jueves, 11 de noviembre de 2021

El caldo gordo (express)


Alguna vez en este mismo blog me he preguntado por qué Hollywood no echa el cerrojo a los rodajes locales (aunque ya ha ampliado notablemente su ámbito industrial de actuación con Canadá). Mejor traerse todas las súper-producciones a España. Bueno, las súper-producciones, los films estándar, la serie B, las series de tv... En cualquier categoría le iban a salir igual de resultonas por diez veces menos costo (Los Otros o Lo imposible, por citar dos de las obvias).  

No me refiero a que vuelvan las epopeyas almerienses, con Spielberg o su equivalente milenial a los mandos. No hace falta, aquí los directores te hacen las mismas cabriolas sin pagarles un caché desproporcionado.

Tampoco tenemos ningún remordimiento en rodarlo todo en inglés, con cabezas de cartel nativas (el star system de allí hay que mantenerlo y engordarlo) y reparto de relleno nuestro, una plantilla básica que pronuncie inglés razonablemente. Caso de que algún actor contratado no lo clave, nos valdría como habitante natural de cualquier escenario exótico que la película pretenda meter en su argumento (para el caso Italia, Grecia, México, La India, Madagascar o el Turkistán).

Al fin y al cabo, USA ha deslocalizado tantas industrias que bien podría aplicar la codicia extrema también a ésta.

Pero a fuerza de clics he comprendido que no le hace falta, puesto que lo que aquí se produce por propia iniciativa con dinero (quizá hasta de ellos), se ve tan similar a lo suyo que es tontería encargar más de lo mismo a quien ya lo tiene por norma y con sumo gusto.

Desde que Amenábar consiguió que nos creyésemos un asesino en serie en una universidad madrileña, no hemos parado de perfeccionar la fórmula, arrumbando la realidad española al rincón culpable de las comedias cañís

Volviendo al seguidisimo: primero fueron las versiones en español de películas de habla inglesa, repitiendo las escenas con el reparto alternativo y en el mismo set de estudio californiano. De eso hace casi 100 años y ahora lo vemos como arqueología. Aunque lo que sucede hoy se le parece mucho: historias completamente despersonalizadas (o con personalidad postiza), se ponen en marcha con actores que las hagan creíbles en el idioma del país que acoge su emisión primera.

Mismas clandestinidades, roles, gadgets, tópicos ("empieza el baile", joder, ¿¡¿en serio?!?), mismas concesiones a la tendencia dominante (beso de pareja juvenil lésbica), y así hasta parir un producto genuinamente plataformero, el nuevo territorio audiovisual de patrón gringo.

Por último, sí triunfa en clics, sacamos pecho por el talentazo que desborda España. 

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