sábado, 24 de octubre de 2026

Tom Skerritt


 Ya solo quedan ellas, Tom, no hay alien que las tumbe.

Buen viaje sin Nostromo a este gran actor, que nunca llegó a estrella ni falta que le hizo. 

viernes, 23 de octubre de 2026

El poder de la red


Aaron Sorkin vuelve a la carga, retomando a uno de sus juguetes rotos pero ricos y peligrosos, o sea, Mark Zuckerberg. Aunque ahora ya no es un chico inseguro con el que se puede empatizar, sino un amargado magnate (monocorde Jeremy Strong), preocupado exclusivamente por el acoso gubernativo y judicial y por las cifras de sus logros, en clics y en beneficio económico puro y duro. Para esta película, el todopoderoso inventor y propietario de Facebook, ahora META (si le añadimos Instagram, WhatsApp, Messenger...), se ha convertido en el epítome del capitalismo más descarnado, del que Sorkin es permanente azote en sus pelis-alegato. Son bastante más humanos sus colaboradores, los que le ayudan a preparar la comparecencia ante comisiones del Congreso, jurados y prensa. En ellos se cuela con razonable naturalidad el carácter didáctico y preventivo que aporta este film sobre el poder de la red.
 
Nota aparte merecen los otros dos personajes de fuste que justifican la historia y acentúan el interés por seguirla de principio a fin, aunque sea a última hora en un multicine de barrio dormitorio. Estos son la tecnóloga Frances Haugen (muy bien encarnada por la joven Mikey Madison) y el analógico periodista de investigación Jeff Horowitz (a cargo del camaleónico y solvente Jeremy Allen White).  Hacen una buena dupla en pantalla, cada vez que la comparten la película crece, aunque siga pecando de didactismo excesivo. 
 
El conjunto, gracias a un ritmo muy medido y al talentoso guion (nadie dialoga como Sorkin), resulta notablemente interesante. Solo flaquea un poco al emplear como ejemplos de polarización y grupos de odio los de un extremo del tablero y nada más que esos. Es cierto que ningún ejemplo es tan ilustrativo y cinematográfico como el que encarna la turba que asaltó el Capitolio en 2021, pero en las meras menciones, informes y videos colgados en la red se pudo incluir más odio que el que generan los proTrump y a la derecha de Trump. 
 
Seguramente, es pedirle demasiado al brillante Aaron Sorkin, a estas alturas "ultrademócrata". ¿Tendrá grupo en Facebook?  

Whalefall: lo que la ballena me enseñó.

 

La primera que vi en la Fiesta del Cine, inaugurando el otoño, me tragó y me escupió al cabo de cien minutos que no aportaron apenas nada. Es lo que tiene un trailer perfecto, de los que te promete emociones claustrofóbicas y submarinas, un Buried dentro de un cachalote, y luego te da un psicodrama familiar flojeras con algunos momentos logrados de angustia en el estómago del cetáceo (muy bien lo del calamar gigante). 

Lo malo de las premisas locas es que hay que alargarlas hasta que funcionen en un largo y, como no lo hacen, necesitas alguito en paralelo que contar. Eso condena la película irremisiblemente. Aquí tenemos a un jovenzuelo huérfano de padre, con trauma al respecto e ideas absurdas de cómo resolverlo. La historia de ese padre, un hombre obsesivo, monotemático y huraño hasta la antipatía es incomprensible y pesada. Pero cuando su voz pasa al interior del animal para sacar a su vástago de apuros, se sumerge (nunca mejor dicho) en el ridículo absoluto.

Los demás personajes, por mencionarlos un poco aquí, no pintan prácticamente nada. Por otra parte, el chico es un irrelevante enigma en lo que a vida personal se refiere. Se entiende que se vaya, pero ¿porqué vuelve y además a bucear y además donde no toca? En fin, una bobada todo. 

Bajonazo.

viernes, 16 de octubre de 2026

A Complete Unknown

 

James Mangold vale para un roto y un descosido: lo mismo te hace una de Lobezno, que una aventurilla de Cruise sin franquiciar, el último Indiana Jones, o una de polis con Stallone gordo y sorderas, para que se vea que no es mal actor si le dejan; un biopic de Jhonny Cash, una romanticada de Meg Ryan, una de loquero para chicas rebeldes, un ramake de western (notable, por cierto) o una de coches de carreras y escuderías rivales. Era cuestión de tiempo que cocinase otro biopic musical en medio de este furor por el género que le ha dado a la industria (Queen, Elton John, Bob Marley, Springsteen, Elvis...). Ya tenía experiencia en ese campo y por fechas similares con su más bonita película: En la cuerda floja.

El estilo invisible no es lo mismo que la falta de estilo. Mangold es más de lo segundo: no tiene estilo claro. Pero sabe rodar, colocar la cámara y manejar la luz en cada película que tiene entre manos. Pertenece a la pequeña y un poco avejentada cofradía de buenos artesanos estadounidenses. Hace muy poco estrenó la de Bob Dylan. Está bien que la haya rodado él, porque es una película de estrella y se necesitaba un director que no ejerza de tal. Para eso ya está Timothée haciendo de Bob. 

Es lo que lastra el film en mi opinión, que Chalamet clava al Dylan más autista y antipático, preocupado porque no vean en él al joven galán, sino al actor metódico capaz de meterse en otras pieles de manera radical. Lo hace aquí, indiscutiblemente: canta como Dylan, fuma como Dylan, mira de través como Dylan... es tan tedioso como Dylan cada vez que deja de cantar. 

Son la época, la ciudad de New York y el resto de figuras lo que consigue  que la cinta se convierta cada pocos minutos en caramelo: Joan Báez (Monica Barbaro), Pete Seeger (Edward Norton), Jhonny Cash (Boyd Holbrook), y por encima de todos la bonita, inteligente y desgraciada primera novia newyorkina Sylvie Russo (trasunto de la fallecida Suze Rotolo). Encarnada por Elle Fanning con una dulzura que hace a Bob/Timotée aun más idiota y egoísta de lo que debe/debió ser. Pero el talento desmesurado no suele compaginarse con la sensibilidad hacia los seres queridos. Algo que los melómanos y los cinéfilos saldríamos ganando cuando el biopic queda redondo, que no es el caso. 

Eso sí: ¡qué letras las de Dylan!  

jueves, 15 de octubre de 2026

Revive y deja morir

 

Ya lo contamos aquí (era por mayo): la fecha tentativa para desvelar el próximo intérprete encargado de encarnar a 007 era  el 5 de octubre. 

Han pasado diez días (estamos a 15), y todavía no han elegido ni anunciado al nuevo James Bond. Siguen desojando la margarita. Aunque esa elección debe parecerse bastante más a la ruleta rusa. 

martes, 13 de octubre de 2026

La acompañante

 

Y como broche de oro en el día de la Hispanidad, me enchufé otra estadounidense palomitera. Esta vez una corta y de cifi, que coquetea con el rollito Black Mirror, pero le pone un humor negro bastante majo. A ese tono con tendencia al descacharre (nunca mejor dicho) contribuyen el hábil guion de Drew Hancock (también director) y la participación actoral de Harvey Guillén (familiar en la serie de Lo que hacemos en las sombras) y el hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid, de nombre en créditos Jack Quaid.

Una vez desvelada la sorpresa del argumento, su desarrollo pierde un poco de garra, transita por terrenos más vistos, aunque mantiene el interés y arranca más de una sonrisa malévola: a poca atención que pongas, lo que la película viene a decirte entre muerto y muerto es que los hombres quieren por norma a una pareja menos inteligente, que les dé la razón, que quiera por encima de todo plegarse a sus exigencias con tal de hacerles felices, que folle cuando se precise sin dar luego la turra, que se ponga en pause a la orden. Y esto vale lo mismo para hombres gais, o para rusos desagradables, no se salva ni el tato. 

En cuanto a las mujeres, apenas hay donde escoger: la bruja y la víctima. La víctima que va espabilando, claro, para que aumente la adrenalina del espectador y el envoltorio de la propuesta se salpique convenientemente de sangre. Sophie Thachter compone una mujer biónica la mar de aparente, sus movimientos corporales y gestos faciales medidísimos la convierten en la actriz perfecta para el papel. Esperemos que no se lo hagan repetir en La acompañante 2, que son muy capaces. 

12 de Octubre, Madrid, planeta Tierra. Fin de la transmisión. Vamos, gatito. 

lunes, 12 de octubre de 2026

Lo que el pulpo me enseñó

 

Han transcurrido ya lo menos seis generaciones de pulpos desde que este documental ganó el Oscar, el BAFTA y unos cuantos premios gordos más. Pero una tarde de puente da para clásicos rescatados, chatarradas de siesta y hasta documentales de naturaleza. 

Vaya por delante que no soy muy fan de esta clase de formato, no sé si por la voz neutra y especialmente monótona que le han colgado a los que emitían en La 2 de TVE (y ahora no sé dónde) o porque son muy recurrentes los de leonas espantando moscas con el rabo, gacelas en apuros y elefantes dándose baños de barro.

Desde que Jacques Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente abandonaron la escena del mundo natural, mi interés por la Naturaleza ha ido en declive. Claro que ¡menudas voces, la del propio Félix y la de Rafael Taibo en los documentales de Cousteau! Todo el magnetismo de las imágenes e historias sobre especies distintas  a la nuestra en mar o tierra cobraban su exacta dimensión, su trascendencia impagable en manos de aquellos montajes, guiones y narradores. Ya sé, ya sé que cualquiera tiempo pasado fue mejor, porque fue el de nuestra juventud, pero no creo que aquellas cimas del documental de naturaleza se hayan superado. Esta pieza del pulpo está muy lejos, a mi juicio. Quizá influya el doblaje.

Los anglosajones son muy de contarnos su especial conexión con un animal concreto del ecosistema que toque, designarlo coprotagonista, su seguimiento y filmación suele acabar en vínculo. Joder, casi ves la peli entera por si al final de casan. Y aquí  va así la cosa. Lo que resulta innegable es la dificultad extrema de contarnos la historia de este pulpo y hacerla emotiva. Pero ya está. Si un hispanoparlante nos pone a cámara la carita compungida de Craig Foster hablando de los problemas de su pulpo hembra en el bosque de algas australiano, nos daría la risa. La amenaza permanente de los tiburones gato, la pérdida del tentáculo, la incubación de huevos, la terminación de un ciclo vital propio de cefalópodos, todo lo que se nos cuenta compone la vida más prosaica de cualquier especie, submarina o terrestre.

Para conmover a un español en su sofá a media tarde hay que tener la voz de Félix o llamar a tu pulpo Paul.