martes, 13 de octubre de 2026

La acompañante

 

Y como broche de oro en el día de la Hispanidad, me enchufé otra estadounidense palomitera. Esta vez una corta y de cifi, que coquetea con el rollito Black Mirror, pero le pone un humor negro bastante majo. A ese tono con tendencia al descacharre (nunca mejor dicho) contribuyen el hábil guion de Drew Hancock (también director) y la participación actoral de Harvey Guillén (familiar en la serie de Lo que hacemos en las sombras) y el hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid, de nombre en créditos Jack Quaid.

Una vez desvelada la sorpresa del argumento, su desarrollo pierde un poco de garra, transita por terrenos más vistos, aunque mantiene el interés y arranca más de una sonrisa malévola: a poca atención que pongas, lo que la película viene a decirte entre muerto y muerto es que los hombres quieren por norma a una pareja menos inteligente, que les dé la razón, que quiera por encima de todo plegarse a sus exigencias con tal de hacerles felices, que folle cuando se precise sin dar luego la turra, que se ponga en pause a la orden. Y esto vale lo mismo para hombres gais, o para rusos desagradables, no se salva ni el tato. 

En cuanto a las mujeres, apenas hay donde escoger: la bruja y la víctima. La víctima que va espabilando, claro, para que aumente la adrenalina del espectador y el envoltorio de la propuesta se salpique convenientemente de sangre. Sophie Thachter compone una mujer biónica la mar de aparente, sus movimientos corporales y gestos faciales medidísimos la convierten en la actriz perfecta para el papel. Esperemos que no se lo hagan repetir en La acompañante 2, que son muy capaces. 

12 de Octubre, Madrid, planeta Tierra. Fin de la transmisión. Vamos, gatito. 

lunes, 12 de octubre de 2026

Lo que el pulpo me enseñó

 

Han transcurrido ya lo menos seis generaciones de pulpos desde que este documental ganó el Oscar, el BAFTA y unos cuantos premios gordos más. Pero una tarde de puente da para clásicos rescatados, chatarradas de siesta y hasta documentales de naturaleza. 

Vaya por delante que no soy muy fan de esta clase de formato, no sé si por la voz neutra y especialmente monótona que le han colgado a los que emitían en La 2 de TVE (y ahora no sé dónde) o porque son muy recurrentes los de leonas espantando moscas con el rabo, gacelas en apuros y elefantes dándose baños de barro.

Desde que Jacques Cousteau y Félix Rodríguez de la Fuente abandonaron la escena del mundo natural, mi interés por la Naturaleza ha ido en declive. Claro que ¡menudas voces, la del propio Félix y la de Rafael Taibo en los documentales de Cousteau! Todo el magnetismo de las imágenes e historias sobre especies distintas  a la nuestra en mar o tierra cobraban su exacta dimensión, su trascendencia impagable en manos de aquellos montajes, guiones y narradores. Ya sé, ya sé que cualquiera tiempo pasado fue mejor, porque fue el de nuestra juventud, pero no creo que aquellas cimas del documental de naturaleza se hayan superado. Esta pieza del pulpo está muy lejos, a mi juicio. Quizá influya el doblaje.

Los anglosajones son muy de contarnos su especial conexión con un animal concreto del ecosistema que toque, designarlo coprotagonista, su seguimiento y filmación suele acabar en vínculo. Joder, casi ves la peli entera por si al final de casan. Y aquí  va así la cosa. Lo que resulta innegable es la dificultad extrema de contarnos la historia de este pulpo y hacerla emotiva. Pero ya está. Si un hispanoparlante nos pone a cámara la carita compungida de Craig Foster hablando de los problemas de su pulpo hembra en el bosque de algas australiano, nos daría la risa. La amenaza permanente de los tiburones gato, la pérdida del tentáculo, la incubación de huevos, la terminación de un ciclo vital propio de cefalópodos, todo lo que se nos cuenta compone la vida más prosaica de cualquier especie, submarina o terrestre.

Para conmover a un español en su sofá a media tarde hay que tener la voz de Félix o llamar a tu pulpo Paul. 

domingo, 11 de octubre de 2026

Tiempo de victoria

El título original es Pressure, mucho más preciso y hasta sugerente: la presión atmosférica, la presión humana. ¿El día D es factible meteorológicamente hablando?, ¿hay que aplazarlo?, ¿por cuánto tiempo? 

La película de Anthony Maras, por tanto, aborda una nueva vertiente de la Segunda Guerra Mundial centrada en la importancia del clima de cara al desembarco de Normandía. Allí, el tiempo es tan cambiante que te puede ganar la guerra antes de tocar playa y pegar un tiro. De hecho, lo único innecesario de esta película son los tiros del desembarco, parece que hay que ponerlos porque Spielberg estableció el canon y saltárselo es poco serio.

Lo de verdad serio se dirime en el puesto de mando, donde los generales estadounidenses y bitánicos quieren atacar y el meteorólogo debe aguantar la presión y ceñirse a las predicciones avaladas por datos en tiempo real. Andrew Scott como el capitán James Stagg, Brendan Fraser como Ike Eisenhower y Kerry Condon como la asistente del general están excelentes llevando el peso del drama. Los demás, evidentemente, también lo hacen de coña, pero importan menos.

Una solvente película sobre un hecho no contado dentro de un acontecimiento histórico sobadísimo. De esas que acabas viendo en plataforma tres años después de su estreno, pero he tenido la fortuna de disfrutar en sala antes de que la quiten por la irrupción masiva de cualquier bobada de aquí o de allá. Afortunadamente, siempre hay tiempo. 

 

jueves, 8 de octubre de 2026

Series: otro barrido

 
Neagley:
La compañera de correrías de Reacher, antigua subordinada en sus tiempos de policía militar y temible francotiradora, echa a volar con serie propia. Su narrativa se desmarca lo suficiente de la del gigantón rubio, aunque conserva de ella la habilidad seca de las secuencias violentas y el respeto por la trama y los personajes. Incurre en algunos patinazos menores y tiene un final de temporada muy de "club de investigadores listo para nuevo caso", pero en líneas generales es una propuesta excelente con una protagonista que interesa cada vez que sale en cámara. Lo esencial. 

 
 
El problema final:
Plumbeo cluedo lleno de tópicos detectivescos y de los otros, más bien plano y, lo peor, previsible en el "quién lo hizo". Empiezo a pensar que muchas de las novelas de Arturo Pérez Reverte funcionan solo en la imaginación del lector, donde el uso de clichés le mantienen en su zona de confort. Allí, negro sobre blanco, quien recorra sus páginas gustará de recrearse en esas conversaciones intemporales y cosmopolitas en las que unos y otros muestran cierta brillantez, cierta elegancia, cierto desengaño, cierto "estar de vuelta". Con esos mimbres se construyen novelas de héroes cansados y mujeres fatales (que nos mola leer en los trenes), pero llevarlas a la pantalla y que no se acartonen es harina de otro costal. Lástima de reparto y localización, impecables. Pero la puesta en escena, la dirección, el montaje, la congruencia narrativa... en todo eso hace aguas. Bajonazo con muchos clics. 
 
La leyenda de Vox Máquina 4:
Los gamberros del universo de espada y brujería en esta feliz idea que mezcla roll, animé, ultraviolencia, misticismo y cachondeo están de vuelta. Siguen en forma y, gráficamente, varios capítulos deparan soluciones sorprendentes, guiños artísticos para friquis de la ilustración, tonos y géneros que milagrosamente armonizan con la historia principal, suficiente intriga, no poco drama, temor por la vida de nuestros héroes.... Lo que necesita cualquier historia de aventuras, metido todo en una botella pequeña de licor con palabrotas. Qué buena serie, coño.
 
 
Linternas: 
Un nuevo y agradecible punto de vista para contar al súper héroe menos adaptable de todos: Linterna verde. Hacer creíble al del anillo es más difícil que secar a Aquaman. Lo resuelven muy bien aquí mediante investigación policial, con soluciones no previsibles a situaciones que la lógica interna del relato coloca donde corresponde y con un puñado de intérpretes perfectos en sus papeles. Para mí, la primera temporada termina al final del quinto. Así queda redonda. Los episodios posteriores podían haber dado inicio a la siguiente. Pero, claro, yo no hago el plan de producción ¡si me dejasen el anillo....! 
 

Eva Marie Saint

  

Ha muerto con 102 años. 

Tuvo la suerte de debutar en la mejor película de Elia Kazan, La ley del silencio, dándole la réplica a Marlon Brando. Después, Hitchcock la puso a hacer de Grace Kelly, a falta de Grace Kelly, acompañando a Cary Grant en uno de sus títulos mayores, el canon de las intrigas internacionales con mcguffin: Con la muerte en los talones. Para redondear, se codeó con Paul Newman en su esplendor y a las órdenes de Otto Preminger con Éxodo y se marcó una de terror apache, La noche de los gigantes, en la que Robert Mulligan se las hacía pasar muy perras a Gregory Peck. Fijaos en la cantidad de palabras en negrita que tiene este breve párrafo. Solo cubre catorce años de carrera, en la que se pueden añadir trabajos para Edward Dmytryk, Fred Zinnemann, John Frankenheimer, Vincente Minelli o Norman Jewison.

Luego empezó a dejarlo, se pasó a la tele y envejeció. 

Dónde hay que firmar.  

martes, 6 de octubre de 2026

Civil War

 

Un año después (2024), llegó Civil War, precedida de halagos a su originalidad, a su temática, a su crudeza... Quedémonos con la crudeza. Al director Alex Garland le pasa lo que a Villeneuve: cuanto más grande es el presupuesto, peor le sale la película. Y cómo consigue más dinero cada vez, sus películas van decayendo inexorablemente. 

Civil War cuenta un conflicto armado total en los USA actuales. Es muy solvente en la producción, las localizaciones, los ambientes, la fotografía (aquí esencial), el rodaje de la acción y la violencia. Los protagonistas de la película son unos pocos foto-periodistas y plumillas que la cubren.

Por supuesto, nuestro reportero de guerra vivo más mediático, es decir Pérez Reverte, ha elogiado su verismo en cuanto a la actitud de la prensa en frentes de batalla. Pero aquí no hay un solo motivo para esa guerra civil mínimamente explicado. Ni se mencionan por encima las coartadas políticas que convierten a Estados Unidos en un país sumido en el caos militar y paramilitar, los motivos de unos y de otros para sumergirse en el horror que genera una guerra civil de colosales dimensiones. Prescinde del detonante, del desarrollo de la guerra sobre un mapa antes y mientras avanzan los hechos. En fin, prescinde de todo lo que no sea violencia y captación de la violencia con el objetivo de una cámara de prensa. 

Y mira que lo tienen a huevo, con un par de entradillas de reportero con micro mirando a cámara habría resuelto casi todo. O con un telediario entrevisto durante el viaje y alguna conversación intimista que rasque la superficie. Es la tragedia del guion, quizá del propio foto-periodismo moderno, rascar solo la superficie del drama, sin desentrañarlo. Quizá por eso importa tan poco la misión que se han autoimpuesto los periodistas del film. Y ya que ha salido Pérez  Reverte a relucir: casi resulta más interesante el sueño de Carmelo Gómez de captar la voladura de un puente yugoslavo en Territorio Comanche. 

En esa película que adaptaba novela, aquella guerra terrible y liosa de los  noventa se entendía mejor. El sensacionalismo, también. 

 

domingo, 4 de octubre de 2026

Pequeñas cartas indiscretas

La directora Thea Sharrock, a quien no he seguido, estrenó en 2023 esta película que acabo de pescar en plataforma. Narra una historia que, según parece, está basada en hechos reales (eso empieza a ser una rémora). También he leído que la historia en pantalla, respecto al caso real, lleva abundantes retoques. Después de comparar realidad y ficción es evidente que el guionista los ha aplicado para que se simplifiquen sin rubor razones, afinidades y coartadas. 

La película, eso sí, tiene una impecable factura british al viejo estilo entreguerras en la ambientación y una actriz superlativa (Olivia Colman), en el papel principal. Pero lo demás es brocha gorda, sesgo ideológico a la moda, simplificación al gusto de la feligresía y, lo peor de todo, poquísimo humor en lo que se presupone cine inglés de ese corte, o que evoca ese tipo de cine, pero sin demasiado éxito.

La intriga es ínfima, si es que la hay. La chica inocente, aunque sospechosa es, por descontado, irlandesa y luce libérrima: fuma, bebe, folla y palabrotea con desparpajo inverosímil en aquel tiempo y lugar. Pero así es más patente que lo que la condena en su comunidad es su "empoderamiento" pionero. Los personajes masculinos desfilan a cual más penoso: dictatoriales, machistas, clasistas, estúpidos (excepto el guapo chico de color, evidentemente). Y en cuanto a la escribidora de cartas, su beatería esconde una actitud desmedidamente rastrera y deseos reprimidos de una vida sojuzgada por un patriarca al  mismo tiempo ridículo y abyecto. 

La beata está para que la encierren, claro, aunque al final no se sabe si está mal de la cabeza por su falta de agallas para irse de casa, por la educación castrante de tan puritana, por el padre malparido o por todo a la vez. 

En fin, debió tener su público en el Reino Unido y alrededores. La actriz o el actor aún pueden pegártela para desperdiciar cien minutos una tarde de lluvia.