martes, 31 de marzo de 2026

Irse lejos

Han venido a coincidir en mi cartelera doméstica dos títulos españoles que recogen a gente repensando su vida fuera de aquí. En ambas actúa David Verdaguer, una como protagonista y otra de secundario. Me han parecido interesantes ambas, pero sólo me ha gustado una.

 

Siempre es invierno, la última de David Trueba hasta la fecha, inmediatamente posterior a su gran acierto Saben aquell, es una historia que le gusta mucho más a él que al espectador. Podría haberle salido bien, los Trueba tienen un no-sé-qué con el cine de los países francófonos, atmósfera narrativa, su estética autoral, su rollito y esta historia en Bélgica, con un concurso de arquitectura paisajística como premisa, le permite escenarios exteriores e interiores diferentes y atractivos, cosmopolitismo idiomático, luz europea y contención muy del gusto del director.

Por desgracia, la película tiene un problema que lastra casi todo lo que sucede en ella: los personajes, en su mayoría españoles bastante pijos ("pijos erasmus", para entendernos) son un poco gilipollas. Los arquitectos, la novia y cuantos van saliendo responden a un perfil bastante antipático o irritante. Digamos que Verdaguer es una especie de neurótico a lo personaje prototípico de Allen, pero sin divertir con sus neurosis y mal humor. Las que salvan la función vienen a ser la sesentona belga, sensata, inteligente y guapa y la recepcionista del hotel, único punto cómico realmente logrado con apenas nada.

No siempre es invierno, porque a Trueba se le da mejor el verano.

 

Muy lejos es una apuesta bien distinta, de un director debutante Gerard Oms, buen guionista que se ha pasado a la cámara con nervio y olfato. Tiene al mejor Mario Casas de cómplice y una historia mínima que funciona a la perfección. Apenas una decisión inesperada del protagonista al quedarse en Holanda con lo puesto después de un viaje futbolero, una vida "en precario" que se dice ahora y un secreto descubierto a capas. 

 

Con sencillez, idiomas variados como en la de Trueba y personajes no necesariamente gratos, pero sí empáticos. A lo mejor entra en juego el carisma y en eso Casas tiene mucho más que ofrecer que Verdaguer.

Lo que me importa de las dos propuestas es que parece imprescindible salir de aquí para pensar en lo que realmente se quiere. Estamos apañados. 

lunes, 30 de marzo de 2026

Proyecto Salvación

 

Una película de estrella, es decir, de Ryan Gosling en su registro más desenfadado y querible, para un argumento trilladito y resultón: la misión espacial para salvar a la Tierra de la hecatombe, en manos de un solo hombre perdido en la inmensidad, que en realidad no esta tan solo como creía. 

Las explicaciones seudocientíficas y los agujeros de guion, más grandes que los de gusano, son irrelevantes. Esto es un artefacto al estilo "Disney", con momentos emotivos, graciosos o tensos, pero no mucho. Mezclado como los martinis de Bond.

La película se sigue con agrado durante todo el metraje, es cine familiar ideal para las vacaciones y por eso está aquí y ahora. Niños de diez años aprox., que dura lo suyo. Lo mismo en media hora menos les habría quedado de lujo. Pero el espacio engolosina al director de foto y al editor, que son los que tienen la última palabra. Y Ryan, claro, que para eso es la estrella. 


 

jueves, 26 de marzo de 2026

Cónclave

Cada vez estoy más desconectado de los gustos de quienes votan u otorgan premios y me inquieta, pues pensaba que solo las gentes de edad superior a la mía tendrían tiempo y ganas de ver todo el cine y calificarlo. Pero a lo mejor no, a lo mejor no tienen ganas de nada, o solo ven y votan lo que les apetece a ellos y lo demás queda para las "nuevas sensibilidades" (que así se nombra ahora a los que no son como tú si no quieres faltarles al respeto). O a lo peor es que empiezan a ver todas las películas, se impacientan a medida que progresa la trama y abandonan antes del final, cuando han cubierto el tiempo de visionado obligatorio para calificar. Y por eso votan positivamente lo que empieza bien y termina muy malamente.

Busco explicaciones para tanto premio, nominación y loa a una película como Cónclave, cuya premisa es estupenda (las tensiones y ambiciones que desatan la muerte de un pontífice y la elección del siguiente), va perdiendo fuelle en el desarrollo (interesante aún por lo que muestra y lo que oculta) y en los últimos quince minutos derrapa brutalmente con decisiones inesperadas, incoherentes, innecesarias o directamente desaconsejables. Y luego está lo de Isabella: tener a la Rossellini de monja y no sacarle partido es de excomunión. 

Voy necesitando una buena película que se meta en las deliberaciones de un jurado de Cannes, San Sebastián o Locarno. Esos cónclaves tienen que ser para verlos, y ahí puede aparecer Isabella Rossellini haciendo de ella misma, bellísima, como presidenta intransigente e implacable que le da la espiga, la concha o el león a una cosa como Cónclave. Su misión secreta sería, naturalmente, que todos los cinéfilos perdiésemos la fe. 


 

martes, 10 de marzo de 2026

Un simple accidente

 

Y como Irán también está de actualidad, me vi ésta de un iraní (Jafar Panahi), que no ha hecho más que penar en ese "paraíso de libertades" que es el Irán de los ayatolás. La verdad, no tiene pinta de que las actuales circunstancias vayan a mejorarles la vida a los sufridos habitantes de aquella tierra. Pero eso no quita para desearles una vida y un gobierno mejores. Basta con ver el cine del país, realizado allí mismo o desde el exilio, para estremecerse por un estado de cosas lacerante e indigno que se prolonga desde hace décadas. 

Aquí tenemos otra ración. La premisa no es nueva, ya Roman Polanski usó en La muerte y la doncella el repentino descubrimiento de un torturador al que puede secuestrarse para tomar venganza. Pero en aquella todo sucede en uno de esos espacios cerrados que el polaco vuelve axfisiantes y aquí, en cambio, el asunto recorre todo Teherán a plena luz del sol, derrochando aridez ambiental, heridas abiertas y mucho soborno.
 
 
A cada paso, los distintos protagonistas aflojan con la tarjeta mordidas que van desde la policía hasta el servicio hospitalario. El tragicómico grupo de antiguos torturados pasea en furgoneta al que no saben a ciencia cierta si fue su torturador o si no. Son vengadores que tampoco están seguros de que quieran vengarse. 
 
A pesar de sus pocas ideas y sorpresas, la película cuenta con un reparto perfecto, un ritmo estupendo y un interés que no decae hasta el final. Ese gran final. Recomendable, sea cual sea tu posición ante lo que había, lo que hay y lo que venga en esa región del mundo. Nadie está preparado para tanta mierda, eso seguro. 

lunes, 9 de marzo de 2026

La asistenta (o los ante-idus de marzo)

 

A principios de los años noventa del siglo pasado, se hacían películas como ésta a mansalva. Apenas variaba el número de veces que el malvado abyecto, supuestamente exánime, se levantaba para darnos un último sustito antes de morir. Por descontado, en todos los intentos de anular la amenaza, sangrientos y aparatosos, participaban uno por uno, cada personaje del pequeño grupo de bondadosos protagonistas, pareja, familia, amigos, comunidad de vecinos… lo que tocase. Hasta el más pasivo o inadaptado del reparto se redimía dándole con una pala en la cabeza o apuñalándole en el cuello. En esta clase de peli made in Hollywood, el grupo que mata al malo unido, permanece unido.

Eso sí, para aquellas películas, las motivaciones de cada villano eran más variadas que ahora. No lo resolvían con un mero macho-heteromalnacido sádico y abusador. Sádico sí, porque eso siempre les ha funcionado a los gringos en pantalla, pero podía serlo por dinero, por venganza, por demencia con trauma infantil, por complejo, por vicio… Aunque, en fin, acabábamos siempre rematando tres o cuatro veces a la bestia: disparos, cenicerazo en el occipucio, ahorcamiento con el cable del secador de pelo, atizador de chimenea, despeñe por el hueco de la escalera, empalamiento contra el afilado cristal de una ventana rota o una barandilla oportunamente astillada… Porque el psicópata era más difícil de matar que Rsputín. De hecho, en esta película de La asistenta, en cuanto vi el hueco de la escalera me dije para mis adentros “por aquí el villano va a darse un hostión mortal”.

La asistenta va de eso, perezosamente actualizado con detalles muy a la moda: los hombres que salen en pantalla (salvo un jardinero italiano de pasarela, que ya les vale), son unos cerdos dominadores, violadores y torturadores. Me extraña que esa agente de la condicional no sea también un tío, para que exija a la expresidiaria favores sexuales a cambio de no enviarla de vuelta a la trena. Las mujeres del reparto (las que de verdad cuentan, no las paródicas pijas de barrio alto), son luchadoras contra la injusticia, listas y bragadas, empoderadas y expeditivas, supervivientes en un mundo hostil lleno de hombres de los que mejor desconfiar de partida, que no te equivocarás.

A ver, que lo de la casa espectacular en la que tu trabajo será limpiar sobre limpio es otro truco viejo, mucho más barato que lo que se va a romper de la casa esa.

La película no se mete en honduras, busca la complicidad y el disfrute de un público femenino entregado de antemano. Las sorpresas pecan de previsibles, a poco que tengas más de treinta años o hayas visto un salpicado de películas estadounidenses de décadas anteriores.  Y los pasotes del guion, inverosimilitudes, licencias, facilismos, efectismos y flecos se acumulan al margen de lo entretenido y vistoso del espectáculo. Por poner un par de casos como ejemplo: la madre-momio podría ser un mero retrato al óleo (casi mejor) y la hijita única y respondona no aporta absolutamente nada después de ilustrar la difícil lactancia de una madre soltera y trabajadora. 

Pero eso sí: la autocomplacencia de las protas se traslada al patio de butacas con facilidad. Ideal para que hoy mismo, después de un día 8 extenuante y reivindicativo, el ala más radical del mujerío (el que, por el mero hecho de serlo, etiqueta al hombre como culpable de maldad babeante) se vaya a verla al cine. Si no, tranquilas, que en breve llegará a Netflix, su espacio natural. 

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Hasta los Goya

En 2024, cuando estrenamos estrellona hollywoodiense con Sigourney, esbocé mi crítica a la ceremonia, pero no terminé de perfilarla, así que ni la colgué en el blog. Iba por aquí:

"Anoche pude ver la gala casi desde su comienzo y la dejé pasar entera dedicándome a mejores empresas. Por lo que llevo leído aquí y allá, creo que hubo solidaridades y denuncias sobre todo, menos sobre los muertos israelíes de primera hora en su concierto, los guardias civiles del viernes en Barbate, los agricultores puteados por todos los gobiernos de España y Puchi, ese santo laico de la Europa que viene. Política selectiva en la que abundan una y otra vez. Que saquen la política de ahí (mi deseo vano) o que se tiren todos a la piscina. Pero claro, estaba Peter, para asegurar la posición pública del artisteo, que nadie se mueva.  

Qué uniformidad, qué cobardía, qué coñazo. 

Ojalá hubiese números entre medias que lo endulzasen, pero con Bisbal y Estopa no creo que hayan alcanzado unas cotas de excelencia como las que envidia la honrada Sigourney. A ver si a fuerza de estrellas foráneas aprenden los nuestros a agradecer y reivindicar. 

Otro año. Y con alud. Me alegro por Bayona y Coronado."

Han pasado dos años desde entonces y dos estrellonas más (Gere y Sarandon, más declinantes que Sigourney, pero más progresistas, eso para la Academia es ganancia). Podría cambiar apenas los nombres y los casos denunciables olvidados "por lo que sea", valiendo igual la crítica para la edición 40. Le hice poco más o menos el mismo caso y me alegro esta vez por Álvaro Cervantes (coprotagonista de Sorda) y por Alauda Ruiz de Azua (guionista directora de Los domingos).

Otro año de la Gala "y sus inercias", que dice un colega cinéfilo, entre el apego y la resignación. 

jueves, 26 de febrero de 2026

Robert Duvall: el ruiseñor victorioso

Robert Duvall murió con 95, actuó hasta los 91. Murió sin aparatosidades siniestras, en la cama, rodeado de los suyos. Empezó su carrera en Matar a un ruiseñor haciendo de Boo Radley, papel en el que solo hablaban sus ojos y su actitud corporal, ¡pero cómo!

Encadenó secundarios de fuste en La jauría humanaBullitValor de ley o M.A.S.H., por citar algunas películas imperecederas. Luego encarnó al "consigiere" de los Corleone en El padrinoEl padrino II y al coronel surfero de Apocalipsis Now.  

Optó a principales desde entonces, o papeles clave o colega de la estrella (con menos carisma pero más talento). Algunas veces se los comía crudos solo con compartir el plano. Menos divo, poniendo credibilidad y solvencia donde le mandasen, construía siempre al personaje más empático o cabrón de la película sin esfuerzo aparente, con una caracterización mínima, el vestuario y poco más. Para lograr eso lo mismo le valía un policía, un cura, un militar, un abogado, un gángster o un juez. 

Al llegar a octogenario, aún se permitió lucir longevidad y fortaleza fuera de tiempo y que resultase verosímil. Tuvo que sobrepasar los noventa para interpretar un par de papeles que no le entrañaban a esas alturas más reto que el de su salud y retirarse discretamente.

Se diría que le hubiésemos encajado sin sorpresa en una película de este año, haciendo de simpático cascarrabias, viejo cachazudo, veterano cowboy. Podríamos tenerle ahí toda la vida, como a Donald Shuterland, como a su gran amigo Gene Hackman, como un pequeño puñado de tipos que animaron los años setenta y consiguieron seguir en el negocio, crecer como intérpretes, derrochar talento y rozar la inmortalidad.

Para mí que Duvall, aquel joven ruiseñor mudo, olerá para siempre a Victoria.