domingo, 30 de julio de 2017

Dunkerke


Nolan rueda muy bien, eso es indiscutible. La cuestión es siempre el qué. Esta vez tenemos tema de empaque, la Segunda Guerra Mundial. Y un hecho histórico poco utilizado por los anglosajones: la huida en masa de su ejército (con matices, claro). 

A la producción no le falta de nada: escenarios impresionantes, amplio reparto con alguna que otra estrella, extras a millares, barcos de todo tonelaje, aviones persiguiéndose y bombardeando, hundimientos, música de Zimmer y una exquisita integración de todo ello en la postpro.  

La historia, centrándonos en la supervivencia de un personaje que abre y cierra la película, es muy interesante, porque cualquiera puede empatizar con ese "a ver cómo coño salgo vivo de aquí".

Pero la ventaja de que dirija Nolan es también el inconveniente. A Christopher no le basta con narrar con solvencia un hecho cierto y duro. Tenemos que ponerle una chispa de trascendencia enigmática, en la estructura narrativa, en la banda sonora, en los silencios atormentados (¿pueden ser de otro modo en una situación así?). 

La película podría terminar en el vuelo a hélice parada y la estética poderosísima de esa imagen hubiera dejado la película en alto. Pero el negocio obliga a encadenar tantos finales como acciones paralelas o desordenadas hay en liza. Apurarlas es innecesario, ya se sabe lo que depara cada una. Sabemos que el chico saldrá en la prensa local, que el ruido de los cazas pone los pelos de punta a quien sigue en la playa, que los ingleses se sentirán orgullosos de su ejército incluso en la derrota.

Esto es Hollywood: La espectacularidad a toda costa -aunque ésta es una espectacularidad medida, fascinante y oportuna-, los mensajes bien claritos, el sabor de boca a palomita de julio.

Para mí, la discusión sobre cómo se aligera el peso de un barco agujereado, los desertores mojándose, la selección de los que zarpan, la carrera con la camilla o el comportamiento del viejo marinero y el avión solitario son las maestrías que le arranca el director a Dunkerke. Lo demás es temor a la taquilla. 

Un temor relativo, claro, es una peli de Nolan, experto en joyería del siglo XXI.


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