A principios de los años noventa del siglo pasado, se hacían películas como ésta a mansalva. Apenas variaba el número de veces que el malvado abyecto, supuestamente exánime, se levantaba para darnos un último sustito antes de morir. Por descontado, en todos los intentos de anular la amenaza, sangrientos y aparatosos, participaban uno por uno, cada personaje del pequeño grupo de bondadosos protagonistas, pareja, familia, amigos, comunidad de vecinos… lo que tocase. Hasta el más pasivo o inadaptado del reparto se redimía dándole con una pala en la cabeza o apuñalándole en el cuello. En esta clase de peli made in Hollywood, el grupo que mata al malo unido, permanece unido.
Eso sí, para aquellas películas, las motivaciones de cada villano eran más variadas que ahora. No lo resolvían con un mero macho-heteromalnacido sádico y abusador. Sádico sí, porque eso siempre les ha funcionado a los gringos en pantalla, pero podía serlo por dinero, por venganza, por demencia con trauma infantil, por complejo, por vicio… Aunque, en fin, acabábamos siempre rematando tres o cuatro veces a la bestia: disparos, cenicerazo en el occipucio, ahorcamiento con el cable del secador de pelo, atizador de chimenea, despeñe por el hueco de la escalera, empalamiento contra el afilado cristal de una ventana rota o una barandilla oportunamente astillada… Porque el psicópata era más difícil de matar que Rsputín. De hecho, en esta película de La asistenta, en cuanto vi el hueco de la escalera me dije para mis adentros “por aquí el villano va a darse un hostión mortal”.
La asistenta va de eso, perezosamente actualizado con detalles muy a la moda: los hombres que salen en pantalla (salvo un jardinero italiano de pasarela, que ya les vale), son unos cerdos dominadores, violadores y torturadores. Me extraña que esa agente de la condicional no sea también un tío, para que exija a la expresidiaria favores sexuales a cambio de no enviarla de vuelta a la trena. Las mujeres del reparto (las que de verdad cuentan, no las paródicas pijas de barrio alto), son luchadoras contra la injusticia, listas y bragadas, empoderadas y expeditivas, supervivientes en un mundo hostil lleno de hombres de los que mejor desconfiar de partida, que no te equivocarás.
A ver, que lo de la casa espectacular en la que tu trabajo será limpiar sobre limpio es otro truco viejo, mucho más barato que lo que se va a romper de la casa esa.
La película no se mete en honduras, busca la complicidad y el disfrute de un público femenino entregado de antemano. Las sorpresas pecan de previsibles, a poco que tengas más de treinta años o hayas visto un salpicado de películas estadounidenses de décadas anteriores. Y los pasotes del guion, inverosimilitudes, licencias, facilismos, efectismos y flecos se acumulan al margen de lo entretenido y vistoso del espectáculo. Por poner un par de casos como ejemplo: la madre-momio podría ser un mero retrato al óleo (casi mejor) y la hijita única y respondona no aporta absolutamente nada después de ilustrar la difícil lactancia de una madre soltera y trabajadora.
Pero eso sí: la autocomplacencia de las protas se traslada al patio de butacas con facilidad. Ideal para que hoy mismo, después de un día 8 extenuante y reivindicativo, el ala más radical del mujerío (el que, por el mero hecho de serlo, etiqueta al hombre como culpable de maldad babeante) se vaya a verla al cine. Si no, tranquilas, que en breve llegará a Netflix, su espacio natural.












