La primera que vi en la Fiesta del Cine, inaugurando el otoño, me tragó y me escupió al cabo de cien minutos que no aportaron apenas nada. Es lo que tiene un trailer perfecto, de los que te promete emociones claustrofóbicas y submarinas, un Buried dentro de un cachalote, y luego te da un psicodrama familiar flojeras con algunos momentos logrados de angustia en el estómago del cetáceo (muy bien lo del calamar gigante).
Lo malo de las premisas locas es que hay que alargarlas hasta que funcionen en un largo y, como no lo hacen, necesitas alguito en paralelo que contar. Eso condena la película irremisiblemente. Aquí tenemos a un jovenzuelo huérfano de padre, con trauma al respecto e ideas absurdas de cómo resolverlo. La historia de ese padre, un hombre obsesivo, monotemático y huraño hasta la antipatía es incomprensible y pesada. Pero cuando su voz pasa al interior del animal para sacar a su vástago de apuros, se sumerge (nunca mejor dicho) en el ridículo absoluto.
Los demás personajes, por mencionarlos un poco aquí, no pintan prácticamente nada. Por otra parte, el chico es un irrelevante enigma en lo que a vida personal se refiere. Se entiende que se vaya, pero ¿porqué vuelve y además a bucear y además donde no toca? En fin, una bobada todo.
Bajonazo.


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