión para mostrarnos todo lo que saben de su oficio al interpretar a Jorge VI, su esposa y su logopeda con la ironía controlada que se les presupone a los anglosajones de buena casta.

Y frente a ellos, una Inglaterra dónde su carácter de imperio ha quedado casi en formalismo y una Europa amenazada por la ambición alemana. Y un discurso. Un discurso con el mensaje más difícil que se puede trasladar a una nación, para ser pronunciado por un tartamudo.

Con semejante argumento, la realeza británica como microcosmos dramático y la inteligencia necesaria para aderezar el escenario de familiares y políticos sin abarrotarlo, el director ha construido una bonita historia inglesa al académico modo, de las que pescan premios y gustan al público de todo el mundo. A lo mejor los hermanos Weinstein, productores que parecen también de otra época, tienen algo que ver en lo acertado de la fórmula. Pero al espectador le traerá sin cuidado. Porque ésta es una película de fórmula que no parece de fórmula, sino de emociones.

Emociones inglesas, quién lo iba a decir.

lunes, 3 de enero de 2011

The Tourist: La Nines en Venecia


Seguramente el autor de la maravillosa La vida de los otros quiso aprovechar una ocasión única –y muy rentable- de experimentar El cine de los otros, con la esperanza de enamorarse de su aparentemente ilimitada libertad… presupuestaria. Si no, no se entiende.

Aunque me gustaría pensar que la intervención de excelentes cineastas extra-hollywoodienses en la industria de la “Meca” no es una operación americana de fichaje y desactivación de posibles competidores (siempre los contratan para hacer secuelas, remakes y otros truños de grueso calibre), sino una técnica secreta del cine europeo para torpedear la calidad del cine made in USA. Como Wikileaks no lo aclara nos quedaremos con la duda.

Es en cualquier caso inaudito que una combinación que reúne a Henckel Donnersmarck, Johnny Deep, Angelina Jolie y Venecia ofrezca un resultado tan pedestre. En otros tiempos, los directores europeos que aterrizaban en Hollywood hacían cosas como Rebeca, El apartamento, Los sobornados, Casablanca, Ninotchka… Pero eso es del siglo pasado. Aquí y ahora lo importante es facturar un producto vistoso con buenos argumentos de venta: pareja de superestrellas, escenario mítico, director de prestigio y promesas de intriga a la antigua usanza servidas en un trailer milimétricamente calculado. The rest is silence. O lo que es lo mismo, el guión cumple como una hamburguesa: sólo necesita matar el hambre y dejar el sabor de unas salsas de sobre hasta que sales del multicine.

Aún así, como a los menús de este pelaje hay que añadirles algún juguete que enmascare su pobreza, la película se redondea con una trampa de casting, algo que parece haber puesto de moda el visionario Scorsese en su isla-persiana y que seguro que hará escuela.

Finalmente, lo único que le queda al turista (el espectador en la sala, Henckel Donnersmarck en el rodaje) es disfrutar de la visión de la Nines paseándose por Venecia. Ninguna de las dos actúa, pero ambas están bellísimas.

jueves, 30 de diciembre de 2010

penúltimo cartucho 2010


Dice un titular de los de fin de año que lo más comentado en twiter durante el 2010 ha sido el Mundial de fútbol, Justin Bieber y la película Origen.
No vamos a entrar en que sería más esperanzador que hirviesen las redes por Haití tras el terremoto, por los mineros de Chile o por el nivel de paro juvenil de los países en crisis.
Pasemos por alto que no tengo la menor idea de quien es Justin Bieber, lo que debe significar que después de los cuarenta la mayoría de las celebridades nuevas dejan prácticamente de importarte.
Y reconozcamos la trascendencia del Mundial como catalizador de pasiones patrióticas y espectáculo total que aúna publicidad, música, carnaval, mitomanía y deporte globalizados. Más aún si gana la Roja, je.
Pero lo de Origen escapa a mi comprensión. Nolan tiene mucho talento, de eso no hay duda. Y nunca hace películas que se salten el sagrado principio de entretener. Además, las concibe casi siempre como un rompecabezas en acción, lo que fomenta el debate sobre sus detalles más significativos. Pero Origen se limita a ser un suntuoso espectáculo de demolición urbana, persecuciones y tiros barnizado de metafísica palomitera. Conseguir el récord de comentarios en twiter –a costa, supongo, de cuánto hay de sueño y cuánto de real en cada “capa” de la película- dice no pocas cosas del mercado cultural en que vivimos.

¿Habrá alguna vez una película española con ese nivel de penetración "internetera"? ¿Será tan vacua y vistosa como Origen?

martes, 28 de diciembre de 2010

Qué bello es vivir




Anoche soñé que volvía a Manderley...

La víspera de Nochebuena una gran campana volteó en la pantalla antes de que el nombre de la productora Liberty films apareciese sobreimpreso y diera paso a una sucesión de clásicos tarjetones navideños, por los que desfilan los artífices de la película más conmovedora de los diciembres occidentales desde que nació la televisión y un milagro permitió durante décadas emitirla sin pagar derechos.

Hace 65 años, cuando el invento del cine no tenía medio siglo y la TV estaba en pañales, un director llamado Frank Capra decidió empezar su película más realista saltándose todas las reglas de la verosimilitud que imaginarse puedan. Porque, tras unos planos de pueblo nevado del que parten un sin fin de oraciones por un tal George Bailey, Capra nos lleva directamente al espacio sideral, donde dos constelaciones que representan a San José y al mismísimo Dios hablan de ese hombre por el que todos rezan. Para ayudarle en un instante de suprema desesperación personal enviarán a un relojero –como es lógico, ya fallecido- aspirante a ángel, al que contarán primero la vida de George Bailey. ¿Alguien da más? El mismo Capra, porque en realidad la historia sólo ha empezado y una serie de flash-backs descubrirán la prodigiosa e irrefutable verdad de ese hombre que encarna con bondad y fiereza el gran James Stewart.

“Creía que un drama era cuando llora el actor, pero la verdad es que lo es cuando llora el público”, escribiría Capra en sus Memorias muchos años después. Y tenía razón. Parece mentira que un tipo como Bailey, alto y cordial, que fuma en pipa y lleva sombrero, al que desde niño le gustaban la aventura y las mujeres bonitas, tuviera que condenarse por mero sentido de la responsabilidad para con los suyos a vivir en una población que jamás saldrá del blanco y negro. Pero lo potente del guión y de su puesta en escena es que el mundo está lleno de tipos así, incluso ahora, cuando ya no se lleva el sombrero y apenas si se puede fumar. Lo que pasa es que nadie tiene la oportunidad de ver el valor de sus sacrificios en vivo y en directo y presta poca atención a las ocasiones que lo muestran con mayor frecuencia de la que creemos. Porque es más fácil fijarse únicamente en los desagradecidos y verle a la ciudad aspecto de Pottersville. Ese es el verdadero drama y el público lo sabe.

George Bailey, tan humano como cualquiera, es un hombre atrapado en todo aquello que no tiene más remedio que hacer, casi siempre a su pesar. Y por si esto fuese poco, hacerlo mientras se defiende del avaro Potter, que intenta corromperle o destruirle una y otra vez. Afortunadamente tiene a Mary y a sus hijos. A su madre viuda y a su brillante hermano pequeño. Al viejo tío Billy y a sus mejores amigos, el policía y el taxista. Y un montón de gente a la que viene sirviendo sin otra ambición que marcharse a conocer un mundo lleno de “Pottersvilles”. Incapaz de darse cuenta de que su ciudad nunca será un Pottersville porque él no ha permitido que lo sea. Y que por eso es George Bailey “el hombre más rico de la ciudad”.

Sólo hace falta seguirle en su peripecia, antes incluso de la oportunidad que le ofrece Clarence de conocer la vida de los suyos si él no hubiera nacido, para comprender el auténtico valor de un hombre. Es decir, que anoche la película volvió a producirme el mismo efecto de siempre, el mejor que puede experimentarse en Navidad: Al terminar de verla soñé que todos los Pottersville podían ser Bedford Falls.

jueves, 23 de diciembre de 2010

jueves, 9 de diciembre de 2010

Por ser como eres

Excelente cortometraje de Fernández Armero. Esa actriz tiene madera. Lo hace todo, en un par de minutos y a capela. Ojo a su papel en la nueva de Cobeaga (el director de Pagafantas)