martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando los ochenta se ponían femeninos y suntuosos

 
Julia

La película es en realidad de 1977, pero no me va a arruinar por eso el titulo de la entrada. Podría ser del 81, como Reds, o del 85 (como la que nos ocupará luego) y seguiría ofreciendo el mismo espectáculo con ínfulas, sostenido sobre los hombros de Jane Fonda, Vanessa Redgrave y Jason Robards. 

Julia se levantó con todo lo que hace falta para un título mayor: reparto de campanillas, director de prestigio, personajes reales, militancia y lucha antinazi, literatura norteamericana, época de suntuosidades y trenes en los que se fumaba... Hasta roza temáticas que han acabado siendo lo más de lo más a día de hoy (esa amistad-amor entre dos mujeres de carácter). 

La Fonda, como Lillian Hellman, está guapísima en un papel en el que encaja muy fácilmente, mujer temperamental de talento. Vanessa Redgrave, la Julia del título, tiene una sonrisa y una mirada magnéticas, aunque su papel es más insinuación que otra cosa. Apenas se alcanza a entender la dimensión de su drama sin recurrir a lo que ya se sabe del período, pero no desfila por la película. Ella y su destino trágico cobran más entidad precisamente cuando menos se la reconoce, vendada de los pies a la cabeza. 

Robards hace de Dashiel Hammett sin despeinarse, era un actor total. Aunque le aprovechan poco, tiene que suponérsele una brillantez e integridad que están fuera de campo. Solo su despego de lo mundano y su influencia benigna en la formación como escritora de Lillian quedan plasmados en pantalla. 

Pero hay empaque, vocación de película importante, que se llevó un puñado de Oscars, Globos de Oro, premios de la crítica de Nueva York, etc. etc.  Hollywood aún destinaba grandes presupuestos y a sus estrellas femeninas de mayor relumbrón en superproducciones históricas con temas grandes, amores eternos, fotografía, vestuario y banda sonora para el recuerdo y la emoción. 

Ahora nos tenemos que emocionar porque ha muerto Ironman.

 
Memorias de África 

Ésta salió aún mejor, pocos años después. Tenía al infalible tandem Pollack-Redford (director y actor fetiche), además de a Meryl Streep en su mejor momento. Curiosamente, la Streep repite, porque en Julia tiene un papelín de amiga pija y molesta de Jane Fonda. Por supuesto lo clava. Como en ésta a la baronesa de Dinamarca que tenía una granja en África.

De fondo, también hay guerra contra Alemania, esta vez la primera, aunque la visión tangencial de la misma funciona mucho mejor, está suficientemente ilustrado ese patriotismo de guardarropía que gustan exhibir los ingleses en sus colonias y eso pone más en valor la posición irónica de Redford, un Reth Buttler de otra guerra. 

Luego están un puñado de bazas ganadoras fantásticamente combinadas: los leones, los cuentos junto a la chimenea, el gramófono de Mozart, el fin de año, los versos enjabonados, la banda sonora de John Barry.

Memorias de África es la máxima expresión de ese género del siglo pasado que mezclaba con talento historia-romance y personalidades femeninas arrolladoras. Ahora, si quieren empoderar a una mujer en el cine hollywoodiense, demasiadas veces lo resuelven poniéndola a repartir hostias, tiros, puñaladas o lo que sea. Que mate mucho, que no se someta al amor romántico salvo que lleve los pantalones, que no nos vengan ya con personajes femeninos destacando mientras conviven con inquietudes propias de su tiempo, todas muy rancias.

Pero, más allá de los guiones al servicio de ellas (Fonda, Streep, Field, Keaton), directores como Fred Zinnemann o Sydney Pollack (antes un David Lean), han sido sustituidos por gentes como Edward Zwick, Sam Mendes o Christopher Nolan. Todos, por cierto, con producciones de protagonismos eminentemente masculinos. 

De menos de cincuenta años creo que no hay nadie en el circuito industrial de estudios de Hollywood para seguir haciendo historias sobre mujeres con vidas "más grandes que la vida", en las que brillar sobre un telón de fondo de época convulsa, peligros ciertos y maquinismo precario. 

Me estoy haciendo viejo, porque echo de menos el cine suntuoso. 

lunes, 28 de septiembre de 2026

Buena suerte, pásalo bien, no mueras

 

Ésta es una película a borbotones, llena de ideas excelentes y algunas líneas de diálogo afortunadísimas, humor negro a paletadas, sátira bizarra, referencias malévolas e imaginería descacharrante. Pero no le basta con eso, busca emoción, solemnidad, tensiones, enjundia. Y así es como naufraga: demasiados tonos alternándose, de un momento black mirror a otro zombieland, del viajero en el tiempo a la IA desaforada, del smartphone tóxico al espíritu de videojuego. Todo a borbotones, ya digo, con desasosiego y frenesí.

Una vez más, el exceso de metraje juega en contra. Esta vez no estira innecesariamente las escenas, sino que las acumula y mezcla, las esenciales y las innecesarias (lo del gato gigante y algunos otros despropósitos hubieran podido tacharse desde el mismo guion sin pestañear). 134 minutazos que al menos nos evitarán las escenas eliminadas cuando este título se convierta en una peli de culto, al estilo Brazil.

Con todo, merece verse. Sam Rockwell está inmenso durante toda la película y su mirada vitriólica sobre lo que nos espera no deja de interesar. Esa mirada casi se resume en el plano de inicio, cuando la cámara sigue a una jarra de café que va rellenando tazas de una cafetería nocturna y, junto a todas ellas, descansa la mano de cada cliente sosteniendo el correspondiente smartphone encendido y a la vista, para no perderse cualquier bobada que salga en la mini-pantalla. Esa sola escena parece indicar cual es el consejo más importante del título Buena, suerte, pásalo bien, no mueras. Es "pásalo bien".

  


 

El ser querido

 

Ver a Javier Bardem clavar un papel bien escrito no es ninguna sorpresa. Lo que pasa es que cada vez hay menos papeles de esos en sus caladeros de pesca. Lo de Hollywood es un despiporre donde ya no saben si superar la era superheroica, resetearla o volverla crepuscular. Si los apocalipsis y las distopías siguen teniendo hueco, si las franquicias (todas van por la entrega cinco o más) aún pueden rentar lo suyo o toca inventar otras nuevas. Si los últimos grandes cineastas, Spielberg y Scorsese en cabeza, van a dar algo más de sí o se quedarán en casa con los nietos. Eso por no hablar de las cuotas, y Bardem, le guste o no, es cuota. Como lo fue su mujer -la única estrella española de aquella industria desde Banderas-, que ahora les parece a los departamentos de casting lo que dice su carnet: una cincuentona.

Todo ello, sin meternos en el pantanoso terreno de los lobbies políticos, especializados en tachar de los repartos a esta clase de actores a los que se les calienta la boca, en un país en el que eso siempre cotiza a la baja.

Así las cosas, el actor más talentoso del planeta tiene que volver a España, un mercado intervenido hasta la médula, donde solo se cocinan comedia casposa siglo XXI y autorías en retirada o ascenso, pues el cine de presupuesto medio sin factura televisiva se está extinguiendo rápidamente (y eso que, año tras año, ofrece lo mejor de lejos). Bardem ha podido encontrar aquí papeles de cierto fuste, con los más afamados y prestigiosos de su generación: el papel de la de Farhadi (Todos lo saben), el de León de Aranoa (El buen patrón) o éste.

En El ser querido está como él puede y sabe: infalible. Más meritorio es lo de Vicky Luengo, su contraparte esta vez, haciendo de hija desenfocada. Estupenda también, a la altura del reto. El guion de Rodrigo Sorogoyen y su socia eterna Isabel Peña es muy inteligente, la dirección adecuada, el resto del reparto cumple. Todo pita. 

Algunos tics de “película importante” son solo eso, tics. Ni estorban ni suman. Aunque, a mi juicio, los cambios de formato y textura se los pudo ahorrar y el metraje admitía veinte minutos de tijera tranquilamente. Tampoco cuenta tanto. Pero el talento de los que lo cuentan radica precisamente en eso: interesar durante tanto tiempo con tan poco.

Esperando la nueva de Sorogoyen. Y la nueva de Vicky Luengo. Bardem, entretanto, va a estrenar Dune 3. Pues eso.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Letras robadas

Paul Rudd es un actor que cae bien. Encaja especialmente en lo papeles de simpático sin demasiada suerte, que a pesar de todo se gana el respeto de quien debe tenérselo antes de que la historia termine. Esta película podría resumirse así, pero afortunadamente hay mucho más. El argumento surfea sobre asuntos tan peliagudos como la autoría, la frustración vital, la corrupción de la fama, las incomprensiones de los que tienes más cerca, las lealtades, la codicia o la autenticidad. Todo ligero, como una buena canción de los ochenta. 

John Carney, el director irlandés de Once, rebaja sus expectativas y las nuestras. Eso le sienta maravillosamente a la película, que aprovecha un guion bien ligado, cero experimental. Contiene buena música (¡qué gran selección!), con la que alimentar bodas, bautizos y comuniones, un grupito de carrozas resultón y moderadamente gamberro, unos momentos de humor muy logrados y una estrella musical que se presta al desuelle: el hermano Jonas (Nick Jonas) que más se ha trabajado lo del cine y aun canta bien. Con eso y en poco más de hora y media, la feel good movie de 2025.  

Por supuesto, estuvo tres semanas en nuestra cartelera. Los superhéroes venían pegando fuerte y necesitan espacio para sus destrucciones urbanas, que -por cierto-, se plagian unas a otras. 

Un talento único

Dustin Hoffman da un poco de lustre a esta propuesta sin grandes nombres, salvo el suyo y el de Jean Reno (ambos en papeles muy menores, pero agradecidos). No obstante, el primer largo de ficción del hasta ahora documentalista Daniel Roher no necesita estrellas (quizá figuran éstas más bien simbólicas, para levantar la pasta de la producción).  

Un talento único es una propuesta inteligente, moderadamente original, con una progresión muy medida y los giros justos, de esos que optan por el interés antes que por la espectacularidad (principal lacra del cine norteamericano actual).

Creo que se ha hecho directa para plataforma, pero HBO sigue marcando ciertas distancias. Esta película, pequeña, sensible y bien desarrollada en su faceta criminal, es un buen ejemplo. Hasta la última escena, que es pura concesión a la forma de terminar las cosas "a la americana", se resuelve con elegancia. 

Talento a seguir.

Backrooms

 

Con precedentes menos pensados y mucho más baratos (Paranormal Activity, El proyecto de la bruja de Blair), ha salido esta notable propuesta de terror psicológico. Luce un excelente Chiwetel Eliofor de protagonista y una dirección de arte apabullante que es casi más protagonista que el actor. 

Espacios vacíos y amarillos, infinitos, con restos de vida dispersos (muebles semi-enterrados, ropa vieja, grabaciones, maniquíes...), sin más vida humana que la de quien los recorre sobrecogido. Sonido cuidadísimo, pocas explicaciones y un coda que no sabe uno si cierra la historia circularmente o si es para el descojono final de los artífices del artefacto.

Muy buen artefacto, cuidado con entrar en él. 

En el corazón de la bestia

 

Para los que están pensando en hacer senderismo: solos no.

A todo carisma y tatoos, Brad Pitt, alias James, se pasea por agrestes parajes de Alaska en compañía de su perro Odín. No hay psicópatas en los bosques norteamericanos en esta ocasión, algo muy de agradecer. Aunque sí unos flashbacks bélicos por completo innecesarios, que nos recuerdan el pasado militar del hombre y su perro.

Por lo demás, resuellos que nos alertan de que los años, incluso para Pitt, no pasan en balde. Algunos detalles que huyen del tópico (en la avioneta) o se pegan a él (los troncos sobre el torrente), un J.K. Simmons sacado de Nomadland, un poquito de medicina de supervivencia y algunas bestias salvajes para aliñar.

Pero lo realmente importante, la pregunta del millón que arroja esta peli, es: entre una  estrella de Hollywood y el perro de una película de Hollywood ¿a cuál te atreverías a sacrificar?