martes, 31 de octubre de 2023

Octubre aciago


Piper Laurie


Carlos Pumares


Jesús Guzmán


Dariush Mehrjui y Vahideh Mohammadifar


Matthew Perry 

lunes, 23 de octubre de 2023

Los asesinos de la luna


Vaya por delante que ésta de Scorsese es la penúltima película en lo que le queda a 2023 cuyo estreno en cine me importa. O lo que es lo mismo, que es de las pocas por las que estoy dispuesto a pagar la entrada. Para los que, además, miden las experiencias (película, novela, obra de teatro, exposición o concierto) "al peso", tiene el valor añadido de durar tres horas y veintiséis minutos.

Ese es el talón de Aquiles de Los asesinos de la luna: dura demasiado. El asunto está claro desde el minuto uno o cualquier trailer que te lleves a la boca. Todo está primorosamente construido, localizaciones, ambientación de época, puesta en escena de una sociedad mugrosa en poblaciones sin glamour, manchadas de sangre y petróleo. La mayoría de personajes se trazan con pulso y trastienda, aunque algunos sólo tengan pulso o trastienda (hermano e hijos de Ernest, pareja/amante de William Hale). 

Los estallidos de violencia y el crimen principal y más escalofriante, que es el que no se consuma, son tan solventes y estremecedores como pide una del viejo Marty. Estrellas como Leonardo DiCaprio y Robert De Niro le otorgan lustre al desarrollo y la galería de secundarios importantes da la vuelta a la manzana. El impagable casting fisonómico es también marca de la casa. Los diálogos lucen ingeniosos y naturales. La banda sonora, un poco monótona, es igualmente buena y tiene el buen gusto de no cubrir el metraje entero.


Pero, con todo eso brillando, bastante razón tiene el Variety cuando califica la película-caso de "masacre a cámara lenta que se ahoga tanto en los detalles que  pierde el hilo". Estoy de acuerdo en eso con el crítico Peter Debruge. A la película le falta linealidad, se demora en demasiadas cuestiones tangenciales perfectamente prescindibles (por ejemplo, la masonería de William, los robos y timbas, los parlamentos en indio subtitulados a capricho, la voz en off que va y viene sin criterio claro). Hay elementos, en cambio, que por falta de explicaciones quedan confusos, al extrañamiento o interpretación ciega del espectador. 

Con un punto de partida más sintético, Scorsese y su eterna montadora Thelma Schoonmaker hubiesen concretado una propuesta muy potente. Su talento, no obstante, queda más que plasmado en una historia en la que el ritmo y el interés no decaen en ningún momento. Es al final del viaje cuando te preguntas si las escenas debían durar lo que duran y si todas eran necesarias. Puede que Scorsese y Thelma se vean ya tan al final del camino que no quieran sacrificar nada de lo que tanto esfuerzo cuesta levantar a los ochenta. Lo entiendo en el director, pero no tanto en la montadora que se ha enfrentado a Toro salvaje, Uno de los nuestros, Casino o La Edad de la Inocencia. En fin, parece que han crecido en metraje ambos a la par: ni El lobo de Wall Street, ni Silencio, ni El irlandés (también del tándem Martin-Thelma, las más recientes), moderan su extensión en material rodado o su montaje. 

Así que toca dejarse llevar, que el espectáculo, en cualquier caso, está servido. Que vuelve el De Niro que nunca debió marcharse y el hallazgo de Lily Gladstone como la impenetrable y romántica Molly. Sólo lamento que Di Caprio esté casi todo el tiempo en pantalla, porque su rictus de pueblerino pasado de whisky y entendederas limitadas acaba agotándome. A lo mejor fue eso lo que se me hizo largo.

 

jueves, 19 de octubre de 2023

Nowhere

Netflix es la viva representación del tiempo en que vivimos, entre sensacionalismo y "shoft" (suena más sucio que "light"). 

Para ejercer en régimen de supremacía, le bastan los grandes hitos del catálogo (todos de su primera época), los subarriendos de pelaje variopinto cocinados en otras plataformas/productoras, los nuevos productos documentales de chismorreo deportivo, las películas de autor con un innegociable "tuneo netflix", las series a manivela promocionadas siempre como la que no te puedes perder, sobre la que todo el mundo está hablando, perfecta para un maratón de fin de semana, noche de sofá y palomitas, etc. etc. Y, por supuesto, las películas de algún realizador aupado por un éxito previo de la propia plataforma. Para el caso, Albert Pintó, que ha dirigido casas de papeles, cielos de colores... y que se atreve con el contenedor flotante de Nowhere encantado de la vida. 

Es lógico: resulta difícil resistirse al reto de mantener el ritmo y el interés en un espacio prácticamente único (aunque la película tenga también un prólogo olvidable y algunos flashbacks que oxigenan el desarrollo). La tentación es aún mayor si cuentas con Anna Castillo para protagonizar la pesadilla, siendo el único personaje en pantalla en un 85% del metraje o más. 

Nowhere se sostiene sobre los hombros de esta actriz prodigiosa. Hombros de un cuerpecito que parece capaz de soportar cualquier producto y salir triunfante o, como poco, indemne (véase la miniserie Un cuento perfecto, cursilada netflix que se hace hasta simpática solo gracias a ella). 

Si se asume la endeble premisa argumental de Nowhere y se le conceden unos cuantos minutos al viaje para entrar en situación, hay que admitir que Pintó sabe manejarse en el contenedor flotante, donde pasa un poco de todo eso que suele pasar en las historias de supervivencia extrema. Pero claro: Albert Pintó no es Rodrigo Cortés

Por cierto, Cortés ha fichado a Anna Castillo en su próxima película, sacándola de Netflix antes de que se ahogue.

 

miércoles, 18 de octubre de 2023

Golpe de suerte

Está película gustará a los viejos seguidores de Woody Allen más que a la crítica moderna. Ya apenas se hacen películas así, ni a la francesa. Sólo los viejos cineastas de las distintas cinematografías siguen apostando por dialogadas vidas vulgares en situaciones extraordinarias (ahora se lleva más la gente extraordinarias en situaciones inauditas, contadas en guiones vulgares).

Eso sí: los personajes vulgares de Allen son pijos hace mucho tiempo, en Nueva York, París, Roma y hasta Avilés. Pero se reconocen en sus rutinas, bajezas, miedos y chismes. A partir de ahí, el octogenario Woody puede contar lo que quiera y en el tono que se le antoje: comedia o drama, intriguilla o filosofeo, amor y odio, azar y crimen.

Esta película 50 del clarinetista tiene de todo eso varias pizcas, aunque creo que lo que funciona mejor en ella es el desarrollo liviano (que consigue estremecer en determinados momentos muy "banalidad del mal") y la sorpresa última, aunque no sea la primera vez que la usa. No obstante, es inesperada. Siendo la más obvia, Allen ha ido soltando pistas falsas aquí y allá que eleven el impacto del desenlace.

La joven Lou De Lâage hace de Scarlett (sobre todo en el físico) y, más descaradamente, Valerie Lemercier sustituye a Diane Keaton en el papel que hubiese interpretado ella si esto lo hubiera podido rodar Allen en los Estados Unidos. Los demás actores son intercambiables con la fértil cantera de característicos que tienen en Hollywood. Y es que Golpe de suerte, a la americana, bien podría ser una de aquellas películas de los noventa en las que Allen reunía repartos imposibles por cuatro pavos. 

Eso se acabó. Paradójicamente, el newyorkino que más ha reivindicado el cine europeo en sus películas ha acabado exportando la propia fórmula al Viejo continente, con él al mando y demasiado mayor. Ese ha sido nuestro golpe de suerte. El suyo, hacer esta película notable para poner fin a su carrera.  

viernes, 13 de octubre de 2023

Predator: la presa

Algunos amigos cinéfilos, cuando me descuelgo con películas de esta catadura me preguntan abiertamente "¿por qué las ves?" Quizá porque en las chatarrerías aparecen de vez en cuando raras y valiosas piezas.

La chatarrería Predator lo es desde la segunda entrega del cazador deportivo intergaláctico, para el que los hombres son piezas mayores dignas de adornar con su osamenta la pared de la nave. 

La penúltima entrega, anterior a la que nos ocupa, tocaba fondo en todo lo que no se debe hacer con un personaje interesante: dejarlo sin premisa y rodearlo de amigos y enemigos entre lo absurdo, lo idiota y lo irritante, eliminar el misterio y sustituirlo por barullo de la peor estofa. En fin, un desastre total. 

Pero no hay sábado perezoso en el que no esté uno dispuesto a probar una tapita de Megalodón o una entrega depredadora que se va hasta el mil setecientos, el de llanuras americanas habitadas por guerreros comanches y tramperos mugrosos.

Que sea mujer (rastreadora y buena con los hierbajos sanadores) el guerrero que va a enfrentarse al cazador de los cielos es esta vez algo que juega a favor de la historia, no una imposición a la moda. Al menos el guion se toma sus molestias. 

Tampoco hace falta explicar de más, aquí importa la cacería, el intercambio de papeles entre las fieras de la propia naturaleza, la serpiente, el puma, el lobo y el oso, los guerreros y su rastreadora, los tramperos franceses y el depredador. Todos son en algún momento cazador o presa.

Con ritmo, sangre, paisaje y emociones primarias muy eficaces, la de la india atada a su hacha es la mejor desde que Arnold se cubrió de barro para matar al monstruo. Esta joven comanche (Amber Midthunder), tiene su propio método, digno de verse aunque se te haga tarde en el sofá.

martes, 10 de octubre de 2023

La ternura

A estas alturas de historia del cine deberían los directores (y nosotros los espectadores, claro), estar prevenidos cuando se adapta el teatro a la pantalla grande. Esto es una obra teatral de vuelo corto que en las tablas funciona, con seis actores, vestuario vistoso y un escenario único,  la isla.

Allí viven separados del mundo por deseo expreso del padre y el hermano mayor, tres varones que no tratan con mujeres, unos por escarmiento y el otro porque no ha podido elegir. Al mismo tiempo, una madre hechicera que quiere proteger a sus dos hijas de matrimonios indeseados, acaba en la isla con la intención de fundar una república de mujeres.

Hasta ahí pinta bien, incluso cuando se hacen pasar ellas por hombres para no traicionarse y los jóvenes se sienten atraídos unos por otros, la cosa tienen cierta gracia. Moderada, porque la comedia con lenguaje de  época no es un terreno fácil para el cine, no digamos ya si es español. Pilar Miró acertó con El perro del hortelano hace demasiado tiempo y no ha conocido sucesora, ni sucesor.

Con todo, lo más chocante es que solo brillen a la altura de lo que la película debió ser los personajes de ambos padres, Emma Suárez y Armando de Castro (disfrutones en sus papeles), gracias a ese odio acerbo al sexo opuesto, que hasta les une para conspirar contra los amores de sus hijos.

Demasiada reiteración en los recursos mágicos o chistosos, un reparto desigual y unos parlamentos que no son de Lope aunque lo finjan, lastran el resultado. Pero la responsabilidad mayor cae en el director, Vicente Villanueva, que no acierta en el modo de poner la cámara salvo en el maravilloso último plano. Sin ternuras, ni ternezas.

lunes, 9 de octubre de 2023

Cerrar los ojos


Podría haberla titulado Erice, la venganza

Treinta años después de su último estreno y veinte de su truncado intento de adaptación a Marsé (El Embrujo de Shanghai que Andrés Vicente Gómez le negó a Erice y le asignó a Trueba), el mejor director vivo del cine español se despacha con su cuarta obra maestra, a base de dirección superlativa, escenas larguísimas, música mínima, reparto máximo, canciones impostadas y cultura cinematográfica inalcanzable.

Sólo Garci tienen ese dominio del legado cultural hispano y la libertad para usarlo sin sonrojo. Los dos han pagado el precio y los dos seguirán ahí, cuando la mayor parte del cine que se rueda en España se haya desecho por su mal envejecer.  

 

Erice te pone libros ante los ojos, hace que su personaje los mire, los manosee, los compre y los lea. Rueda en el Museo del Prado, presentándolo desde la estatua de Goya. Exhibe la estatua a Pío Baroja, convoca al tango, mete el fútbol, cita a Dreyer, a Hawks y a Von Stemberg, transforma a Josep María Pou en Orson Welles y a su actor desaparecido en el coronel Kurtz de la profesión. Hasta rescata el romanticismo de la latas de celuloide y de los viejos cines abandonados. Todo sin estridencia, sin subrayados, sin desniveles, en inteligente y sosegada progresión. 

Incluso lo más falso que pueda aparecer en pantalla encaja, porque nadie rueda como rueda Erice. Su planificación es apabullante, de ella obtiene el encuadre perfecto, la iluminación idónea, los detalles que importan, los silencios estremecidos cuando mejor convienen, un final demoledor, hermosísimo.


Basta la secuencia inicial para darse cuenta de que Andrés Vicente Gómez hizo el gilipollas cuando rompió con Erice. Éste filma el arranque de su versión de El embrujo de Shanghai y barre completamente. Por supuesto, está además la historia de otra búsqueda y la elucubración del director Miguel Garay, encarnado por Manolo Solo, sobre el momento en el que desapareció su actor Julio Arenas, que encarna José Coronado (¡cómo están los dos intérpretes!). La secuencia junto al mar es otro puñetazo de talento marca Erice.

Para esos tramos en que la intensidad necesita descender tiene a Mario Pardo y a María León, sabiamente repartidos, dos maneras de entender la verdad interpretativa, y a Ana Torrent, su primer fetiche.

La película redondea una carrera irrepetible. Está lejos de ser perfecta y, sin embargo, es lo mejor que se puede ver este año en la sala grande, hasta que llegue Scorsese. El vasco no se lo ha puesto fácil al newyorkino de Queens. 

 

lunes, 2 de octubre de 2023

El padre

La película de Florian Zeller es astuta en su guion, sobria en la puesta en escena y aparentemente pequeña, aunque la salpimenten actrices tan solventes, conocidas y queribles como Olivia Williams y Olivia Colman o especialistas en grimositos como Rufus Sewell y Mark Gatiss.

Todo eso está muy bien, da a un reparto tan reducido cierto relumbrón. Pero la gran baza de la película es Sir Anthony Hopkins, haciendo del padre, un papel que se diría fácil y lucido, de piloto automático para un actor que ha alcanzado ese Olimpo en el que le basta casi con estar en plano para ser cualquier cosa.

Lo que queda dicho de Hopkins y otras muchas verdades rutinarias de su solvencia en el oficio (esa ductilidad camaleónica, esa naturalidad para cambiar de aspecto y hasta de edad, las sonrisas inquietantes, etc.), valen también en esta ocasión. Pero se quedan cortas si tienes un caso próximo en la familia, en edad avanzada, con constitución robusta y mente indefensa, alguien que padezca alzheimer.

La mirada de Hopkins cuando no habla y solo mira las cosas que ya no reconoce o no entiende, sus cabezonerías e irritaciones, su miedo y su impiedad, hasta su gesto dormido son prodigiosa y dolorosamente ciertos. Es un trabajo de composición en un laberinto mental puesto ante nuestros ojos, para que nos ofusquemos en él y entendamos, si ello es posible, la soberana putada de esta enfermedad incurable, la verdadera plaga abatiéndose sobre los padres del siglo XXI.

La huelga de guionistas

Parece que se acaba la huelga de los guionistas de Hollywood. 

Podemos respirar tranquilos, muy pronto en nuestras pantallas, Fast and Furious XI, Saw XI, nuevas e imprescindibles adaptaciones de los clásicos animados de Disney en imagen real (es un decir), Indiana 6, el origen (eehh, no, espera que el origen lo contó ya Spielberg, entonces Indiana Jones en el Metaverso), Jurassic World 6, Bond reseteado, Gladiator 3, Depredator contra aliens y comanches (spin off de la de Prey), Wakanda again, y remakes de los grandes títulos de Curtiz, Hitchcock, Pekinpah pero con diálogos woke (mucho-mejor-dónde-va-a-parar).

Del brillante horizonte en las series de TV para plataforma, nos ocupamos otro día, que salgo a celebrar el fin de la huelga.