martes, 30 de abril de 2019
viernes, 26 de abril de 2019
Gilda en los Andes
Acabo de recibir la liquidación del 2018
de mi novela GILDA
EN LOS ANDES.
Gracias a todos los que habéis adquirido un ejemplar.
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Las guerras perdidas
jueves, 25 de abril de 2019
Ese es mi bistec, Valance. Artículo 6
Desayuno
para llevar
Es curioso lo que sucede con el "auténtico desayuno americano", como lo llama Tom Hanks en El puente de los espías, cuando al fin encuentra en Berlín el hotel idóneo para pedirlo: es el desayuno más fotogénico del cine (colorido, variedad, abundancia), pero nadie tiene momento de comérselo. Cereales, mazorcas, bacon, huevos, pastel, zumo, bollería, tostadas... Todo listo para degustar un casi-brunch como arranque óptimo de cualquier día laborable, desperdiciado por la puntualidad de un autobús escolar, la inaplazable cita de negocios o la asesoría al Pentágono en el último despropósito de seguridad nacional. La magia del cine alimenticio. Prueben a hacerlo en casa: bébanse el café de pie, cojan el maletín y el primer bollo que esté a mano y digan que van cortos de tiempo para probar lo demás. Será la última vez que me lean.
En el cine se perdonan las prisas
matutinas –y se preparan brunchs– con demasiada soltura. Podremos solventarlo
con otro café (para llevar) y unos donuts en bolsa de papel, siempre y cuando
toque esperar en el coche a que el sospechoso salga de su guarida (¿habrá
desayunado?) y se ponga en movimiento.
El desayuno del cine, abriendo campo para abarcar más allá de Hollywood (aunque también allí), tiene su sentido primordial en el contexto de un amanecer de los que propician el apetito: La pareja ha hecho el amor, probablemente nos muestran alguna réplica de su terremoto nocturno, y están en un hotel con servicio de habitaciones. El plato caliente con caperuza de plata, los croissants recién hechos (ella opta por el croissant, ya enfundada en el albornoz), el zumo finalmente atendido, el café a sorbo lento... Unos minutos para mirarse a los ojos, aunque la agenda inmediata corte la digestión. Salvo que el camarero que trae el carrito oculte una pistola con silenciador bajo la servilleta, el desayuno es un recurso narrativo eficacísimo para exponer el sosiego y el cariño, un contrapunto a la vida agitada y rutinaria o excepcional de cualquier personaje.
En cualquier caso (y ya metidos en joyería), no hay mayor sosiego que el de los desayunos “hereditarios”, disfrutados estos por personajes sucesores de monarquía o de imperio. El tiempo de preparación en cocinas, el recorrido del servicio por pasillos y salones repletos de óleos, molduras y mobiliario Luis XV, la apertura de cortinajes en la ventana del dormitorio, la bandeja depositada junto al lecho con dosel… Así sabremos que el o la joven durmiente goza de un noble linaje y no ha padecido estrechez jamás. Será incapaz de pensar que el panecillo de su plato puede haber sufrido no pocas peripecias y revolcones hasta llegar a esa cama, como sucedía con el de Grace Kelly al comienzo de El cisne.
Busquemos otras posibilidades. El
desayuno de Ciudadano Kane, en una
mesa demasiado larga, con cada esposo leyendo un diario diferente.
Distanciamiento sentimental insalvable. Sólo beberán sus infusiones aunque
carezcan de prisa, pues no abrieron el apetito durante la noche. Otro desayuno
americano, en la cama, pero limpio de toda sospecha: Kate y Spencer –pocholina
y pocholín- en La costilla de Adán,
también hojeando la prensa. Armonía sofisticada sin necesidad de hotel, ni
mansión, servida –eso sí– en bandeja.
Suceda lo que suceda luego, ¿qué es un desayuno sin un periódico de papel para acompañarlo? En el que descubrir el último escándalo, ver al poderoso malvado en titulares, leer una crítica favorable al estreno de anoche o señalar con determinación las ofertas de empleo. Café y prensa son los ingredientes básicos para desayunar en Occidente según el cine. Un brebaje amargo y el horror a cuatro columnas se erigen en suprema representación de la intimidad personal más tranquila y reflexiva. La de mejor digestión.
¿Terminará imponiéndose para esa imagen
del desayuno plácido la lectura de prensa (o de la revista predilecta) a través
del móvil? Si así fuese, valdrá igual que se acabe la batería o que se tropiece
el camarero camino de nuestra mesa. No olvide mascullar:
“Ese era mi desayuno, Valance”.
(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE, Marzo 2017)
lunes, 22 de abril de 2019
Ese es mi bistec, Valance. Artículo 4
Cine para cenar
La última cena del condenado a muerte, lo que comen los candidatos antes del debate, la forma de comer y beber del señor feudal en su noche de bodas, los bocaditos juguetones del amante a la amada (miel de postre), la suela de zapato a la sal como filete de emergencia... Las posibilidades de la gastronomía en el séptimo arte trascienden desde siempre el cine de cocineros y restaurantes, del que algún día hablaremos.
Lo vimos con John Ford y su bistec (“ese es mi bistec, Valance”), pero otros maestros y aprendices le han sacado partido a la despensa para establecer tiempos, ambientes, personajes y situaciones con el buen uso de ingredientes y platos de temporada, especialmente a la hora de la cena.
No recuerdo el título de aquella película inglesa, pero sí su escena nocturna en un salón social de los de valses, cócteles y canapés, donde unas secundarias extremadamente british califican la calidad del protagonista y cómo: “Es un caballero muy distinguido, ya ha rechazado tres bandejas". Y es que, a veces, comer es una ordinariez.
O inoportuno, si quieres engatusar a un novio aventurero. No es aconsejable pasarte de frenada, como hace Grace Kelly llevando la cena del Club 21 de NY hasta el apartamento del escayolado Jimmy Stewart en La ventana indiscreta. "Eres perfecta, como siempre", masculla él ante la visión inapelable de la langosta newburg.
Ya que estamos a vueltas con el amor, y bajando a la clase media, que en cine sin trasfondo, catástrofe ni esperpento suele centrarse hoy en el territorio de la comedia romántica, la preparación de una cena íntima suele ser un elemento básico para hacer “avanzar la relación”, al menos el trecho que va de la mesa hasta la cama (a veces alfombra o sofá, depende de lo que te gastes en el vino).
Es el rito más utilizado para agradar a la futura pareja. Si eres mujer, le conquistarás también por el estómago. Si eres hombre, lo harás mediante una prueba grata de tu sensibilidad (decora la mesa con algo más que una vela, zoquete). Siempre funciona, salvo que te decidas a cocinar ternera mechada, como le sucede a Jack Lemmon en La extraña pareja. Un fracaso anunciado teniendo como vigilante del horno al golferas de Walter Matthau, que cuando invitaba a las dos vecinas deseando tocar algo blando y tibio no pensaba en carne de res.
A Jack Lemmon le fue mucho mejor en solitario, escurriendo espaguetis en una raqueta para agasajar a Shirley MacLaine en El apartamento. ¿Alguien ha dejado de intentar lo de los espaguetis, aun pidiendo la raqueta prestada? Si no lo has hecho aún, es que no has visto suficiente cine o no has encontrado al amor de tu vida.
Pero a veces basta la comida china a domicilio, en esas bonitas cajas de cartón que usan para mandarte la cena a casa todos los restaurantes asiáticos de New York. Es un inconveniente para trasladarlo a la vida real si no vives en la Gran Manzana, por qué en España no hay galletitas de la suerte, con lo agradecidas que son para saber qué le depara a la relación, especialmente esa misma noche.
Si la cena es de amigos (especialidad francesa, aquí y en USA cuando hacemos panda cinematográfica en escenario casero somos más de coporros a machete), a veces ser un pésimo cocinero le da su punto a la velada, incluso si viene a cenar con tu amigo de Notting Hill Anna Scott (Julia Roberts), la actriz más famosa del mundo y resulta que es vegetariana.
Humor en pantalla a través de la comida, personajes retratados en alguna de sus facetas gracias a ella, momentos importantes –y suculentos- de la narración cinematográfica.
La familia, naturalmente, es otro territorio para la degustación, variante cena, con múltiples significados narrativos. No digamos si es una cena en casa noble y un punto decadente, como la de Fanny y Alexander o la de las señoritas Morkan de Dublín (Dublineses). Pero las grandes cenas de Epifanía merecen artículo aparte.
Terminaremos con un par de ejemplos a modo de postre:
"¿Vendrás a cenar?" es una pregunta recurrente entre las madres del cine que ven cómo se les escapa el tiempo en el que su cocina marcaba el orden de los chicos, que ahora abandonan el nido para meterse en problemas de su propia vida.
Y cuando vemos a la madre de Manolito Gafotas asomarse a la ventana de su casa y gritarle que suba a cenar salchichas, como gritan a sus hijos respectivos todas las madres del edificio, no sólo se obtiene un buen gag cinematográfico, sino una radiografía social. Las salchichas baratas (ya sabemos todos de qué marca), representan el barrio obrero con tanta o más precisión que el vestuario o el piso rancio y apretadito. Un simple plato es capaz de construir los perfiles clave del núcleo familiar y el entorno que habitan.
Me imagino al Gafotas fabulando una escena memorable después de ver El hombre que mató a Liberty Valance en la televisión de la vecina próspera: "Esas son mis salchichas,
Valance".
(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE, Septiembre 2016)
(*Artículo publicado en KOBE MAGAZINE, Septiembre 2016)
martes, 16 de abril de 2019
Piedra sobre piedra
Ángel González: MENSAJE
A LAS ESTATUAS
(Y a las Catedrales, añadiría yo)
Vosotras, piedras
violentamente deformadas,
rotas
por el golpe preciso del cincel,
exhibiréis aún durante siglos
el último perfil que os dejaron:
senos inconmovibles a un suspiro,
firmes
piernas que desconocen la fatiga,
músculos
tensos
en su esfuerzo inútil,
cabelleras que el viento
no despeina,
ojos abiertos que la luz rechazan.
Pero
vuestra arrogancia
inmóvil, vuestra fría
belleza,
la desdeñosa fe del inmutable
gesto, acabarán
un día.
El tiempo es más tenaz.
La tierra espera
por vosotras también.
En ella caeréis por vuestro peso,
seréis,
si no cenizas,
ruinas,
polvo, y vuestra
soñada eternidad será la nada.
Hacia la piedra regresaréis piedra,
indiferente mineral, hundido
escombro,
después de haber vivido el duro, ilustre,
solemne, victorioso, ecuestre sueño
de una gloria erigida a la memoria
de algo también disperso en el olvido.
violentamente deformadas,
rotas
por el golpe preciso del cincel,
exhibiréis aún durante siglos
el último perfil que os dejaron:
senos inconmovibles a un suspiro,
firmes
piernas que desconocen la fatiga,
músculos
tensos
en su esfuerzo inútil,
cabelleras que el viento
no despeina,
ojos abiertos que la luz rechazan.
Pero
vuestra arrogancia
inmóvil, vuestra fría
belleza,
la desdeñosa fe del inmutable
gesto, acabarán
un día.
El tiempo es más tenaz.
La tierra espera
por vosotras también.
En ella caeréis por vuestro peso,
seréis,
si no cenizas,
ruinas,
polvo, y vuestra
soñada eternidad será la nada.
Hacia la piedra regresaréis piedra,
indiferente mineral, hundido
escombro,
después de haber vivido el duro, ilustre,
solemne, victorioso, ecuestre sueño
de una gloria erigida a la memoria
de algo también disperso en el olvido.
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lunes, 15 de abril de 2019
Miamor perdido
La nueva apuesta de Martínez Lázaro con Dani Rovira (dos de las claves del fenómeno Ocho apellidos vascos) generaba unas expectativas inapropiadas. Que aquella comedia normalita se saldara con un exitazo taquillero para enmarcar y su secuela también se convirtiese en un éxito fuera de lo común no garantiza nada. De hecho, la fuerte recaudación de la muy mediocre Ahora o nunca fue extensión natural de aquel fenómeno mezcla de oportunidad y suerte.
Lo normal es conseguir el aseado pero discreto resultado en taquilla de Miamor perdido, aunque se pueda pasar un rato más que agradable viéndola y esté tan bien ejecutada como las anteriores del tándem Rovira-Martínez Lázaro.
Lo normal es conseguir el aseado pero discreto resultado en taquilla de Miamor perdido, aunque se pueda pasar un rato más que agradable viéndola y esté tan bien ejecutada como las anteriores del tándem Rovira-Martínez Lázaro.
Rovira está bien y la Jenner no se queda atrás (excelente su momento en la ambulancia). Se conocen, se quieren, se separan, se reencuentran, se odian, se quieren... Nada que no se haya visto ya en cualquier comedia romántica. A estas alturas, importan sobre todo los ambientes en los que va a desenvolverse la historia de amor, los personajes periféricos (aunque uno de ellos sea un gato que sólo entiende valenciano). Y en eso el guión se esfuerza notablemente y el variopinto casting se porta bastante bien (Resines tiene tres minutos en pantalla para demostrar cómo saca petróleo de cualquier escena un comediante veterano). Eso sí, aquí falta un personaje como el de Koldo para un actor como Karra.
En cualquier caso, Rovira no tiene que agobiarse, la película es divertida (e infinitamente mejor que Thi Mai, rumbo a Vietnam e incluso que Superlópez) y se verá mucho en Netflix, que hoy por hoy es lo que importa.
Lo de los taquillazos de 50 millones en sala... Ya puedes decir, Dani, que eso si que es miamor perdido.
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