viernes, 30 de noviembre de 2018

Visionarios del quinqui


Hoy se estrena en los cines españoles Quinqui stars, según filmaffinity "película en la frontera entre el documental creativo y la ficción, que comienza en los años de las transformaciones ocurridas entre los años 70 y 80 en las barriadas periféricas de Madrid, que afectaron a muchos jóvenes y les abocaron hacia la delincuencia. (...) Un fenómeno cinematográfico, que vivió su momento de apogeo con películas como Navajeros y Colegas, de Eloy de la Iglesia; Perros callejeros, de José Antonio de la Loma; y Deprisa, deprisa, de Carlos Saura”.

Hace dos años, mi amigo Juan Laborda y yo mismo participamos en un libro colectivo sobre el quinquismo, capitaneado por el inquieto Jorge González del Pozo: Mitos del cine quinqui, márgenes del cine y periferias de la sociedad.

No sé si Quinqui star es una maravilla o una mierda, que de ambas cosas estaba el género lleno (a veces en la misma película). Pero el ensayo desmenuzaba aquel fenómeno social a fondo, peli a peli.

Porque el cine quinqui siempre vuelve.
Pequeños mitos. Pequeñas dotes adivinatorias.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Superlópez



Javier Ruiz Caldera va a ser el que le salve los muebles este año a Telecinco Cinema, que se ha quedado corto (desde las expectativas de taquilla puestas en sus sucesivos estrenos), a pesar de las promociones y lanzamientos apisonadora marca de la casa. 

Este realizador es un tipo solvente que conoce su oficio. La primera vez que llamó la atención fue con aquel artefacto llamado Spanish Movie, que parodiaba a pura brocha gorda grandes títulos de nuestra cinematografía reciente (recuerdo a bote pronto Volver, Los OtrosEl OrfanatoEl laberinto del faunoMar adentro). Era de es clase de película que ofrece risas en un encadenado de gags tirando a zafios y hace caja. Aunque lo que a mí me sorprendió gratamente fue que el cocinado de semejante potaje fuera capaz de demostrar que hay títulos españoles con calado popular y escenas antológicas, hasta el punto de poderse parodiar sin temer su desconocimiento por el espectador local. 

Tras la exitosa gamberrada, Ruiz Caldera buscó argumentos aseados y puso en pie Promoción Fantasma, un comedia más o menos juvenil, sencilla y resultona a la que no le fue mal. Tuvo aún mejor acogida 3 bodas de más, con la que su pulso para la comedia subió varios escalones, Inma Cuesta dio una exhibición de las que suele y la taquilla volvió a responderle. 

Seguramente los que cuentan el dinero de las ganancias pensaron que habían encontrado a un infalible (error del que nunca se apean) y pusieron candela para Anacleto, anti-héroe del cómic Bruguera que funcionó como narración de forma notable y divertida, pero se quedó a medias en recaudaciones, sobre todo en relación a lo que Ruiz Caldera consiguió en su anterior película.    

Ahora vuelve a estar de subida en las apuestas: Acaba de estrenar Superlópez, que no pasará a la historia como película grande o de culto, porque su única pretensión es dar risas a paletadas a costa de la cutrez de la que tanto nos gusta reírnos, y no digamos si es la nuestra. 

Tiene de nuevo buenos comediantes en el ajo: Borja Cobeaga y Diego San José (con más que probada habilidad para hacer reír al respetable), pilotan el guión; Dani RoviraAlejandra JiménezJulián López, Maribel Verdú, Pedro Casablanc o Gracia Olayo pueden escenificar cualquier comicidad a la que la producción se atreva; y todo parte de un estupendo personaje de Jan del que parece suficiente explotar el nombre, el traje y el bigote.  

En este punto, importa la trama mínima para que la cosa rule de principio a fin, mientras la trufas de situaciones humorísticas a tono.


Ahí empiezan los problemas: las situaciones no son tan graciosas como deberían. Falta, sin ir más lejos, un potente gag de arranque, que aquí se sustituye por el paralelismo entre los orígenes de este súper y los de Superman, pero sin Brando (ni Glenn Ford). En fin, que un mero bigote temprano no tiene tanta gracia. 

Después, en cada paso del avance narrativo (familia, trabajo, salvamento chapu, Luisa la novia, Ágata la villana, regreso al hogar, duelo final...), el interés por los hechos renquea y la vocación de comedia también. En mi opinión, muy pocos guiños funcionan razonablemente, otros cantan la traviata y contados son los que arrancan la agradecible risa, casi siempre gracias a los intérpretes más especializados, Olayo, López y Jiménez. 

A veces parece una cuestión de ritmo, del nervio que requiere la Comedia, ese santo grial que puede esconderse en la puesta en escena, en el montaje, en la dirección de actores, en el libreto,... o en todos. Pero algunos momentos que piden un remate final descacharrante te dejan con las ganas y las situaciones más prolongadas desinflan la necesaria viveza o incluso vértigo que lo súper-heroico, aún en parodia, precisa. 

Esto del humor siempre es muy personal. Sin embargo, todos los artífices de esta película (guionistas, director, intérpretes), me han dado mucha diversión en otras ocasiones, así que la decepción es para mí mayor. Quizá me empieza a cansar el recurso de que en España no somos más que unos cutres y me irritan los chistes en los que los inmigrantes latinoamericanos son el felpudo de nuestra mezquindad. Me cansa o me irrita, lo verbalicen los actores o lo representen en pantalla. 

Por descontado, en Superlópez los objetivos del héroe y la villana no importan lo más mínimo. Los de Telecinco van a cumplirse. 

martes, 27 de noviembre de 2018

Davides gigantescos

De Sica (Italia)

Truffaut (Francia)

Reed (Inglaterra)

Gutiérrez Alea (Cuba)

Erice (España)

Bergman (Suecia)

Fassbinder (Alemania)

Bertolucci (Italia)


lunes, 26 de noviembre de 2018

Bernardo Bertolucci


Bertolucci fue uno de aquellos grandes cineastas europeos cabalgando la espuma internacional que levantó el viejo continente en los setenta. Fue poeta y comunista de joven, banderas tempranas muy a lo siglo XX. Rodó La estrategia de la araña ya con fotografía de Vittorio Storaro, que iba a acompañarle en todos sus títulos mayores; adaptó a Moravia en El conformista, con la que levantó el David de Donatello a mejor película; se marcó un tango inolvidable con Brando y la Schneider en París sólo dos años después; hizo la película-río Novecento con De Niro y Depardieu siendo un par de pipiolos; filmó La luna en el 79 y entró en los 80 con La historia de un hombre ridículo. En conjunto, una década prodigiosa que le convirtió en director estrella, de esos que se conocen en cualquier hotel del mundo aunque no haya Festival con retrospectiva ni estén rodando en la ciudad.

Durante cinco años, apenas firmó un documental, como si fuese ya a vivir de las rentas setenteras, pero en 1987 estrenó El último emperador y arrasó en las taquillas de todo el planeta, además de levantar 9 Oscars, más Donatellos, Globos, Baftas y muchos otros galardones que ahora no recuerdo. Lo consiguió con una película demoledora sobre la soledad en la que el escenario no puede ser más alambicado y preciosista. Allí tenía a su fiel Storaro para sacarle todo el partido a la luz de China. De paso, rescatando a Peter O´Toole de unos años nefastos.


Luego del súper-éxito, se permite bellas y plúmbeas marcianadas como El cielo protector o Pequeño Buda y delicias sencillas pero llenas de hondura e ideas como Belleza Robada, L'assedio y Soñadores.

En el nuevo siglo, Bertolucci es ya intocable. Quizá por eso (que no sólo España sabe ser ingrata), el último director italiano universalmente reconocido se pasa nueve años sin rodar. Lo hace en 2012, con la barata y muy bertolucciana Tú y yo, su bonito canto del cisne en la ficción.

Las últimas veces que le vi en fotos de prensa iba en silla de ruedas. Me recordaba al viejo Ford, al que un negro fortachón cargaba en los almuerzos del coche hasta la mesa y vuelta. Como el gringo irlandés, el cineasta de Parma no iba de nada, ni se quejaba demasiado.

Hizo, en fin, lo que le salió de los cojones. Arrivederci, Bernardo.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Arde Madrid


Paco León, que (ya dije por aquí cuando Kiki), me parece el chico listo del audiovisual español de hoy, se marca una serie llena de riesgos que acierta en casi todo.

Tiene, para empezar, un logradísimo ritmo de comedia, con una galería de personajes bien trazados en su esencia y divertidos en la cáscara: Ava Gardner, los Perón, los tres criados, el hermano esquizofrénico, los gitanos, la jefecilla de Falange,…  

Debi Mazar encarna con soltura un espíritu libre como es el de la estrella (libre porque vive a 10.000 kilómetros de Hollywood y de Sinatra), y su personaje convive perfectamente con el chófer pícaro (el propio Paco León), la jovencita que ya aspira a vivir sin posguerra mental (Anna Castillo) y la tullida raspa y más lista que el hambre: Inma Cuesta, dueña indiscutible de la función.

Tiene también un ambiente muy logrado, que trasciende la mera ambientación espacio-temporal, que mezcla con habilidad lo superficial y lo hondo dentro de un conjunto adscrito a lo satírico para avanzar en la comedia astutamente, desactivando las  parcelas más polémicas por el camino y, como ejemplo, basta la escena de la monja intercesora de una “dación de niño”, provista de un gag estupendo que remata Anna Castillo a gol.


La fotografía en blanco y negro, la música (incluso cuando algunos temas son algo posteriores al tiempo narrado), las farras flamencas, las fiestas “biutiful” , la Gran Vía, el salón inmenso de un piso de norteamericana con dinero y carácter… Ese pisazo años 60 en contraste, más que con el dormitorio de la servidumbre, con el piso de los Perón (sufrido vecinos), que se supone igual de grande que el de Ava y transmite lo opuesto, una existencia encogida y axfisiante. En definitiva, excelente el trabajo de dirección artística y todo cuanto arrastra.

Así que, en el haber, tenemos una historia interesante, buen ritmo, buenos personajes, intérpretes adecuados y ambientación y ambiente precisos y preciosos.

Ahora vamos con el debe, o el casi. Ava Gardner es Ava Gardner,  un mito internacional que en España es además leyenda. Ojalá siguiese entre nosotros mi querido amigo Pepe Berdoy, que adoraba a Ava tanto o más que yo, para dar su opinión sobre otra actriz haciendo de Ava.

Personalmente, creo que es una decisión que siempre se queda en tierra de nadie: Si nos tiramos a la piscina, ninguna actriz que acepte el reto, por buena que sea (y Debi Mazar hasta se da un aire), puede encarnar a Ava Gardner.  

Si, en cambio, el guión habla de una actriz norteamericana de aquella época instalada en Madrid, aunque se le ponga otro nombre no terminará de funcionar lo de “personaje inspirado en…” pues los espectadores sabrán que hablamos de Ava y volveremos al problema de no ver a la auténtica Ava. En fin, que Ava como centro de la telaraña constituye al mismo tiempo una fortaleza y la debilidad de la serie. Aunque este “pero” sea de purista.


El otro aspecto que no termino de considerar bien resuelto se refiere a la libertad o represión sexual de unos y de otros. En especial porque la libertad encarnada en la estrella me resulta exageradamente explícita incluso para Ava. Y la represión desbordada por el deseo se resuelve con una agilidad algo impostada (el tiempo que transcurre es muy poco), aunque funciona como gag en todas sus versiones. He leído por ahí que Paco León se empeña en mostrarnos lo bueno que es follar lo que se tercie, como si no lo supiéramos. Algo de eso hay y, si hacen otra temporada, con la “biutiful” que rodea de noche a la estrella tiene un filón.

Después de todo, supongo que es por eso que la serie se llama ARDE Madrid.


domingo, 18 de noviembre de 2018

La balada de Buster Scruggs


Parece que Netflix paga mejor y, de momento, les deja a sus más reputados fichajes hacer lo que se les antoje. Puede ser una sensación engañosa y la plataforma apretar lo mismo que los Estudios de toda la vida, pero viendo esta incursión de los hermanos Coen (dos sesentones, aunque cueste creerlo), apostaría a que les han dejado hacer lo que más les gustara.


Siempre he puesto en duda que las películas fueran mejores si los autores últimos (director, guionista), hicieran lo que les diese la gana. Dos ejemplos pardigmáticos: La ampliación de Apocalipsis Now por Coppola, décadas después del primer montaje, en nada la mejora (y la escena de la plantación francesa fue denostada por el propio Francis en su momento, así lo acredita el estupendo documental de su mujer). El insuperable e influyente Blade Runner de Scott ha sufrido 4 versiones posteriores a la que le impuso el Estudio. De hecho, corre una broma en el oficio entre todos los que han trabajado con él: “fui una vez a verle a su caravana y estaba haciendo un nuevo montaje de Blade Runner”. De los cinco montajes conocidos, el impuesto al director (el primero), es claramente el más adecuado. Si retrocedemos en el tiempo hollywoodiense, en el que las obras maestras se multiplican, la inmensa mayoría se proyectaron como el Estudio consideró oportuno y obras maestras son. Se sabe que El cuarto mandamiento de Welles sufrió graves amputaciones y que todo el cine de Peckinpah corrió la misma  suerte. Pero queda suspendida en la leyenda la idea sin pruebas de que serían hoy mejores películas si sus artífices hubieran tenido el “director´s cut”.


Volviendo a los Coen y su balada: No sé si han tenido el control pleno, aunque la cosa apunta a que sí, pues no puede ser más coeniano el resultado. De este modo, atribuiré sus aciertos y sus fallos a los hermanos más famosos del cine americano de las últimas décadas. Entre los aciertos, la fotografía, los diálogos, la versatilidad de las historias (seis bien diferentes) y la capacidad cada vez más infrecuente en la “Meca” de no anticipar nada de lo que suceda, puesto que el interés de su narrativa radica precisamente en la originalidad de todo, de manera que no sabes por dónde van a salirte en cada secuencia y en los distintos desenlaces.


Entre los fallos, una servidumbre que a veces se saltan, pero menos de las deseables: cada historia tiene que acabar con muerto protagónico. Esto te predispone a lo peor en cada una de las seis piezas, vistas las dos primeras (la inicial gamberra a lo Coen, la segunda brillantísima). La historia del teatro ambulante es la que más descubre las debilidades de este esquema narrativo: tiene un planteamiento excelente que después no saben manejar con el talento que se les supone y va hacia su final en franco descenso. La de las caravanas, la más larga y elaborada, es coherente de principio a fin y, si la ves un par de veces (ventaja Netflix), detectas pistas sutiles y muy inteligentes de lo que puede pasar, pero lo que finalmente pasa produce un anti-clímax nada aconsejable. Es un final para “listillos”, como lo es el del relato que cierra la película.

En realidad, todo queda “muy Coen” y Netflix estará satisfecha. Aunque, más allá de ser fan o muy fan de los hermanos, lo cierto es que esta vez les ha salido algo interesante pero enormemente irregular. Y no dejo de pensar (pido disculpas a las ofendidos), que les hubieran venido bien algunas imposiciones de Estudio para la ocasión. A lo mejor hablábamos ahora de una obra maestra, que aún pudo serlo más si no se hubiera interpuesto el cabrón de algún despacho sin pizca de sensibilidad.  


jueves, 15 de noviembre de 2018

Paréntesis en la Kadaria

Este libro magnífico va de un escritor escribiendo sobre otro escritor. 
El primero es mi talentoso y concienzudo amigo José Carlos Rodrigo Breto
El segundo es el albanés universal Ismaíl Kadaré.
Acaba de salir con Ediciones del Subsuelo.
Para que el Cine no falte, ojo a la estupenda portada a lo Saul Bass


martes, 13 de noviembre de 2018

Stan Marvel Lee


Desde que se convirtió en un viejales con chiste-cameo en cada película originada en la casa Marvel, Stan empezó a parecerme el Hugh Hefner de los cuerpos masculinos musculados e identidades secretas.

Aquellos tipos multicolores capaces de todo eran el reverso de las tías neumáticas en bikini de la casa Playboy de Hugh, la cara esforzada (y tapada) del sueño americano en grado superlativo.

Y ambos ancianos me transmitían la misma sonrisa de triunfadores satisfechos, pero sin ofender.

Se cuenta que Stan quiso escribir la gran novela americana, como todos los plumillas estadounidenses del siglo XX. Nunca lo hizo, pero se inventó para el fértil mundo del cómic a Los cuatro fantásticosIron manHulkLa patrulla X (todos dibujados por el gran Kirby), Daredevil (con Everett), el Doctor Extraño y Spiderman (con Ditko). Aparte de darle guiones a Buscema y a Romita, contar con Miller para algunos de los personajes más populares de la casa o llamar a DC Cómics “la distinguida competencia”.

Stan siempre supo que el cine era el destino natural de sus héroes. Tuvo que esperar a que la tecnología hiciese posible la representación verosímil de los súper-poderes, aunque las prisas le jugaron algunas malas pasadas, y basta revisar las primeras películas de Spiderman en los años 70 para confirmarlo.

También fue Spiderman, su criatura favorita, el primer gran personaje de Marvel que demostró al espectador lo que los cómics de fanta-mamporros podían ofrecerle en el nuevo milenio, aunque Marvel convertido en Estudio de cine se inauguró con Iron Man, pegando fuerte a los detractores y enamorando a la afición. De eso hace una década y a los súper (ya diversificados en el streaming gracias a otros enmascarados de Nueva York), parece quedarles cuerda para un puñado de años más, antes de que lleguen las historias crepusculares primero, la travesía del desierto después y los chispazos aislados y esporádicos de genio como último refugio, a la manera del género western.

Stan Lee hacía unos guiones estupendos. Aún tengo cómics del Spiderman de Romita dialogados por él. Como no son primeras ediciones USA no se han revalorizado tras la muerte del viejo, así que se quedarán conmigo para los restos.

No es tristeza, me imagino a Lee con Hefner, hablando de cuerpos perfectos y sus milagros en un rincón colorido del infierno y con eso me basta para sonreír: Tenían el mismo canon.




jueves, 8 de noviembre de 2018

XIII Festival de Cine Inédito de Mérida



El jueves que viene empieza una nueva edición de mi Festival de Cine favorito, por pequeño, exigente, perseverante y necesario.  

Ángel Briz y Emilio Luna a los mandos del evento, David Garrido apoyando desde la Filmoteca, y ese grupo de irreductibles extremeños enamorados del buen cine que les siguen en la aventura, llevan a la ciudad películas aún inéditas en la región o en España entera. En versión original subtitulada. 

Para muchas de esas películas, es probable que sea la única oportunidad de lucirse en pantalla grande en Mérida y puede que en toda Extremadura.

El Festival permite a los espectadores más inquietos disfrutar de ellas en el formato que merecen. Por supuesto, la fiesta va aliñada de mucho más. Para muestra un botón, lo programado en la sección Cine y Escuela para los más pequeños espectadores del Festival es una selección impecable de películas de Charles ChaplinHarold Lloyd Buster Keaton. Joyas del Cine Mudo que para la chavalería escolar y en pantalla grande permanecen inéditas y ya va siendo hora de subsanarlo.

Podéis haceros el plan para disfrutar cada día del Festival consultando su programación en www.festivalcinemerida.com

En fin, que un año más lo han vuelto a hacer y ya está todo listo para la afición. 
Gracias por resistir. 


martes, 6 de noviembre de 2018

El mejor verano de mi vida


Esta historia te la cuenta Leo Harlem en un monólogo de 10 minutos y tiene muchísima más gracia.

De cómo a día de hoy se ha convertido El mejor verano de mi vida en la segunda película española de 2018 en recaudación, no tengo explicaciones demasiado concluyentes: Es solo una digna película familiar, con unos mimbres casi disneychannel, pero con Leo.

A priori, parece una combinación difícil, pero  no. Tiene color veraniego para chalet y carretera con canciones de cassette para corear; tiene colaboraciones entrañables más o menos graciosas, no cameos, sino apariciones por personaje interpuesto, de Arturo Valls, Silvia Abril, Berto Romero, Gracia Olayo (madre superiora de La llamada), Jordi Sánchez, Isabel Ordaz (la hierbas) y Antonio Dechent; tiene buenos y malos algo tontos (los malos y los buenos), final feliz y moralejita; pero, sobre todo, tiene a Leo Harlem haciendo el papel que le va mejor, la bestia negra del vegetarianismo, el hippie-zen, la psicopedagogía infantil moderna, las altas finanzas con latrocinio y las fiestas ibicencas de postureo.  

El resultado, como dice Toni Vall en la revista Cinemanía, es una película “tan inocua que da hasta ternura”.

A veces pasa, con una estructura muy básica, buen rollo agradecido aunque simploncete y un humorista muy popular y querido que se defiende bien si el guión es a medida. Puede que, mirándolo bien, todo se limite a la única verdad en esta película: Un verano con Leo tiene que ser un descojone.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody



Esto es principalmente un festival de música de Queen en el que desfilan por la pantalla grande sus más grandes éxitos, se trata sobre todo de eso.

Lo demás, una narración-biopic aseada y superficial centrada en Mercury, está  a su servicio.

Varias secuencias inspiradas, en el despacho del primer productor y del último o en la soledad ofuscada de Freddie, dejan entrever la cantidad de material interesante que podía haber formado parte de una película mejor.

Pero la baza es la de la música, para todos los artífices y voces influyentes en la realización. Y lo es en todas sus variantes: la chispa de inspiración que conduce a las primeras notas de una melodía reconocible, los ensayos y grabaciones de varios hitos del grupo y, naturalmente, el directo, el electrizante directo de Queen, en el que los actores se mimetizan con los ídolos musicales mientras suenan los temas verdaderos a toda castaña.

La épica de esta película se ciñe al escenario, y el mimetismo en Wembley llega hasta los movimientos de cámara.

No crece el cine, crece Queen. Misión cumplida.



domingo, 4 de noviembre de 2018

The Haunting of Hill House



Ojo a la tópica casa encantada en la que una familia de recién llegados se entera de lo que vale un peine antiguo. Porque de algo tan manido se puede elaborar una serie elegante, pausada, atmosférica, segura de sus bazas.

The Haunting of Hill House tiene un reparto impecable, preciso en todo momento, fulgurante cuando la secuencia lo pide y un texto elaborado, que se demora en los detalles que requieren atención.

La casa encantada es un hallazgo, en el que no se sabe qué méritos pone la dirección artística y cuáles son de la localización misma. Pero la vida fuera es igual de escalofriante y desoladora.

Otro punto fuerte son los manejos del tiempo, el presente y los pasados más lejanos o más próximos, en diferentes espacios, siempre al servicio de la narración y sus claroscuros, no para embarullarla gratuitamente.  


En cuanto a los fantasmas, se utilizan con lógica interna y en los sustos que el género obliga, con astucia y moderación. Es preferible subir la tensión en las esperas que darle un calambrazo al espectador cada dos minutos. Lo que mejor funciona es no saber cuándo sucederá qué. Pensar en momentos sucesivos que el efecto va a llegar y que llegue cuando te has entregado a la historia personal de los Crain.

Porque eso es lo esencial de esta serie: La historia de los Crain, en la que Hill House se erige en perfecto contenedor de los miedos, debilidades y querencias de una familia condenada a pasar las de Caín, en la casa y fuera de ella. Hay maldiciones que vienen de fábrica, sólo necesitan el lugar idóneo en el que florecer.

De la inteligencia esmerada de esta serie y de su director-guionista Mike Flanagan, basta el capítulo seis, un modelo de efectividad narrativa y técnica en la que los intérpretes se tiran las verdades a la cara en medio de un velatorio.

Que no hagan más temporadas. Que no caiga sobre esta joyita la maldición de Netflix.  


viernes, 2 de noviembre de 2018

Álvaro de Luna, uno de los nuestros


Me cruzaba con él en el Gijón los días de la tertulia decana, aunque nunca pude sentarme en aquella mesa. Yo he ido poco y a otros rincones del establecimiento, a veces para soñar autorías de Café, otras para enseñar un lugar de leyenda a algún viajero de paso.

Álvaro de Luna también fue leyenda. Hizo teatro a mansalva, televisión y cine, en el que empezó de especialista almeriense. Su portentoso físico le permitiría embarcarse en cualquier producción, a caballo y a pie, a puñetazos, a tiros o a espada.

Pero escondía un actor muy solvente y lo demostró en cuanto hubo ocasión, con dos papeles consecutivos que le instalaron en el imaginario español más entrañable: El Algarrobo, de la serie de aventuras y bandolerismo Curro Jiménez, y el padre de familia de La barraca, basada en la novela valenciana de Blasco Ibáñez. Puso su bonhomía y buen hacer en otras series televisivas de referencia, como Farmacia de Guardia, Señor Alcalde, Gran Reserva o Águila Roja.

También en teatro era capaz de todo, y muchos Estudio 1 bien grabados lo atestiguan. Su carrera en el cine fue curiosamente la menos afortunada, le faltó ese título de incontestable relumbrón, ese papel imperecedero, pero estaba estupendo en Luna de lobos o en La guerra de los locos, por nombrar dos buenas películas rápidamente.

Tuvo, sobre todo, una virtud que en nuestra tierra es infrecuente: le caía bien a todo el mundo.

Nuestro querido Algarrobo se ha ido a la Sierra para la eternidad. Allí vivaquean ya Curro y el Estudiante. Échale un trago a la bota mientras llegamos los demás, amigo. Y cuidado con ese trabuco.