domingo, 11 de octubre de 2026

Tiempo de victoria

El título original es Pressure, mucho más preciso y hasta sugerente: la presión atmosférica, la presión humana. ¿El día D es factible meteorológicamente hablando?, ¿hay que aplazarlo?, ¿por cuánto tiempo? 

La película de Anthony Maras, por tanto, aborda una nueva vertiente de la Segunda Guerra Mundial centrada en la importancia del clima de cara al desembarco de Normandía. Allí, el tiempo es tan cambiante que te puede ganar la guerra antes de tocar playa y pegar un tiro. De hecho, lo único innecesario de esta película son los tiros del desembarco, parece que hay que ponerlos porque Spielberg estableció el canon y saltárselo es poco serio.

Lo de verdad serio se dirime en el puesto de mando, donde los generales estadounidenses y bitánicos quieren atacar y el meteorólogo debe aguantar la presión y ceñirse a las predicciones avaladas por datos en tiempo real. Andrew Scott como el capitán James Stagg, Brendan Fraser como Ike Eisenhower y Kerry Condon como la asistente del general están excelentes llevando el peso del drama. Los demás, evidentemente, también lo hacen de coña, pero importan menos.

Una solvente película sobre un hecho no contado dentro de un acontecimiento histórico sobadísimo. De esas que acabas viendo en plataforma tres años después de su estreno, pero he tenido la fortuna de disfrutar en sala antes de que la quiten por la irrupción masiva de cualquier bobada de aquí o de allá. Afortunadamente, siempre hay tiempo. 

 

jueves, 8 de octubre de 2026

Series: otro barrido

 
Neagley:
La compañera de correrías de Reacher, antigua subordinada en sus tiempos de policía militar y temible francotiradora, echa a volar con serie propia. Su narrativa se desmarca lo suficiente de la del gigantón rubio, aunque conserva de ella la habilidad seca de las secuencias violentas y el respeto por la trama y los personajes. Incurre en algunos patinazos menores y tiene un final de temporada muy de "club de investigadores listo para nuevo caso", pero en líneas generales es una propuesta excelente con una protagonista que interesa cada vez que sale en cámara. Lo esencial. 

 
 
El problema final:
Plumbeo cluedo lleno de tópicos detectivescos y de los otros, más bien plano y, lo peor, previsible en el "quién lo hizo". Empiezo a pensar que muchas de las novelas de Arturo Pérez Reverte funcionan solo en la imaginación del lector, donde el uso de clichés le mantienen en su zona de confort. Allí, negro sobre blanco, quien recorra sus páginas gustará de recrearse en esas conversaciones intemporales y cosmopolitas en las que unos y otros muestran cierta brillantez, cierta elegancia, cierto desengaño, cierto "estar de vuelta". Con esos mimbres se construyen novelas de héroes cansados y mujeres fatales (que nos mola leer en los trenes), pero llevarlas a la pantalla y que no se acartonen es harina de otro costal. Lástima de reparto y localización, impecables. Pero la puesta en escena, la dirección, el montaje, la congruencia narrativa... en todo eso hace aguas. Bajonazo con muchos clics. 
 
La leyenda de Vox Máquina 4:
Los gamberros del universo de espada y brujería en esta feliz idea que mezcla roll, animé, ultraviolencia, misticismo y cachondeo están de vuelta. Siguen en forma y, gráficamente, varios capítulos deparan soluciones sorprendentes, guiños artísticos para friquis de la ilustración, tonos y géneros que milagrosamente armonizan con la historia principal, suficiente intriga, no poco drama, temor por la vida de nuestros héroes.... Lo que necesita cualquier historia de aventuras, metido todo en una botella pequeña de licor con palabrotas. Qué buena serie, coño.
 
 
Linternas: 
Un nuevo y agradecible punto de vista para contar al súper héroe menos adaptable de todos: Linterna verde. Hacer creíble al del anillo es más difícil que secar a Aquaman. Lo resuelven muy bien aquí mediante investigación policial, con soluciones no previsibles a situaciones que la lógica interna del relato coloca donde corresponde y con un puñado de intérpretes perfectos en sus papeles. Para mí, la primera temporada termina al final del quinto. Así queda redonda. Los episodios posteriores podían haber dado inicio a la siguiente. Pero, claro, yo no hago el plan de producción ¡si me dejasen el anillo....! 
 

Eva Marie Saint

  

Ha muerto con 102 años. 

Tuvo la suerte de debutar en la mejor película de Elia Kazan, La ley del silencio, dándole la réplica a Marlon Brando. Después, Hitchcock la puso a hacer de Grace Kelly, a falta de Grace Kelly, acompañando a Cary Grant en uno de sus títulos mayores, el canon de las intrigas internacionales con mcguffin: Con la muerte en los talones. Para redondear, se codeó con Paul Newman en su esplendor y a las órdenes de Otto Preminger con Éxodo y se marcó una de terror apache, La noche de los gigantes, en la que Robert Mulligan se las hacía pasar muy perras a Gregory Peck. Fijaos en la cantidad de palabras en negrita que tiene este breve párrafo. Solo cubre catorce años de carrera, en la que se pueden añadir trabajos para Edward Dmytryk, Fred Zinnemann, John Frankenheimer, Vincente Minelli o Norman Jewison.

Luego empezó a dejarlo, se pasó a la tele y envejeció. 

Dónde hay que firmar.  

martes, 6 de octubre de 2026

Civil War

 

Un año después (2024), llegó Civil War, precedida de halagos a su originalidad, a su temática, a su crudeza... Quedémonos con la crudeza. Al director Alex Garland le pasa lo que a Villeneuve: cuanto más grande es el presupuesto, peor le sale la película. Y cómo consigue más dinero cada vez, sus películas van decayendo inexorablemente. 

Civil War cuenta un conflicto armado total en los USA actuales. Es muy solvente en la producción, las localizaciones, los ambientes, la fotografía (aquí esencial), el rodaje de la acción y la violencia. Los protagonistas de la película son unos pocos foto-periodistas y plumillas que la cubren.

Por supuesto, nuestro reportero de guerra vivo más mediático, es decir Pérez Reverte, ha elogiado su verismo en cuanto a la actitud de la prensa en frentes de batalla. Pero aquí no hay un solo motivo para esa guerra civil mínimamente explicado. Ni se mencionan por encima las coartadas políticas que convierten a Estados Unidos en un país sumido en el caos militar y paramilitar, los motivos de unos y de otros para sumergirse en el horror que genera una guerra civil de colosales dimensiones. Prescinde del detonante, del desarrollo de la guerra sobre un mapa antes y mientras avanzan los hechos. En fin, prescinde de todo lo que no sea violencia y captación de la violencia con el objetivo de una cámara de prensa. 

Y mira que lo tienen a huevo, con un par de entradillas de reportero con micro mirando a cámara habría resuelto casi todo. O con un telediario entrevisto durante el viaje y alguna conversación intimista que rasque la superficie. Es la tragedia del guion, quizá del propio foto-periodismo moderno, rascar solo la superficie del drama, sin desentrañarlo. Quizá por eso importa tan poco la misión que se han autoimpuesto los periodistas del film. Y ya que ha salido Pérez  Reverte a relucir: casi resulta más interesante el sueño de Carmelo Gómez de captar la voladura de un puente yugoslavo en Territorio Comanche. 

En esa película que adaptaba novela, aquella guerra terrible y liosa de los  noventa se entendía mejor. El sensacionalismo, también. 

 

domingo, 4 de octubre de 2026

Pequeñas cartas indiscretas

La directora Thea Sharrock, a quien no he seguido, estrenó en 2023 esta película que acabo de pescar en plataforma. Narra una historia que, según parece, está basada en hechos reales (eso empieza a ser una rémora). También he leído que la historia en pantalla, respecto al caso real, lleva abundantes retoques. Después de comparar realidad y ficción es evidente que el guionista los ha aplicado para que se simplifiquen sin rubor razones, afinidades y coartadas. 

La película, eso sí, tiene una impecable factura british al viejo estilo entreguerras en la ambientación y una actriz superlativa (Olivia Colman), en el papel principal. Pero lo demás es brocha gorda, sesgo ideológico a la moda, simplificación al gusto de la feligresía y, lo peor de todo, poquísimo humor en lo que se presupone cine inglés de ese corte, o que evoca ese tipo de cine, pero sin demasiado éxito.

La intriga es ínfima, si es que la hay. La chica inocente, aunque sospechosa es, por descontado, irlandesa y luce libérrima: fuma, bebe, folla y palabrotea con desparpajo inverosímil en aquel tiempo y lugar. Pero así es más patente que lo que la condena en su comunidad es su "empoderamiento" pionero. Los personajes masculinos desfilan a cual más penoso: dictatoriales, machistas, clasistas, estúpidos (excepto el guapo chico de color, evidentemente). Y en cuanto a la escribidora de cartas, su beatería esconde una actitud desmedidamente rastrera y deseos reprimidos de una vida sojuzgada por un patriarca al  mismo tiempo ridículo y abyecto. 

La beata está para que la encierren, claro, aunque al final no se sabe si está mal de la cabeza por su falta de agallas para irse de casa, por la educación castrante de tan puritana, por el padre malparido o por todo a la vez. 

En fin, debió tener su público en el Reino Unido y alrededores. La actriz o el actor aún pueden pegártela para desperdiciar cien minutos una tarde de lluvia.    


viernes, 2 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez

 

Ha muerto Gonzalo Suárez.

Su primera época me la perdí cuando estrenaba, aunque la rescaté después y tiene un poco de todo. Pero me encantó Epílogo, que ya vi en el cine (¡cielo santo, qué mayor soy!). Sus queridos escritores ficticios Rocabruno y Ditirambo escribían una descarada actualización de Hamlet y Charo López iba de uno a otro protagonista (Paco Rabal y José Sacristán nada menos), con un magnetismo de los que siempre ha gastado ella. Suárez no necesitaba más para levantar una de las mejores películas españolas de los años ochenta.

Después me gustaron Remando al viento, Don Juan en los infiernos, La reina anónima,  El detective y la muerte (¡menuda racha!). Hasta El portero tenía su cosa. Ahora no recuerdo muy bien el porqué, pero el caso es que me planté ahí. A lo mejor me pasó como a él, que se refugió en la letra impresa, su talento de origen.

Cómo escritor era también notable. Tengo en grueso volumen (Las fuentes del Nilo), una antología de sus novelas cortas y relatos, de la que fui picoteando hasta acabarla. Interesante siempre.

Para colmo, Gonzalo Suárez tenía un buen cerca si te gusta el olor del habano. Fumaba, conversaba, hasta podía hacerse un cameo en la película más deliciosa del más fresco Almodóvar, como ludópata, borracho y estafador.  

Vaya, que tenía genuino talento y era asturiano. Me caía bien. Otro maestro que se fue.


 

martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando los ochenta se ponían femeninos y suntuosos

 
Julia

La película es en realidad de 1977, pero no me va a arruinar por eso el titulo de la entrada. Podría ser del 81, como Reds, o del 85 (como la que nos ocupará luego) y seguiría ofreciendo el mismo espectáculo con ínfulas, sostenido sobre los hombros de Jane Fonda, Vanessa Redgrave y Jason Robards. 

Julia se levantó con todo lo que hace falta para un título mayor: reparto de campanillas, director de prestigio, personajes reales, militancia y lucha antinazi, literatura norteamericana, época de suntuosidades y trenes en los que se fumaba... Hasta roza temáticas que han acabado siendo lo más de lo más a día de hoy (esa amistad-amor entre dos mujeres de carácter). 

La Fonda, como Lillian Hellman, está guapísima en un papel en el que encaja muy fácilmente, mujer temperamental de talento. Vanessa Redgrave, la Julia del título, tiene una sonrisa y una mirada magnéticas, aunque su papel es más insinuación que otra cosa. Apenas se alcanza a entender la dimensión de su drama sin recurrir a lo que ya se sabe del período, pero no desfila por la película. Ella y su destino trágico cobran más entidad precisamente cuando menos se la reconoce, vendada de los pies a la cabeza. 

Robards hace de Dashiel Hammett sin despeinarse, era un actor total. Aunque le aprovechan poco, tiene que suponérsele una brillantez e integridad que están fuera de campo. Solo su desapego de lo mundano y su influencia benigna en la formación como escritora de Lillian quedan plasmados en pantalla. 

Pero hay empaque, vocación de película importante, que se llevó un puñado de Oscars, Globos de Oro, premios de la crítica de Nueva York, etc. etc.  Hollywood aún destinaba grandes presupuestos y a sus estrellas femeninas de mayor relumbrón en superproducciones históricas con temas grandes, amores eternos, fotografía, vestuario y banda sonora para el recuerdo y la emoción. 

Ahora nos tenemos que emocionar porque ha muerto Ironman.

 
Memorias de África 

Ésta salió aún mejor, pocos años después. Tenía al infalible tandem Pollack-Redford (director y actor fetiche), además de a Meryl Streep en su mejor momento. Curiosamente, la Streep repite, porque en Julia tiene un papelín de amiga pija y molesta de Jane Fonda. Por supuesto lo clava. Como en ésta a la baronesa de Dinamarca que tenía una granja en África.

De fondo, también hay guerra contra Alemania, esta vez la primera, aunque la visión tangencial de la misma funciona mucho mejor, está suficientemente ilustrado ese patriotismo de guardarropía que gustan exhibir los ingleses en sus colonias y eso pone más en valor la posición irónica de Redford, un Reth Buttler de otra guerra. 

Luego están un puñado de bazas ganadoras fantásticamente combinadas: los leones, los cuentos junto a la chimenea, el gramófono de Mozart, el fin de año, los versos enjabonados, la banda sonora de John Barry.

Memorias de África es la máxima expresión de ese género del siglo pasado que mezclaba con talento historia-romance y personalidades femeninas arrolladoras. Ahora, si quieren empoderar a una mujer en el cine hollywoodiense, demasiadas veces lo resuelven poniéndola a repartir hostias, tiros, puñaladas o lo que sea. Que mate mucho, que no se someta al amor romántico salvo que lleve los pantalones, que no nos vengan ya con personajes femeninos destacando mientras conviven con inquietudes propias de su tiempo, todas muy rancias.

Pero, más allá de los guiones al servicio de ellas (Fonda, Streep, Field, Keaton), directores como Fred Zinnemann o Sydney Pollack (antes un David Lean), han sido sustituidos por gentes como Edward Zwick, Sam Mendes o Christopher Nolan. Todos, por cierto, con producciones de protagonismos eminentemente masculinos. 

De menos de cincuenta años creo que no hay nadie en el circuito industrial de estudios de Hollywood para seguir haciendo historias sobre mujeres con vidas "más grandes que la vida", en las que brillar sobre un telón de fondo de época convulsa, peligros ciertos y maquinismo precario. 

Me estoy haciendo viejo, porque echo de menos el cine suntuoso.