lunes, 22 de agosto de 2011

Ser o no ser


Anoche soñé que volvía a Manderley…

…Y sus muros tiznados parecían Varsovia cuando Hitler decidió saltarse la dieta vegetariana para tragarse Polonia entera, incluyendo sus teatros. Afortunadamente, el Polski había quedado en pie y en la compañía de los Tura no tenían ninguna Eva Harrington con aspiraciones. Bastante rivalidad gastaban por sí solos María Tura, la más bella actriz polaca, tan famosa que hasta le habían puesto su nombre a una sopa, y ese gran, grandísimo actorque es su marido Joseph. Un hombre vanidoso e inseguro que adora interpretar a Hamlet, hasta que una noche alguien del público se marcha de la platea cuando él comienza el monólogo más famoso de la historia del teatro: Ser o no ser…

El motivo por el que aquel joven abandonaba la sala no es otro que María Tura, a la que le gusta coquetear con sus admiradores pues, como suele decir su asistenta: lo que un marido no sabe no le hace daño a su esposa.

Desbaratando esta armoniosa vida de artistas irrumpió el nazismo. Y el actor que interpretaría a Hitler en la comediaGestapo no pudo defender su parecido físico con el Führer ante el patio de butacas. Para mí no es más que un hombre con un bigotito, dirá el director de la compañía, pero lo cierto es que al poco tiempo se han suspendido los ensayos porque hay un jefe de la auténtica Gestapo en Varsovia, apodadocampo de concentración Ehrhardt, y traidores a la nación como el profesor Siletzky, dispuestos a delatar a los familiares de toda la escuadrilla polaca.


Con ese barro dramático, Lubitsch compuso un tratado alternativo (y anterior) al de Mankiewicz sobre el arte de fingir, donde tampoco las cosas son lo que parecen, pero por diferentes motivos: Aquí la infidelidad se transforma en suerte, la farsa se convierte en valentía y lo trágico se reafirma en la comedia.


Lubitsch sabía que por mucho nazismo que azotase a Europa no hay por qué menospreciar una carcajada. Por eso hay que reír y emocionarse con estos personajes, en su mayoría mezquinos y entrañables, que pueden al mismo tiempo quererse y hacerse burla, pero también salvarse los unos a los otros, dar implacable caza a su enemigo o escupirle las palabras de Shylock a la plana mayor de Hitler en su misma cara.


Una vez le oí explicar a Garci un viejo ejercicio de cinematografía comparada para distinguir los niveles posibles de genio, que tiene como protagonistas a Wilder y a Lubitsch. En la secuencia de Wilder, un camión de riego enfilaría una calle de París donde una pareja se besa apasionadamente. El camión los mojará al pasar, pero los amantes seguirán besándose, abstraídos completamente en su pasión. Es un recurso ingenioso y contundente que Wilder puso en práctica en Ariane (1957) para describir el plus de romanticismo que se le atribuye a esta ciudad. Con esa misma secuencia, Lubitsch habría tomado el punto de vista del conductor del camión que se dirige hacia la pareja; antes de alcanzarla, el conductor detendría el riego y, una vez rebasados, volvería a accionarlo para continuar su trabajo sin que los amantes advirtiesen nada, abstraídos como están en su pasión. El genio en grado sumo. Ser o no ser Lubitsch.


Si esa capacidad para “el toque” se aliña con Shakespeare y Ana Karenina, con la infidelidad y la duda, con los celos profesionales y amateurs, con la suplantación al mismo tiempo cómica y heroica, con la escalofriante estupidez del nazismo y con un chiste de quesos, se obtiene una comedia a la que sólo Wilder sería capaz de acercarse cambiando a Schultz!!! por Vinstoc!!! y a la sofisticada rubia Lombard por la exuberante rubia Monroe.


Siempre que voy al teatro a ver Hamlet, trato de averiguar si sus protagonistas son marido y mujer en la vida real, para levantarme al comienzo del monólogo. Por ver qué pasa. Por volver a Manderley.


(Publicado en la revista Culturamas, agosto 2011)