Volver a la pandilla toy es siempre un placer. Debe de serlo en Pixar y lo es para los espectadores. Esa es su ventaja y también su punto débil. Quieres que vuelvan a sorprenderte, divertirte y conmoverte y cada vez es más difícil, no ya superarse, sino llegar al listón.
El final de lo que bien pudo ser una trilogía perfecta, no dejaba nada para el futuro. Aquel Andy con el coche aparcado frente a la valla de la niña Bonnie, entregándole los juguetes uno a uno, contándole sus cualidades hasta llegar a Woody... Esa última tarde jugando sobre la hierba con sus viejos amigos, el genuino disfrute del chico que va a crecer en cuanto se ponga al volante y de la niña solitaria e imaginativa, es un momento absolutamente impagable que no se puede superar.
Así que la cuarta entrega fue como cambiar de Bond después de Connery: un patinazo. Sin un solo personaje memorable nuevo ni una escena para el recuerdo. Sin molestar, claro, aseada de ver, moderadamente divertida, trepidante, emotiva.... moderadamente todo. Pero la verdad es que cuando entré en la quinta entrega, no recordaba ni cómo había acabado cada personaje, quién seguía con niño y quién al raso.
Toy Story 5 está mucho más cerca de las tres maravillas primeras que de la cuarta, porque vuelve a su espacio natural, las habitaciones de infancia, los jardines con valla, las calles entre viviendas unifamiliares de barrios idílicos USA, pero esta vez con pantallas comiéndose la tostada. De eso va esta entrega, del duelo entre los juguetes tradicionales y las "consolas", tablets y otras mierdas enchufables de ayer y de hoy. Dinamismo, perfección técnica, sus pizquitas de humor y una moralina de ni pa ti ni pa mí, dejarán razonablemente satisfecha a la chiquillería y, por eso mismo, a los adultos que les acompañen. Pero si fueron niños cuando esto empezó o padres más jóvenes, sabrán que "hasta el infinito y más allá" no es una frase que se pueda aplicar a la longevidad narrativa de una saga.
La calculadora, ya saben, es otra maquinita de mierda, aunque vaya a pilas.


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