Robert Duvall murió
con 95, actuó hasta los 91. Murió sin aparatosidades siniestras, en la cama,
rodeado de los suyos. Empezó su carrera en Matar a un ruiseñor haciendo
de Boo Radley, papel en el que solo hablaban sus ojos y su actitud
corporal, ¡pero cómo!
Encadenó secundarios de fuste
en La jauría humana, Bullit, Valor
de ley o M.A.S.H., por citar algunas
películas imperecederas. Luego encadenó el "consigiere" de los
Corleone en El padrino, El padrino II y
el coronel surfero de Apocalipsis Now.
Optó a principales desde
entonces, o papeles clave o colega de la estrella (con menos carisma pero más
talento). Algunas veces se los comía crudos solo con compartir el plano. Menos
divo, poniendo credibilidad y solvencia donde le mandasen, construía siempre al
personaje más empático o cabrón de la película sin esfuerzo aparente, con una
caracterización mínima, el vestuario y poco más. Para lograr eso lo mismo le
valía un policía, un cura, un militar, un abogado, un gángster o un juez.
Al llegar a octogenario, aún se
permitió lucir longevidad y fortaleza fuera de tiempo y que resultase
verosímil. Tuvo que sobrepasar los noventa para interpretar un par de papeles
que no le entrañaban a esas alturas más reto que el de su salud y retirarse
discretamente.
Se diría que le hubiésemos
encajado sin sorpresa en una película de este año, haciendo de simpático
cascarrabias, viejo cachazudo, veterano cowboy. Podríamos tenerle ahí toda la
vida, como a Donald Shuterland, como su gran amigo Gene Hackman,
como un pequeño puñado de tipos que animaron los años setenta y consiguieron
seguir en el negocio, crecer como intérpretes, derrochar talento y rozar la
inmortalidad.
Para mí que Duvall, aquel joven
ruiseñor mudo, huele para siempre a Victoria.


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