En otros tiempos, dedicarse a la censura era mucho más divertido, a poco que lo pensemos.
Ahora se ha reconvertido en "manual de estilo" y quien se ocupa de aplicarlo se la pasa malamente, retocando noticias y cercenando declaraciones sobre cosas nada amenas como la prima de riesgo, que nunca lleva escote palabra de honor, las altas y bajas de la Seguridad Social, que nada tienen que ver con el largo de una minifalda, el número de manifestantes contra esto o aquello, calculados con mucha menos precisión que los segundos que duraba un beso en la boca, o las tonterías sobre el derecho a decidir, que ni en la noche más fogosa se parece a la libertad sexual amenazante promovida por algunos carteles cinematográficos de hace medio siglo.
El censor antiguo sí que lo disfrutaba. Todo el día buscando muslos marmóreos, pechos emergentes, miradas lascivas... Un calentón perpetuo con el placer añadido de negárselo al resto.
Acaba de salir un libro de Bienvenido Llopis que así lo demuestra. Se titula La censura franquista en el cartel de cine y es un auténtico festín visual. Si dentro de 50 años alguien se toma la molestia de contarnos en un libro los retoques y omisiones interesadas de la España de hoy, nos aburriremos un huevo con él.
Con el de Llopis toca disfrutar: