Hace menos de una década, hubiera prevalecido la calidad de las narraciones frente al sesgo ideológico de quién las ve y escucha. O quizá no. Quizá siempre hubo sesgo pero antes importaba menos. Hoy por hoy, es difícil ver películas como estas sin maliciarse subvenciones interesadas en ambas por diferentes conceptos. Lo de la batalla cultural y demás mierdas del día a día por donde cruza errante la sombra de Caín.
Habrá quien no quiera disfrutar de una comedia bastante lograda como La cena (del resucitado Manuel Gómez Pereira). No porque no sea disfrutable, sino pensando en que debió obtener fondos del "año Franco" del gobierno para conmemorar su muerte natural (una decisión, por cierto, que merece otra comedia).
Y es una lástima no pasarlo bien con esta película, porque resulta muy refrescante en general y cuenta con un personaje central magnífico: el maître del Hotel Palace, interpretado maravillosamente por Alberto San Juan, que da perfectamente comicidad, dolor, miedo, heroicidad o patetismo según toque, a veces en una misma secuencia. Mario Casas dándole la réplica está correctísimo y los secundarios, especialmente los mas veteranos, son tan solventes como siempre lo han sido en nuestro cine. Te los crees con nada que vistan y hagan. Gracias al tono de la historia, funciona incluso Asier Etxeandia como falangista abyecto, ese cliché inevitable, convertido para la ocasión en caricatura de un terror casi mitificado.
Yo solo hubiese prescindido de un par de subrayados obvios, por completo innecesarios, pues todo se deduce con facilidad sin meter una frase de más. Esa a la que el guionista español rara vez se resiste, para que no quede duda de cómo las gastaban los profesionales de la guerra, los oportunistas, los soplones o los dictadores, sobre todo en aquel momento de nuestra historia cada vez menos reciente. Pero no se puede aspirar a Lubitsch o a Azcona en nuestra actual comedia. Sólo que deje de ser hiper-televisiva (como últimamente son), ya es un triunfo notable.
Mediterráneo es otra propuesta de narrativa transparente y atinada, con un fondo que lo muy cafeteros considerarán irritantemente ideológico, a pesar de los esfuerzos que hacen el guion y los personajes por reducir el asunto a una cuestión eminentemente humanitaria y el aspecto administrativo a ley del mar: esa obligación moral ineludible de salvar al náufrago, sea quien sea, venga de donde venga.
Pero esta historia cuenta el origen de Open arms, y con eso ya le basta a la política patria para arrojarnos ahogados a la cara. Nadie parece haber pensado que, por una vez, resulta reconfortante que sean los españoles de la película los que hagan a ciudadanos de otro país sacudirse la indiferencia ante lo intolerable.
La crisis de refugiados sirios de 2015, muriendo a mansalva ante las costas de Lesbos, está contada a través de un puñado de socorristas kamikazes venidos desde Barcelona, en una película de nivel medio, de las que apenas se hacen en una industria tan polarizada en lo económico como en lo otro.
Su único pero cinematográfico es Dani Rovira. No es que lo haga mal, es que es Dani Rovira. No te lo crees. Debería ser un actor descomunal para sobreponerse a su personaje monologuista, al chico con salero que funciona en comedias como Ocho apellidos vascos o Voy a pasármelo bien. Él cumple, en realidad, pero es más fácil creerse a Eduard Fernández nadando como una sirena y eso sí que es talento interpretativo.
En cualquier caso, se hacen pocas películas así con resultado tan digno, otro pequeño triunfo.



No hay comentarios:
Publicar un comentario