jueves, 10 de junio de 2021

La vacuna de Chaplin

Hace unos meses, cuando la pandemia del coronavirus tenía olas numeradas, se produjo entre otras muchas desdichas una brutal sequía de estrenos cinematográficos, en especial de los procedentes del todopoderoso Hollywood. Ya sabéis, ese lugar en el mundo al que astutamente se llamó la fábrica de sueños, pero que se dedica a los negocios rentables por encima de todas las cosas.

Como lo que se filma por el equipo local y socios más próximos (España y otros países europeos), hace mucho que no tiene suficiente gancho en taquilla (salvo contadas excepciones que alimenten el espejismo de industrias alternativas a Goliat), los cines tuvieron que rescatar títulos del baúl de los recuerdos que poner en sus pantallas. De Hollywood, por supuesto.

No importó tanto que fuesen reestrenos que apenas convocaran a dos o tres espectadores solitarios por pase. Eso pareció bastar: Menos espectadores obliga a menos costes, para tener menos pérdidas. Lo llaman resignación a lo inevitable.

Al menos en Madrid, los cines de cadena lo han estado haciendo hasta hace bien poco, con la reposición de El señor de los anillos, aprovechando de excusa una efeméride (20-25-30 años, no sé). Dudo que reestrenar esta trilogía en concreto les haya salido tan barato, claro, pero en esencia la idea seguía siendo la de la segunda ola. En la primera, los cines eran morgues, literalmente.

Sin embargo, el primer rescate llamativo de esta tendencia a la fuerza fue el pase por pantalla grande de un Chaplin legendario: El chico (The kid), de 1921. Film mudo y prodigioso, escrito, dirigido, musicalizado y protagonizado por el vagabundo universal, que en poco más de una hora contiene todo lo que hizo célebre y genial al cineasta inglés del bigotito.

Además de Charlot en su apogeo, cuenta con los policías característicos, el barrio pobre, la bella dama (Edna Purviance) y lo más de lo más: el chico que encarna Jackie Coogan (el Culkin de la época, cuyos ávidos padres también arramblaron con todo).

La película aún no está equilibrada por completo en sus tres elementos chaplinescos -crudeza realista, drama victoriano y comicidad visual -, pero hasta por eso resulta deliciosa. Aún le quedaban a Chaplin años sin sonoro para armar Una mujer de París, La quimera del oro, El Circo, Luces de la Ciudad, en las que fue afinando más y más su sentido del espectáculo, esa potente mezcla entre lo risueño que consuela y enmascara con la honda tristeza que genera un mundo muy muy mejorable. 

La pillería bondadosa de Charlot tiene aquí su perfecto acompañamiento en un chico de cinco años que se mimetiza con el maestro al caminar, disimular, correr y vivir chapuceramente. Se quieren de modo tan notable que la separación obligada por la caridad implacable de las autoridades es cómica y conmovedora en perfecto revoltijo.

Ver a Charlot corriendo por los tejados en dirección a la camioneta que se lleva al pequeño John hacia el orfanato, o verle poner en fuga al conductor con amagos violentos descacharrantes, incluso sabiendo que el espectador aguarda el abrazo de los vagabundos, es un prodigio de talento chapliniano, solo a su alcance.

Mientras exista un Chaplin, un cine que lo rescata, una plataforma que lo ofrece, un cinéfilo que lo elogia,… hay esperanza.   


 

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