sábado, 11 de abril de 2015

El último lobo


Jean Jaques Annuad tiene ya 73 años, así que no es probable que le queden muchas películas por hacer. Para la historia deja En busca del fuego, El oso, El nombre de la rosa o Enemigo a las puertas, y para el olvido todo lo que vino luego.

Annaud fue grande y eso se nota  a la hora de rodar en la estepa de Mongolia, el mejor personaje de su nueva película. Pero El último lobo parte de un guión indigno del esfuerzo que a buen seguro supuso filmar allí.

La historia de los dos estudiantes urbanitas de la China de Mao que en plena revolución cultural fueron enviados a una región remota para impartir conocimientos que sus habitantes no necesitan, naufraga en cada frente, salvo el de la belleza del paisaje y su fauna indomable.


Un arranque preciso que ilustra la llegada de esos jóvenes de raza “han” al confín de China promete un proceso de inmersión personal en la vida esteparia que de inmediato se despacha con un “seis meses después” tan desaconsejable como contraproducente. A partir de ese momento, todos los temas que la película apunta (la relación de los mogoles con la naturaleza, la extinción anunciada del nomadismo frente a la organización sedentaria de la tierra, la política cuadriculada de un gobierno lejano que desconoce la idiosincrasia de sus pueblos, las relaciones entre personajes, la distinción entre el cariño malentendido y el verdadero respeto hacia el animal salvaje, la importancia humanísima de soñar con los muertos…), cada asunto con potencial se malgasta en una narración deslavazada que fía su eficacia a escenas de gran belleza pero significado confuso o dudoso.

Los mogoles, más allá de los rasgos faciales, algunos detalles dialogados por su anciano líder y un par de cabalgadas impagables, podrían ser manchegos, rusos o de Nebraska. Los estudiantes "extranjeros" carecen de complicidad real, su misión instructora es inexistente, su aprendizaje nulo. Algunas situaciones relacionadas con los lobos son clamorosamente absurdas  y, en no pocos momentos, se tiene la sensación de que han caído escenas relevantes en el montaje final sin los debidos ajustes de lo que queda para la pantalla. Todo ello, aderezado con una banda sonora monótona y subrayante.

Una verdadera lástima, porque el primer encuentro del protagonista con la manada de lobos, los procedimientos de ésta en su caza de gacelas, la noche tempestuosa en la que acosan a la yeguada, el lobezno amamantado por la perra o el plano final en el que se cruzan las miradas del hombre y la fiera, recrean esa película que El último lobo debió ser.

Un aullido a la luna por el talento de Annaud.


1 comentario:

  1. Yo diría que "El amante" podría estar en la enumeración de buenas películas de este director. Pero hace décadas que no la veo.

    Peter Weir y el bueno de Annuad siempre me han parecido únicos en su especie.

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