Para recuperarme de los
exorcismos papales en los que chapoteé durante la Semana Santa, decidí regresar
al siglo XX, mediados, y a Lang. Lo hice buceando en una plataforma, en la que
di con Más allá de la duda y Mientras Nueva York duerme, ambas vehículo
para Dana Andrews en los años
cincuenta, cuando Fritz estaba a punto de dejar la industria de Hollywood.
Antes de nada: ¡qué fotografía! Qué
frescura, qué manejo del blanco y negro más ajustado al ambiente de la narración.
Todo falso, nítido e impecable. Al servicio de guiones precisos y diáfanos,
incluso en sus trampas.
Más allá de la duda tiene una estupenda premisa para contar un caso de asesinato (colocar pistas incriminatorias en vez de ocultarlas), y una causa al fondo por la que el film no se decanta, ni a favor ni en contra. Lang cuenta lo justo y a toda marcha, quizá para evitar que pensemos en dos grandes fallas de guión que en una película de Netflix no importarían, pero sí en un clásico como éste. Sin entrar en demasiado detalle, hay un silencio impensable por parte de los conspiradores y una revelación última que hace bastante inverosímil casi todo el comportamiento previo de Andrews. Una lástima, porque sólo con asignarle la iniciativa al personaje adecuado se hubiesen resuelto de sobra esos puntos débiles.
He aquí, por ello, una narración
que encajaría perfectamente en los parámetros de hoy, en cuanto a credibilidad
del conjunto. En la actualidad, se limitarían a disfrazarla con un mayor aparataje técnico y
escenográfico, color y actores a la moda. Despojándola así, por cierto, de todo
su encanto Lang.
Mientras Nueva York duerme
es otra cosa. También la prensa está metida en el ajo y Dana Andrews
protagoniza el lío. Pero en ésta apenas rechina una coincidencia domiciliaria, supongo
que impuesta por costes de los decorados.
En cambio, está magníficamente
armada la trenza entre el caso criminal y la competición de periodistas para
dar con el culpable y apuntarse el tanto ante el gran potentado de los medios.
Mi desconcierto en este clásico
indiscutible fue otro: descubrir que, con el paso del tiempo, la percepción que
tengo del ritmo ha ido cambiando de forma notable. Ahora, detecto falta de agilidad
en planos de películas que antes me parecían transcurrir a la velocidad
adecuada. Lentitud donde no la había.
Va a ser cosa del exceso de
smartphone, donde se esconde el maligno. Yo creo que El exorcista del papa 2
podía ir por ahí.
Está bien eso que dices: a lo mejor la lentitud no está en la película sino en la sensación del espectador contemporáneo acostumbrado a otros formatos, extensiones y ritmos. Si te ocurre a ti, alguien curtido en muchos tipos de cine, imagínate a las nuevas generaciones.
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