domingo, 16 de enero de 2022

The Tender Bar

 

Clooney modera sus ambiciones narrativas y contrata a Afleck para actuar. Con ese sencillo par de premisas, los impulsores de esta película (que son claramente ellos dos, Clooney y Afleck), dan con la tecla para servir una entretenida, imperfecta y entrañable historia de crecimiento personal en una familia destartalada pero irrompible, atravesando unos pocos ambientes de normalidad americana (hasta el padre ausente y cafre forma parte del catálogo).

La película no necesita inventar gran cosa, ni siquiera una estructura sólida. Tiene época, textura, varios personajes con encanto (el de Afleck sobre todos), un bar querible, Yale, el NY Times... y una banda sonora absolutamente fantástica. Clooney debe limitarse a contarlo bien y se aplica a ello modestamente. Qué diferencia con la que le sirvió a Netflix. Seguramente aquello era lo que Netflix quería, ni más ni menos, y eso es lo que obtuvo.

Para Amazon en cambio, con esta The Tender Bar, Clooney ha apuntado a lo cotidiano, lo pequeño, lo iniciático en estampas, y los espectadores hemos salido ganando.

sábado, 15 de enero de 2022

Intérpretes fulgurantes 7: Bárbara Lennie

A Bárbara Lennie le pusieron el sambenito de la "musa indie" (¿en España tenemos de eso?), pero si en algún momento ejerció de tal lo ha trascendido sin despeinarse. 

En poco más de 15 años ha trabajado con los consagradísimos, como Armendáriz, Martínez Lázaro, Almodóvar o Farhadi, con malditos y marginales, como el veterano Felipe Vega o los minoritarios mimados Isaki Lacuesta, Jonás Trueba y Carlos Vermut. Se ha metido en grandes producciones, como El Niño, Oro y Contratiempo o apuestas más festivaleras como Las furias del debutante Miguel del Arco, El apóstata de Vieroj, La enfermedad del domingo del inclasificable Ramón Salazar o Petra, del prestigioso Jaime Rosales. Aparte de jugar fuerte en El reino, del chico listo Sorogoyen.

Se pirran por su registro serio y glacial, pero os recomiendo la estupenda comedia María (y los demás), en la que ella hace de María, dando un verdadero recital de lo que una gran actriz es capaz de hacer con cualquier registro que le pongan por delante.
 
En fin, otra a la que no se le ve techo. Espero que siga eligiendo con el mismo tino, apenas tiene trabajos alimenticios o bobos, es casi casi lo que aquí podríamos considerar una estrella. 
"Indie", eso sí, por aquello de las musas.
 

 

jueves, 13 de enero de 2022

Love and Monsters


No diré que esta película se convertiría en título palomitero de culto si la hubiesen hecho en los 80, pero tiene su gracia, su ritmo y su heroísmo de vuelo corto. Vamos, como las de los 80.

Paramount se tomó la molestia de hacer en 2020 un blockbuster familiar que no diera arcadas XXI y se encontró con la pandemia obligándoles al fin a estrenar en plataforma.

Pero es cine. Cine palomitero honesto y ameno. No inventa nada aunque tampoco plagia a lo gorrino. Y no se toma demasiado en serio, lo cual se agradece. Escoge el tono justo que le da un cuaderno de dibujo. 


El chaval, Dylan O´Brien, se deja de laberintos en los que correr con cierta solemnidad boba, para tomarse un respiro y demostrar que de una ciencia ficción básica pero coherente se puede hacer algo mejor -comedia- y salir triunfante. Jessica Henwick despliega una belleza luminosa pero, además, sabe mirar, besar y repartir estopa. Con eso, un perro fiel, una "niña mad-max", un puñado de refugiados de buena voluntad, un robot bien escogido, tres malvados chapuceros y la colección de bichos letales o no tanto, la aventura está servida. 

Puede que la selecciones para echar la siesta y al terminarse aún no hayas cerrado el ojo. 

O te va el amor o te van los monstruos.

viernes, 7 de enero de 2022

Sidney Poitier

Llevabas poco más de una década trabajando como actor de cine y hecho varios coprotagonistas con gente como Gable, Curtis, Widmark, Newman o Ladd, cuando cayó en tus manos el papel de carpintero para aquellas monjitas sin capilla en la película Los lirios del valle.

El primer Oscar y tu carrera apenas había empezado. Aunque sólo con esa maravilla era más que suficiente. Espero que elijan un bonito valle para ti, viejo amigo.

jueves, 6 de enero de 2022

Bogdanovich


Peter Bogdanovich es quizá el último de los directores estrella hollywoodienses que acabaron estrellándose, no se sabe si por la propia crueldad del negocio en Hollywood, si por las tragedias personales aliñadas de muerte violenta, tan de allí, o si por la pérdida de pegada fílmica, sin más. Esa pérdida que negamos acaloradamente los cinéfilos adoradores de cineastas y no digamos ya si pertenecen a la hornada setentera.
 
En el tirón de su firma, Peter se anticipó a todos, a Scorsese, a Coppola, a Spielberg, a De Palma, a Lucas. Primero como estudioso, entrevistador, ensayista, capaz de sacarle el jugo al viejo Karloff y sentar a John Ford frente a una cámara en medio del desierto, consiguiendo aquellas perlas del irlandés con parche de las que sólo habíamos leído.
 
Tiró de Cybill Shepherd, Ben Gazzara o Ryan O´Neal en el mejor momento de sus carreras, enredándolos para protagonizar lo que se le antojara. Conseguiría maravillas como La última película, Luna de papel, ¿Qué me pasa, doctor? o Todos rieron. Y a partir de los años 80 fue capaz de sacarse de la manga un par de películas excelentes por década hasta el cambio de siglo; colarse como actor en Los Soprano, con sus gafas y su tupé; seguir haciendo documentales, mantener el cariño de la cinefilia mundial, que le reconocía con gratitud cada vez que hablaba a cámara de cualquier cosa, de cualquier grande de los que había conocido. 

Con esa seriedad algo impostada, un poco a lo Umbral, sabiéndose también un grande a su manera. Y con el plus de haber fracasado, para convertirse en leyenda.

Adios, Peter.


 

viernes, 31 de diciembre de 2021

Spiderman: No Way Home


El trepamuros lo ha vuelto a hacer: le ha sacado a Hollywood las castañas del fuego, devolviendo a la chavalería al cine, pulverizando récords, contando una historia realmente chula para cualquier fan de los cómics, de la factoría cinematográfica de Marvel o, en general, del cine palomitero trepidante pero de calidad.

Tom Holland es, de largo, el mejor Spiderman de los vistos hasta la fecha. Podemos obviar al chico del 77. Con aquella traza -de la máscara a las suelas del traje-, sin un solo efecto y semejantes malos de arte marcial serie Z, el pobre Nicholas Hammond hizo lo que pudo. Tobey Maguire, ya en nuestro siglo, aprovechó bien ese momento en el que las posibilidades técnicas daban el primer gran salto cualitativo -¡y qué salto!-, acertando de lleno en dos de tres. Andrew Garfield tenía el viento de cola tras La red social (nótese el chiste malo), pero no cuajó. 

El  jovenzuelo Tom, en cambio, entró de tapadillo como Vengador amateur y fue consolidando su apuesta película a película: "loser" de instituto mezclado con megavillanos, amigos con súper-recursos y tía May de muy buen ver.


Un escudero cómico (Jacob Batalon) y la chica adecuada (Zendaya) completaron el cóctel que nos servía Holland ya en sus títulos como protagonista. De este modo surfeó sobre la diversión sin charcos en la primera, naufragó en el viaje de fin de curso por Europa (es preocupante lo que les gusta destruir ciudades con auténtica solera a los de Hollywood), pero ha remontado de manera incontestable en esta tercera entrega de sus aventuras. Las tres las ha dirigido Jon Watts, un director sin apenas pasado. Ahora ya puede presumir de uno.

Este Spiderman lo tiene todo y a todos. Rescata el metaverso de la prodigiosa película de dibujos animados estrenada en 2018 (Spiderman, un nuevo universo), para ofrecernos un histórico apabullante de héroes arácnidos y villanos perfectamente frescos. Por no hablar del doctor Strange, que sigue sorprendiéndome como personaje cinematográfico (nunca lo creí capaz de salir del papel hasta que lo vi en manos de Benedict Cumberbatch). Evitaré mencionar la aparición más breve e impactante de la temporada super-heroica. 


Spiderman me recuerda al Woody de los 80: todo el mundo quiere salir en sus pelis. Lo que significa contar con intérpretes de calidad máxima desde el principio: Dafoe, Molina, Tomei, Fox, Haden, Ifans, J.K. Simmons... Y no sigo, para no destripar todo lo que a estas alturas los aficionados al vecino Spidey deben saber.

Porque si no lo sabes, ya estás tardando en correr hasta el cine más próximo. Para más disfrute, tú también vas a ir enmascarado.


jueves, 30 de diciembre de 2021

Fue la mano de Dios

Paolo Sorrentino sigue solo en el trono italiano, donde lo demás parece relegado al consumo interno. Su amor confeso por el maestro Fellini y el futbolista Maradona, no necesariamente en ese orden, le ha dado unos réditos espectaculares. Basta con verse media película, en la que apenas un momento palaciego de potencia estética inusitada se sale de la cotidianeidad del verano mediterráneo, para darse cuenta del talento del director. No pasa apenas nada, pero el interés es máximo.

Eso sí, para entonces ya llevamos algunas gordas comilonas, un par de monstruos fellinianos y una maggiorata (¡qué no falte la maggiorata!). Y el sueño de Maradona en el Nápoles. Y las miserias de la familia feliz que asoman.

Sorrentino, además guionista, sabe bien qué mostrar y qué no para amplificar el efecto de cada situación. La hermana perpetuamente encerrada en el cuarto de baño, cortándose las uñas o haciendo cualquier otra cosa, es una hallazgo para la invisibilidad en pantalla. Incluso en el entierro, con gente haciendo cola para el pésame, cuando preguntan por ella ha ido un momento al baño. 

También el instante en el que el muchacho quiere ver a sus muertos y el personal hospitalario aguanta la rabieta sin ceder un palmo. O la escapada nocturna a Capri para nada, que permite al director fotografíar una de sus plazas como nunca se ha hecho: copletamente vacía.

El realismo y la pasión estética de Sorrentino conviven sin estridencia, de manera fluida. Los pisos de la vecindad son otro buen ejemplo. La baronesa, la vecina embromada a costa de Zeffirelli o la familia protagonista habitan en el mismo edificio, en sucesivas plantas o puerta con puerta, pero los interiores modifican por completo la estructura arquitectónica al servicio de una puesta en escena adecuada a cada caso. Si hay un encuadre que necesita techos altísimos, sea. Si otros tienen que mostrar la decadencia axfisiante de una vieja acaudalada y despectiva, vamos allá. 

Pero sin caer en la borrachera escénica de un Wes Anderson. Paolo tiene nada menos que Italia a su entera disposición, no necesita inventar constantes geometrías bellamente coloreadas como el tejano.

 

Para colmo, el narrador no se detiene un sólo fotograma en las penurias logísticas y monetarias de la orfandad, en cómo debía ser reinventarse siendo poco más que un adolescente en la Nápoles de Maradona. Lo que importa a Sorrentino en este relato autobiográfico es el desconcierto, el dolor y las esperanzas de Fabieto, trasunto de sí mismo, decidiendo aprovechar la libertad para emprender una carrera de cineasta que no necesita contarse, pues la propia película es la prueba de ella. 

Los momentos finales, en los que el Nápoles gana la liga italiana, la hermana sale al fin del baño y Fabieto se marcha en tren son una combinación muy italiana entre lo cotidiano y lo trascedente. Con el sello de los directores de talento que siempre ha tenido la Bota. 

No es el fútbol, no es la mano de Dios, es el cine europeo que se resiste a morir.