sábado, 24 de octubre de 2026

La bola negra

  

La última de la Fiesta del Cine que pude ver a precio de ganga (es un decir), fue la sensación de la temporada: La bola negra de Los Javis. Por esas alineaciones de planetas que nadie controla, a esta película se le ha puesto la suerte de cara y lo está ganando todo y lo que te rondaré morena/o/e.

También arrasó en su día Ocho apellidos vascos y era una comedia simplemente aseada y no maestra. "¡El  Cosmos!", que diría Punset. Y es que la última de Los Javis no está mal, pero tampoco es lo nunca visto, ni en el subgénero guerra civil ni el de homo-cine. La novedad es que se combinen con astucia ambos palos y que las ideologías en liza no sean el condicionante principal en la peripecia trágica de los protagonistas.  

No hay persecución homófoba de la falange o de los soldados cafeteros hacia "los maricones", ni defensa irreal de estos por parte de los republicanos. Ese no es el meollo de la cuestión, o no me lo ha parecido. Lo que hay es una denuncia de la vida obligadamente secreta que los homosexuales sufrían en aquella época (los años treinta de España), cuyo drama se exacerba en la guerra aunque llegados a ese punto el drama es general.

 

En cambio, lo que la película no explora es la posibilidad de que unos y otros (aquí los bandos no son rojos y azules, sino homos y heteros), puedan comprenderse y tenerse aprecio o respeto en una situación tan delicada como es una guerra. Si me apuras, en ninguna situación y lugar, pues la historia que transcurre en el presente es también estanca. La única persona hetero de la trama que se desarrolla en la actualidad es la madre amargada y desastrosa que encarna Lola Dueñas con su convicción de siempre.

Para Los Javis, el mundo homosexual y el hetero apenas se tocan. El que no ha salido del armario puede deslizar miraditas turbadas a los marineros cántabros (ya os vale, la pasarela Jean Paul Gaultier), o a la espalda desnuda del preso o a los cuerpos de la tropa bañista que corre y juega en pelotas a cada rato. Pero nadie se descubre y se tolera. La condición se preserva, se oculta, se calla o se comparte con los que también "entienden". 

Quizá la vida sea más bien así, pero eso significaría que apenas se registra ningún avance. Porque ese Madrid de bohemia y transformismo que añora el personaje de Penélope Cruz (excelente aquí), es sobre guion una añoranza impostada. Aquel no era el Madrid de "la movida", coño. Ni siquiera el de los artistas en el que la cabaretera se movería contaba con demasiada libertad para exhibir según que atributos. El propio Lorca es el mejor ejemplo. 

Por lo demás, la trama está bien armada, con su trenza de historias en tiempos y realidades diferentes, la literaria, la histórica, la investigadora. Aunque no todos los intérpretes estén a la misma altura y, junto a hallazgos como Guitarricadelafuente, se cometan errores como el de Milo Quifes o Abert Pla.

Los Javis siguen teniendo oído para salpicar los parlamentos con detalles naturales muy logrados, pero casi rozan ya esa línea roja que hay entre la frescura auténtica y la artificiosidad de tesis. Entre hacer películas y dar discursos. Están recorriendo el camino de Almodóvar al doble de velocidad. Esperemos que el éxito no entierre el talento que han demostrado hasta ahora. 

 

Tom Skerritt


 Ya solo quedan ellas, Tom, no hay alien que las tumbe.

Buen viaje sin Nostromo a este gran actor, que nunca llegó a estrella ni falta que le hizo. 

viernes, 23 de octubre de 2026

El poder de la red


Aaron Sorkin vuelve a la carga, retomando a uno de sus juguetes rotos pero ricos y peligrosos, o sea, Mark Zuckerberg. Aunque ahora ya no es un chico inseguro con el que se puede empatizar, sino un amargado magnate (monocorde Jeremy Strong), preocupado exclusivamente por el acoso gubernativo y judicial y por las cifras de sus logros, en clics y en beneficio económico puro y duro. Para esta película, el todopoderoso inventor y propietario de Facebook, ahora META (si le añadimos Instagram, WhatsApp, Messenger...), se ha convertido en el epítome del capitalismo más descarnado, del que Sorkin es permanente azote en sus pelis-alegato. Son bastante más humanos sus colaboradores, los que le ayudan a preparar la comparecencia ante comisiones del Congreso, jurados y prensa. En ellos se cuela con razonable naturalidad el carácter didáctico y preventivo que aporta este film sobre el poder de la red.
 
Nota aparte merecen los otros dos personajes de fuste que justifican la historia y acentúan el interés por seguirla de principio a fin, aunque sea a última hora en un multicine de barrio dormitorio. Estos son la tecnóloga Frances Haugen (muy bien encarnada por la joven Mikey Madison) y el analógico periodista de investigación Jeff Horowitz (a cargo del camaleónico y solvente Jeremy Allen White).  Hacen una buena dupla en pantalla, cada vez que la comparten la película crece, aunque siga pecando de didactismo excesivo. 
 
El conjunto, gracias a un ritmo muy medido y al talentoso guion (nadie dialoga como Sorkin), resulta notablemente interesante. Solo flaquea un poco al emplear como ejemplos de polarización y grupos de odio los de un extremo del tablero y nada más que esos. Es cierto que ningún ejemplo es tan ilustrativo y cinematográfico como el que encarna la turba que asaltó el Capitolio en 2021, pero en las meras menciones, informes y videos colgados en la red se pudo incluir más odio que el que generan los proTrump y a la derecha de Trump. 
 
Seguramente, es pedirle demasiado al brillante Aaron Sorkin, a estas alturas "ultrademócrata". ¿Tendrá grupo en Facebook?  

Whalefall: lo que la ballena me enseñó.

 

La primera que vi en la Fiesta del Cine, inaugurando el otoño, me tragó y me escupió al cabo de cien minutos que no aportaron apenas nada. Es lo que tiene un trailer perfecto, de los que te promete emociones claustrofóbicas y submarinas, un Buried dentro de un cachalote, y luego te da un psicodrama familiar flojeras con algunos momentos logrados de angustia en el estómago del cetáceo (muy bien lo del calamar gigante). 

Lo malo de las premisas locas es que hay que alargarlas hasta que funcionen en un largo y, como no lo hacen, necesitas alguito en paralelo que contar. Eso condena la película irremisiblemente. Aquí tenemos a un jovenzuelo huérfano de padre, con trauma al respecto e ideas absurdas de cómo resolverlo. La historia de ese padre, un hombre obsesivo, monotemático y huraño hasta la antipatía es incomprensible y pesada. Pero cuando su voz pasa al interior del animal para sacar a su vástago de apuros, se sumerge (nunca mejor dicho) en el ridículo absoluto.

Los demás personajes, por mencionarlos un poco aquí, no pintan prácticamente nada. Por otra parte, el chico es un irrelevante enigma en lo que a vida personal se refiere. Se entiende que se vaya, pero ¿porqué vuelve y además a bucear y además donde no toca? En fin, una bobada todo. 

Bajonazo.

viernes, 16 de octubre de 2026

A Complete Unknown

 

James Mangold vale para un roto y un descosido: lo mismo te hace una de Lobezno, que una aventurilla de Cruise sin franquiciar, el último Indiana Jones, o una de polis con Stallone gordo y sorderas, para que se vea que no es mal actor si le dejan; un biopic de Jhonny Cash, una romanticada de Meg Ryan, una de loquero para chicas rebeldes, un ramake de western (notable, por cierto) o una de coches de carreras y escuderías rivales. Era cuestión de tiempo que cocinase otro biopic musical en medio de este furor por el género que le ha dado a la industria (Queen, Elton John, Bob Marley, Springsteen, Elvis...). Ya tenía experiencia en ese campo y por fechas similares con su más bonita película: En la cuerda floja.

El estilo invisible no es lo mismo que la falta de estilo. Mangold es más de lo segundo: no tiene estilo claro. Pero sabe rodar, colocar la cámara y manejar la luz en cada película que tiene entre manos. Pertenece a la pequeña y un poco avejentada cofradía de buenos artesanos estadounidenses. Hace muy poco estrenó la de Bob Dylan. Está bien que la haya rodado él, porque es una película de estrella y se necesitaba un director que no ejerza de tal. Para eso ya está Timothée haciendo de Bob. 

Es lo que lastra el film en mi opinión, que Chalamet clava al Dylan más autista y antipático, preocupado porque no vean en él al joven galán, sino al actor metódico capaz de meterse en otras pieles de manera radical. Lo hace aquí, indiscutiblemente: canta como Dylan, fuma como Dylan, mira de través como Dylan... es tan tedioso como Dylan cada vez que deja de cantar. 

Son la época, la ciudad de New York y el resto de figuras lo que consigue  que la cinta se convierta cada pocos minutos en caramelo: Joan Báez (Monica Barbaro), Pete Seeger (Edward Norton), Jhonny Cash (Boyd Holbrook), y por encima de todos la bonita, inteligente y desgraciada primera novia newyorkina Sylvie Russo (trasunto de la fallecida Suze Rotolo). Encarnada por Elle Fanning con una dulzura que hace a Bob/Timotée aun más idiota y egoísta de lo que debe/debió ser. Pero el talento desmesurado no suele compaginarse con la sensibilidad hacia los seres queridos. Algo que los melómanos y los cinéfilos saldríamos ganando cuando el biopic queda redondo, que no es el caso. 

Eso sí: ¡qué letras las de Dylan!  

jueves, 15 de octubre de 2026

Revive y deja morir

 

Ya lo contamos aquí (era por mayo): la fecha tentativa para desvelar el próximo intérprete encargado de encarnar a 007 era  el 5 de octubre. 

Han pasado diez días (estamos a 15), y todavía no han elegido ni anunciado al nuevo James Bond. Siguen desojando la margarita. Aunque esa elección debe parecerse bastante más a la ruleta rusa. 

martes, 13 de octubre de 2026

La acompañante

 

Y como broche de oro en el día de la Hispanidad, me enchufé otra estadounidense palomitera. Esta vez una corta y de cifi, que coquetea con el rollito Black Mirror, pero le pone un humor negro bastante majo. A ese tono con tendencia al descacharre (nunca mejor dicho) contribuyen el hábil guion de Drew Hancock (también director) y la participación actoral de Harvey Guillén (familiar en la serie de Lo que hacemos en las sombras) y el hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid, de nombre en créditos Jack Quaid.

Una vez desvelada la sorpresa del argumento, su desarrollo pierde un poco de garra, transita por terrenos más vistos, aunque mantiene el interés y arranca más de una sonrisa malévola: a poca atención que pongas, lo que la película viene a decirte entre muerto y muerto es que los hombres quieren por norma a una pareja menos inteligente, que les dé la razón, que quiera por encima de todo plegarse a sus exigencias con tal de hacerles felices, que folle cuando se precise sin dar luego la turra, que se ponga en pause a la orden. Y esto vale lo mismo para hombres gais, o para rusos desagradables, no se salva ni el tato. 

En cuanto a las mujeres, apenas hay donde escoger: la bruja y la víctima. La víctima que va espabilando, claro, para que aumente la adrenalina del espectador y el envoltorio de la propuesta se salpique convenientemente de sangre. Sophie Thachter compone una mujer biónica la mar de aparente, sus movimientos corporales y gestos faciales medidísimos la convierten en la actriz perfecta para el papel. Esperemos que no se lo hagan repetir en La acompañante 2, que son muy capaces. 

12 de Octubre, Madrid, planeta Tierra. Fin de la transmisión. Vamos, gatito.