miércoles, 17 de abril de 2013

Oblivion: Cruise más solo que nunca.


Llevo cinco años sin acercarme al cine a ver a Tom Cruise. Pero, maldita sea, hay que ver qué bien se conserva el tipo.

Tres matrimonios fracasados, la expulsión de la Paramount, su insistencia en franquicias ajenas a la creciente supremacía de los superhéroes, su indisimulado liderazgo en la cienciología esa que tan turbia pinta, ... todo ha terminado por convertirse en un rosario (con perdón) de decisiones acertadas más que de baches.

Cruise -un enigma posiblemente trágico tras la sonrisa de chaval-, sigue manejando su carrera con nervio y bastante habilidad a la hora de elegir los temas, el reparto y los técnicos de sus proyectos. Cruise sabe adaptarse para resultar siempre un cineasta de su tiempo. No dirige las películas que protagoniza, pero las controla hasta el mínimo detalle, que es casi lo mismo. Y, además, luce una forma física que le autoriza a encarnar héroes en la treintena con cincuenta muescas en el carnet de identidad. Como si de verdad le hubieran borrado la memoria y sólo tuviera que pilotar una nave molona, solazarse en viejas hazañas deportivas y gozar de algún que otro chapuzón con una controladora aérea maciza y complaciente.

Aunque a veces el sueño le traicione y se le aparezca una mujer que dejó por el camino.

Quizá por eso Oblivion es una película cortada a su medida, de las que no se entienden sin él.

Oblivion habla de un futuro de cómic a lo Metal Hurlant, remozado para la ocasión (la era del videojuego), y seguramente en el territorio cómic luce más su guión con el estatismo trascendente que otorgan las viñetas a los silencios y las soledades sobre el paisaje después de la batalla. Rescatar claves de este género de la fanta-ciencia y referentes cinematográficos de pedigrí funciona muy bien en el circuito comiquero. No tanto en pantalla, donde los consumidores de blockbusters quieren acción inmediata (a lo De Mille, empezar con un terremoto y de ahí para arriba), y los degustadores de cifi necesitan "filosofería" sólida además de estética.

Esta película tiene estética, poderosa, cuidadísima, luminosa, creíble y seductora en su estilo Apple (esa moto, ese helicóptero, esa piscina, todo diáfano, todo blanco, todo muy "think different"). Y arranca en sus imágenes suave y con la dosis exacta de solemnidad y sugerencia. Cruise funciona. Está solo, más que nunca, como la estrella solitaria en la que se ha convertido. Hasta en su relación con la partenaire pulcra y sexy la frialdad cordial es la norma y favorece al clima de la historia que así sea.

Sobran explicaciones en off que se dialogarán más tarde, mermando la capacidad de descubrir del espectador (esas decisiones post-test que estilan en Hollywood...) y ofreciendo demasiadas claves al aficionado mayor de edad. Pero vale. Cruise no pretende obras maestras, sino entretenimientos a la moda, con medida originalidad y producción a su altura, genuinamente americana.

Así que su quehacer de piloto especializado en averías tiene que sazonarse con un guiño a la super bowl, la gorra de los Yankees, la goma de mascar, una vieja canción en vinilo... Cosas que le sientan bien a Cruise, mientras llega el momento de la verdad.

Para representar ese momento crucial, recoger un libro de los escombros es quizá el mejor hallazgo narrativo de toda la película. Paradójicamente, es a partir de ese momento cuando irrumpen las decisiones más desafortunadas del guión, los lugares comunes extraidos de títulos mejores, mezclados con acierto decreciente en la peripecia de Tom.

Las relaciones entre su personaje y los que irán introduciéndose en su rutina solitaria, evidencian esta imposible combinación entre las inquietudes de un solo hombre y la aventura colectiva en la que tendrá que implicarse, sin saber muy bien qué cara poner ante cada interlocutor que se cruza en su camino.

Después, lo que se espera si se tienen 15 años: la mujer amada, los vuelos rasantes, la misión suicida con trampa agradecida que desprecia el verdadero final, el que imposibilita secuelas. Y el fundido a créditos.

Una espectáculo solvente, donde se trenzan con calidad presupuestaria los aciertos y las cagaditas. Quizá porque el solitario Tom tiene cincuenta palos. Y yo voy directo hacia ellos.

Es lo malo de recordar.


7 comentarios:

  1. refrito con barniz apple? suena bien

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  2. Que aparezca un libro en una película de Hollywood es una rareza incuestionable. Esa alergia a todo-lo-que-pudiese-parecer-mínimamente-intelectual.

    Saludos. ¿Irás a la Juan March en mayo?

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    1. Sí, creo que deberíamos ir allí a saludar al capi y ver una película poco usual, de paso

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  3. ¿Habéis leído lo de Alta films?
    Esto se está poniendo cada vez más feo.
    Solo nos va a quedar Cruise. Y me da cosa.

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  4. Tendremos que hacerle un buen entierro. Subtitulado, claro.

    Qué panorama.

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  5. No he visto Oblivion porque tenía mis dudas pero después de leer tu crítica estoy decidido a verla. A saber cuántas más le quedan al incombustible Cruise como protagonista de grandes producciones. Y por una vez, solo por una vez, maestro, difiero del final del artículo: lo bueno de los años es recordarlos.

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    1. Lo bueno es recordar los años buenos

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