
La VI edición del Festival de Cine Inédito de Mérida ha empezado. Toda la información en www.festivalcinemerida.com
CINE ESPAÑOL VERSUS CINE DE HOLLYWOOD


Mañana se estrena una película terrible. Habla de dos personas corrientes en un mundo implacable que nos hemos inventado entre todos (algunos más que otros), en el que los bancos te lo dan y los bancos te lo quitan. En el que las ilusiones sencillas, como la de tener una vivienda agradable cerca del parque y del colegio de los hijos, se enfrentan a la realidad despiadada de los números. Los números de tu menú de boda, los de tu cuenta corriente, los números de la burbuja (la penúltima), los números de tus suegros, los números del banco.
Malena Alteiro, una empleada de sección cosmética, y Fernando Tejero, un gestor telefónico para reposición de máquinas de vending, se meten en un piso que terminará devorándoles.
La primera parte de la película, desde su espectacular arranque en el cielo de Benidorm, ese infierno en la tierra que parece Manhattan pero sin glamour, es modélica. Planes de boda, planes de la inmobiliaria, planes de los novios, planes del magnate de la construcción y del político… No hace falta aclarar qué planes prevalecen.
Después, el viacrucis: juzgados, reivindicación, apreturas, desespero… Fernando Tejero, premiado en Málaga por este papel, despliega un fascinante abanico de registros, desde la ingenuidad a la ira, mientras Malena aguanta como cualquier mujer, con una actuación igualmente precisa, hasta que la necesidad de pasar página se impone y la batalla de la dignidad se queda para un solo combatiente empecinado y peligroso.
Puede que esta película hubiera tenido que conceder en su desarrollo alguna esperanza colectiva, es demasiado real el “sálvese quien pueda” al que todos los personajes periféricos se acogen, y más cuando el desenlace sí se permite licencias de ficción para redimir al estafado ciudadano. En cualquier caso, es una película que habla de nosotros, los españoles que nos creímos instalados definitivamente en algunas seguridades.
Pero lo único seguro es que las burbujas nos estallan en la cara siempre a los mismos. Y que el número de metros cuadrados de cada uno seguirá reduciéndose. Llenad esos metros de seres queridos y leales. Toca resistir.

En la década de los ochenta, esa que fue cojonuda para Randy "the Ram" y para mí también, programas nocturnos como Cineclub y Sesión de noche dedicaron ciclos a muchos intérpretes y directores que son auténticos iconos del cine de todos los tiempos. Por ejemplo:
Marilyn Monroe: "Los caballeros las prefieren rubias" (1953) de Howard Hawks, "Niágara" (1953) de Henry Hathaway, "Como casarse con un millonario" (1953) de Jean Negulesco, "Me siento rejuvenecer" (1952) de Howard Hawks, "Río sin retorno" (1954) de Otto Preminger, "La tentación vive arriba" (1957) de Billy Wilder, "Bus Stop" (1956) de Joshua Logan, "El príncipe y la corista" (1957) de Laurence Olivier y "El multimillonario" (1960) de George Cukor.
Luis Buñuel en México: "El bruto" (1953), "Él" (1952), "Abismos de pasión" (1953), "Nazarín" (1958) o "El ángel exterminador" (1962).
Marlon Brando: "Hombres" (1950) de Fred Zinnemann, "Un tranvía llamado deseo" (1951) de Elia Kazan, "¡Viva Zapata!" (1952) de Elia Kazan, "Julio César" (1953) de Joseph L. Mankiewicz, "La ley del silencio (1954) de Elia Kazan", "Sayonara" (1957) de Joshua Logan, “El baile de los malditos” (1958) de Edward Dmytryk, "Rebelión a bordo" (1962) de Lewis Milestone, "La jauría humana" (1966) de Arthur Penn, "Queimada" (1969) de Gillo Pontecorvo o "El último tango en París" (1972) de Bernardo Bertolucci (5 de abril de 1988).
Sesión de tarde también programó ciclos en las tardes de los domingos, como el de Charles Chaplin, emitiendo todas sus películas como director, actor y guionista: "La cabalgata de Chaplin" (1916), "El carnaval de Chaplin" (1917), "El festival de Chaplin (1917), "Armas al hombro" (1918) y otros cortos. Y después "El chico" (1921), "Una mujer de París" (1923), "La quimera del oro" (1925), "El circo" (1927), "Luces de la ciudad" (1931), "Tiempos modernos" (1936), "El gran dictador" (1940), "Monsieur Verdoux" (1947), "Candilejas" (1952), "La condesa de Hong Kong" (1966) y "Un rey en Nueva York" (1957).
También compareció Buster Keaton, con títulos como "El moderno Sherlock Holmes" (1924) o "Siete ocasiones" (1925) y Rita Hayworth, con "Gilda" (1946) de Charles Vidor, "La dama de Shangai" (1948) de Orson Welles (26 de abril de 1984), "Salomé" (1953) de William Dieterle o "Pal Joey" (1957) de George Sidney.
En el programa Mis terrores favoritos, Ibañez Serrador se ocupó de programar, entre otras muchas, "La semilla del diablo" (1968) de Roman Polanski (12 de octubre de 1981), "Drácula" (1958) de Terence Fisher, "El fotógrafo del pánico" (1960) de Michael Powell , "Psicosis" (1960) de Alfred Hitchcock, "No profanar el sueño de los muertos" (1974) de Jordi Grau, "Los crímenes del museo de cera" (1953) de André De Toth, ¿Qué fue de Baby Jane?" (1962) de Robert Aldrich, "La invasión de los ladrones de cuerpos" (1956) de Don Siegel, "La noche de Walpurgis" (1971) de León Klimovsky, la parodia del género "Abott y Costello contra los fantasmas" (1945), "La residencia" (1969) de Narciso Ibáñez Serrador, "La escalera de caracol" (1946) de Robert Siodmak, "Suspense" (1961) de Jack Clayton, "La mosca" (1958), ", "El héroe anda suelto" (1970) de Peter Bogdanovich, "39 escalones" (1935) de Alfred Hitchcock, "La momia" (1932) de Karl Freund, "El increíble hombre menguante" (1957) de Jack Arnold, "El fantasma de la ópera" (1943) de Arthur Lubin, "El estrangulador de Rillington Place" (1970) de Richard Fleischer, "La mujer y el monstruo" (1954) de Jack Arnold y "Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.
Y en "Cine de medianoche", con la hilarante excusa de ponernos cachondos, TVE emitió en las madrugadas de los viernes de 1985 y 1986, "Deliverance" (1972) de John Boorman, "Cuentos inmorales" (1974) de Valerian Borowicz, "Portero de noche" (1974) de Liliana Cavani, "El diputado" (1978) de Eloy de la Iglesia, "Y Dios creó a la mujer" (1956) de Roger Vadim, "El imperio de los sentidos" (1976) de Nagisa Oshima, "Buscando al Sr. Goodbar" (1977) de Richard Brooks, "La gran comilona" (1973) de Marco Ferreri, "Pepi, Luci y Bom... y otras chicas del montón" (1980) de Pedro Almodóvar, "Performance" (1969) de Nicholas Roeg, "El muro" (1983) de Alan Parker, "La vía Láctea" (1968) de Luis Buñuel o "Las mil y una noches" (1974) de Pier Paolo Passollini .
Recuerdo también ciclos dedicados al musical, al cine italiano o al cine de Roger Corman, pero no os quiero aburrir. Es sólo una pequeña muestra de la forma de programar de un tiempo mítico para el cinéfilo avezado (y un poquito mayor).
No me importaría que ese tipo de cine desapareciera de la televisión (entonces no existía el dvd), si con criterio de calidad similar, la televisión programase el mejor cine reciente de los maestros hollywoodienses, europeos, asiáticos o africanos. Pero de eso nada. Sólo la 2, con una dignidad triste, emite una europea de las últimas, una española de interés y un clásico americano por semana. The rest is silence.

¿Qué os creíais? ¿Que la crisis había reducido nuestra plantilla a la mitad? ¿Qué ya nadie hace eventos a los que la sobrina pueda acudir para ahorrar en canapés, photocoles, famosetes y alquiler de local? ¿Qué si que los hacen pero habían dejado de invitarnos? Nada de eso. Aquí está la sobrina, aprovechando que el mal tiempo la ha despegado por fin de su tumbona analógica para compensar digitalmente la crítica sesuda, los arrebatos de nostalgia y las video-faenas de aliño de su tío.
En definitiva, que vuelve la sobrina, más sobrina que nunca. Aquí la tenéis:
Imagina:
Una sala. No demasiado grande. Llena de jóvenes. La peor película disponible en el mercado de Canal + (y puede ser la peor película del universo, no lo dudéis por un instante). Cuatro gamberros con micrófono y uno de ellos es director español.
¿Cuál es el fin de la reunión? Poner a caer de un burro a la película y decir todo lo que se te ocurra a cada instante. Gritar, aplaudir, levantarte, reírte a carcajada limpia… Si, todo lo que se prohíbe habitualmente en un cine. Pues el viernes 21 nos saltamos las reglas que dio gusto. ¡Mucho gusto!
Comentarios ingeniosos para escenas repetidas por enésima vez (llegamos a ver la misma escena 5 veces), comentarios aun mejores para el escenario, para la caracterización y sobretodo para los personajes realizados por ordenador. Y no olvidéis que un doblaje estrepitosamente malo, siempre puede ser re-doblado y reirte a carcajada limpia.
Nada mejor que reunir a Nacho Vigalondo, tres cafres más, Steve Urkel, un cocodrilo gigante y un tiburón gigante, para pasar la mejor noche de Cine (y no se si calificarlo de español, ya que el principal autor de aquella disparatada historia era un español) que recuerdo de los últimos años.
¡Dios mío, quiero repetir!
Pero bueno, esto no era un hecho aislado, sino que era una más de las propuestas del festival de Canal + para promocionar sus series ( y más claro: que te abonaras, leñe!). Y no repararon en hacerlo.
Las series salieron a la calle, y la sobrina también. Así que os cuento que vaya la que liaron los de Canal+: Que si estrenos de series, que si actores, que si directores, actividades para enanos… ¡No dejaron un cabo suelto!
Pero a mi lo que me cautivó fue la actividad realizada el viernes por la noche. Y si, digo actividad, porque lo de ir al cine y comer palomitas eso ya no me parece ni actividad ni nada. Que si, que mucho intelecto en algunas y mucho abstraerse en otras, pero no me hacen cómplice de nada. Y creo que es momento de romper y hacer cosas nuevas. Que estamos en la postmodernidad, caballeros (y señoritas…)
¡Innovemos! ¡Los individuos queremos interactuar!
http://minchinela.com/trashentreamigos/

Anoche soñé que volvía a Manderley
Ayer se nos hizo de noche viendo Charada (1963), la película en la que mis hijas concluyeron, hace ya algún tiempo, que gran parte del mejor cine trata sobre la simulación y la mentira. Aún no han llegado a plantearse que –como la vida- el cine es precisamente eso mismo, mentira y simulación. Pero resulta difícil dar ese paso cuando ves en los primeros minutos cómo Audrey Hepburn vestida de Givenchy conoce a Cary Grant en una estación de Sky donde acecha un niño con una pistola. Por no hablar del “accidente” ferroviario del señor Lampert, los créditos deMaurice Binder o la música de Henry Mancini, que anteceden al encuentro alpino de estos intérpretes deliciosos e imperecederos.
La última gran película de Cary Grant, ese tipo con la barbilla partida al que también le hubiera gustado ser como Cary Grant, es probablemente el resumen de su impecable talento, de toda esa facilidad para ser elegante y deportivo, simpático e inquietante, liviano y melancólico, sincero y mentiroso. La última mentira viva de un Hollywood a punto de cambiar.
La película centro en la filmografía de Audrey Hepburn, después de protagonizar media docena de obras maestras y antes de hacer lo mismo con otras tantas, es el mejor catálogo de su fragilidad y su belleza, de su capacidad de supervivencia, de su inteligente sonrisa, su mirada irrepetible, su mentirosa pureza.
La única película de Audrey y Cary es la mentira contagiosa de un acertijo cinematográfico, de una perfecta Charada. Una mentira que la joven viuda Regine Lampert dice no soportar, pero que usa cuando su seguridad, su felicidad o su vestuario están en juego. La mentira de un galán oportuno y cambiante que siempre tiene una señora en su currículum, aunque sea otro currículum y aunque estén divorciados. La mentira de un tesoro a la vista de todos pero oculto, como la carta robada de Poe. La mentira de un reguero de muertos en pijama, un policía que se corta las uñas en los funerales y un funcionario americano que invita a almuerzos simulados en despachos ajenos. La mentira del suspense como excusa para la comedia, la comedia como excusa para el amor, el amor como excusa para la moda, en un juego de muñecas rusas, falsas, por supuesto.
Su director Stanley Donen, el hombre que regaló a la Humanidad el más bello y tramposo baile bajo la lluvia que se filmará jamás, sabía bien cómo mentirnos y que no nos importara. Le bastó con reunir a Audrey y a Cary, y hacerlo en la ciudad más mentida del planeta, esa donde a medianoche la mitad de sus habitantes ama a la otra mitad, aunque de vez en cuando aparezca un fiambre enfundado en un pijama: París. París y sus esplendidos apartamentos vacíos, París y sus comisarías de bistró. París y sus coquetos hotelitos balconados, sus barcos por el Sena, sus mercadillos filatélicos, sus divertidos cabarets, sus cabinas de madera, su metro acharolado, su patio de columnas del palacio real. París para mentirse y mentir sin rubor sobre los demás y sobre uno mismo, sobre la edad y el deseo, sobre la vida y la muerte. París como un paréntesis siempre hermoso, como un capricho chic, como una broma de amantes. París como una charada inagotable, donde hasta el crujido de las tablas de un escenario teatral puede ser cierto o no.
Al final, por supuesto, Audrey y Cary se quitarán la última máscara y se prometerán matrimonio y muchos hijos, mientras las mías proponen que el próximo domingo pongamos otro clásico sofisticado. Porque cada vez que volvemos a Manderley las mentiras del cine son más verdad que las otras.
(Publicado en la revista Culturamas, octubre 2011)
