lunes, 19 de enero de 2026

La cena y Mediterráneo: dos guiones simples pero eficaces

Hace menos de una década, hubiera prevalecido la calidad de las narraciones frente al sesgo ideológico de quién las ve y escucha. O quizá no. Quizá siempre hubo sesgo pero antes importaba menos. Hoy por hoy, es difícil ver películas como estas sin maliciarse subvenciones interesadas en ambas por diferentes conceptos.  Lo de la batalla cultural y demás mierdas del día a día por donde cruza errante la sombra de Caín.

Habrá quien no quiera disfrutar de una comedia bastante lograda como La cena (del resucitado Manuel Gómez Pereira). No porque no sea disfrutable, sino pensando en que debió obtener fondos del "año Franco" del gobierno para conmemorar su muerte natural (una decisión, por cierto, que merece otra comedia). 

Y es una lástima no pasarlo bien con esta película, porque resulta muy refrescante en general y cuenta con un personaje central magnífico: el maître del Hotel Palace, interpretado maravillosamente por Alberto San Juan, que da perfectamente comicidad, dolor, miedo, heroicidad o patetismo según toque, a veces en una misma secuencia. Mario Casas dándole la réplica está correctísimo y los secundarios, especialmente los mas veteranos, son tan solventes como siempre lo han sido en nuestro cine. Te los crees con nada que vistan y hagan. Gracias al tono de la historia, funciona incluso Asier Etxeandia como falangista abyecto, ese cliché inevitable, convertido para la ocasión en caricatura de un terror casi mitificado. 

Yo solo hubiese prescindido de un par de subrayados obvios, por completo innecesarios, pues todo se deduce con facilidad sin meter una frase de más. Esa a la que el guionista español rara vez se resiste, para que no quede duda de cómo las gastaban los profesionales de la guerra, los oportunistas, los soplones o los dictadores, sobre todo en aquel momento de nuestra historia cada vez menos reciente. Pero no se puede aspirar a Lubitsch o a Azcona en nuestra actual comedia. Sólo que deje de ser hiper-televisiva (como últimamente son), ya es un triunfo notable. 

Mediterráneo es otra propuesta de narrativa transparente y atinada, con un fondo que lo muy cafeteros considerarán irritantemente ideológico, a pesar de los esfuerzos que hacen el guion y los personajes por reducir el asunto a una cuestión eminentemente humanitaria y el aspecto administrativo a ley del mar: esa obligación moral ineludible de salvar al náufrago, sea quien sea, venga de donde venga. 

Pero esta historia cuenta el origen de Open arms, y con eso ya le basta a la política patria para arrojarnos ahogados a la cara. Nadie parece haber pensado que, por una vez, resulta reconfortante que sean los españoles de la película los que hagan a ciudadanos de otro país sacudirse la indiferencia ante lo intolerable.  

La crisis de refugiados sirios de 2015, muriendo a mansalva ante las costas de Lesbos, está contada a través de un puñado de socorristas kamikazes venidos desde Barcelona, en una película de nivel medio, de las que apenas se hacen en una industria tan polarizada en lo económico como en lo otro. 

Su único pero cinematográfico es Dani Rovira. No es que lo haga mal, es que es Dani Rovira. No te lo crees. Debería ser un actor descomunal para sobreponerse a su personaje monologuista, al chico con salero que funciona en comedias como Ocho apellidos vascos o Voy a pasármelo bien. Él cumple, en realidad, pero es más fácil creerse a Eduard Fernández nadando como una sirena y eso sí que es talento interpretativo. 

En cualquier caso, se hacen pocas películas así con resultado tan digno, otro pequeño triunfo.

lunes, 5 de enero de 2026

Rondallas

Daniel Sánchez Arévalo es un guionista de mucho talento y un director de menos. En ambas facetas le han salido películas redondas (Gordos, Primos, Diecisiete) y otras no tanto (Azul oscuro casi negro, La gran familia española). A veces, su brillantez en la escritura le juega malas pasadas, como en la serie de televisión Las de la última fila, donde las actrices -todas buenas- dialogan tanto y recitan tales parlamentos, que de tan perfectos y prolongados llegan a dar un tono artificioso o simplemente agotador a no pocos momentos de la serie.

Rondallas es lo último y es largometraje para la gran pantalla, acaba de estrenarse. Esta vez le ha quedado a Sánchez Arévalo una película magnífica, probablemente la mejor de las suyas. Cine popular y elegante a un tiempo, cómico y trágico, racional y emotivo, todo bien mezclado, con sentido del equilibrio y la proporción justa en cada ingrediente, algo nada fácil de hacer.

Como siempre, su casting es de una precisión pasmosa. Todos están muy bien. Tan bien que Javier Gutiérrez parece sacar adelante su personaje sin apenas esfuerzo, tirando de registros que conoce de memoria. Pero le siguen sin titubear Carlos Blanco como el entrañable Yayo, María Vázquez, siempre impecable, Judith Fernández (más y mejor protagonista a medida que avanza la película), Fernando Fraga en un papel dificilísimo, Marta Larralde, Marcos Pereiro, Xosé Touriñán... todos lo clavan. 

Mención especial para el personaje de Xoel y su composición por parte de Tamar Navas. El actor saca petróleo de ese guardia simplón y bondadoso, hermano-dependiente, que dirige a los abanderados de la rondalla.  

La película puede etiquetarse de cine familiar, inteligente, con buen gusto y al mismo  tiempo social sin turras. Su entorno vigués, oportunamente soleado cuando conviene, y esta forma de narrar la lucha en comunidad con sus baches y sus victorias parciales, me recuerdan al Robert Guédiguian de Las nieves del Kilimanjaro o títulos del Reino Unido como Full Monty y Tocando el viento

Pero todo, entorno, relato, actitudes y acento absolutamente nuestros, rezumando Galicia y España en su mejor versión, la que nos une en la búsqueda de la belleza y nos hace capaces de todo. 

No os la perdáis.

viernes, 2 de enero de 2026

Marco

Un año espectacular el 2024 de Eduard Fernández. Al 47 se sumó Marco. Dos papeles muy diferentes, encarados con una credibilidad pasmosa. Recuerdo el descubrimiento (prácticamente debut) de este actor en la pantalla grande con Los lobos de Washington. Ya entonces, la crítica profesional y la más afinada afición intuimos que un intérprete descomunal había llegado a nuestro cine. Y así era.

Fernández ha hecho de todo y todo bien, al margen de que las películas en conjunto saliesen mejores o peores. Pero basta revisar títulos como Smoking Room, En la ciudad, El método, Ficció, Alatriste, Tres días con la familia, Biutiful, Pa Negre, El niño, El hombre de las mil caras, Perfectos desconocidos (aquella conversación telefónica con la hija), Todos lo saben, Los renglones torcidos de Dios o las de 2024 para pasmarse ante la versatilidad del actor, que apenas necesita postizos para mimetizarse con el personaje y convertirlo en magnético.

Marco es la máxima expresión de ese talento. Unas entradas de más, un peinado, un tinte, un bigote y el maquillaje de edad. Bastan para fascinarse con el trabajo del actor, que te atrapa desde el primer momento y no te suelta hasta el final. La historia del simulador cazado tiene su mejor exposición posible gracias a este otro simulador cuya verdad parte de la mentira esencial del que actúa. Por eso el título completo de la película es Marco, la verdad inventada.

Una nueva maravilla de Fernández y los directores  Garaño y Arregui, artífices de Loreak, Handía o La trinchera infinita.  Que siga la racha, Eduard.