Cuando esta película iba por los
doce millones de euros recaudados en salas, escribí como comentario en un blog
vecino (elblogdelcineespañol.com), lo siguiente:
Con el
panorama nacional que tenemos, va a pasar de 30 millones. Está el respetable
muy receptivo a las burlas torrentianas hacia esa patulea de todo signo que
dice representarnos y nos chulea sin sonrojo.
Es una
película que acierta con el momento, como en su día lo hizo la muy corrientita
“Ocho apellidos vascos”. No era tanto la película como el momento social. Segura
se va a hinchar, aunque escueza a los bien pensantes.
Alcanzó los 29 millones en salas
y no sé los clics en Netflix.
La he visto, por fin, y me ha
costado. En streaming y dedicando cuatro sesiones para llegar hasta el final.
Quizá viéndola en sala de cine llena el efecto contagio me la hubiese
reconvertido en descacharrante comedia, pero no lo creo. Y eso que no soy bien pensante.
Claro, que tampoco soy seguidor de las
sagas de Santiago Segura: me planté en el segundo Torrente (la primera secuela es
casi obligada) y vi un Padre no hay más que uno que me sobró. Después
del primer Torrente (buena, en mi opinión), solo he visto una película
suya que me pareció muy aseada. Se llamaba Sin rodeos (era el remake de
un éxito chileno o de por ahí) y lo único que no estaba bien en ella resultó ser un papel
que hacía él de brujo adivinador o algo, muy paródico, pero afortunadamente
corto (me da que lo solventó así para ahorrarse un actor y darle un hueso a los
fans).
De Torrente y todas sus
entregas, me quedo con el mérito de acuñar un personaje longevo y querido por
el público, por mucho asquito que dé. Como a Stallone siempre habrá que
reconocerle Rocky, aunque lo haya estirado como un chicle.
Segura tiene un producto que
funciona por su humor sarnoso y mugriento, no apto para todos los gustos. Aunque creo que la risa aquí nace, en gran medida, del
cabreo nacional necesitado de algún tipo de catarsis. Porque lo que me parece
sintomático es que quienes más criticaron a Segura en medios digitales y redes durante
su éxito arrollador en cines fueron los ofendiditos (¿se dice así?) de
izquierdas, mientras que los de derechas no parecían incómodos con la burla,
como si las chanzas del personaje fuesen oportunas, porque zurraban al gobierno
y a los derechistas malvados o frikis metidos a salvapatrias para esquilmar.
Lo único que parece claro es que
ambos tipos de hooligan ideológico están fuera de la realidad. En la suya han
convertido un producto de masas también en un producto de bandos. Un sindios,
digno de películas mucho más divertidas que ésta.
Cruda y burda, ideal para
incondicionales, Torrente presidente va a constituir, ella sola, el 25%
de la recaudación total del cine español en salas. Y si la cuarta de Tadeo Jones pincha, el 30 o
el 35. ¿Alguien de la malquerida industria extraerá enseñanzas de un fenómeno semejante o intentará la autocrítica? Hagan sus apuestas.