lunes, 12 de octubre de 2026

Lo que el pulpo me enseñó

 

Han transcurrido ya lo menos seis generaciones de pulpos desde que este documental ganó el Oscar, el BAFTA y unos cuantos premios gordos más. Pero una tarde de puente da para clásicos rescatados, chatarradas de siesta y hasta documentales de naturaleza. 

Vaya por delante que no soy muy fan de esta clase de formato, no sé si por la voz neutra y especialmente monótona que le han colgado a los que emitían en La 2 de TVE (y ahora no sé dónde) o porque son muy recurrentes los de leonas espantando moscas con el rabo, gacelas en apuros y elefantes dándose baños de barro.

Desde que Jacques Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente abandonaron la escena del mundo natural, mi interés pr la Naturaleza ha ido en declive. Claro que ¡menudas voces, la del propio Félix y la de Rafael Taibo en los documentales de Cousteau! Todo el magnetismo de las imágenes e historias sobre especies distintas  a la nuestra en mar o tierra cobraban su exacta dimensión, su trascendencia impagable en manos de aquellos montajes, guiones y narradores. Ya sé, ya sé que cualquiera tiempo pasado fue mejor, porque fue el de nuestra juventud, pero no creo que aquellas cimas del documental de naturaleza se hayan superado. Esta pieza del pulpo está muy lejos, a mi juicio. Quizá influya el doblaje.

Los anglosajones son muy de contarnos su especial conexión con un animal concreto del ecosistema que toque, designarlo coprotagonista, su seguimiento y filmación suele acabar en vínculo. Joder, casi ves la peli entera por si al final de casan. Y aquí  va así la cosa. Lo que resulta innegable es la dificultad extrema de contarnos la historia de este pulpo y hacerla emotiva. Pero ya está. Si un hispanoparlante nos pone a cámara la carita de Craig Foster hablando de su pulpo hembra en el bosque de algas australiano, nos daría la risa. La amenaza permanente de los tiburones gato, la pérdida del tentáculo, la incubación de huevos, la terminación de un ciclo vital propio de cefalópodos, todo lo que se nos cuenta compone la vida más prosaica de cualquier especie, submarina o terrestre.

Para conmover a un español en su sofá a media tarde hay que tener la voz de Félix o llamar a tu pulpo Paul. 

domingo, 11 de octubre de 2026

Tiempo de victoria

El título original es Pressure, mucho más preciso y hasta sugerente: la presión atmosférica, la presión humana. ¿El día D es factible meteorológicamente hablando?, ¿hay que aplazarlo?, ¿por cuánto tiempo? 

La película de Anthony Maras, por tanto, aborda una nueva vertiente de la Segunda Guerra Mundial centrada en la importancia del clima de cara al desembarco de Normandía. Allí, el tiempo es tan cambiante que te puede ganar la guerra antes de tocar playa y pegar un tiro. De hecho, lo único innecesario de esta película son los tiros del desembarco, parece que hay que ponerlos porque Spielberg estableció el canon y saltárselo es poco serio.

Lo de verdad serio se dirime en el puesto de mando, donde los generales estadounidenses y bitánicos quieren atacar y el meteorólogo debe aguantar la presión y ceñirse a las predicciones avaladas por datos en tiempo real. Andrew Scott como el capitán James Stagg, Brendan Fraser como Ike Eisenhower y Kerry Condon como la asistente del general están excelentes llevando el peso del drama. Los demás, evidentemente, también lo hacen de coña, pero importan menos.

Una solvente película sobre un hecho no contado dentro de un acontecimiento histórico sobadísimo. De esas que acabas viendo en plataforma tres años después de su estreno, pero he tenido la fortuna de disfrutar en sala antes de que la quiten por la irrupción masiva de cualquier bobada de aquí o de allá. Afortunadamente, siempre hay tiempo. 

 

jueves, 8 de octubre de 2026

Series: otro barrido

 
Neagley:
La compañera de correrías de Reacher, antigua subordinada en sus tiempos de policía militar y temible francotiradora, echa a volar con serie propia. Su narrativa se desmarca lo suficiente de la del gigantón rubio, aunque conserva de ella la habilidad seca de las secuencias violentas y el respeto por la trama y los personajes. Incurre en algunos patinazos menores y tiene un final de temporada muy de "club de investigadores listo para nuevo caso", pero en líneas generales es una propuesta excelente con una protagonista que interesa cada vez que sale en cámara. Lo esencial. 

 
 
El problema final:
Plumbeo cluedo lleno de tópicos detectivescos y de los otros, más bien plano y, lo peor, previsible en el "quién lo hizo". Empiezo a pensar que muchas de las novelas de Arturo Pérez Reverte funcionan solo en la imaginación del lector, donde el uso de clichés le mantienen en su zona de confort. Allí, negro sobre blanco, quien recorra sus páginas gustará de recrearse en esas conversaciones intemporales y cosmopolitas en las que unos y otros muestran cierta brillantez, cierta elegancia, cierto desengaño, cierto "estar de vuelta". Con esos mimbres se construyen novelas de héroes cansados y mujeres fatales (que nos mola leer en los trenes), pero llevarlas a la pantalla y que no se acartonen es harina de otro costal. Lástima de reparto y localización, impecables. Pero la puesta en escena, la dirección, el montaje, la congruencia narrativa... en todo eso hace aguas. Bajonazo con muchos clics. 
 
La leyenda de Vox Máquina 4:
Los gamberros del universo de espada y brujería en esta feliz idea que mezcla roll, animé, ultraviolencia, misticismo y cachondeo están de vuelta. Siguen en forma y, gráficamente, varios capítulos deparan soluciones sorprendentes, guiños artísticos para friquis de la ilustración, tonos y géneros que milagrosamente armonizan con la historia principal, suficiente intriga, no poco drama, temor por la vida de nuestros héroes.... Lo que necesita cualquier historia de aventuras, metido todo en una botella pequeña de licor con palabrotas. Qué buena serie, coño.
 
 
Linternas: 
Un nuevo y agradecible punto de vista para contar al súper héroe menos adaptable de todos: Linterna verde. Hacer creíble al del anillo es más difícil que secar a Aquaman. Lo resuelven muy bien aquí mediante investigación policial, con soluciones no previsibles a situaciones que la lógica interna del relato coloca donde corresponde y con un puñado de intérpretes perfectos en sus papeles. Para mí, la primera temporada termina al final del quinto. Así queda redonda. Los episodios posteriores podían haber dado inicio a la siguiente. Pero, claro, yo no hago el plan de producción ¡si me dejasen el anillo....! 
 

Eva Marie Saint

  

Ha muerto con 102 años. 

Tuvo la suerte de debutar en la mejor película de Elia Kazan, La ley del silencio, dándole la réplica a Marlon Brando. Después, Hitchcock la puso a hacer de Grace Kelly, a falta de Grace Kelly, acompañando a Cary Grant en uno de sus títulos mayores, el canon de las intrigas internacionales con mcguffin: Con la muerte en los talones. Para redondear, se codeó con Paul Newman en su esplendor y a las órdenes de Otto Preminger con Éxodo y se marcó una de terror apache, La noche de los gigantes, en la que Robert Mulligan se las hacía pasar muy perras a Gregory Peck. Fijaos en la cantidad de palabras en negrita que tiene este breve párrafo. Solo cubre catorce años de carrera, en la que se pueden añadir trabajos para Edward Dmytryk, Fred Zinnemann, John Frankenheimer, Vincente Minelli o Norman Jewison.

Luego empezó a dejarlo, se pasó a la tele y envejeció. 

Dónde hay que firmar.  

martes, 6 de octubre de 2026

Civil War

 

Un año después (2024), llegó Civil War, precedida de halagos a su originalidad, a su temática, a su crudeza... Quedémonos con la crudeza. Al director Alex Garland le pasa lo que a Villeneuve: cuanto más grande es el presupuesto, peor le sale la película. Y cómo consigue más dinero cada vez, sus películas van decayendo inexorablemente. 

Civil War cuenta un conflicto armado total en los USA actuales. Es muy solvente en la producción, las localizaciones, los ambientes, la fotografía (aquí esencial), el rodaje de la acción y la violencia. Los protagonistas de la película son unos pocos foto-periodistas y plumillas que la cubren.

Por supuesto, nuestro reportero de guerra vivo más mediático, es decir Pérez Reverte, ha elogiado su verismo en cuanto a la actitud de la prensa en frentes de batalla. Pero aquí no hay un solo motivo para esa guerra civil mínimamente explicado. Ni se mencionan por encima las coartadas políticas que convierten a Estados Unidos en un país sumido en el caos militar y paramilitar, los motivos de unos y de otros para sumergirse en el horror que genera una guerra civil de colosales dimensiones. Prescinde del detonante, del desarrollo de la guerra sobre un mapa antes y mientras avanzan los hechos. En fin, prescinde de todo lo que no sea violencia y captación de la violencia con el objetivo de una cámara de prensa. 

Y mira que lo tienen a huevo, con un par de entradillas de reportero con micro mirando a cámara habría resuelto casi todo. O con un telediario entrevisto durante el viaje y alguna conversación intimista que rasque la superficie. Es la tragedia del guion, quizá del propio foto-periodismo moderno, rascar solo la superficie del drama, sin desentrañarlo. Quizá por eso importa tan poco la misión que se han autoimpuesto los periodistas del film. Y ya que ha salido Pérez  Reverte a relucir: casi resulta más interesante el sueño de Carmelo Gómez de captar la voladura de un puente yugoslavo en Territorio Comanche. 

En esa película que adaptaba novela, aquella guerra terrible y liosa de los  noventa se entendía mejor. El sensacionalismo, también. 

 

domingo, 4 de octubre de 2026

Pequeñas cartas indiscretas

La directora Thea Sharrock, a quien no he seguido, estrenó en 2023 esta película que acabo de pescar en plataforma. Narra una historia que, según parece, está basada en hechos reales (eso empieza a ser una rémora). También he leído que la historia en pantalla, respecto al caso real, lleva abundantes retoques. Después de comparar realidad y ficción es evidente que el guionista los ha aplicado para que se simplifiquen sin rubor razones, afinidades y coartadas. 

La película, eso sí, tiene una impecable factura british al viejo estilo entreguerras en la ambientación y una actriz superlativa (Olivia Colman), en el papel principal. Pero lo demás es brocha gorda, sesgo ideológico a la moda, simplificación al gusto de la feligresía y, lo peor de todo, poquísimo humor en lo que se presupone cine inglés de ese corte, o que evoca ese tipo de cine, pero sin demasiado éxito.

La intriga es ínfima, si es que la hay. La chica inocente, aunque sospechosa es, por descontado, irlandesa y luce libérrima: fuma, bebe, folla y palabrotea con desparpajo inverosímil en aquel tiempo y lugar. Pero así es más patente que lo que la condena en su comunidad es su "empoderamiento" pionero. Los personajes masculinos desfilan a cual más penoso: dictatoriales, machistas, clasistas, estúpidos (excepto el guapo chico de color, evidentemente). Y en cuanto a la escribidora de cartas, su beatería esconde una actitud desmedidamente rastrera y deseos reprimidos de una vida sojuzgada por un patriarca al  mismo tiempo ridículo y abyecto. 

La beata está para que la encierren, claro, aunque al final no se sabe si está mal de la cabeza por su falta de agallas para irse de casa, por la educación castrante de tan puritana, por el padre malparido o por todo a la vez. 

En fin, debió tener su público en el Reino Unido y alrededores. La actriz o el actor aún pueden pegártela para desperdiciar cien minutos una tarde de lluvia.    


viernes, 2 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez

 

Ha muerto Gonzalo Suárez.

Su primera época me la perdí cuando estrenaba, aunque la rescaté después y tiene un poco de todo. Pero me encantó Epílogo, que ya vi en el cine (¡cielo santo, qué mayor soy!). Sus queridos escritores ficticios Rocabruno y Ditirambo escribían una descarada actualización de Hamlet y Charo López iba de uno a otro protagonista (Paco Rabal y José Sacristán nada menos), con un magnetismo de los que siempre ha gastado ella. Suárez no necesitaba más para levantar una de las mejores películas españolas de los años ochenta.

Después me gustaron Remando al viento, Don Juan en los infiernos, La reina anónima,  El detective y la muerte (¡menuda racha!). Hasta El portero tenía su cosa. Ahora no recuerdo muy bien el porqué, pero el caso es que me planté ahí. A lo mejor me pasó como a él, que se refugió en la letra impresa, su talento de origen.

Cómo escritor era también notable. Tengo en grueso volumen (Las fuentes del Nilo), una antología de sus novelas cortas y relatos, de la que fui picoteando hasta acabarla. Interesante siempre.

Para colmo, Gonzalo Suárez tenía un buen cerca si te gusta el olor del habano. Fumaba, conversaba, hasta podía hacerse un cameo en la película más deliciosa del más fresco Almodóvar, como ludópata, borracho y estafador.  

Vaya, que tenía genuino talento y era asturiano. Me caía bien. Otro maestro que se fue.


 

martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando los ochenta se ponían femeninos y suntuosos

 
Julia

La película es en realidad de 1977, pero no me va a arruinar por eso el titulo de la entrada. Podría ser del 81, como Reds, o del 85 (como la que nos ocupará luego) y seguiría ofreciendo el mismo espectáculo con ínfulas, sostenido sobre los hombros de Jane Fonda, Vanessa Redgrave y Jason Robards. 

Julia se levantó con todo lo que hace falta para un título mayor: reparto de campanillas, director de prestigio, personajes reales, militancia y lucha antinazi, literatura norteamericana, época de suntuosidades y trenes en los que se fumaba... Hasta roza temáticas que han acabado siendo lo más de lo más a día de hoy (esa amistad-amor entre dos mujeres de carácter). 

La Fonda, como Lillian Hellman, está guapísima en un papel en el que encaja muy fácilmente, mujer temperamental de talento. Vanessa Redgrave, la Julia del título, tiene una sonrisa y una mirada magnéticas, aunque su papel es más insinuación que otra cosa. Apenas se alcanza a entender la dimensión de su drama sin recurrir a lo que ya se sabe del período, pero no desfila por la película. Ella y su destino trágico cobran más entidad precisamente cuando menos se la reconoce, vendada de los pies a la cabeza. 

Robards hace de Dashiel Hammett sin despeinarse, era un actor total. Aunque le aprovechan poco, tiene que suponérsele una brillantez e integridad que están fuera de campo. Solo su desapego de lo mundano y su influencia benigna en la formación como escritora de Lillian quedan plasmados en pantalla. 

Pero hay empaque, vocación de película importante, que se llevó un puñado de Oscars, Globos de Oro, premios de la crítica de Nueva York, etc. etc.  Hollywood aún destinaba grandes presupuestos y a sus estrellas femeninas de mayor relumbrón en superproducciones históricas con temas grandes, amores eternos, fotografía, vestuario y banda sonora para el recuerdo y la emoción. 

Ahora nos tenemos que emocionar porque ha muerto Ironman.

 
Memorias de África 

Ésta salió aún mejor, pocos años después. Tenía al infalible tandem Pollack-Redford (director y actor fetiche), además de a Meryl Streep en su mejor momento. Curiosamente, la Streep repite, porque en Julia tiene un papelín de amiga pija y molesta de Jane Fonda. Por supuesto lo clava. Como en ésta a la baronesa de Dinamarca que tenía una granja en África.

De fondo, también hay guerra contra Alemania, esta vez la primera, aunque la visión tangencial de la misma funciona mucho mejor, está suficientemente ilustrado ese patriotismo de guardarropía que gustan exhibir los ingleses en sus colonias y eso pone más en valor la posición irónica de Redford, un Reth Buttler de otra guerra. 

Luego están un puñado de bazas ganadoras fantásticamente combinadas: los leones, los cuentos junto a la chimenea, el gramófono de Mozart, el fin de año, los versos enjabonados, la banda sonora de John Barry.

Memorias de África es la máxima expresión de ese género del siglo pasado que mezclaba con talento historia-romance y personalidades femeninas arrolladoras. Ahora, si quieren empoderar a una mujer en el cine hollywoodiense, demasiadas veces lo resuelven poniéndola a repartir hostias, tiros, puñaladas o lo que sea. Que mate mucho, que no se someta al amor romántico salvo que lleve los pantalones, que no nos vengan ya con personajes femeninos destacando mientras conviven con inquietudes propias de su tiempo, todas muy rancias.

Pero, más allá de los guiones al servicio de ellas (Fonda, Streep, Field, Keaton), directores como Fred Zinnemann o Sydney Pollack (antes un David Lean), han sido sustituidos por gentes como Edward Zwick, Sam Mendes o Christopher Nolan. Todos, por cierto, con producciones de protagonismos eminentemente masculinos. 

De menos de cincuenta años creo que no hay nadie en el circuito industrial de estudios de Hollywood para seguir haciendo historias sobre mujeres con vidas "más grandes que la vida", en las que brillar sobre un telón de fondo de época convulsa, peligros ciertos y maquinismo precario. 

Me estoy haciendo viejo, porque echo de menos el cine suntuoso. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Buena suerte, pásalo bien, no mueras

 

Ésta es una película a borbotones, llena de ideas excelentes y algunas líneas de diálogo afortunadísimas, humor negro a paletadas, sátira bizarra, referencias malévolas e imaginería descacharrante. Pero no le basta con eso, busca emoción, solemnidad, tensiones, enjundia. Y así es como naufraga: demasiados tonos alternándose, de un momento black mirror a otro zombieland, del viajero en el tiempo a la IA desaforada, del smartphone tóxico al espíritu de videojuego. Todo a borbotones, ya digo, con desasosiego y frenesí.

Una vez más, el exceso de metraje juega en contra. Esta vez no estira innecesariamente las escenas, sino que las acumula y mezcla, las esenciales y las innecesarias (lo del gato gigante y algunos otros despropósitos hubieran podido tacharse desde el mismo guion sin pestañear). 134 minutazos que al menos nos evitarán las escenas eliminadas cuando este título se convierta en una peli de culto, al estilo Brazil.

Con todo, merece verse. Sam Rockwell está inmenso durante toda la película y su mirada vitriólica sobre lo que nos espera no deja de interesar. Esa mirada casi se resume en el plano de inicio, cuando la cámara sigue a una jarra de café que va rellenando tazas de una cafetería nocturna y, junto a todas ellas, descansa la mano de cada cliente sosteniendo el correspondiente smartphone encendido y a la vista, para no perderse cualquier bobada que salga en la mini-pantalla. Esa sola escena parece indicar cual es el consejo más importante del título Buena, suerte, pásalo bien, no mueras. Es "pásalo bien".

  


 

El ser querido

 

Ver a Javier Bardem clavar un papel bien escrito no es ninguna sorpresa. Lo que pasa es que cada vez hay menos papeles de esos en sus caladeros de pesca. Lo de Hollywood es un despiporre donde ya no saben si superar la era superheroica, resetearla o volverla crepuscular. Si los apocalipsis y las distopías siguen teniendo hueco, si las franquicias (todas van por la entrega cinco o más) aún pueden rentar lo suyo o toca inventar otras nuevas. Si los últimos grandes cineastas, Spielberg y Scorsese en cabeza, van a dar algo más de sí o se quedarán en casa con los nietos. Eso por no hablar de las cuotas, y Bardem, le guste o no, es cuota. Como lo fue su mujer -la única estrella española de aquella industria desde Banderas-, que ahora les parece a los departamentos de casting lo que dice su carnet: una cincuentona.

Todo ello, sin meternos en el pantanoso terreno de los lobbies políticos, especializados en tachar de los repartos a esta clase de actores a los que se les calienta la boca, en un país en el que eso siempre cotiza a la baja.

Así las cosas, el actor más talentoso del planeta tiene que volver a España, un mercado intervenido hasta la médula, donde solo se cocinan comedia casposa siglo XXI y autorías en retirada o ascenso, pues el cine de presupuesto medio sin factura televisiva se está extinguiendo rápidamente (y eso que, año tras año, ofrece lo mejor de lejos). Bardem ha podido encontrar aquí papeles de cierto fuste, con los más afamados y prestigiosos de su generación: el papel de la de Farhadi (Todos lo saben), el de León de Aranoa (El buen patrón) o éste.

En El ser querido está como él puede y sabe: infalible. Más meritorio es lo de Vicky Luengo, su contraparte esta vez, haciendo de hija desenfocada. Estupenda también, a la altura del reto. El guion de Rodrigo Sorogoyen y su socia eterna Isabel Peña es muy inteligente, la dirección adecuada, el resto del reparto cumple. Todo pita. 

Algunos tics de “película importante” son solo eso, tics. Ni estorban ni suman. Aunque, a mi juicio, los cambios de formato y textura se los pudo ahorrar y el metraje admitía veinte minutos de tijera tranquilamente. Tampoco cuenta tanto. Pero el talento de los que lo cuentan radica precisamente en eso: interesar durante tanto tiempo con tan poco.

Esperando la nueva de Sorogoyen. Y la nueva de Vicky Luengo. Bardem, entretanto, va a estrenar Dune 3. Pues eso.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Letras robadas

Paul Rudd es un actor que cae bien. Encaja especialmente en lo papeles de simpático sin demasiada suerte, que a pesar de todo se gana el respeto de quien debe tenérselo antes de que la historia termine. Esta película podría resumirse así, pero afortunadamente hay mucho más. El argumento surfea sobre asuntos tan peliagudos como la autoría, la frustración vital, la corrupción de la fama, las incomprensiones de los que tienes más cerca, las lealtades, la codicia o la autenticidad. Todo ligero, como una buena canción de los ochenta. 

John Carney, el director irlandés de Once, rebaja sus expectativas y las nuestras. Eso le sienta maravillosamente a la película, que aprovecha un guion bien ligado, cero experimental. Contiene buena música (¡qué gran selección!), con la que alimentar bodas, bautizos y comuniones, un grupito de carrozas resultón y moderadamente gamberro, unos momentos de humor muy logrados y una estrella musical que se presta al desuelle: el hermano Jonas (Nick Jonas) que más se ha trabajado lo del cine y aun canta bien. Con eso y en poco más de hora y media, la feel good movie de 2025.  

Por supuesto, estuvo tres semanas en nuestra cartelera. Los superhéroes venían pegando fuerte y necesitan espacio para sus destrucciones urbanas, que -por cierto-, se plagian unas a otras. 

Un talento único

Dustin Hoffman da un poco de lustre a esta propuesta sin grandes nombres, salvo el suyo y el de Jean Reno (ambos en papeles muy menores, pero agradecidos). No obstante, el primer largo de ficción del hasta ahora documentalista Daniel Roher no necesita estrellas (quizá figuran éstas más bien simbólicas, para levantar la pasta de la producción).  

Un talento único es una propuesta inteligente, moderadamente original, con una progresión muy medida y los giros justos, de esos que optan por el interés antes que por la espectacularidad (principal lacra del cine norteamericano actual).

Creo que se ha hecho directa para plataforma, pero HBO sigue marcando ciertas distancias. Esta película, pequeña, sensible y bien desarrollada en su faceta criminal, es un buen ejemplo. Hasta la última escena, que es pura concesión a la forma de terminar las cosas "a la americana", se resuelve con elegancia. 

Talento a seguir.

Backrooms

 

Con precedentes menos pensados y mucho más baratos (Paranormal Activity, El proyecto de la bruja de Blair), ha salido esta notable propuesta de terror psicológico. Luce un excelente Chiwetel Eliofor de protagonista y una dirección de arte apabullante que es casi más protagonista que el actor. 

Espacios vacíos y amarillos, infinitos, con restos de vida dispersos (muebles semi-enterrados, ropa vieja, grabaciones, maniquíes...), sin más vida humana que la de quien los recorre sobrecogido. Sonido cuidadísimo, pocas explicaciones y un coda que no sabe uno si cierra la historia circularmente o si es para el descojono final de los artífices del artefacto.

Muy buen artefacto, cuidado con entrar en él. 

En el corazón de la bestia

 

Para los que están pensando en hacer senderismo: solos no.

A todo carisma y tatoos, Brad Pitt, alias James, se pasea por agrestes parajes de Alaska en compañía de su perro Odín. No hay psicópatas en los bosques norteamericanos en esta ocasión, algo muy de agradecer. Aunque sí unos flashbacks bélicos por completo innecesarios, que nos recuerdan el pasado militar del hombre y su perro.

Por lo demás, resuellos que nos alertan de que los años, incluso para Pitt, no pasan en balde. Algunos detalles que huyen del tópico (en la avioneta) o se pegan a él (los troncos sobre el torrente), un J.K. Simmons sacado de Nomadland, un poquito de medicina de supervivencia y algunas bestias salvajes para aliñar.

Pero lo realmente importante, la pregunta del millón que arroja esta peli, es: entre una  estrella de Hollywood y el perro de una película de Hollywood ¿a cuál te atreverías a sacrificar?   

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Repescas de septiembre

Una buena mujer

Para el cine de ellos (antes la literatura y las artes plásticas), ¡qué ricos y superiores lucen siempre los anglosajones en su vida social por el Mediterráneo! En esta película también, claro. Con un poco de jazz antiguo y títulos de crédito iniciales intencionadamente allenianos, el libreto adapta de forma evidente El abanico de lady Windermere de Osca Wilde. Lo hace bien, con una realización artesana, una dirección artística cuidadosa, unas localizaciones embriagadoras, un rutilante reparto femenino (y Tom Wilkinson). 

El resultado es una buena película, nada más (y nada menos).

Los justos

Otra propuesta abiertamente teatral, no exenta de gracia, aunque un poco estirada para llegar al largo comercial de sala. Como telefilme de una hora les habría salido más redonda. Me viene pasando últimamente con varias propuestas fílmicas españolas, que bien podrían componer una serie de episodios independientes. Algo así como Cuentos imposibles (o inquietantes), alternativa no terrorífica a las míticas Historias para no dormir. Aquí la cosa va de jurado ante un jugoso soborno, de sus tiras y aflojas con la conciencia y la necesidad, aunque la sazón de humor opaca gran parte del dilema moral de fondo. Bien, su reparto puede con todo y lo convierte en un digno (incluso justo) espectáculo para el televidente. Perdón, espectador. 

Jugada maestra

Norteamericanos de hoy ejecutando una revisión descarada y mala de Ocho sentencias de muerte (título emblemático de la Ealing en su década de oro), pone de relieve una vez más que los clásicos es mejor dejarlos tranquilos. Más aun cuando se tiene una industria como la del actual Hollywood. Por otra parte Glen Powell, su protagonista absoluto, empieza a ser veneno para la cinefilia, incluso para la más joven. Se mete en unas cosas que a él pueden parecerle de calidad superior a la media sobre el guion, pero inevitablemente destinadas al naufragio cuando llegue el resultado proyectable. En fin, supongo no le llegan esos juicios del frikismo crítico hasta la piscina y sigue cobrando bien mientras le cae algún súper de la siguiente fase marvelita. Esa debe ser la verdadera jugada.

U.S. Marshalls

Siempre está bien revisar los entretenimientos solventes de los años noventa, la última década en la que el cine espectáculo del Hollywood industrial con presupuestos medianos sabía proponer cosas de FX sin croma, manejando repartos cuajados y carismáticos pero veraces, pendientes de la trama y el ritmo. Estas películas han envejecido francamente bien. Pero claro, Tommy Lee Jones envejece bien cualquier película que te imagines. Incluso él mismo lo ha hecho, con su cara de fea piedra y su determinación.

viernes, 28 de agosto de 2026

El final del verano

Cuando yo era niño, uno sabía que el verano se aproximaba porque las ventanas del patio del edificio se abrían para aliviar el calor. Nadie tenía aire acondicionado y los diálogos de las películas salían por nuestros televisores llenando de ecos la oscuridad, como si aquel patio fuese un cine de verano.

A lo mejor por eso, cuando se acaba el verano, parece que el cine de nuestra memoria se tiñe de melancolía. Porque el verano de la pantalla es ese en el que podemos encontrarnos el amor inesperado, como les pasó a Audrey Hepburn y a Gregory Peck en Vacaciones en Roma, para perderlo enseguida y también por amor. El verano es ese tiempo y lugar en el que un humilde cartero puede decirle a Pablo Neruda que la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita. El verano es La rodilla de Clara, que no sabes si podrás tocar antes de regresar a tu ciudad, y El último Tango en París, aunque suceda en invierno.

El verano es Kathleen Turner sudorosa y mortífera, invitándote a escuchar las campanitas de su terraza a cambio de la perpetua y Grace Kelly dispuesta a investigar un crimen de tu vecindario a condición de que te cases con ella. La joven viuda de la casa en la colina que te desvirga en el Verano del 42, o los amigos capaces de buscar un cuerpo en el bosque y decirte pase lo que pase Cuenta conmigo.

El verano son las banderitas de la última feria tiradas en la playa, cuando ya empieza a hacer frío, como al final de Calabuch o Novio a la vista, las películas veraniegas del gran Berlanga, o Los inútiles y La Dolce Vita del gran Fellini.

Y el verano es sobre todo, un pueblo italiano donde un proyeccionista de cine guarda los besos de todas las películas y de todos los veranos, para regalárnoslos envueltos en la música más triste y más hermosa del cine: La que suena cuando el verano se ha acabado, la que nos hace sentir que siempre queda un verano de nuestra vida en el que fuimos completamente felices. 


martes, 18 de agosto de 2026

Al final de Oak Street

 

Con los años nos damos cuenta de que el verano lo excusa casi todo. 

Uno de los pecadillos más frecuentes del estío es ver películas malas en sala, a sabiendas. Cuando niño, podías zamparte varias de diferente género y catadura en uno de esos cines armados frente a un patio de vecinos con pared trasera blanca y ventanas en los laterales, sillas de hierro y mar de cáscaras de pipa bajo los pies. 

Aquellas pelis, descarada serie B o clásicos salpicados de heridas, amputaciones y sonido de lata, colmaban nuestra ansiedad durante dos horas en las que los padres (él y ella), soñaban con noches a solas por completo desaparecidas. Los novietes, al amparo de una oscuridad muy discutible, se metían mano frente a Godzillas baratos, cowboys sin caché o exploradores de selvas por transparencia. Todo muy vintage y entrañable.

Con el tiempo, de los cines de verano saltamos a los refrigerados de butaca, en los que meterse mano era más cómodo. A efectos cinematográficos, algunos de los estrenos ochenteros tampoco tuvieron mucho más que un pasar para el adulto que pagaba los tickets y vigilaba adolescentes por el rabillo del ojo. Pero los ochenta (sin pipas, con palomitas), eran otra cosa y varios de aquellos títulos han acabado convirtiéndose en clásicos con celebraciones de aniversario. Véanse Los Goonies o Gremlins. 

Nada de esto pasará con la de hoy. Ya no hay cines de verano al aire libre, los cerrados de butaca en zonas de playa mueren de consunción y las chatarradas de agosto van a tener un envejecer detestable, para niños y adultos, caso de que las vean. No mejorarían ni con amputaciones del metraje.

La sala estaba prácticamente vacía: nosotros dos sintiéndonos una pareja de jubilados antes de serlo,  un grupito de tres amigos inclasificables (¿qué se les había perdido allí con veinte años?), otros dos deslavazados a nuestra espalda y una prosti del puerto haciendo tiempo para que la noche se animase de verdad. Creo que teníamos más potencial que la pandilla de anormales residentes Al final de Oak Street, una película que no se sabe si va en serio o en broma, si es de ciencia ficción, de aventuras, familiar (la familia que sobrevive unida permanece unida), terrorífico-normativa, woke o heteromierder.

El asunto va de una inesperada traslación del barrio de Oak Street a 140 millones de años más atrás del jurásico (cuyo nombre y animalejos deben estar vetados por derechos adquiridos en Spielberg y asociados entertainment). Allí, Ewan McGregor y Anne Hathaway, dos intérpretes notables con irregular carrera, de los que no garantizan otra cosa que la salud de sus cuenta bancarias, ejercen como padres "loser" de dos adolescentes aspirantes a "loser" (ella lee sobre el tejado, él tira con arco casero). Para ponernos en contexto, todo transcurre en un barrio de los ochenta (nostalgia trampa) y la historia empieza larguísima y mal traída. Luego, unas luces nocturnas y ya están los dinosaurios allí, comiendo vecinos. Especies de dinosaurios no registradas, se entiende. 

¿Y la familia? pues tomando decisiones absurdas de manera ininterrumpida. ¿Las víctimas con frase? Por completo irrelevantes, ni para la progresión narrativa valen ¿Las explicaciones pseudo-científicas? Escasas, pero casi mejor no darlas. ¿La solución? Un delirio con descojone (en la sala, claro). En fin, la chatarrada mayor del año, puede que de la década. Perpetrarla solo ha costado la friolera de noventa millones de dólares. Ole por el director, que convenció a la Warner.

Al final de esta calle llamada Oak debieron tener un cine echando Hace un millón de años. Al menos habríamos podido ver fugazmente a la Welch y su bikini prehistórico. Será que el director no la conoce o que ha tenido el mínimo pudor de no remontarse a las chatarradas con pedigrí. Qué espanto.  

miércoles, 5 de agosto de 2026

Spiderman brand new day

Sony y Marvel se pusieron de acuerdo en derechos y dividendos y Tom Holland se quedó como Spiderman, con Zendaya por novia y Jacob Batalon como amiguete. Bien, muy bien, a veces el dinero anima a decidir con sensatez (y rápido). 

Seguramente por ese nuevo acuerdo, la peli huele un poco a reseteo. Hay que salir del lío que se montó en la anterior con los universos y las desmemorias. Pero también incluir un nuevo super-misterio para ser resuelto por el héroe, añadirle una pizca de problemas arácnidos y peter-problemas, invitar a algunos compañeros ilustres (Hulk y Punisher en cabeza), y mezclarlo todo en la batidora de un guion que se respete a sí mismo. 

Les ha salido estupenda, al menos para los fans, entre los que me cuento. Spidey siempre fue el mejor, el más ingenuo y divertido, el del corazón puro, agilidad arrolladora, fuerza imparable; quien elevaba con su presencia cualquier otro protagonista de Marvel, en sus cómics o en los de los demás, en una película o en cien. 

Tu amigo y vecino, una red segura contra blockbusters vacíos de los que el verano está lleno.    


 

jueves, 23 de julio de 2026

Torrente presidente

 

Cuando esta película iba por los doce millones de euros recaudados en salas, escribí como comentario en un blog vecino (elblogdelcineespañol.com), lo siguiente:

Con el panorama nacional que tenemos, va a pasar de 30 millones. Está el respetable muy receptivo a las burlas torrentianas hacia esa patulea de todo signo que dice representarnos y nos chulea sin sonrojo.

Es una película que acierta con el momento, como en su día lo hizo la muy corrientita “Ocho apellidos vascos”. No era tanto la película como el momento social. Segura se va a hinchar, aunque escueza a los bien pensantes.

Alcanzó los 29 millones en salas y no sé los clics en Netflix.

La he visto, por fin, y me ha costado. En streaming y dedicando cuatro sesiones para llegar hasta el final. Quizá viéndola en sala de cine llena el efecto contagio me la hubiese reconvertido en descacharrante comedia, pero no lo creo. Y eso que no soy bien pensante.  

Claro, que tampoco soy seguidor de las sagas de Santiago Segura: me planté en el segundo Torrente (la primera secuela es casi obligada) y vi un Padre no hay más que uno que me sobró. Después del primer Torrente (buena, en mi opinión), solo he visto una película suya que me pareció muy aseada. Se llamaba Sin rodeos (era el remake de un éxito chileno o de por ahí) y lo único que no estaba bien en ella resultó ser un papel que hacía él de brujo adivinador o algo, muy paródico, pero afortunadamente corto (me da que lo solventó así para ahorrarse un actor y darle un hueso a los fans).

De Torrente y todas sus entregas, me quedo con el mérito de acuñar un personaje longevo y querido por el público, por mucho asquito que dé. Como a Stallone siempre habrá que reconocerle Rocky, aunque lo haya estirado como un chicle.

Segura tiene un producto que funciona por su humor sarnoso y mugriento, no apto para todos los gustos. Aunque creo que la risa aquí nace, en gran medida, del cabreo nacional necesitado de algún tipo de catarsis. Porque lo que me parece sintomático es que quienes más criticaron a Segura en medios digitales y redes durante su éxito arrollador en cines fueron los ofendiditos (¿se dice así?) de izquierdas, mientras que los de derechas no parecían incómodos con la burla, como si las chanzas del personaje fuesen oportunas, porque zurraban al gobierno y a los derechistas malvados o frikis metidos a salvapatrias para esquilmar.

Lo único que parece claro es que ambos tipos de hooligan ideológico están fuera de la realidad. En la suya han convertido un producto de masas también en un producto de bandos. Un sindios, digno de películas mucho más divertidas que ésta.

Cruda y burda, ideal para incondicionales, Torrente presidente va a constituir, ella sola, el 25% de la recaudación total del cine español en salas. Y si la cuarta de Tadeo Jones pincha, el 30 o el 35. ¿Alguien de la malquerida industria extraerá enseñanzas de un fenómeno semejante o intentará la autocrítica? Hagan sus apuestas.