Cuando
yo era niño, uno sabía que el verano se aproximaba porque las ventanas del
patio del edificio se abrían para aliviar el calor. Nadie tenía aire
acondicionado y los diálogos de las películas salían por nuestros televisores
llenando de ecos la oscuridad, como si aquel patio fuese un cine de verano.
A
lo mejor por eso, cuando se acaba el verano, parece que el cine de nuestra
memoria se tiñe de melancolía. Porque el verano de la pantalla es ese en el que
podemos encontrarnos el amor inesperado, como les pasó a Audrey Hepburn
y a Gregory Peck en Vacaciones en Roma, para perderlo
enseguida y también por amor. El verano es ese tiempo y lugar en el que un
humilde cartero puede decirle a Pablo Neruda que la poesía no es de
quien la escribe sino de quien la necesita. El verano es La rodilla de
Clara, que no sabes si podrás tocar antes de regresar a tu ciudad, y El
último Tango en París, aunque suceda en invierno.
El
verano es Kathleen Turner sudorosa y mortífera, invitándote a escuchar
las campanitas de su terraza a cambio de la perpetua y Grace Kelly
dispuesta a investigar un crimen de tu vecindario a condición de que te cases
con ella. La joven viuda de la casa en la colina que te desvirga en el Verano
del 42, o los amigos capaces de buscar un cuerpo en el bosque y decirte
pase lo que pase Cuenta conmigo.
El
verano son las banderitas de la última feria tiradas en la playa, cuando ya
empieza a hacer frío, como al final de Calabuch o Novio a
la vista, las películas veraniegas del gran Berlanga, o Los
inútiles y La Dolce Vita del gran Fellini.
Y
el verano es sobre todo, un pueblo italiano donde un proyeccionista de cine
guarda los besos de todas las películas y de todos los veranos, para
regalárnoslos envueltos en la música más triste y más hermosa del cine: La que
suena cuando el verano se ha acabado, la que nos hace sentir que siempre queda
un verano de nuestra vida en el que fuimos completamente felices.


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