martes, 29 de marzo de 2022

El limpiaparabrisas

El español Alberto Mielgo se lleva el Oscar al mejor cortometraje de animación con El limpiaparabrisas, coproducción entre España y USA.



 

martes, 15 de marzo de 2022

Red: Mal color.

 

Si te pones a cruzar títulos de Pixar con el año que Disney se la tragó, los años que tardaron en concluirse los proyectos ya abiertos y el año de la desaparición de Lasseter, que debía ejercer de muro de contención, es fácil entender lo mal que le ha sentado a la compañía de la lámpara ser absorbida por el todopoderoso Disney, que ya se ha tragado también a Marvel y a Lucas Films, con efectos similares.

Esta Red tiene un buen arranque, enseguida introduce un recurso ya usado en otras ocasiones, por Disney y por la propia Pixar (la forma animal pseudo-ancestral apoderándose del cuerpo humano de un personaje protagónico) y acaba desinflándose en un final interminable, con esos conflictos familiares que deben estar agujereando cerebros a derecha e izquierda. De alguna parte tenía que emanar la toxina de ombliguismo, traumas heredados, realización precoz y autoayuda que salta de casa en casa. Va a ser por películas como ésta.

Eso sí, cada pelo del panda rojo es un prodigio técnico; la adopción de gestualidades, escenarios y movimientos a la japonesa, un alarde; los ambientes replicados o parodiados, de exquisita perfección; etc., etc. Pero nada se acerca en autenticidad, sorpresa y emociones a Toy Sory, Bichos, Monstruos, S.A., Buscando a Nemo, Los increíbles, Ratatuille, buena parte de Up, buena parte de Wall-E.

Después fueron llegando las interferencias, que aumentan a medida que los estrenos se acumulan. En fin, que Pixar pierde el toque desde hace varias temporadas, dos veces de cada tres, cuando fue infalible años y años, volando sola. 

El sello Disney debería ser solo para productos Disney. Lo malo es que la compañía considera que todo lo que ha comprado (por su personalidad única), ya pasa a ser Disney. Y si no lo es de partida, Disney debe imprimir cuanto antes su sello en cada adquisición. 

Es un error. O como dice mi hija: "un mierdo rojo".

lunes, 14 de marzo de 2022

William Hurt - el último cigarro


Reinó en los 80, con títulos que se han convertido en cine norteamericano "de culto" (un término que entonces se asociaba a la calidad rara, no tanto al frikismo): Body Heat, El beso de la mujer araña, Gorky Park, Reencuentro, El turista accidental...


Aquella década lo convirtió en estrella, hasta le endosaron la clásica "tarta de crema" como profesor de sordo-muda, tan del gusto de la industria fina, en Hijos de un dios menor. Pero, con todo, se veía que Hurt no encajaba en el rol estelar. Todavía en los noventa fue protagonista o coprotagonista de titulos notables (El Doctor, Hasta el fin del mundo) o maravillosos como Smoke. En ésta última daba un verdadero recital junto a Harvey Keitel sobre lo que significa en un actor saber narrar y saber escuchar lo que te narran.


Pero progresivamente se le acorraló o se acomodó él -eso nunca se sabe-, en secundarios de lujo para producciones alimenticias o afortunadas. Era un infalible: lo mismo te hacía un hermano mafioso, sobrándole con unos pocos minutos para devorar a todo un Viggo Mortensen (Una historia de violencia), que se dejaba barbas medievales para ejercer de noble consejero en Robin Hood, que se metía en la súper-franquicia de la última década marvelita como burócrata solvente.

Se ha ido con 71 años. En este Hollywood tan distinto al que le vio debutar y lo propulsó hasta la cima, para luego desaprovecharlo. 

Si quitas a William Hurt del casting y vuelves a pesarlo, lo que queda sin él es el peso del humo.


martes, 8 de marzo de 2022

El método Williams (King Richard)


Este año hay varios Ricardos en liza para llevarse el Oscar al mejor actor: El cubano que interpreta Javier Bardem en Being the Ricardos y el estadounidense encarnado por Will Smith en King Richard (El método Williams). 

Hoy nos fijaremos en éste, que le da el título original a la película sobre las impresionantes tenistas Venus y Serena Williams. Dos portentos del deporte que iniciaron su padre, el "rey" Richard, y su madre Oracene Price (ella no necesitaba corona para completar aquel imparable equipo). 

Por descontado, el auténtico protagonista de la función es Will - Richard, que por algo produce la película. Un biopic muy bien hecho, que evita recrearse en lo más árido del camino de las hermanas hasta la cima del tenis mundial.

Quizá por eso, por ser una película que lo aborda con positividad, buenos sentimientos, ingenio moderado y conflicto mínimo, la crítica la ha acogido con tibieza y el público con emoción. No es nada fácil tratar un fenómeno de este calibre con claridad y buen pulso, sin caer en lo excesivamente hagiográfico o en el alegato racial o en el énfasis al sacrificio del propio yo por el éxito, o la autoridad parental desbocada... o cualquier otro barro cinematográfico que nos lleve al drama de superación, tan propio del cine deportivo.

Picoteando en todo lo anterior, pero soslayándolo también en gran medida, esta película no demasiado original consigue resultar interesante, ilustrativa, apasionada, grata de ver. El crítico que necesite siempre cucharadas de ricino, que no se moleste. El método Williams lleva su parte de azúcar y de paso le sienta bien. Ese debía de ser el plan.

lunes, 7 de marzo de 2022

tick, tick... Boom!

  

He aquí el ejemplo de película de la que hablaba en el post anterior, de las que pilla al jefe de reuniones del Estudio distraído o mandando un mensaje con el móvil a quien almorzará luego con él. 

Debió cazar solo la palabra "musical" y un leve run run argumentativo sobre que Spielberg los volvía a poner de moda con su West Side Story, después de la inesperada La la land de hace ocho años, premiada y taquillera. Y sin levantar la vista del teléfono móvil aprobó el proyecto.

El actor protagonista, Andrew Garfield, que lo mismo sale en una castaña del prestigioso Scorsese que es repescado por Marvel para un divertido guiño a su patinazo arácnido, resulta que sabe cantar y bailar. Además, aún es razonablemente joven para llevar pelos locos y enamorar a la chica, no obstante. 

Con eso puede armarse un artefacto tipo "Broadway" que finja ser "off Broadway", en el que lo narrado y lo vivido alternen y se cuenten o se canten. El resultado es brillante, aunque el jefe de reuniones del Estudio se jura a sí mismo no autorizar otro experimento de estos, medio setentero medio plataformer.

A mí me gustó. Le sobran un par de canciones, pero en todos los musicales estadounidenses me sobran un par de canciones. Resulta gratificante que aún sean capaces de estrenar películas como ésta, que a muchos les parecerán rancias por su falta de CGI.

Andrew muy bien, sin una sola opción en los Oscar. Sigue así, tío, con tu carrera rara y vertiginosa.  


jueves, 3 de marzo de 2022

Dos meses

 

Ahora que llegan los Oscars, con sus nuevas (y varias sangrantes) renuncias de cara a emitir con éxito para grandes audiencias cada vez más esquivas, podemos detenernos una vez más en el duelo David y Goliat.

Empecemos por David. Teniendo incluidas la última semana navideña y la entrega de los premios Goya, conseguir una recaudación total en cines de menos de cinco millones entre enero y febrero, por muy David que se sea, es para mirárselo. El cine español va buscando huecos en la cartelera en lugar de abrirlos. Y es muy mal sistema, porque cada vez quedan menos huecos (de los que no les interesan) para lo que no sea hollywoodiense.

Sigamos con Goliat. Agotadas las poderosas creatividades que aguantaron allí hasta el fin de siglo y mantuvieron su eco la primera década del actual, la aplastante victoria del gigante me resulta hoy incomprensible: se está convirtiendo en una fábrica de videojuegos más que de sueños.

Acortar su ceremonia anual de premios cinematográficos, llevándose por delante categorías tan trascendentales como el montaje, dice mucho de lo que le está pasando. El cine de Hollywood quiere seguir siendo un producto joven, pero los seguidores de las galas televisivas tienen una edad. Y las películas que más ruido hacen (en todos los sentidos), son de la otra, de la edad del móvil, el meme, el tik tok. Así que aumenta el desinterés de los televidentes de gala por los premios, para colmo hacia un cine en el que se reconocen cada vez menos. 


En fin, que el aparataje de Hollywood es ya prácticamente monocorde, salvo por una docena de producciones de cierto prestigio y “qualité”, o unas pocas rarezas que pillasen distraído al jefe de reuniones del Estudio. Antes eran algunas más las que se salían del mega-espectáculo prioritario (el súper-heroico, el apocalíptico o post, la franquicia imposible), pero la variedad de géneros tradicional se ha trasladado a las plataformas y los directores con inquietudes han salido pitando para allá, cada cual a la que le acoge o al mejor postor. No hay más que ver en dónde están produciendo casi todo, aquellos cineastas que fueron pesos pesados en salas comerciales, y qué presencia les dedican sus distribuidores a esas salas, mientras las películas aterrizan simultáneamente en la tele de pago.

Hasta el viejo Coppola, para una producción grande “pero no me pase la llamada, joder, acuérdense de Cotton Club”, tendrá que rascarse el bolsillo si quiere rodar. 120 millones de dólares de su particular fortuna, con los que levantar un gran proyecto fuera de los tres sobados temas a los que hoy se aplican presupuestos de ese tenor.


En resumen, que la alternativa para el producto local –David- no es hacer blockbusters que compitan con los suyos –Goliat-, porque no se podrá, evidentemente. Eso en España solo le ha salido bien a Bayona, con muchísimo presupuesto, actores de la competencia y en inglés. Pero miremos hacia otros proyectos de “espectacularidades” locales y en nuestra propia lengua: Los últimos días, Superlópez, Combustión, Orígenes secretos... no sé cómo miden el fracaso sus productoras, pero a mí no me parecieron éxitos logrados (aunque algunas de ellas tengan mucho rescatable). Esa fórmula copista sólo sirve si te mimetizas con el modelo completamente y escoges géneros sin desmesuras presupuestarias obligatorias. El último caso, Way Down, plana y tópica como ella sola, pero resultona como película de atracos imposibles, pura evasión.


España podría competir perfectamente con suspenses bien tramados (ahí está Oriol Paulo), policiales agrestes (Rodríguez, Monzón), las comedias de toda la vida (nos daban repeluco el landismo y el ozorismo, pero joder qué racha llevamos), el terror acotado en espacios inquietantes, el cine social y los cuatro autores anuales de firma... Eso, por mencionar lo que ya se hace y apelotona su estreno en octubre y noviembre, inexplicablemente.

Pero siguen casi del todo descartados varios territorios jugosos y rentables: el cine periodístico o cine-crónica, el cine romántico, el cine bonito. Del histórico y el épico ni merece la pena hablar. Aparte de que volvemos a los presupuestos de primera, entran los idearios de carnet a la embestida y, para nuestra desgracia, el que no queda rojoperroflaútico queda facha de mierda (¡Qué país!).

Sea como sea, el año tiene doce meses, no dos. Y esta última evidencia vale lo mismo para los dos meses en los que nuestro cine concentra todos los estrenos fuertes, como para los dos meses en los que recauda cinco exiguos millones.