Steven Spielberg no tiene ya nada que demostrar, así que se ha dado el lujo de volver a sus temas favoritos. Es decir, que esta vez juega en casa: vida extraterrestre, conspiraciones gubernamentales, involuntarios héroes perseguidos por medio país, recuerdos de infancia... la tercera fase puesta al día, pero no en remake, sino buscando una manera nueva de contar lo que el chico de la gorra lleva sosteniendo toda su vida, que no estamos solos en el universo.
La película carga con el lastre de tantas representaciones de lo tecnológicamente sobrenatural como llevamos vistas desde aquella nave que se comunicaba por notas musicales. Así que esta vez es mucho más apasionante el desarrollo que el desenlace. Entonces, el encuentro final de Melinda Dillon y Richard Dreyfuss con la vida extraterrestre era lo más grandioso de la película y aquí en cambio, el momento equivalente de Emily Blunt y Josh O´Connor me resultó lo de menos.
Dicho esto, Spielberg tiene sesenta y ocho palos, pero no se le notan. ¡Joder, si hasta sabe usar el dron! Larga vida al viejo Steven, aquí o en futuras galaxias, donde seguro que proyectarán sus pelis para pasar el rato en los largos viajes interestelares. Espero que de lo que muestra de nuestra especie no tomen demasiado en cuenta.
Muchos dicen que la prueba definitiva de que hay vida inteligente en otros planetas es precisamente que no vienen.














