Y como Irán también está de actualidad, me vi ésta de un iraní (Jafar Panahi), que no ha hecho más que penar en ese "paraíso de libertades" que es el Irán de los ayatolás. La verdad, no tiene pinta de que las actuales circunstancias vayan a mejorarles la vida a los sufridos habitantes de aquella tierra. Pero eso no quita para desearles una vida y un gobierno mejores. Basta con ver el cine del país, realizado allí mismo o desde el exilio, para estremecerse por un estado de cosas lacerante e indigno que se prolonga desde hace décadas.
martes, 10 de marzo de 2026
Un simple accidente
lunes, 9 de marzo de 2026
La asistenta (o los ante-idus de marzo)
A principios de los años noventa del siglo pasado, se hacían películas como ésta a mansalva. Apenas variaba el número de veces que el malvado abyecto, supuestamente exánime, se levantaba para darnos un último sustito antes de morir. Por descontado, en todos los intentos de anular la amenaza, sangrientos y aparatosos, participaban uno por uno, cada personaje del pequeño grupo de bondadosos protagonistas, pareja, familia, amigos, comunidad de vecinos… lo que tocase. Hasta el más pasivo o inadaptado del reparto se redimía dándole con una pala en la cabeza o apuñalándole en el cuello. En esta clase de peli made in Hollywood, el grupo que mata al malo unido, permanece unido.
Eso sí, para aquellas películas, las motivaciones de cada villano eran más variadas que ahora. No lo resolvían con un mero macho-heteromalnacido sádico y abusador. Sádico sí, porque eso siempre les ha funcionado a los gringos en pantalla, pero podía serlo por dinero, por venganza, por demencia con trauma infantil, por complejo, por vicio… Aunque, en fin, acabábamos siempre rematando tres o cuatro veces a la bestia: disparos, cenicerazo en el occipucio, ahorcamiento con el cable del secador de pelo, atizador de chimenea, despeñe por el hueco de la escalera, empalamiento contra el afilado cristal de una ventana rota o una barandilla oportunamente astillada… Porque el psicópata era más difícil de matar que Rsputín. De hecho, en esta película de La asistenta, en cuanto vi el hueco de la escalera me dije para mis adentros “por aquí el villano va a darse un hostión mortal”.
La asistenta va de eso, perezosamente actualizado con detalles muy a la moda: los hombres que salen en pantalla (salvo un jardinero italiano de pasarela, que ya les vale), son unos cerdos dominadores, violadores y torturadores. Me extraña que esa agente de la condicional no sea también un tío, para que exija a la expresidiaria favores sexuales a cambio de no enviarla de vuelta a la trena. Las mujeres del reparto (las que de verdad cuentan, no las paródicas pijas de barrio alto), son luchadoras contra la injusticia, listas y bragadas, empoderadas y expeditivas, supervivientes en un mundo hostil lleno de hombres de los que mejor desconfiar de partida, que no te equivocarás.
A ver, que lo de la casa espectacular en la que tu trabajo será limpiar sobre limpio es otro truco viejo, mucho más barato que lo que se va a romper de la casa esa.
La película no se mete en honduras, busca la complicidad y el disfrute de un público femenino entregado de antemano. Las sorpresas pecan de previsibles, a poco que tengas más de treinta años o hayas visto un salpicado de películas estadounidenses de décadas anteriores. Y los pasotes del guion, inverosimilitudes, licencias, facilismos, efectismos y flecos se acumulan al margen de lo entretenido y vistoso del espectáculo. Por poner un par de casos como ejemplo: la madre-momio podría ser un mero retrato al óleo (casi mejor) y la hijita única y respondona no aporta absolutamente nada después de ilustrar la difícil lactancia de una madre soltera y trabajadora.
Pero eso sí: la autocomplacencia de las protas se traslada al patio de butacas con facilidad. Ideal para que hoy mismo, después de un día 8 extenuante y reivindicativo, el ala más radical del mujerío (el que, por el mero hecho de serlo, etiqueta al hombre como culpable de maldad babeante) se vaya a verla al cine. Si no, tranquilas, que en breve llegará a Netflix, su espacio natural.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Hasta los Goya
En 2024, cuando estrenamos
estrellona hollywoodiense con Sigourney, esbocé mi crítica a la ceremonia, pero
no terminé de perfilarla, así que ni la colgué en el blog. Iba por aquí:
"Anoche
pude ver la gala casi desde su comienzo y la dejé
pasar entera dedicándome a mejores empresas. Por lo que llevo leído aquí y
allá, creo que hubo solidaridades y denuncias sobre todo, menos sobre
los muertos israelíes de primera hora en su concierto, los guardias
civiles del viernes en Barbate, los agricultores puteados por
todos los gobiernos de España y Puchi, ese santo laico de la Europa
que viene. Política selectiva en la que abundan una y otra vez. Que saquen la
política de ahí (mi deseo vano) o que se tiren todos a la piscina. Pero claro,
estaba Peter, para asegurar la posición pública del artisteo, que nadie se
mueva.
Qué
uniformidad, qué cobardía, qué coñazo.
Ojalá hubiese números entre medias que lo endulzasen, pero con Bisbal y Estopa no creo que hayan alcanzado unas cotas de excelencia como las que envidia la honrada Sigourney. A ver si a fuerza de estrellas foráneas aprenden los nuestros a agradecer y reivindicar.
Otro año. Y con
alud. Me alegro por Bayona y Coronado."
Han pasado dos años desde entonces y dos
estrellonas más (Gere y Sarandon, más declinantes que Sigourney, pero más
progresistas, eso para la Academia es ganancia). Podría cambiar apenas los
nombres y los casos denunciables olvidados "por lo que sea", valiendo
igual la crítica para la edición 40. Le hice poco más o menos el mismo caso y me alegro esta vez
por Álvaro Cervantes (coprotagonista de Sorda) y por Alauda Ruiz
de Azua (guionista directora de Los domingos).
jueves, 26 de febrero de 2026
Robert Duvall: el ruiseñor victorioso
Robert Duvall murió
con 95, actuó hasta los 91. Murió sin aparatosidades siniestras, en la cama,
rodeado de los suyos. Empezó su carrera en Matar a un ruiseñor haciendo
de Boo Radley, papel en el que solo hablaban sus ojos y su actitud
corporal, ¡pero cómo!
Encadenó secundarios de fuste
en La jauría humana, Bullit, Valor
de ley o M.A.S.H., por citar algunas
películas imperecederas. Luego encarnó al "consigiere" de los
Corleone en El padrino, El padrino II y al coronel surfero de Apocalipsis Now.
Optó a principales desde
entonces, o papeles clave o colega de la estrella (con menos carisma pero más
talento). Algunas veces se los comía crudos solo con compartir el plano. Menos
divo, poniendo credibilidad y solvencia donde le mandasen, construía siempre al
personaje más empático o cabrón de la película sin esfuerzo aparente, con una
caracterización mínima, el vestuario y poco más. Para lograr eso lo mismo le
valía un policía, un cura, un militar, un abogado, un gángster o un juez.
Al llegar a octogenario, aún se
permitió lucir longevidad y fortaleza fuera de tiempo y que resultase
verosímil. Tuvo que sobrepasar los noventa para interpretar un par de papeles
que no le entrañaban a esas alturas más reto que el de su salud y retirarse
discretamente.
Se diría que le hubiésemos
encajado sin sorpresa en una película de este año, haciendo de simpático
cascarrabias, viejo cachazudo, veterano cowboy. Podríamos tenerle ahí toda la
vida, como a Donald Shuterland, como a su gran amigo Gene Hackman,
como un pequeño puñado de tipos que animaron los años setenta y consiguieron
seguir en el negocio, crecer como intérpretes, derrochar talento y rozar la
inmortalidad.
Para mí que Duvall, aquel joven
ruiseñor mudo, olerá para siempre a Victoria.
lunes, 16 de febrero de 2026
lunes, 19 de enero de 2026
La cena y Mediterráneo: dos guiones simples pero eficaces
Hace menos de una década, hubiera prevalecido la calidad de las narraciones frente al sesgo ideológico de quién las ve y escucha. O quizá no. Quizá siempre hubo sesgo pero antes importaba menos. Hoy por hoy, es difícil ver películas como estas sin maliciarse subvenciones interesadas en ambas por diferentes conceptos. Lo de la batalla cultural y demás mierdas del día a día por donde cruza errante la sombra de Caín.
Habrá quien no quiera disfrutar de una comedia bastante lograda como La cena (del resucitado Manuel Gómez Pereira). No porque no sea disfrutable, sino pensando en que debió obtener fondos del "año Franco" del gobierno para conmemorar su muerte natural (una decisión, por cierto, que merece otra comedia).
Y es una lástima no pasarlo bien con esta película, porque resulta muy refrescante en general y cuenta con un personaje central magnífico: el maître del Hotel Palace, interpretado maravillosamente por Alberto San Juan, que da perfectamente comicidad, dolor, miedo, heroicidad o patetismo según toque, a veces en una misma secuencia. Mario Casas dándole la réplica está correctísimo y los secundarios, especialmente los mas veteranos, son tan solventes como siempre lo han sido en nuestro cine. Te los crees con nada que vistan y hagan. Gracias al tono de la historia, funciona incluso Asier Etxeandia como falangista abyecto, ese cliché inevitable, convertido para la ocasión en caricatura de un terror casi mitificado.
Yo solo hubiese prescindido de un par de subrayados obvios, por completo innecesarios, pues todo se deduce con facilidad sin meter una frase de más. Esa a la que el guionista español rara vez se resiste, para que no quede duda de cómo las gastaban los profesionales de la guerra, los oportunistas, los soplones o los dictadores, sobre todo en aquel momento de nuestra historia cada vez menos reciente. Pero no se puede aspirar a Lubitsch o a Azcona en nuestra actual comedia. Sólo que alguna deje de ser hiper-televisiva (como últimamente son casi todas), ya es un triunfo notable.
Mediterráneo es otra propuesta de narrativa transparente y atinada, con un fondo que los muy cafeteros considerarán irritantemente ideológico, a pesar de los esfuerzos que hacen el guion y los personajes por reducir el asunto a una cuestión eminentemente humanitaria y el aspecto administrativo a ley del mar: esa obligación moral ineludible de salvar al náufrago, sea quien sea, venga de donde venga.
Pero esta historia cuenta el origen de Open arms, y con eso ya le basta a la política patria para arrojarnos ahogados a la cara. Nadie parece haber pensado que, por una vez, resulta reconfortante que sean los españoles de la película los que hagan a ciudadanos de otro país sacudirse la indiferencia ante lo intolerable.
La crisis de refugiados sirios de 2015, muriendo a mansalva ante las costas de Lesbos, está contada a través de un puñado de socorristas kamikazes venidos desde Barcelona, en una película de nivel medio, de las que apenas se hacen en una industria tan polarizada en lo económico como en lo otro.
Su único pero cinematográfico es Dani Rovira. No es que lo haga mal, es que es Dani Rovira. No te lo crees. Debería ser un actor descomunal para sobreponerse a su personaje monologuista, al chico con salero que funciona en comedias como Ocho apellidos vascos o Voy a pasármelo bien. Él cumple, en realidad, pero es más fácil creerse a Eduard Fernández nadando como una sirena y eso sí que es talento interpretativo.
En cualquier caso, se hacen pocas películas así con resultado tan digno, otro pequeño triunfo.
lunes, 5 de enero de 2026
Rondallas
Daniel Sánchez Arévalo es un guionista de mucho talento y un director de menos. En ambas facetas le han salido películas redondas (Gordos, Primos, Diecisiete) y otras no tanto (Azul oscuro casi negro, La gran familia española). A veces, su brillantez en la escritura le juega malas pasadas, como en la serie de televisión Las de la última fila, donde las actrices -todas buenas- dialogan tanto y recitan tales parlamentos, que de tan perfectos y prolongados llegan a dar un tono artificioso o simplemente agotador a no pocos momentos de la serie.
Rondallas es lo último y es largometraje para la gran pantalla, acaba de estrenarse. Esta vez le ha quedado a Sánchez Arévalo una película magnífica, probablemente la mejor de las suyas. Cine popular y elegante a un tiempo, cómico y trágico, racional y emotivo, todo bien mezclado, con sentido del equilibrio y la proporción justa en cada ingrediente, algo nada fácil de hacer.
Como siempre, su casting es de una precisión pasmosa. Todos están muy bien. Tan bien que Javier Gutiérrez parece sacar adelante su personaje sin apenas esfuerzo, tirando de registros que conoce de memoria. Pero le siguen sin titubear Carlos Blanco como el entrañable Yayo, María Vázquez, siempre impecable, Judith Fernández (más y mejor protagonista a medida que avanza la película), Fernando Fraga en un papel dificilísimo, Marta Larralde, Marcos Pereiro, Xosé Touriñán... todos lo clavan.
Mención especial para el personaje de Xoel y su composición por parte de Tamar Navas. El actor saca petróleo de ese guardia simplón y bondadoso, hermano-dependiente, que dirige a los abanderados de la rondalla.
La película puede etiquetarse de cine familiar, inteligente, con buen gusto y al mismo tiempo social sin turras. Su entorno vigués, oportunamente soleado cuando conviene, y esta forma de narrar la lucha en comunidad con sus baches y sus victorias parciales, me recuerdan al Robert Guédiguian de Las nieves del Kilimanjaro o títulos del Reino Unido como Full Monty y Tocando el viento.
Pero todo, entorno, relato, actitudes y acento absolutamente nuestros, rezumando Galicia y España en su mejor versión, la que nos une en la búsqueda de la belleza y nos hace capaces de todo.
No os la perdáis.













