martes, 1 de junio de 2021

Milestone y Kurosawa


No cabe la comparación de directores, más allá del titular, porque el japonés fue un gigante y el moldavo un mero (y muy solvente) artesano. Aquí van dos joyas fílmicas que llevan sus respectivas firmas, para eso sí vale un mismo post. 

La de Milestone es de lejos la mejor que hizo: El extraño amor de Martha Ivers, un "melodrama noir" al que apenas le ha envejecido la música. Que, por cierto, hay que ver qué bandas sonoras más estándar-mazacote hacían los suspenses y melodramas de los años 40 en Hollywood. A menudo, hasta cuesta diferenciarlas.

En lo demás, las peleas quedan torpes, creo que por la estilización que han alcanzado en el cine estadounidense más reciente. Y el final sobre el final es una coda a capón para que la taquilla no se ponga biliosa, manía de su show business que viene de muy antiguo y lleva tiempo siendo un lastre de lo más irritante, pero en ésta menor (casi como la del primer Blade Runner).

Hechas las salvedades, qué película, menudo guión, menudos encuadres, fotografía, bares, oficinas, mansiones y hoteluchos. Luego está Lizabeth, claro, que lo mismo te vale para pobre diablo que para diablo a secas. Barbara, de vulnerable y de sobrada, Kirk de débil o de peligroso, Van de trotamundos sanote y enamoradizo. Con eso, diálogos y ritmo implacable, en el Hollywood dorado hacían estas películas a decenas buscando el entretenimiento bien hecho, sin meterse en trascendencias impostadas. 

En fin, amigos, será nostalgia o la pandemia que me tienen atado a los clásicos "on demand"


El día anterior me enchufé El infierno del odio, de Akira Kurosawa. Es difícil elegir película de este señor, como pasa con muchos de los grandes directores del cine japonés. Lo mejor es guiarte por el género que más te apetezca esa tarde, porque los cultivó prácticamente todos. 

Hasta la película que comento hoy contiene varios: El drama teatral con dilemas morales de calado, las guerras accionariales entre directivos de empresa, la investigación cuasi-documental de la policía, el realismo sucio de la noche y la ciudad, la psicopatía hitchcockniana en su exhibicionismo y su derrumbe... (y para colmo, con final feliz para los que lo merecen, pero sin que se note). 


143 minutos de película de los que clavan en la butaca. Con un guión equilibradísimo en datos y tonos, aunque la mitad primera sea tan demoledora que la intensidad parece bajar por momentos; con la banda sonora perfecta (y fresca), empleada desde la sensatez casi cicatera; con una fotografía en blanco y negro tan primorosa como la de la película anterior, pero al servicio de otros lujos opresivos, otros paseos en coche y otra noche urbanita.  

Lo de Mifune y los demás intérpretes que lideran la pesadilla es tan japonés y universal que sólo puede achacarse al talento. Y luego está Kurosawa, ese mago. Capaz de darte una gran tarde de cine imperecedero aunque no salgas de tu salón y de tu televisor. 


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