Un año espectacular el 2024 de Eduard Fernández. Al 47 se sumó Marco. Dos papeles muy diferentes, encarados con una credibilidad pasmosa. Recuerdo el descubrimiento (prácticamente debut) de este actor en la pantalla grande con Los lobos de Washington. Ya entonces, la crítica profesional y la más afinada afición intuimos que un intérprete descomunal había llegado a nuestro cine. Y así era.
Fernández ha hecho de todo y todo bien, al margen de que las películas en conjunto saliesen mejores o peores. Pero basta revisar títulos como Smoking Room, En la ciudad, El método, Ficció, Alatriste, Tres días con la familia, Biutiful, Pa Negre, El niño, El hombre de las mil caras, Perfectos desconocidos (aquella conversación telefónica con la hija), Todos lo saben, Los renglones torcidos de Dios o las de 2024 para pasmarse ante la versatilidad del actor, que apenas necesita postizos para mimetizarse con el personaje y convertirlo en magnético.
Marco es la máxima expresión de ese talento. Unas entradas de más, un peinado, un tinte, un bigote y el maquillaje de edad. Bastan para fascinarse con el trabajo del actor, que te atrapa desde el primer momento y no te suelta hasta el final. La historia del simulador cazado tiene su mejor exposición posible gracias a este otro simulador cuya verdad parte de la mentira esencial del que actúa. Por eso el título completo de la película es Marco, la verdad inventada.
Una nueva maravilla de Fernández y los directores Garaño y Arregui, artífices de Loreak, Handía o La trinchera infinita. Que siga la racha, Eduard.

