lunes, 28 de septiembre de 2026

Buena suerte, pásalo bien, no mueras

 

Ésta es una película a borbotones, llena de ideas excelentes y algunas líneas de diálogo afortunadísimas, humor negro a paletadas, sátira bizarra, referencias malévolas e imaginería descacharrante. Pero no le basta con eso, busca emoción, solemnidad, tensiones, enjundia. Y así es como naufraga: demasiados tonos alternándose, de un momento black mirror a otro zombieland, del viajero en el tiempo a la IA desaforada, del smartphone tóxico al espíritu de videojuego. Todo a borbotones, ya digo, con desasosiego y frenesí.

Una vez más, el exceso de metraje juega en contra. Esta vez no estira innecesariamente las escenas, sino que las acumula y mezcla, las esenciales y las innecesarias (lo del gato gigante y algunos otros despropósitos hubieran podido tacharse desde el mismo guion sin pestañear). 134 minutazos que al menos nos evitarán las escenas eliminadas cuando este título se convierta en una peli de culto, al estilo Brazil.

Con todo, merece verse. Sam Rockwell está inmenso durante toda la película y su mirada vitriólica sobre lo que nos espera no deja de interesar. Esa mirada casi se resume en el plano de inicio, cuando la cámara sigue a una jarra de café que va rellenando tazas de una cafetería nocturna y, junto a todas ellas, descansa la mano de cada cliente sosteniendo el correspondiente smartphone encendido y a la vista, para no perderse cualquier bobada que salga en la mini-pantalla. Esa sola escena parece indicar cual es el consejo más importante del título Buena, suerte, pásalo bien, no mueras. Es "pásalo bien".

  


 

El ser querido

 

Ver a Javier Bardem clavar un papel bien escrito no es ninguna sorpresa. Lo que pasa es que cada vez hay menos papeles de esos en sus caladeros de pesca. Lo de Hollywood es un despiporre donde ya no saben si superar la era superheroica, resetearla o volverla crepuscular. Si los apocalipsis y las distopías siguen teniendo hueco, si las franquicias (todas van por la entrega cinco o más) aún pueden rentar lo suyo o toca inventar otras nuevas. Si los últimos grandes cineastas, Spielberg y Scorsese en cabeza, van a dar algo más de sí o se quedarán en casa con los nietos. Eso por no hablar de las cuotas, y Bardem, le guste o no, es cuota. Como lo fue su mujer -la única estrella española de aquella industria desde Banderas-, que ahora les parece a los departamentos de casting lo que dice su carnet: una cincuentona.

Todo ello, sin meternos en el pantanoso terreno de los lobbies políticos, especializados en tachar de los repartos a esta clase de actores a los que se les calienta la boca, en un país en el que eso siempre cotiza a la baja.

Así las cosas, el actor más talentoso del planeta tiene que volver a España, un mercado intervenido hasta la médula, donde solo se cocinan comedia casposa siglo XXI y autorías en retirada o ascenso, pues el cine de presupuesto medio sin factura televisiva se está extinguiendo rápidamente (y eso que, año tras año, ofrece lo mejor de lejos). Bardem ha podido encontrar aquí papeles de cierto fuste, con los más afamados y prestigiosos de su generación: el papel de la de Farhadi (Todos lo saben), el de León de Aranoa (El buen patrón) o éste.

En El ser querido está como él puede y sabe: infalible. Más meritorio es lo de Vicky Luengo, su contraparte esta vez, haciendo de hija desenfocada. Estupenda también, a la altura del reto. El guion de Rodrigo Sorogoyen y su socia eterna Isabel Peña es muy inteligente, la dirección adecuada, el resto del reparto cumple. Todo pita. 

Algunos tics de “película importante” son solo eso, tics. Ni estorban ni suman. Aunque, a mi juicio, los cambios de formato y textura se los pudo ahorrar y el metraje admitía veinte minutos de tijera tranquilamente. Tampoco cuenta tanto. Pero el talento de los que lo cuentan radica precisamente en eso: interesar durante tanto tiempo con tan poco.

Esperando la nueva de Sorogoyen. Y la nueva de Vicky Luengo. Bardem, entretanto, va a estrenar Dune 3. Pues eso.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Letras robadas

Paul Rudd es un actor que cae bien. Encaja especialmente en lo papeles de simpático sin demasiada suerte, que a pesar de todo se gana el respeto de quien debe tenérselo antes de que la historia termine. Esta película podría resumirse así, pero afortunadamente hay mucho más. El argumento surfea sobre asuntos tan peliagudos como la autoría, la frustración vital, la corrupción de la fama, las incomprensiones de los que tienes más cerca, las lealtades, la codicia o la autenticidad. Todo ligero, como una buena canción de los ochenta. 

John Carney, el director irlandés de Once, rebaja sus expectativas y las nuestras. Eso le sienta maravillosamente a la película, que aprovecha un guion bien ligado, cero experimental. Contiene buena música (¡qué gran selección!), con la que alimentar bodas, bautizos y comuniones, un grupito de carrozas resultón y moderadamente gamberro, unos momentos de humor muy logrados y una estrella musical que se presta al desuelle: el hermano Jonas (Nick Jonas) que más se ha trabajado lo del cine y aun canta bien. Con eso y en poco más de hora y media, la feel good movie de 2025.  

Por supuesto, estuvo tres semanas en nuestra cartelera. Los superhéroes venían pegando fuerte y necesitan espacio para sus destrucciones urbanas, que -por cierto-, se plagian unas a otras. 

Un talento único

Dustin Hoffman da un poco de lustre a esta propuesta sin grandes nombres, salvo el suyo y el de Jean Reno (ambos en papeles muy menores, pero agradecidos). No obstante, el primer largo de ficción del hasta ahora documentalista Daniel Roher no necesita estrellas (quizá figuran éstas más bien simbólicas, para levantar la pasta de la producción).  

Un talento único es una propuesta inteligente, moderadamente original, con una progresión muy medida y los giros justos, de esos que optan por el interés antes que por la espectacularidad (principal lacra del cine norteamericano actual).

Creo que se ha hecho directa para plataforma, pero HBO sigue marcando ciertas distancias. Esta película, pequeña, sensible y bien desarrollada en su faceta criminal, es un buen ejemplo. Hasta la última escena, que es pura concesión a la forma de terminar las cosas "a la americana", se resuelve con elegancia. 

Talento a seguir.

Backrooms

 

Con precedentes menos pensados y mucho más baratos (Paranormal Activity, El proyecto de la bruja de Blair), ha salido esta notable propuesta de terror psicológico. Luce un excelente Chiwetel Eliofor de protagonista y una dirección de arte apabullante que es casi más protagonista que el actor. 

Espacios vacíos y amarillos, infinitos, con restos de vida dispersos (muebles semi-enterrados, ropa vieja, grabaciones, maniquíes...), sin más vida humana que la de quien los recorre sobrecogido. Sonido cuidadísimo, pocas explicaciones y un coda que no sabe uno si cierra la historia circularmente o si es para el descojono final de los artífices del artefacto.

Muy buen artefacto, cuidado con entrar en él. 

En el corazón de la bestia

 

Para los que están pensando en hacer senderismo: solos no.

A todo carisma y tatoos, Brad Pitt, alias James, se pasea por agrestes parajes de Alaska en compañía de su perro Odín. No hay psicópatas en los bosques norteamericanos en esta ocasión, algo muy de agradecer. Aunque sí unos flashbacks bélicos por completo innecesarios, que nos recuerdan el pasado militar del hombre y su perro.

Por lo demás, resuellos que nos alertan de que los años, incluso para Pitt, no pasan en balde. Algunos detalles que huyen del tópico (en la avioneta) o se pegan a él (los troncos sobre el torrente), un J.K. Simmons sacado de Nomadland, un poquito de medicina de supervivencia y algunas bestias salvajes para aliñar.

Pero lo realmente importante, la pregunta del millón que arroja esta peli, es: entre una  estrella de Hollywood y el perro de una película de Hollywood ¿a cuál te atreverías a sacrificar?   

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Repescas de septiembre

Una buena mujer

Para el cine de ellos (antes la literatura y las artes plásticas), ¡qué ricos y superiores lucen siempre los anglosajones en su vida social por el Mediterráneo! En esta película también, claro. Con un poco de jazz antiguo y títulos de crédito iniciales intencionadamente allenianos, el libreto adapta de forma evidente El abanico de lady Windermere de Osca Wilde. Lo hace bien, con una realización artesana, una dirección artística cuidadosa, unas localizaciones embriagadoras, un rutilante reparto femenino (y Tom Wilkinson). 

El resultado es una buena película, nada más (y nada menos).

Los justos

Otra propuesta abiertamente teatral, no exenta de gracia, aunque un poco estirada para llegar al largo comercial de sala. Como telefilme de una hora les habría salido más redonda. Me viene pasando últimamente con varias propuestas fílmicas españolas, que bien podrían componer una serie de episodios independientes. Algo así como Cuentos imposibles (o inquietantes), alternativa no terrorífica a las míticas Historias para no dormir. Aquí la cosa va de jurado ante un jugoso soborno, de sus tiras y aflojas con la conciencia y la necesidad, aunque la sazón de humor opaca gran parte del dilema moral de fondo. Bien, su reparto puede con todo y lo convierte en un digno (incluso justo) espectáculo para el televidente. Perdón, espectador. 

Jugada maestra

Norteamericanos de hoy ejecutando una revisión descarada y mala de Ocho sentencias de muerte (título emblemático de la Ealing en su década de oro), pone de relieve una vez más que los clásicos es mejor dejarlos tranquilos. Más aun cuando se tiene una industria como la del actual Hollywood. Por otra parte Glen Powell, su protagonista absoluto, empieza a ser veneno para la cinefilia, incluso para la más joven. Se mete en unas cosas que a él pueden parecerle de calidad superior a la media sobre el guion, pero inevitablemente destinadas al naufragio cuando llegue el resultado proyectable. En fin, supongo no le llegan esos juicios del frikismo crítico hasta la piscina y sigue cobrando bien mientras le cae algún súper de la siguiente fase marvelita. Esa debe ser la verdadera jugada.

U.S. Marshalls

Siempre está bien revisar los entretenimientos solventes de los años noventa, la última década en la que el cine espectáculo del Hollywood industrial con presupuestos medianos sabía proponer cosas de FX sin croma, manejando repartos cuajados y carismáticos pero veraces, pendientes de la trama y el ritmo. Estas películas han envejecido francamente bien. Pero claro, Tommy Lee Jones envejece bien cualquier película que te imagines. Incluso él mismo lo ha hecho, con su cara de fea piedra y su determinación.