Marty Supreme está basada libremente en la peripecia vital y deportiva del real Marty Reisman, buscavidas, contrabandista, timador y grandísimo jugador estadounidense de ping pong. La película parece partir de una regla decisiva que le hace bordear constantemente la catástrofe: para hacerla, despejemos la mesa de trabajo de todos los tópicos manejados por Hollywood en sus películas deportivas, un género siempre pujante en el país -y en su cine- en el que solo importa ganar.
Es una gran decisión, pero muy coherente, porque al protagonista solo le importa ganar. Luce impulsivo, egoísta, manipulador, deslenguado y espídico. Se mete en todos los charcos y sale de cada uno de ellos para caer en el siguiente, pero sin perder de vista su objetivo: el campeonato del mundo, la celebridad, el éxito monetizable. La película sigue a Marty a todo correr, incómoda, irritante, cómica y adictiva. No sabes lo que opinas de ella y su figura deportiva mientras la ves, si todo es demasiado loco y él un completo gilipollas o si se puede ser gilipollas con un gran talento (consulten deportistas actuales) y no tener financistas o patrocinadores que permitan al fuera de serie centrarse en su capacidad sobresaliente, sino sobrevivir a su propio cataclismo mientras lo hace.
Marty está maravillosamente encarnado por Timothée Chalamet (un actor que empieza a caerme bien). Y lo arropan el talento de Gwyneth Paltrow (haciendo de estrella de cine en decadencia), Odessa A’zion (su novia intermitente y preñadísima), Tyler, the Creator (otro buscavidas, metido a taxista), Kevin O´Leary (ricachón cornudo e implacable) o el mítico Abel Ferrara, marcándose un pasote de gángster enganchado a su perro.
El director Josh Safdie conduce la espectacular función, en la que a mi juicio aprueba con nota. Hay que seguirle la pista la próxima vez que saque.



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