lunes, 20 de junio de 2011

Eva al desnudo



Anoche soñé que volvía a Manderley


…Pero mi fantasía sustituyó en la pantalla aquel decorado en ruinas por otro que aún estaba en llamas:

Anoche asistí a la entrega del trofeo Sarah Siddons para actuaciones distinguidas, a tiempo de conocer a lo más granado del teatro newyorkino y presenciar el mejor flashback de la historia del cine. Un flashback para saberlo todo acerca de la ganadora y sobre lo que significa ganar y perder. Todo acerca de Eva Harrington, pero también de Karen Richards y, en especial, de Margo Channing. Porque si algo retrata con exquisita precisión esta película, más allá de las verdades acerca del teatro, la ambición, la fidelidad, el amor, el poder o la fama y su facilidad para convertirse en cenizas, es las tres maneras más absorbentes que existen de ser mujer.

La de Eva, esa joven aspirante a estrella disfrazada de mosquita muerta, experta en la adulación y el chantaje, que a primera vista pasa por una pobre huérfana social, el papel más adecuado para inspirar lástima si eres hermosa; que embauca y seduce con su drama y sus halagos a un grupo de amigos instalados en el éxito; que invade la vida de su ídolo para hacerla irresistiblemente cómoda, mientras aprovecha para estudiarla como el domador estudia al tigre (o viceversa), dispuesta a arrebatárselo todo a la primera oportunidad.

La de Karen, esa abnegada pero atractiva esposa, desenvuelta en un mundo de artistas sin serlo, capaz de cometer las mayores imprudencias por el ingenuo placer de mostrarles a sus amigos la imprevisibilidad de la vida real. La mujer duradera, la que, sin renunciar a sus lealtades, reivindica su espacio y conoce sus méritos. La que sin malicia es capaz de quitar importancia al peligro cuando acecha a su mejor amiga, pero lo percibe en su exacta dimensión en cuanto ronda a su matrimonio.

Y la de Margo. La gran dama de la escena, la fuerte, escéptica, triunfadora e independiente Margo. La crédula, insegura, bondadosa e irritable Margo. Una imponente mujer, tiránica y dulce, protectora y consentida, superviviente y naufrago. Enamorada de un hombre al que no sabe soltar ni retener, arrollándolo alternativamente con su encanto y sus celos. Margo Channing – Bette Davis, la señora indiscutible del teatro (y el cine) americano, incapaz de dominarse o fingir una vez que se baja del escenario y se enfrenta a la propia vida.

Por eso hay, en justicia, tres trofeos para tres mujeres al final de esta obra maestra: El que recibe Karen Richards de manos de su marido, por servicios prestados más allá de lo que exige el deber, cariño. El que se lleva Eva Harrington, por la mejor actuación del año. Y el que consigue Margo Channing cuando, felizmente casada con el hombre al que ama, puede decirle por fin la verdad más terrible sobre el éxito a la nueva estrella de Broadway: No te preocupes por el corazón, Eva. Puedes poner ese premio en su lugar.

lunes, 6 de junio de 2011

El mismo amor, la misma lluvia

Dedicado a las penúltimas lluvias de la primavera. Os invito a disfrutarlas.







viernes, 3 de junio de 2011

Trabajo atrasado

Pues eso, que ando más liado que una mona (nunca he sabido por qué las monas están tan liadas y no nos vamos a detener en ello ahora). Pero como hay unas cuantas películas en cartel que pueden interesar al respetable, voy a tirar de rapidez copiando a mi buen amigo Atticus su fórmula de crítica breve pero concisa, aún a sabiendas de que manejándose cinematográficamente en ella, ni twiter ni leches: él es sin duda el rey. Con la venia, maestro:


The company men: Un tema fuerte y muy vigente (el desempleo) desde unos personajes poco retratados en esa tesitura (los altos ejecutivos), pero realizada con mucho miedo a la taquilla. El mismo trailer anticipa que la cosa tendrá final feliz, para no desanimar a sus espectadores potenciales. Tommy Lee Jones y Chris Cooper tan sólidos como siempre. Lo demás, ya digo, cabe en el trailer.


Pequeñas mentiras sin importancia: Lo que dice el título. Las mentiras son pequeñas (aquí todos los personajes, gracias a su acertadísimo reparto, se conocen entre sí de memoria, salvo en el bastante forzado enamoramiento de uno de los hombres hacia otro) y son mentiras sin importancia real (los amigos lo seguirán siendo a pesar de todo). Pero sale la Cotillard. Y eso siempre cuenta.




Piratas del Caribe 4: demasiado presupuesto y metraje, como era inevitable, para ver a un Sparrow que ya no sorprende, desaprovechar a una Penélope que daba para mucho más e inventarse el sub-romance de un secundario absurdo con una sirena que "canta" a Disney sin sonrojo (cuando además, la primera aparición de las sirenas es lo más poderoso y original de la película). Entretenida aunque decepcionante.


Senna: Perfecta para los amantes de la Fórmula 1. O interesados en ver cómo se contruye una hagiografía a partir de imágenes de archivo como si fuese una ficción más que un documental. Prost -y en general los franceses- hacen muy bien de malos.



¿Estás ahí?: Se lo podríamos preguntar al director y al guionista. La idea no era muy original pero podía dar juego. Lamentablemente, se desprovecha un buen reparto al contar ramplonamente cuatro cosas sin apenas personajes y con poco chiste. Alguna escena aislada (la más graciosa en los créditos finales), un momento en el que Gorka demuestra que puede interpretar la emoción y el fantástico Miguel Rellán, al que siempre le basta con estar para ser.


Es todo de momento. Seguiremos informando.


domingo, 29 de mayo de 2011

El grito de Wilhelm

El grito de Wilhelm es un efecto de sonido "de stock" usado por primera vez en 1951 en la película Tambores lejanos. Ha aparecido en decenas de películas desde entonces.
El grito se guardó en el archivo de sonido de la Warner Bros. Allí fue encontrado por el diseñador de sonido de Star Wars Ben Burtt y lo llamó "Pvt. Wilhelm", nombre de un personaje secundario que emitió el mismo grito en La carga de los jinetes indios de 1953.
Alguien debería hacer una película sobre Wilhem...

jueves, 19 de mayo de 2011

La Heredera



Anoché soñé que volvía a Manderley...

O -más exactamente- a su réplica norteamericana, situada en la Washington Square del escritor Henry James y el cineasta William Wyler. Allí, en un escenario de espléndida prosperidad decimonónica, otra mujer fantasma envenenaba a los vivos con su no-presencia sin necesidad de imponerse desde un inmenso retrato en el rellano de la escalinata. Su representación se reducirá a un daguerrotipo que cabe en un bolsillo y que nunca contemplaremos directamente, sino a través de los ojos de cada personaje que atraviesa esta película hermosa y despiadada como pocas.

La mujer ausente, pero agazapada en cada rincón de la residencia y en cada momento vital de quienes la habitan, es la madre de “la heredera” y el único amor que conoció el Doctor Sloper, hombre tan educado como severo, incapaz de reconocerle a su hija encanto o mérito alguno salvo que borda maravillosamente.

Olivia de Havilland, esa hija aplastada por el modelo que la precedió en la casa y que se llevó a la tumba el corazón de su padre, compone el mejor papel de su carrera como la no demasiado agraciada pero rica soltera, ya no tan joven, que parece conformarse con servir a su progenitor de discreta ama de llaves hasta que un galán inesperado irrumpe en su vida, para cortejarla mientras se come con los ojos la esplendidez de su vivienda.

Después de la abnegación sudista que se llevaría, no el viento, sino ese vendaval llamado Escarlata, y de tantas aventuras caballerescas como compañera virtuosa de un follador de pianos, Olivia demostró lo que podía hacer en una gran película con un gran personaje en el momento clave de su fracaso, cuando tiene que admitir que el supuesto enamorado no vendrá a buscarla porque 10.000 dólares de renta son pocos si se ha soñado con 30.000.

Hay que verla subir los escalones de regreso a su cuarto, ya vencida, para recordar cómo puede un gran intérprete echarse cien años encima sin necesidad de maquilladores. Y cómo pueden después convertirse la humillación y el marchitamiento del alma en elegante furia y en venganza fría, al mejor estilo de la buena cuna. Cada vez que veo a Montgomery Clift en cualquiera de sus papeles posteriores reconozco en su mirada dolorida el zarpazo irreparable que le infringió la heredera.

Wyler, el autor de la mejor carrera de cuadrigas de la historia del cine, igualmente capaz de la sencilla profundidad con la que están narrados Los mejores años de nuestra vida (1946), que de mostrar en una del Oeste repleta de horizontes la diferencia entre la valentía y la rudeza, pone en escena con exquisita precisión una historia terrible, donde la mejor casa de la plácida y acomodada Washington Square puede arder de pasión, de esperanza y de odio, para convertirse en un mausoleo sólo habitado por fantasmas, los muertos y los vivos, tan descorazonador e imponente como Manderley.




miércoles, 18 de mayo de 2011

Español en el Caribe pirata

Me encanta este trailer, todo inglés salvo la frase clave que resume la relación amorosa de los protagonistas, Deep y Cruz: "Esparrou, ven aquí ¡¡o te arranco la cabeza!!" (minuto 1:40)

martes, 3 de mayo de 2011